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La Salvia divinorum es probablemente el alucinógeno natural más extraño y menos comprendido por la ciencia

Existe un estigma alrededor de la salvia debido a la naturaleza de sus efectos, que se caracterizan por la pérdida del control motriz, alucinaciones vívidas y efectos disociativos intensos. 

Recientemente, el escritor y periodista Daniel Oberhaus se ofreció para participar en el primer estudio de imágenes cerebrales sobre la salvinorina A, el principal compuesto psicoactivo de la planta de la salvia. Sólo se han realizado un puñado de estudios sobre los efectos de la salvia en seres humanos, y esta investigación fue la primera en la que los investigadores pudieron observar el cerebro mientras éste se encontraba bajo los efectos de la sustancia. El estudio estuvo a cargo de Fred Barrett, neurocientífico cognitivo de la Universidad Johns Hopkins.

La Salvia divinorum crece de manera salvaje en los bosques nubosos del sur de México, donde el pueblo mazateco ha consumido la planta de manera ritualista durante siglos. Aunque el uso ritual de la salvia fue descrito por primera vez por los etnobotánicos estadounidenses a principios de los años 60, no fue sino hasta mediados de los años 90 cuando los científicos identificaron la salvinorina A como el principal compuesto psicoactivo que produce los efectos alucinógenos de la salvia.

"La salvia no es una droga típica de abuso", menciona Barrett; "Es una droga muy poderosa y puede tener efectos muy disfóricos. Cuando las personas se encuentran con la salvia, su respuesta general es que la experiencia es horrible". 

A finales de los años 90, los extractos concentrados de la planta de Salvia divinorum comenzaron a aparecer en tiendas de fumadores en todo Estados Unidos. Estos extractos se clasifican según la concentración de salvinorina A (por ejemplo, concentrado 10x, concentrado 20x o concentrado 30x), aunque estas clasificaciones son sólo una aproximación.

La salvinorina A es única por sus efectos de alta actividad y por el mecanismo químico de acción que produce en el cerebro. La droga es famosa por su inicio rápido, sus efectos disociativos y sus alucinaciones tanto visuales como auditivas intensas. Aunque los efectos subjetivos de la salvinorina A son muy variados, las encuestas anteriores de usuarios de salvia han identificado una serie de características recurrentes de los "viajes" de salvia.

Entre las experiencias frecuentemente reportadas por los usuarios se encuentran visiones de túneles o ventanas, patrones geométricos, otros mundos de múltiples colores, la sensación de que los objetos se sienten asociados al cuerpo y encuentros con seres mágicos.

La salvinorina A también tiene un mecanismo de acción altamente inusual en el cerebro, pues se dirige directamente al receptor opioide kappa, uno de los cuatro tipos de receptores opioides y posiblemente el menos comprendido. En este sentido, la salvinorina A es muy diferente de los psicodélicos "clásicos", como el LSD, los hongos, la mescalina y el DMT, los cuales actúan sobre el receptor de serotonina 2A. Sin embargo, la salvinorina A evita el receptor de serotonina 2A por completo.

Barrett y sus colegas ven los efectos únicos de la salvinorina A como una forma prometedora de aprender más sobre algunos de los aspectos más fundamentales de la neurobiología. En este sentido, el estudio de la salvia es una pequeña contribución hacia una mayor comprensión de la conciencia, la memoria y la experiencia encarnada.

Oberhaus probó la salvia por primera vez cuando era estudiante de primer año en la escuela secundaria, y para cuando se graduó ya la había fumado una docena de veces. En general, para él no se trató de una experiencia "placentera" o "divertida". Sin embargo, Oberhaus se ofreció como voluntario para el estudio sobre salvinorina A de Johns Hopkins confiando en que la salvia tenía más que ofrecer. 

El primer día, se estableció un perfil de salud de referencia para asegurarse de que el voluntario estaba calificado para el estudio. Todos los participantes del estudio debían tener buena salud, experiencia en el uso de psicodélicos y no tener antecedentes personales o familiares de trastornos psicóticos. Oberhaus cuenta:

Para la primera sesión de salvia me puse en el sofá. El dispositivo para fumar consistía en una pequeña bombilla de vidrio con una manguera de plástico conectada a la parte superior. Me dieron un extremo de la manguera y me dieron instrucciones para comenzar a inhalar durante 45 segundos. Cuando pasó este tiempo, exhalé y sentí los efectos de la salvia casi de inmediato.

