*

X
La segunda parte de la lista del canon de la vida espiritual de Occidente: del siglo XVII a la actualidad

En la segunda parte de nuestra lista "canónica" de los 25 libros clásicos de la vida espiritual de Occidente retomamos la selección a partir del siglo XVII. Como mencionamos en la primera parte, la lista trata de ofrecer una especie de curriculum de los libros más influyentes, inspiradores y estéticamente estimulantes de la espiritualidad y religiosidad occidental, dejando de lado lo que es meramente esotérico y metafísico, centrándose en lo ético, contemplativo y místico; priorizando la práctica o recurriendo a los fundamentos teóricos y éticos pero como plataforma de lo místico o al menos de lo que ha sido llamado un arte de vida o la vida como arte.

Como nos vimos obligados a hacer en la primera parte, es necesario defender esta lista y explicar algunas omisiones que quizá sean señeras (y a las cuales el lector puede agregar en los comentarios).

Indudablemente esta segunda parte de la lista podría haber sido enriquecida por la obra de algunos poetas, además de Goethe. Particularmente en la tradición de lengua alemana Hölderlin y Rilke son ausencias dolorosas, los dos grandes poetas de la percepción divina. Novalis, como emblema justamente del romanticismo podría igualmente pelear por un lugar. En lengua inglesa el lector notará la ausencia de Blake cuya obra visionaria, tan cercana a Böhme y a Swedenborg (otra ausencia notable), se ha mantenido como una importante influencia. El Matrimonio del Cielo y la Tierra es seguramente el libro que primero incluiríamos en esta lista si fuéramos a alargarla (lo cual no hemos hecho por la pululación de una tendencia hacia una infinita prolongación). Antes que Blake poetas como Milton, George Herbert, John Donne y los mismos hermanos Vaughan (uno de los cuales era alquimista) también merecen nombrarse. O la rica tradición romántica inglesa que Blake inaugura: Wordsworth, Coleridge y Keats, especialmente. El jesuita Gerhard Manley Hopkins merece una nota aparte. En el siglo XX, W.B. Yeats y T.S. Elliot, especialmente sus Cuatro cuartetos. En Estados Unidos sin duda Leaves of Grass de Walt Whitman es el texto fundamental y casi fundacional de una espiritualidad americana. Se podría hacer el argumento para incluir a algunos de los poetas parnasianos franceses, pero probablemente la cumbre mística de la poesía francesa moderna está en la obra de Paul Claudel. Sus Cinco Odas son clásicos de la poesía espiritual. En español, tal vez poetas como Octavio Paz (una espiritualidad del amor), García Lorca (una espiritualidad del duende) o Neruda (una espiritualidad de la Tierra). Algunos de los heterónimos de Fernando Pessoa, con su inclinación panteísta, también deberían considerarse en un panorama de la poesía religiosa o espiritual (lo cual corre el riesgo de ser tautología, pues toda auténtica poesía tiene una cualidad espiritual). La omisión de estos poetas, por otro lado, se entiende en tanto a que no cumplen completamente con algunos de los parámetros considerados para esta lista, salvo en el caso de obras alegóricas -como la de Dante o la de Milton o incluso las de Blake- de las cuales se puede derivar una ética y no sólo una mística a través de la estética.

Entre novelistas, quizás podríamos haber incluido algo de Georges Bernanos, el excelente novelista cristiano francés. Bajo el sol de Satán, es un buena muestra. La obra de Herman Hesse, influenciada tanto por Nietzsche como por Jung y por el gnosticismo, particularmente Demián merece una mención honorífica (y no su excelente novela espiritual Siddhartha por su tema oriental obviamente). Los Vagabundos del Dhama, de Jack Kerouac, es una excelente novela sobre el cruce del zen y el beat en Estados Unidos, la soledad, las montañas, el vino y el jazz. Por supuesto alguna obra de Tolstói, sobre todo sus escritos espirituales que fueron tan influyentes en pensadores como Gandhi, Tagore y otros. Sin embargo, preferimos a Dostoyevski. 

