*

X
De la división tripartita del alma de Platón se desprenden también 3 tipos de hombres que podemos encontrar aún de manera dominante en las ciudades modernas

En La república, el texto que según el traductor y politólogo Allan Bloom marca un momento decisivo en la historia de nuestra civilización, Platón hace una división tripartita del alma y de la ciudad (que es un reflejo macrocósmico del alma). Famosamente, Platón divide el alma en tres principios organizados jerárquicamente: la parte intelectual o racional (nous), la parte irascible o espiritosa (thumos) y la  concupiscible o apetitiva (epithumia). El intelecto debe controlar los otros dos aspectos (que en el Fedro compara con dos caballos, thumos y eros, controlados por el logos) para que se alcance la justicia y el individuo se ordene en relación al bien. Cada aspecto tiene su virtud controladora: la sabiduría o prudencia (sophia o phronesis) son propias del alma racional, la fortaleza o la valentía (andreia) dominan el alma irascible y la templanza o moderación (sophrosiné) la parte concupiscible. Cuando estos tres aspectos funcionan correctamente, cada uno guardando su lugar, eso es la justicia, la cuarta virtud, la cual también puede pensarse como la armonía de las tres. Y esto puede extrapolarse a una ciudad.

Platón, en consonancia con esto, plantea que existen tres tipos de hombres, aquellos que aman la sabiduría, aquellos que aman la victoria y aquellos que aman el lucro. Estos tres corresponden a los filósofos, los guardianes de la ciudad y los comerciantes o hacedores de dinero, respectivamente. Sócrates explica que al hacedor de dinero no le interesa el placer de recibir honores, y menos aún el conocimiento por sí mismo. Este individuo se rige por el aspecto concupiscible del alma. Al guardián o guerrero le parece vulgar regirse utilitariamente por las ganancias económicas y tampoco le interesa el conocimiento en sí mismo, le interesa ser alabado y honrado por los demás. Este tipo de individuos se rigen por el alma irascible, el thumos (también transliterado thymos) que a veces ha sido traducido como "espíritu", en tanto que se relaciona con el aliento, y también como "corazón" en un sentido figurado, ya que se relaciona con la sangre y el coraje. Es esta la emoción que regía a la Grecia homérica, donde se priorizaban los valores heroicos. Los filósofos son los que se rigen por el intelecto (que no significa meramente lo racional en el sentido más moderno, sino también lo intuitivo) y aman la sabiduría por sí misma, sin buscar un provecho ulterior. Son éstos a los que Platón famosamente llama a gobernar la ciudad, pues hasta que no haya un rey-filósofo habrá una sucesión de modelos de gobierno (aristocracia, timocracia, oligarquía, democracia, tiranía, que emulan también estados de equilibrio y desequilibrio del alma) que tienden a una cierta injusticia y a una constante sucesión calamitosa. Sin embargo, pese a lo que suele creerse popularmente, el punto que hace Platón en este diálogo no es que el filósofo debe gobernar la ciudad, sino más bien que la vida filosófica es superior a la vida política, e incluso que la ciudad ideal que imaginan Sócrates y Glaucón (el hermano de Platón) no es una ciudad que pueda realmente materializarse. Como nota Allan Bloom en su ensayo interpretativo, La república es la verdadera apología de Sócrates, el filósofo condenado a muerte por corromper a los jóvenes de la polis y ensalzar la vida filosófica que necesariamente se opone a la vida política. El filósofo debe ser obligado a gobernar por la ciudad -porque no le interesa el poder-, pero la vida filosófica requiere de una dedicación a la búsqueda del conocimiento en sí mismo y a una contemplación de lo eterno, que además no tiene un punto final, por lo cual la vida política interrumpe e incluso niega la vida filosófica. De alguna manera, el primer libro de teoría política es un libro antipolítico. Como dice Bloom, Platón muestra "lo que un régimen debería ser para ser justo y por qué ese régimen es imposible... Sócrates construye su utopía para señalar los peligros de lo que llamaríamos utopianismo; como tal, es la más grande crítica de un idealismo político jamás escrita".

De cualquier manera, el punto que queremos hacer aquí es que esta división de los tres tipos de personas, sin querer hacerla un dogma definitivo, sigue siendo vigente en nuestra sociedad, la cual parece ser dominada por aquellos que se basan en el aspecto apetitivo -lo que refleja un hedonismo- y que no tienen muchos mayores valores que intentar hacer dinero para poder saciar sus deseos. Y donde también abundan aquellos dominados por el aspecto concupiscente, sobre todo en el sentido de que buscan recibir honores y vanagloriarse de los mismos -lo que refleja un cierto narcisismo, tan abundante en las redes sociales-. Ya en la época de Platón, el poder político de Atenas discutía deshacerse de los filósofos, que eran seriamente criticados por no producir nada de valor, por dedicarse a contemplar insectos o, como si fuere, a contemplar su propio ombligo (véase Las nubes de Aristófanes). Hoy en día "los amantes del conocimiento", es decir, aquellos para quienes el saber es una actividad erótica, no instrumental, son cada vez más raros y son marginados, ya no con la cicuta o el exilio, sino con la indiferencia.