Lo primero que noté fue la sensación de mi cuerpo disolviéndose. Poco después comencé a sentir los efectos físicos, comenzaron las alucinaciones. Sentí como si mi cabeza se hubiera dividido en dos y una corriente con dibujos comenzó a fluir desde ambos lados de mi cara. Esta corriente era un "patrón de arlequín" de grandes diamantes de color marrón y blanco que fluyeron lejos de mí y comenzaron a formar el límite de un espacio tridimensional infinito. Estos diamantes continuaron en mosaico hasta un punto infinito y sentí como si estuviera suspendido sobre esta extensión, colgando como una figura que cuelga de la proa de un barco.

A lo largo del viaje, recuerdo haber sido vencido por la profunda belleza de la escena que estaba presenciando. Si intentaba concentrarme, podía recordar que en la realidad básica estaba en una habitación en Johns Hopkins, pero eso no alivió la sensación de estar en una realidad completamente diferente, como si estuviera sentado en un contenedor que me acordonó del mundo 'normal'.

En general, la experiencia fue bastante agradable y sólo duró unos 3 minutos. El regreso a la realidad fue tan abrupto como cuando lo dejé. En un cierto punto, los diamantes en el patrón de arlequín comenzaron a estirarse cada vez más hasta que el mundo entero era marrón, y finalmente se desvaneció a negro. Al mismo tiempo, empecé a ser consciente de mi cuerpo otra vez. No sentí ningún tipo de pánico o inquietud, pero me encontré respirando larga y profundamente.

Ésta fue la primera experiencia, aún habría que recibir una dosis más alta:

Al día siguiente, fui atado a la máquina de escaneo cerebral estructural. Me darían dos dosis de salvia. Una sería tan fuerte como el día anterior y la otra podría ser cualquier cosa, desde un placebo hasta una dosis tan poderosa como la que experimenté el día anterior. No me dirían de antemano qué dosis fue cuál.

Nunca antes había estado en una máquina de resonancia magnética y no tardé en darme cuenta de que no era exactamente el mejor entorno para experimentar con salvia. Para empezar, las máquinas de resonancia magnética son muy estrechas y tendría que usar un casco ajustado.

También aprendí que las máquinas de resonancia magnética son muy ruidosas. Suenan como un enorme láser disparando docenas de veces por segundo. Suena absolutamente terrible y me preocupé por cómo afectaría el viaje. Para que el ruido fuera menos horrible, me proporcionaron un par de audífonos que tocarían música durante mi viaje.

Durante mi primera dosis de salvia no sentí nada en absoluto. Esto significa que puede haber sido un placebo, una dosis muy baja de salvinorina A o que cometí un error durante la inhalación. 

Sin embargo, durante la segunda dosis, los efectos comenzaron una vez más casi tan pronto como terminé mi inhalación de 45 segundos. Después de sentir que mi cuerpo se disolvía desde mi pecho hacia afuera, comencé a ver dos espirales frente a mis ojos. Éstas empezaron a alejarse de mí y se transformaron en un túnel giratorio. Recuerdo que sentí un intenso deseo de entrar en el túnel y una sensación de frustración por no poder avanzar hacia él. Sin embargo, después de aceptar que no iría al túnel ese día, pasé el resto de mi viaje observando un patrón de arlequín, verde y amarillo esta vez. A medida que el viaje terminaba, el túnel comenzó a flotar sobre la parte posterior de mi cabeza. Traté de inclinar mi cabeza hacia atrás para seguirlo, sólo para darme cuenta de que todavía no podía moverme. Una vez que el túnel había desaparecido recuperé la sensación en mi cuerpo.