En cuanto a los filósofos, nuestra inclusión de Nietzsche y Kierkegaard está justificada en que su obra discurre por cauces más literarios que sistemáticos, lo cual hace su lectura más accesible y placentera. El mundo como voluntad y representación es un texto que estuvo a consideración, pues está escrito en una prosa mucho más amena y literaria y no menos profunda que la de algunos de sus precursores -como Hegel y Kant- y además se inclina a lo que podemos llamar una espiritualidad ateísta, donde el arte y particularmente la música son la fuente de significado (esta es, en varios sentidos, una espiritualidad muy cercana a la espiritualidad moderna). Además de la entrañable relación que registra Schopenhauer con las Upanishad (las cuales fueron su gran consuelo). La Fenomenología del Espíritu de Hegel es un texto de una influencia sin parangón y que literalmente trata sobre la vida del espíritu (o mente) y su síntesis en la historia o el proceso de la toma de conciencia absoluta de Dios. Pero sobra decir que no es un libro fácil de leer y entender. Sin embargo, el lector que le invierta tiempo a Hegel podrá encontrar allí una espiritualidad que resuena con mucha de la espiritualidad moderna, ligada a un proceso (de evolución o síntesis); o a la idea de la creatividad como lo divino y lo cultural como espiritual; o de la contradicción, no como un defecto, sino como una virtud de la persona, en su complejidad que admite los opuestos. La idea de Hegel de que Dios se hace consciente en la conciencia del ser humano resonara con filósofos como Whitehead y encontrará un fuerte eco en la psicología de Carl Jung. Igualmente, bajo ciertas lecturas subversivas como la de Feuerbach, se encuentran en la filosofía de Hegel los gérmenes del ateísmo moderno. El filósofo favorito de los artistas, pues concebía al cosmos como un poema divino, es el compañero de cuarto de Hegel y de Hölderlin, F.W. Schelling, cuyo Sistema del Idealismo Trascendental es digno de notarse. Ciertamente una espiritualidad se puede extraer del Ser y Tiempo de Heidegger, pero ocurre aún más que en el caso de Hegel, por su constante experimentación lingüística, que se trata de un texto impenetrable, salvo para el especialista o para el lector altamente entusiasta. Más interesante es el Heidegger tardío que ve en la poesía el lugar del encuentro con el Ser. 

Dos grandes académicos del siglo XX merecen una mención: Henry Corbin y Gershon Scholem, los dos grandes académicos del sufismo y la cábala, respectivamente, miembros del círculo de Eranos. Su omisión se debe a que sus textos son demasiado académicos, si bien su contribución al espíritu del tiempo es incuantificable y Corbin fue él mismo un místico y un hombre de un enorme entendimiento, pero el hecho de que esta lista se limita a lo "occidental" hace más fácil prescindir de Corbin, quien es sin duda el principal vínculo entre el misticismo islámico y la civilización occidental. En el caso de la cábala y el misticismo judío, además de la obra de Scholem, una excelente introducción a la filosofía de vida de esta tradición son los Cuentos Jasídicos de Martin Buber.  

Entre los místicos cristianos del siglo XX desataca sin duda el paleontólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin, quien concibiera la idea de la noosfera, la capa pensante o espiritual planetaria, que fuera tan influyente entre algunos de los primeros emprendedores del Internet. Teilhard quizo conciliar la visión científica materialista con la visión espiritual de la religión, entendiendo la materia como semilla del espíritu, o como el proceso evolutivo a través del cual el cosmos entero se cristifica. El Fenómeno del Hombre y El Corazón de la Materia son dos textos importantes. Otro caso que debemos mencionar es el del monje trapense estadounidense Thomas Merton, quien fue un buen ejemplo de la profunda tradición contemplativa cristiana -si bien también fue sensible a la aportación del zen-. Merton dejó una autobiografía que se ha convertido en un merecido bestseller: La montaña de los siete círculos. 

Para algunos lectores inclinados al esoterismo, será difícil de perdonar la omisión de los llamado perennialistas o tradicionalistas: Guenon, Schuon, Coomaraswamy, Evola o incluso a Aldous Huxley. Especialmente Guenon y Coomaraswamy son figuras de gran peso intelectual y penetración místico-intuitiva. La decisión en parte se justifica puesto que sus intereses suelen ser orientales (y Coomaraswamy nació en Sri Lanka) o porque pese a que entre su enorme mosaico temático también abordan la tradición espiritual occidental -las sociedades secretas, el misticismo de Eckhart o de Plotino, la crítica de la secularidad, son algunos de sus temas-, al diluir las fronteras de las tradiciones y unificarlas en la cima amalgamante de una supuesta verdad metafísica universal, siguen el ejemplo de Ramakrishna para quien todas las tradiciones confluían en un mismo océano divino, trascendente-inmanente que borraba las diferencias, y que aspiraba a una especie de religión universal. Pero justamente lo que queremos resaltar aquí es la diferencia y la particularidad de una tradición y no difuminarla; si bien puede que sea cierto que en la cima o en el origen todo es uno: el camino, en su inconmensurable diversidad, es lo que queremos destacar y disfrutar. SI tuviéramos que elegir una obra relevante del movimiento tradicionalista o perennialista, sería El Reino de la Cantidad, de Guenon, donde el esoterista francés sugiere que el materialismo de la modernidad no sólo es una ideología sino una forma o categoría de percepción que se ha venido condensando y volviendo más burda con el tiempo, en este Kali-Yuga.