Te podría interesar:
El amor, ¿hijo de la penuria?

Entre todas las obras que se han escrito sobre el amor, El banquete es sin duda una de las más influyentes e importantes. Incluso ahora que tantos siglos han transcurrido desde su redacción original, aún es posible pasar sus páginas y encontrar ideas capaces de conducirnos a una reflexión provechosa a propósito de un tema que, por otro lado, es fundamental para la existencia humana.

De hecho, esa es precisamente la razón de su vigencia. Si El banquete todavía es capaz de decirnos algo sobre la experiencia del amor es en buena medida porque Platón realizó ahí unos de los ejercicios filosóficos más auténticos y originales en la historia del pensamiento occidental, y también uno muy sincero, mostrando la razón de ser de la filosofía como instrumento que nos permite reflexionar sobre la existencia y al mismo tiempo provocar un efecto real con dicha reflexión. El banquete nos hace reflexionar sobre el amor pero no a la manera de ciertas discusiones filosóficas que se pierden en la abstracción, el vacío o la especulación, sino a partir de la vida en la que nos encontramos.

En ese sentido, la obra de Platón se distingue ya por un elemento muy distintivo: la comprensión del amor como un elemento consustancial a la vida. En el caso del ser humano, el amor y la vida son distintos, pero su relación es tan estrecha que por momentos del amor puede decirse que es el medio a través del cual la energía de vida se expresa en la existencia humana. Esta idea puede parecer un tanto redundante de momento, pero más adelante posiblemente se clarifique.

Muchos de nosotros tenemos una idea más bien limitada del amor. Lo más común es que al amor lo pensemos dentro de los límites de una relación interpersonal: de pareja, familiar, entre amigos, etc. Muy probablemente para casi todos ese sea el nivel más inmediato en el que situamos nuestras ideas sobre el amor. Quizá podamos ir más allá y encontrar cierta forma de amor en elementos cotidianos de nuestra vida (una mascota, un hogar, etc.) o incluso en abstracciones propias de la cultura humana (un país, una religión, un trabajo). 

Sin embargo, la identificación entre amor y vida no siempre es evidente para todos. A este respecto cabría hacer aquí una breve nota al margen y preguntarse si quizá no es esa la razón por la cual el amor se presenta a veces como un “problema” y a veces incluso como una fuente de sufrimiento. Cuando se le limita a una relación de pareja, por ejemplo, que por sí misma tiene sus singularidades, ¿cómo no esperar que esa idea de amor sea problemática? Para quien tiene ya una relación sentimental con otra persona puede parecer muy obvio (aunque equivocado) atribuir los problemas de su relación a un “problema de amor”; quien no tiene una relación y la busca ansiosamente, quizá llegue a pensar que si no la consigue es porque “el amor es complicado”.

Pero si, como muestra Platón a lo largo de El banquete, el amor no se limita a una relación interpersonal, ¿en qué lugar quedan esas preocupaciones? Si, como hemos dicho, cabe identificar al amor con la vida, ¿eso quiere decir que la vida también es un problema? ¿Y cómo pensar el vínculo que algunos establecen entre amor y sufrimiento o entre vida y sufrimiento? Es posible que entender el amor desde otra perspectiva ayude también a liberarlo de la comprensión más bien estrecha con que solemos pensarlo y experimentarlo.

A este respecto, hay un momento del diálogo platónico que puede resultar sumamente elocuente. Éste ocurre una vez que el intercambio de elogios y opiniones se encuentra bien avanzando y le ha llegado a Sócrates el turno de expresar su opinión. Quienes conozcan el texto saben que para esto el filósofo no elabora estrictamente una idea original, sino más bien expone las enseñanzas que sobre el tema recibió de una mujer, Diotima, filósofa y sacerdotisa. 

Entre otras cosas, Diotima cuenta a Sócrates una genealogía de Eros (el amor) que según se ha dicho es original y exclusiva de El banquete o, dicho de otro modo, difiere de todos los autores y textos canónicos que para entonces habían fijado la mitología griega (notablemente la Teogonía de Hesíodo y las obras de Homero). En el relato de Diotima, el origen de Eros es el que sigue:

Cuando nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete y, entre otros, estaba también Poros, el hijo de Metis. Después de que terminaron de comer, vino a mendigar Penía, como era de esperar en una ocasión festiva, y estaba cerca de la puerta. Mientras, Poros, embriagado de néctar –pues aún no había vino–, entró en el jardín de Zeus y, entorpecido por la embriaguez, se durmió. Entonces Penía, maquinando, impulsada por su carencia de recursos, hacerse un hijo de Poros, se acuesta a su lado y concibió a Eros. Por esta razón, precisamente, es Eros también acompañante y escudero de Afrodita, al ser engendrado en la fiesta del nacimiento de la Diosa y al ser, a la vez, por naturaleza un amante de lo bello, dado que también Afrodita es bella. 