De acuerdo con Barrett, se compararán las imágenes de la actividad cerebral bajo los efectos de la salvia y sin ellos para buscar cualquier diferencia en la actividad neuronal entre estos dos estados. Cada imagen cerebral se comparará con las imágenes de otros 11 voluntarios, para ver si surge algún patrón de actividad a través de la comparación.

Este estudio fue una pequeña contribución para comprender mejor una de las drogas alucinógenas más extrañas del mundo. Al igual que los otros psicodélicos "clásicos", la salvia puede proporcionar una visión profunda de la naturaleza de la conciencia o resultar ser un medicamento potente para una variedad de enfermedades psiquiátricas. 

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Con seriedad y ánimo científico, Freud encontró en los sueños una puerta de entrada al conocimiento del inconsciente

Como es sabido, los sueños ocuparon un lugar fundamental en el desarrollo del psicoanálisis llevado a cabo por Sigmund Freud. De hecho, hasta cierto punto este elemento singular de la psique humana es uno de los motivos que mayor atracción o curiosidad provocan hacia la disciplina. 

Cuando Freud propuso usar los sueños para explorar el inconsciente, de algún modo recogió la herencia cultural que por muchos siglos consideró a éstos mensajes enigmáticos de importancia notable en la vida humana. Como detalle anecdótico cabe señalar la coincidencia que existe entre el título de la obra magna de Freud sobre el tema, La interpretación de los sueños (1899), y un tratado homónimo de Artemidoro (s. II), sumamente popular en la Grecia y Roma antiguas, y del cual, según los estudiosos, se deriva buena parte de los diccionarios de sueños que por muchos siglos han intentado develar el misterio que los rodea y decirle al soñante qué significan. 

¿Cuál es la diferencia, sin embargo, entre el tratado de Artemidoro y el método propuesto por Freud? Dicho de otra manera, ¿qué encontró Freud en los sueños que le interesó pero que al mismo tiempo, en el tratamiento que dio a éstos, lo alejó de la definición y el uso que hasta su época se les había dado?

Para responder esta pregunta es necesario recordar que la intención de Freud al desarrollar el psicoanálisis fue siempre de orden científico. En ese sentido, cuando el médico de Viena acudió a las fantasías nocturnas de sus pacientes, no pretendió retomar las investigaciones oníricas tal y como las habían dejado los poetas o los filósofos de la antigüedad, sino que más bien tomó los sueños como se toma un elemento que se lleva al laboratorio. Los miró, los estudió, intentó entenderlos y, sobre todo, buscó conocer su función y su origen en el marco de aquello que llamó el aparato psíquico humano.

El descubrimiento al que llegó Freud –dadas las condiciones y las limitaciones tanto de su época como de su trabajo– fue sorprendente, pues encontró que los sueños eran de la misma naturaleza que los delirios de las personas afectadas por la locura. 

Quien haya tenido contacto con una persona delirante sabrá que uno de sus rasgos más visibles es la pérdida de contacto con la realidad. Si bien el ser humano es sumamente peculiar a este respecto (haber desarrollado la conciencia nos llevó a experimentar de manera única la realidad: sustentada en percepciones reales pero codificada por un lenguaje abstracto), en el caso de la locura, la psicosis o el delirio, la desconexión entre la mente y la realidad es prácticamente absoluta: el sujeto no experimenta más que las formas que le dicta su delirio.

Entre otros hallazgos, al estudiar la enfermedad mental Freud constató la potencia de la mente, que es capaz de suplantar con una fantasía la experiencia de realidad hasta tal punto que impide a la persona volver a tener conciencia del mundo. 

Esos son los casos extremos, pero lo cierto es que en nuestra vida cotidiana hay más personas de las que creemos que se acercan a dicho estado delirante. La historia que nos contamos a diario, inconscientemente, que nos permite codificar la realidad es similar a ese delirio, con la diferencia notable de que existe un consenso social que la avala o, por otro lado, a nivel subjetivo, es suficientemente parecida a la historia que se cuentan otros como para permitirnos convivir y coexistir. 