Otro esoterista francés, René Schwaller de Lubicz, la mente maestra detrás del misterio de Fulcanelli y un hombre de grandes capacidades metafísicas, también merece considerarse, si bien es evidente que su obra maestra The Temple of Man, su estudio de la teología matemática egipcia, es demasiado esotérica y compleja (el lector se beneficiará en leer primero el libro biográfico Al-Kemi, escrito por André VandenBroeck). Otro gran esoterista, y sin duda uno de los grandes místicos del siglo XX, fue Rudolf Steiner, quien dejó testimonio en su obra mundana de sus grandes logros espirituales: la escuela Waldorf, la euritmia, el método de la agricultura biodinámica o el Goetheanum. Sin embargo, la obra del fundador de la antroposofía pasó de lo filosófico a lo esotérico muy rápido y difícilmente se puede encontrar un texto central en su opus que podamos llamar un clásico. Y pese a su indudable brillantez y erudición su prosa es intrincada, densa y no muy fluida. Otra importante escuela espiritual en Occidente en el siglo XX fue la del gran místico armenio George Gurdjieff y su cuarto camino. Con Gurdjieff ocurre como con otros místicos que su obra escrita no es demasiado clara y quizá su mejor exponente es su alumno Ouspensky, particularmente en su obra En busca de lo milagroso y en su serie de lecturas Psicología de la posible evolución del hombre. De cualquier manera recomendamos el texto autobiográfico Encuentros con hombres notables, muchos más accesible y disfrutable que el monumental Relatos de Belcebú a sus nietos.

No hemos incluido las obra de H.P. Blavatsky ni de su seguidores teosóficos, pues nos parece que sus obras no son realmente clásicas y su popularidad se debe a razones equivocadas. Se ha demostrado que Blavatsky utiliza fuentes espurias, no tiene un conocimiento demasiado profundo de la tradición griega ni tampoco de la india, pues utiliza malas traducciones. El supuesto de que la Madam recibió su información de maestros ascendidos no nos compete ni interesa aquí. Dicho eso, entre la enorme densidad de sus páginas, se encuentran pasajes de gran belleza esotérica. Entre sus seguidores -aunque no de su círculo inmediato- habría que destacar a Manly P. Hall (además de Rudolf Steiner), el filósofo canadiense que a los 27 años completó una obra monumental The Secret Teachings of All Ages, una obra que pretende penetrar los secretos de todas las tradiciones místicas de Occidente. Aunque no hay duda de que Hall era un gran lector, dueño de una gran intuición y una capacidad para encontrar los puntos en común entre las diferentes tradiciones y sintetizarlos de una manera sencilla y elegante, su obra deja mucho que desear académicamente. Hall luego completó libros que servirían aún hoy como buenos manuales para prevenir la fácil espiritualidad new age, como Words to the Wise. Sin embargo, su más valiosa contribución fueron sus elocuentes y hasta hipnóticas lecturas y sermones de los domingos que han sido recopilados en audio por la Philosophical Research Society. Otra omisión es la de la obra de Carlos Castaneda, enormemente influyente, pero que podemos mejor ubicar dentro del new age, y como mucha de la teosofía o como el texto pseudo-hermético El Kibalión, con un origen de muy dudosa procedencia. 

La espiritualidad moderna, con su tendencia a ser "espiritual pero no religiosa", tiene a uno de sus grandes exponentes en Ralph Waldo Emerson, el poeta y ensayista trascendentalista que fue influido por el neoplatonismo y el hinduismo,  y a quien se le considera el padre del "human potential movement". La noción de la espiritualidad como un retorno a la naturaleza queda bien cifrada en el Walden de Henry David Thoureau. 

Irina Tweedie y su alumno Llewellyn Vaughan-Lee (junto con Peter Kingsley) han vinculado el sufismo con Occidente de manera notoria y Tweedie dejó lo que podría considerarse un clásico de la vida espiritual con su Abismo de Fuego, libro en el que reporta sus experiencias como discípula de un maestro sufí. Esta lista no incluye textos escritos por autores de China, India, Tíbet, Japón, Irán y demás países (que han sido clasificados por ese término mayormente abstracto que es Oriente), pero se podría hacer un argumento a favor de Cutting Through Spiritual Materialism, de Chögyam Trungpa, un libro escrito por un lama tibetano, pero que estudió en Inglaterra y que absorbió intencionalmente la cultura occidental (incluyendo sus vicios), particularmente la estadounidense, para poder así difundir efectivamente las enseñanzas del budismo tántrico. Y este texto fue escrito para responder a un problema eminentemente occidental, que llamó "el materialismo espiritual", o el uso de la espiritualidad para engordar el ego y evitar afrontar desnudamente los aspectos más sombríos de la personalidad y la realidad. Un libro que es totalmente relevante para nuestra época. En este sentido, la obra de Krishnamurti también podría considerarse en cierta forma "occidental" e igualmente pertinente.