Ya en este punto, la historia es singular por la filiación que Diotima da a Eros como hijo de la Abundancia (Poros) y de la Pobreza (Penía), dos entidades que difícilmente asociaríamos con el Amor. La historia continúa de este modo:

Siendo hijo, pues, de Poros y Penía, Eros se ha quedado con las siguientes características. En primer lugar, es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es más bien duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto, se acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los caminos, compañero siempre inseparable de la indigencia por tener la naturaleza de su madre. Pero, por otra parte, de acuerdo a la naturaleza de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es valiente, audaz y activo, hábil cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de sabiduría y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su vida, un formidable mago, hechicero y sofista. No es por naturaleza ni inmortal ni mortal, sino que en el mismo día unas veces florece y vive, cuando está en la abundancia, y otras muere, pero recobra la vida de nuevo gracias a la naturaleza de su padre. Mas lo que consigue siempre se le escapa, de suerte que Eros nunca ni está falto de recursos ni es rico, y está, además, en el medio de la sabiduría y la ignorancia. 

Como podemos ver, esta representación del amor dista mucho de aquellas que quizá tengamos en mente tanto en un sentido visual (aquellas inspiradas en la mitología, por ejemplo, en la que Eros o Cupido es o un niño o un joven, delicado, bello, con cierto aire inocente o ingenuo) como en un sentido conceptual. Pocos de nosotros imaginamos al Amor “duro y seco, descalzo y sin casa”, durmiendo a la intemperie “y al borde de los caminos”, una imagen que más parece corresponder a la de un vagabundo, un clochard o simplemente un indigente. 

Con todo, así es como lo pinta Diotima por la buena razón de que hace al Amor hijo de la Pobreza. Y, como es bien sabido, es en la necesidad donde aflora el ingenio. Sin embargo, también es cierto que la penuria no lo es todo. No basta reconocer una necesidad para actuar al respecto. Como lo señala el texto, también hace falta valentía, audacia, actividad y habilidad, además de amor al conocimiento y a la sabiduría (las cualidades de Eros heredadas de Poros).

Visto así, el amor se presenta entonces como una especie de impulso dialéctico cuya relación con la vida es tan estrecha porque sólo a través de él y de su efecto en la existencia es posible que ésta se desarrolle. La vida, en efecto, es problemática, pero no por una razón misteriosa o absurda, sino por un hecho muy concreto: porque la vida está asentada sobre la necesidad (aquello que en el psicoanálisis lacaniano se identifica con la falta). Desde el nacimiento hasta la muerte, siempre hay algo que nos falta: alimento, cobijo, protección, cercanía con otros, satisfacción sexual, ánimo, felicidad, etc., y salvo quizá por la infancia (período que algunos tienen la fortuna de vivir como un Jardín del Edén), no hay momento de la vida en que dicha necesidad se satisfaga sin esfuerzo aparente, como si el elemento satisfactor apareciera mágicamente o por sí solo. Como lo señala el relato de Diotima, la necesidad (la falta) también es capaz de hacernos maquinar y poner en marcha nuestros recursos. El amor nos lleva a ello. Mejor dicho: encarar la falta de esa manera suele ser un acto mediado por el amor.

¿Amor a qué? A la vida, naturalmente. Tal vez este sea el enfoque más radical y apremiante que El banquete puede sugerir a nuestra forma de pensar y experimentar el amor, con efectos importantes en nuestra existencia. No únicamente como un sentimiento con ciertos resabios infantiles con el cual justificamos la atracción sexual por una persona, o como el sostén de una fantasía un tanto sospechosa bajo cuya forma imaginamos el encuentro con el otro. El amor, más bien, como el impulso que acompaña la vida y que está ahí para alentarnos a enfrentar aquello que, en otro campo, Charles Darwin llamó “la lucha por la existencia”. La vida surge en determinadas condiciones, se descubre obligada a abrirse paso si busca persistir y prevalecer, y para ello su única alternativa es poner en marcha los recursos de los que dispone. Por un azar de la historia, para que este objetivo de la vida se cumpla en el ser humano, éste necesita descubrir su capacidad de amar y cultivarla en todos los aspectos de su existencia, a cada instante.

En Vers la sobriété heureuse, el filósofo de origen argelino Pierre Rabhi resume en estas pocas líneas dicha comprensión sobre el amor de cara a la vida; escribe Rabhi:

La vida es una bella aventura sólo cuando está jalonada por pequeños o grandes desafíos por remontar, los cuales nos mantienen atentos, suscitan la creatividad, estimulan la imaginación y, en pocas palabras, provocan el entusiasmo, es decir, lo divino en nosotros.

El amor, como pensaba Platón, quizá nos conduce hacia lo alto, hacia lo divino, pero cabría decir también que si esto es cierto, en el proceso se descubre que toda la posible trascendencia de la vida, todo lo sublime que ésta podría albergar, lo más elevado, está aquí, siempre ha estado aquí, y de hecho es mucho más terrenal de lo que ciertas imaginaciones filosóficas nos podrían hacer creer. Pero es sólo gracias al amor por la vida como nos podemos dar cuenta de ello.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Según Platón, con cada cambio en nuestra vida experimentamos un poco de inmortalidad

 

Imagen de portada: revista Eros, verano de 1962