Sin embargo, el mundo de los sueños es un mundo aparte. Freud encontró que el sueño es una especie de “delirio” que la mente humana es capaz de crear al dormir para permitir al yo establecer un acuerdo entre la necesidad de descanso y el aplazamiento de otros deseos. En Esquema del psicoanálisis (1940), Freud dice al respecto:

Todo sueño en tren de formación eleva al yo, con el auxilio de lo inconsciente, una demanda de satisfacer una pulsión, si proviene del ello; de solucionar un conflicto, cancelar una duda, establecer un designio, si proviene de un resto de actividad preconsciente en la vida de vigilia. Ahora bien, el yo durmiente está acomodado para retener con firmeza el deseo de dormir, siente esa demanda como una perturbación y procura eliminarla. Y el yo lo consigue mediante un acto de aparente condescendencia, contraponiendo a la demanda, para cancelarla, un cumplimiento de deseo que es inofensivo bajo esas circunstancias.

A continuación da estos tres sencillos ejemplos, “un sueño de hambre, uno de comodidad y uno de necesidad sexual”:

En el soñante, dormido, se anuncia una necesidad de comer, sueña con un soberbio banquete y sigue durmiendo. Desde luego, tenía la opción entre despertarse para comer o continuar su dormir. Se decidió por esto último y satisfizo su hambre mediante el sueño. Al menos por un rato; si el hambre persiste, no tendrá más remedio que despertar. El otro caso: el soñante (es médico y) debe despertar a fin de encontrarse en la clínica a cierta hora. Pero sigue durmiendo y sueña que ya está ahí, es verdad que como paciente, y entonces no necesita abandonar su lecho. O bien por la noche se mueve en él la añoranza de gozar de un objeto sexual prohibido, la esposa de un amigo. Sueña que mantiene comercio sexual, no con esa persona, ciertamente, pero sí con otra que lleva igual nombre, por más que ésta le resulta indiferente. O su revuelta se exterioriza en permanecer la amada en total anonimato.

La diferencia el delirio psicótico y los sueños es que éstos admiten la interrupción, una cualidad de enorme trascendencia, pues en tanto creaciones de la mente, la posibilidad de poder interrumpirlos significó para Freud la puerta abierta a su estudio a través del único medio que con el que contaba para explorarlos: la palabra del soñante. A través del relato que una persona podía hacer de un sueño que tuvo, Freud aprendió a conocer el inconsciente: su estructura, su comportamiento, su relación con la conciencia, su influencia en la vida de una persona y más.

Fue así como el médico de Viena hizo de los sueños un material privilegiado de conocimiento del aparato psíquico. La locura y el delirio permanentes son puertas selladas en la mente de quien los padece, pero no los sueños. Los sueños son una especie de locura momentánea, necesaria, que tenemos todas las noches (o casi) pero que, como el delirio, no se forman de la nada, sino que se nutren tanto de nuestras experiencias pasadas, como de nuestros recuerdos y de aquello que vivimos todos los días. En los sueños el inconsciente todo lo amalgama para permitir el loable objetivo de dormir. 

¿Pero entonces por qué un sueño es capaz de despertarnos? ¿Por qué surgen las pesadillas? ¿Por qué no es posible pegar la cabeza a la almohada y dormir de un tirón si es lo que verdaderamente queremos? 

Esos problemas tienen una raíz común: el deseo, que para el ser humano (y especialmente para el neurótico) nunca puede satisfacerse fácilmente, ni siquiera en los sueños. Dice Freud, también en Esquema del psicoanálisis:

No se debe olvidar que el sueño es en todos los casos el resultado de un conflicto, una suerte de formación de compromiso. Lo que para el ello inconsciente es una satisfacción puede ser para el yo, y por eso mismo, ocasión de angustia.

El deseo y su relación con la angustia es un tema que merece desarrollarse más ampliamente en otra ocasión. Por el momento basta saber que los sueños fueron para Freud una de las puertas de entrada al conocimiento del inconsciente (y, de paso, a la comprobación de su existencia). Después el psicoanálisis continuó sobre otras pistas, por lo que actualmente los sueños son tomados de otra manera, pero para el sujeto que desea conocerse son un material elocuente sobre las raíces profundas del Yo y las aguas sobre las que flota el árbol de la conciencia.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

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