Por último, una de las omisiones que más lamentamos es la de los exponentes de la sophiología rusa, empezando por Vladimir Soloviev, Pavel Florensky, Sergii Bulgakov y Nicolay Berdyaev. Quizá en parte esto se justifica en tanto a que esta pléyade de filósofos y teólogos rusos no ha sido tan influyente fuera de la Iglesia Ortodoxa rusa (con notables excepciones como su profunda influencia en Henry Corbin), si bien su entendimiento sacramental de la Sabiduría, o de la divinidad femenina, goza de un cierto auge en nuestra época ligado al movimiento feminista y su necesidad de encontrar imágenes y modelos femeninos para la inspiración no sólo política sino también espiritual. Soloviev fue el filósofo precoz que tuvo la visión inicial de la eterna Sophia, el recipiente del espíritu de Dios en el mundo (equivalente a la Shekinah de la cábala). Bulgakov fue el que desarrolló una teología sistemática de la humanidad divina o "sophiánica" y la divinización del cosmos (sobre todo en su segunda trilogía: La esposa del cordero, El confortador (sobre el Espíritu) y El cordero de dios). Considerado por muchos el más grande teólogo ruso del siglo XX, el padre Sergii pierde apenas su lugar ante el más grande teólogo del siglo XX del catolicismo, Hans ur Von Balthasar. Habría sido demasiado incluir dos libros de teología sistemática del siglo XX en una lista que pretende orientarse hacia la vida como ejercicio espiritual. Quizá el libro que habría que haber incluido es La columna y el fundamento de la verdad, la obra maestra de Pavel Florensky, a veces llamado el "Leonardo da Vinci ruso" por su enorme rango de conocimientos: inventor, ingeniero, matemático, artista, teólogo, filósofo, etc. Esta es la obra más espiritual de Florensky y consiste de una serie de cartas y reflexiones teológicas que siempre están fincadas en experiencias personales y en la contemplación de la belleza de la naturaleza, algo central a la sophiología. 

Seguramente hay más omisiones y la pretensión de hacer una lista definitiva quizá resultará haber sido demasiado ambiciosa, pero esta apología ya ha sido demasiado larga. Al menos su extensión servirá como un panorama, ciertamente incompleto, de la literatura espiritual de Occidente. A continuación, la segunda parte de nuestra lista de los clásicos de la vida espiritual de Occidente, desde el siglo XVII en adelante, o, vagamente, desde la Modernidad al Presente.

*  *  *

 

14. Pensamientos, Pascal

Blaise Pascal, pese a haber muerto a los 39 años y haber vivido entre enfermedades y disputas familiares, fue una de las figuras intelectuales más imponentes de su época y en general de la literatura francesa. Pascal fue un niño prodigio, inventor, matemático, filósofo y teólogo cuya indudable obra maestra fueron sus Pensées. En esta obra inconclusa, donde comparte sus pensamientos en breves párrafos, llenos de frases memorables, Pascal hace una apología de la fe cristiana, pero no sin dejar de tocar el amplio rango de temas (quelques autres sujets) que cautivaron su inteligencia y los cuales abordó con enorme penetración y lucidez. Pascal expone las inconsistencias del pensamiento estoico y del escepticismo (que había sido revivido por Montaigne en sus clásicos Ensayos), desarrolla su famosa "apuesta" a favor de la creencia en la existencia de Dios, aplicando su teoría de las decisiones a la teología y ofrece meditaciones sobre la fe, la predestinación, el aburrimiento, la quietud, las matemáticas, la cosmología, etcétera (una de las cosas sobre las que reflexionó es especialmente relevante actualmente: aprender a quedarse quieto en un lugar sin hacer nada). Los Pensées de Pascal han sido largamente considerados una obra maestra de la prosa francesa, y son, en gran medida, el resultado de una profunda experiencia religiosa de conversión que quedó marcada en su Memorial, una nota breve que zurcía al interior de su abrigo: "Fuego, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, no el el dios de los filósofos", pronunciándose a favor del dios de la religión y no del dios de los filósofos, en esa larga disputa en el corazón de la historia de la filosofía. Una experiencia que además le hizo llevar una vida de asceta, aceptando noblemente el sufrimiento de su condición como parte de un designio sagrado. Algo que veremos también, a su manera, en Simone Weil, otra joven prodigio francesa, que murió también a muy temprana edad y cuya obra más fulgurante fue igualmente el resultado de una experiencia religiosa.

 

15. Filocalia, Nicodemo el Hagiorita y Macario de Corinto (editores)

La Filocalia (literalmente "antología" o "amor a lo bello o bueno") es la recopilación y restauración de la tradición contemplativa del cristianismo oriental, publicada en 1782 por san Nicodemo y san Macario. La obra rescata la tradición ininterrumpida del hesicasmo, de la cual participaban estos padres griegos en el sagrado monte Athos, esto es, la quietud, el silencio interior y la oración mística, primero enseñada por los Padres del Desierto, y cuya práctica fundamental es la llamada "oración del corazón" u "oración de Jesús", una técnica meditativa que consiste en repetir una oración corta y llevar la atención al corazón, a veces utilizando una técnica de respiración (algo muy similar a los procedimientos del yoga y la meditación hindú y budista). Esta tradición tuvo un momento de auge en los siglos XIII y XIV en el monte Athos, hasta el punto de provocar una controversia dentro de la Iglesia ortodoxa, debido a los reportes de visiones místicas de la llamada luz increada o luz tabórica, las cuales fueron defendidas por Gregorio Palamás. La Filocalia incluye textos de los Padres del Desierto, de teólogos y místicos que enseñan el arte contemplativo siempre desde la vida ética. Su influencia fue especialmente considerable en la Rusia del siglo XIX, en figuras como Dostoyevski, luego de una traducción y de inspirar el clásico espiritual La vía del peregrino, la historia de un joven que vaga por Rusia buscando justamente el significado de la frase de Pablo, "ora continuamente", y encuentra en "la oración del corazón" el método. Algunos teólogos modernos como Andrew Louth han argumentado que la Filocalia fue fundamental en la gestación del nuevo esplendor teológico de la llamada Edad de Plata y el reverdecer de la especulación teológica en Rusia en el siglo XIX y en la primera parte del siglo XX. La importancia de la Filocalia no puede sobrestimarse, especialmente en tanto que demuestra la vitalidad de una profunda tradición contemplativa en Occidente, de ejercicios meditativos y morales comparables con los de la riquísima tradición contemplativa de la India. Ante la popularidad contemporánea del yoga y la meditación budista, el hombre occidental haría bien también en mirar a sus propias raíces, para posiblemente descubrir allí una serie de herramientas para navegar la realidad desde el silencio, la atención plena y la compasión. En inglés existe una excelente versión dirigida por el obispo Kallistos Ware, si bien de sólo cuatro de los cinco tomos. En español hay una versión publicada por la editorial Lumen, de cuatro tomos.

 

16. Fausto, Goethe

Aunque el Fausto de Goethe no es un texto del cual se desprenda una práctica espiritual, no deja de ser un texto vital para el cultivo del espíritu, una de las cumbres de la literatura universal. La conocida leyenda de Fausto es abordada por Goethe desde la búsqueda de "la auténtica esencia de la vida", una sed alquímica del conocimiento y la belleza. Y, por supuesto, el más profundo y arquetípico pleito moral del cual se deriva una lección sobre la relación entre el poder y el conocimiento que es esencial para nuestra época, en la que el hombre moderno a su manera ha hecho un pacto fáustico con la tecnología que, suficientemente avanzada, es indistinguible de la magia, parafraseando a Arthur C. Clarke. El Fausto es la obra más madura de Goethe, destilada a lo largo de toda su vida en el fuego de un crisol en el que se mezclan leyendas medievales, una teología cristiana de la gracia e ideales helénicos y románticos, y no sin además incluir de manera central a la alquimia y la magia, disciplinas con las que el mismo Goethe, en su infinita inquietud intelectual, estaba familiarizado, al menos teóricamente. En la segunda parte del drama se presenta la influyente visión del eterno femenino como fuerza anabática, la cual sería  gran emblema del Romanticismo y aún actualmente de movimientos como la sophiología. Tenemos aquí, además, algunos de los versos de poesía alegórica más logrados y mejor concebidos en la historia de la humanidad.

 

17. Las obras del amor, Soren Kierkegaard

No es fácil elegir un libro entre la cuantiosa obra de Kierkegaard, el filósofo danés que indudablemente merece un lugar en la lista tanto por su profunda reflexión religiosa y espiritual como por ser uno de los grandes escritores del siglo XIX, si bien sólo se suelen leer los libros de este autor que han sido más influyentes para los existencialistas, El concepto de la angustia y Temor y temblor, y se deja de lado la enorme variedad y riqueza literaria de su obra. Walter Kaufmann, filósofo y traductor de Nietzsche, consideraba a Kierkegaard uno de los escritores más profundos e intrigantes de la historia, pese a que él mismo estaba en desacuerdo con la visión religiosa del danés; y es que Kierkegaard es otro de esos escritores que son apreciados y admirados por personas de las más diferentes creencias, no obstante su fuerte contenido teológico protestante. Las obras del amor fue escrita bajo su propio nombre en 1847 (la mayor parte de su obra fue escrita bajo seudónimos) y es una meditación sobre Dios entendido como amor absoluto y fundamentalmente como relación personal e individual (no eclesiástica), escrita con el humor, la profundidad y la finura que caracterizan a Kierkegaard, siendo uno de sus textos más accesibles. Haciendo amplios comentarios bíblicos, Kierkegaard enseña el camino de la autonegación como vía regia para el conocimiento de la divinidad, incluso para que la persona se convierte en un instrumento de Dios, es decir, del amor. El filósofo danés exalta el ágape y lo ético en lugar de lo erótico y lo estético, algo que le ha valido la crítica de Hans Urs von Balthasar, quien reclamó el lugar de la belleza y la percepción de la forma como sendero teológico. La ética de Kierkegaard está mejor representada en su importante O lo uno o lo otro y se recomienda también el inspirador texto Discursos edificantes.

 

18. Los hermanos Karamázov, Dostoyevski

Otra obra literaria cuya envergadura y profundidad superan toda limitante genérica y que, más bien, debe considerarse como un clásico del espíritu. La última novela de Dostoyevski es también su obra maestra y una de las grandes novelas filosóficas de la historia. Dostoyevski, como le ocurrirá a muchos de los grandes teólogos y filósofos rusos después de él, se inclinó hacia el ateísmo en su juventud, pero tuvo una experiencia de conversión en prisión que le hizo regresar a los valores tradicionales de la cultura eslavofílica y de la Iglesia ortodoxa rusa. Pese a esta conversión, Dostoyevski fue capaz de abarcar en su inmenso corazón -el corazón más vasto que jamás ha tenido un novelista- una polifonía de voces y personalidades, reflejando el agitado paisaje moral e intelectual de su época. Es por esto que su obra es tan elocuente y atractiva y su pensamiento difícil de encasillar, y le habla tanto a cristianos como a ateos, agnósticos y demás. Dostoyevski asistió a las conferencias sobre la humanidad divina del brillante filósofo Vladímir Soloviov, el padre de la sophiología, y quedó impresionado por el joven filósofo, con quien trabó una amistad (en la que, al parecer, el joven fue el maestro del viejo) y en quien, se dice, basó su personaje de Alyosha. Por último, hay que mencionar que el pasaje del Gran Inquisidor es quizá una de las meditaciones más profundas y desgarradoras sobre la moral y la libertad, y uno de los dolores de cabeza más grandes para teólogos cristianos que no han tenido que lidiar con el predicamento que plantea Ivan a su hermano Alyosha.

 

 19. Así habló Zarathustra, Friedrich Nietzsche

La obra maestra de Nietzsche, no tanto por la exposición de su filosofía sino por su estilo, lleno de relámpagos y martillazos y excesos de verbosidad (estilo del cual se desprende, eso sí, una actitud, un vitalismo, una desmesura y un vendaval de inspiración). El Zaratustra de Nietzsche es el libro clásico con el que han crecido los jóvenes rebeldes en Occidente, que buscaban afirmar su propia naturaleza y liberarse de los de atavismos morales de la estructura cristiana y platónica de la cultura occidental (o al menos, rechazarlos vehemente, pues es discutible si uno realmente puede existir fuera de esta estructura metafísica, que es, como si fuere, una categoría de percepción). La selección de este texto y de la filosofía de Nietzsche es un tanto subversiva, pues el filósofo alemán presenta una ruptura con la mayoría de lo que aquí hemos llamado una vida espiritual y especialmente de nuestra valoración de la ética como plataforma de la vida espiritual, o del amor -en su sentido platónico o cristiano- y la ontología de la paz como la auténtica espiritualidad y no la voluntad de poder y la ontología de la violencia (si bien Nietzsche hubiera aprobado la selección de Dostoyevski y de Goethe). Nietzsche igualmente puede considerarse uno de los padres del relativismo, el individualismo y del ateísmo modernos e incluso de ciertas tendencias del new age, que son en muchos sentidos el yermo de la auténtica espiritualidad. Sin embargo, hay en Nietzsche una indudable espiritualidad ateísta, una espiritualidad basada en el cuerpo, en la tierra y en la autofidelidad, preñada de su propia eternidad circular e inmanente, que si bien puede ser peligrosa y destructiva (y ciertamente impía), puede también ser fecunda, especialmente cuando se le lee críticamente, como un ejercicio de cuestionar nuestros conceptos y poner a la prueba del fuego nuestras "verdades" social y culturalmente aprendidas (a riesgo de que son pocas las inteligencias que logran sobrevivir la endemoniada crítica de Nietzsche, pero, tomando prestada una popular frase de este filósofo, "Lo que no te mata te hace más fuerte"). Aunque Nietzsche fue el filósofo que sentenció "la muerte de Dios", pocos filósofos se ocuparon tanto de lo divino, tanto en su feroz y obsesiva crítica del dios cristiano como en su exaltación del éxtasis dionisíaco y de la figura semidivina de Zoroastro, en la cual personifica su Übermensch (quizá por ello Heidegger consideró que Nietzsche fue el último filósofo alemán en buscar fervorosamente a Dios). Zaratustra fue fruto de dicho éxtasis, del delirio y la posesión, una prosa maldita, encarnizada y deslumbrante que narra la aventura del triunfo de la voluntad personal, y es uno de los grandes clásicos de la literatura, no sólo de la filosofía (si bien la opinión del propio Nietzsche de la obra es bastante exagerada, como no era raro en su megalomanía demencial, pues la consideró el regalo más grande jamás hecho a la humanidad). Entre los numerosos comentarios que se han hecho sobre esta obra merece destacarse el penetrante seminario que Carl Jung le dedicó a Así habló Zaratustra de 1934 a 1939, justamente en tiempos del ascenso del nacional socialismo en Alemania. 

 

20. Variedades de la experiencia religiosa, William James

El libro revolucionario de William James que primero mapeó la experiencia religiosa como algo fundamentalmente empírico e individual, "de corazón a corazón, de alma a alma, entre el hombre y su creador". Sin utilizar demasiada jerga técnica, James analiza amenamente las experiencias religiosas de escritores como Whitman, Goethe, Tolstói, Lutero, Emerson, Angelus Silesius y otros y crea un modelo "pragmático" de la religión que se acerca a la ciencia -pero siempre desde la admisión de lo subjetivo- de las diferentes experiencias religiosas. A diferencia de lo que concluiría la ciencia moderna, James reconoce que el misticismo ocurre en personas sanas y tiene un componente edificante individual y social, y que dichas experiencias no pueden descartarse como irreales fenómenos reducibles a la actividad del cerebro, sino que parecen apuntar hacia una realidad superior divina. El mismo James relata su experiencia psiconáutica tomando oxido de nitrógeno, el famoso "gas de la risa", de la cual concluyó que existe otro tipo de conciencia distinto a la conciencia racional, el cual existe de manera latente y el cual suele pasa desapercibido pero que debe ser tomado en cuenta si se quiere tener una imagen completa del universol

 

21. Ortodoxia, G. K. Chesterton

La apología de la fe cristiana de uno de los escritores más encantadores de la historia, como notó Jorge Luis Borges, es también una mordaz crítica del materialismo y el secularismo, donde abundan, como siempre, los juegos de palabras y las frases poéticas. El "príncipe de la paradoja" escribe con la mayor densidad de frases citables de la historia, cada párrafo es una maravilla no sólo del ingenio -como se podría encontrar en Oscar Wilde- sino también de la profundidad -algo que difícilmente encontramos en Wilde, por ejemplo-. Chesterton polemiza como nadie  y defiende con enorme inteligencia la importancia de la tradición cristiana y de la religión en general desde lo racional, ligándolas al arte y a la estructura moral de la civilización. Conocido sobre todo por sus novelas y cuentos, Chesterton escribió mucho sobre religión, e igualmente podría aparecer en esta lista Everlasting Man (El hombre eterno). Recomendamos también su biografía de San Francisco de Asís y su estudio sobre Tomás de Aquino.

 

22. Cuadernos, Simone Weil

Simone Weil es una de las figuras intelectuales más entrañables del siglo XX y además de dejar una obra rutilante, dejó también el ejemplo de su vida compasiva, habiendo incluso, como dijo uno de sus biógrafos, muerto literalmente de compasión (al solidarizarse con la Francia ocupada por la Alemania de Hitler y negarse a comer). Weil murió a los 34 años, y aunque no publicó mucho en vida, dejó una copiosa obra de teoría política, filosófica y reflexiones cargadas hacia el misticismo, sobre el amor, la belleza, la facultad de la atención, la fe y la esperanza, Dios, la filosofía platónica, la Bhagavad Gita, etc. Sus Cahiers (Cuadernos) son venerables joyas de miscelánea filosófica, matemática, moral y metafísica, escritos también con un estilo deslumbrante y una precisión extraordinaria, como si se tratara de joyas luminosas en las que grácilmente se condensa una profunda sabiduría que viene tanto de una brillante mente teórica como de una intransferible realización empírica. Weil, de familia judía, tuvo una serie de experiencias místicas (leyendo el poema "Love (III)" de George Herbert y recitando el Padre Nuestro en griego con absoluta concentración) que la llevaron al cristianismo, si bien no quiso ser bautizada e incorporarse al seno de la Iglesia. Sus Cuadernos han sido publicados en francés en su totalidad por la editorial Gallimard, en una cara pero hermosa edición con un rico aparato crítico. En español, la editorial Trotta ha publicado una serie de antologías, y por supuesto, extractos de los Cuadernos pueden consultarse en las populares antologías La gravedad y la gracia y A la espera de Dios, entre otros textos preparados póstumamente. Pero como ha dicho Roberto Calasso, el erudito italiano, quien considera a Weil una de las grandes escritoras y pensadoras del siglo XX, es en los Cuadernos donde brilla con luz propia el alma de Simone Weil, la filósofa santa.

 

23. Recuerdos, sueños, pensamientos, Carl Jung

Es difícil elegir un solo texto entre la vasta obra de Carl Jung, la cual ni siquiera se ha acabado de publicar y alcanzará más de 30 tomos en su totalidad. Uno podría pensar en sus textos sobre la alquimia, Mysterium Coniunctionis y Psicología y alquimia, donde revela sus investigaciones sobre las artes herméticas en relación a su propio método psicológico, el cual puede considerarse como una forma de alquimia o magia basada en la imaginación activa. El recientemente publicado Libro rojo es otro candidato que reclama atención y que es considerado la llave que abre toda su obra, además de ser un libro hermosamente ilustrado por los propios dibujos y mandalas de Jung que registran su famosa "confrontación con el inconsciente", de la cual derivó su método, basado en su propia "curación". Respuesta a Job, quizá el libro más controversial de Jung, es igualmente esencial, pues dispone allí su visión teológica y elabora su concepto del mal como algo real y necesario, tanto históricamente como personalmente, y que debe integrarse a la psique. Algo similar se podría decir de Aion, sobre el arquetipo del sí mismo. El hombre moderno en busca de su alma es más accesible que todos los textos anteriores, y es una importante meditación sobre la condición del hombre moderno, que ha perdido fe en las antiguas instituciones pero que no encuentra sentido sino a través de una vida espiritual, la cual es indispensable para su plenitud. Hemos elegido, sin embargo, su autobiografía, escrita en colaboración con su secretaria Aniela Jaffé, porque es el texto de más fácil lectura, sin que por esto deje de tener un profundo contenido espiritual. No es ciertamente un clásico literario en su composición, pero tiene el invaluable mérito de brindar una visión íntima a los pensamientos y experiencias de uno de los hombres más fascinantes del siglo XX, quien toda su vida se sintió guiado por la divinidad y que reunió en torno a su sol central a algunos de los más grandes intelectuales interesados en la religión, la espiritualidad y la ciencia de su época, siendo analista de algunos de ellos, como es el caso de Wolfgang Pauli, cuyos sueños fueron analizados en Psicología y alquimia. Jung intentó hacer ciencia y cuidar su reputación en el mundo científico, pero en este libro se revela como lo que en realidad es: un místico. Jung ha sido criticado, a veces con razón, particularmente por los perennialistas, por reducir la alquimia a lo meramente psicológico y por dar a luz, si bien sin su propio consentimiento, a un movimiento, el "junguianismo", que es indistinguible de la religión new age. No obstante, no habría que juzgar a Jung por sus discípulos, sino por su propia obra. Una importante revaloración de la misma fue publicada el año pasado por el académico y místico británico Peter Kingsley: Catafalque, un profundo estudio de la relación entre Henry Corbin y Carl Jung y la tradición esotérica occidental.

24. Gloria. Una estética teológica, Hans Urs von Balthasar

La obra maestra de quien fuera, como notó categóricamente el cardenal Henri de Lubac, el hombre más culto de Europa. Balthasar tuvo primero una formación musical, teniendo una memoria prodigiosa que le permitió en una ocasión regalar todos sus discos pues podía escuchar todas las obras de Mozart en su mente. Ya en la universidad se acercó a la filosofía -particularmente interesado en Plotino- y finalmente se ordenó como jesuita. Con los jesuitas de Lubac y Jean Daniélou estudió patrística griega, lo cual abrió una nueva dimensión teológica, esencial en su visión ecuménica, todo-abarcadora. Balthasar dominó una plétora de lenguas (alemán, inglés, español, francés, italiano, griego, latín, etc.) y tradujo a poetas como Paul Claudel o Calderón de la Barca, entre otros, manifestando siempre una tendencia al arte en su teología. Su obra más importante es indudablemente su Trilogía teológica, de 16 tomos, compuesta por su Estética teológica, su Teo-Drama y su Teo-Logia, invirtiendo el orden la crítica kantiania y colocando en primer lugar a la belleza, la gran olvidada en la teología moderna. Aunque este es un texto de teología sistemática y no es una lectura ligera, la musicalidad de la prosa de Balthasar y su deslumbrante erudición hacen que sea un clásico del espíritu, un obra total. El proyecto de Balthasar no fue menor, pues buscó abarcar la totalidad de la tradición, esto es, la forma en la que lo divino ha sido percibido en Occidente, sólo se lamentó no ser capaz de incorporar a su estudio una teología estética de Oriente, pues no estaba suficientemente familiarizado con esa tradición. En su estética teológica Balthasar revisa lo que llama "el estilo teológico" de las figuras que considera claves y ejemplares en la tradición Ireneo de Lyon, Agustín, Dionisio el Aeropagita, Anselmo, Buonaventura, Pascal, San Juan de la Cruz, Hamann, Soloviev, Hopkins y Peguey. El estudio de la percepción de la forma divina revela en Balthasar la noción de que el cosmos entero es una teofanía,  un poder superabundante de luz, la autorrevelacion (la "gloria") de la divinidad que se presenta a sí misma como un regalo de amor.

 

25. Los arcanos mayores del tarot, Anónimo (Valentin Tomberg)

Un libro de comentarios y meditaciones sobre los 22 arcanos del tarot, que trata de muchas más cosas que del tarot, el cual es sólo una plantilla arquetípica y en ocasiones sólo un pretexto para motivar una profunda excursión a la filosofía, la magia, el misticismo y la gnosis, desde la peculiar óptica desarrollada por su autor, de un "hermetismo cristiano". El texto fue publicado en francés por un autor anónimo que luego fue revelado como el místico y políglota ruso Valentin Tomberg, un hombre de gran cultura que estuvo asociado con la antroposofía de Steiner pero que luego recaló en el catolicismo. La edición original y las diferentes traducciones cuentan con el iluminante prólogo de Hans Urs von Balthasar, el erudito jesuita, quien ya mencionamos y que está llamado a ser la figura teológica dominante del catolicismo en los siguientes siglos. Aunque este es un texto fundamentalmente esotérico, el rango temático y la erudición de Tomberg hacen de este texto un clásico de la vida espiritual en general que trasciende por mucho el interés en las meras doctrina mágicas, pues Tomberg cita a pensadores esotéricos o vinculados con la magia como Steiner, Jung, Jacob Böhme, Papu, etc., pero los complementa con un amplio conocimiento de filósofos y teólogos como Plotino, Aquino, Buenaventura, Kant, Kierkegaard, Nietzsche, Bergson, Soloviov, Teilhard de Chardin o poetas como Shakespeare y Goethe, además de mostrar un dominio de temas como la cábala, el yoga y, por supuesto, la filosofía hermética. Este popurrí de temas no es, sin embargo, una mescolanza poco rigurosa como la que se puede encontrar en los textos de la teosofía de H. P. Blavatsky (donde se encuentran algunas perlas, envueltas en confusos fangos tan esotéricos como fantásticos). Pero más allá de esta erudición, el lector sensible notará una genuina intuición espiritual, quizá inigualada en el siglo XX, pues como dice el profesor Antoine Faivre, se trata del "libro más hermoso e instructivo en lo que concierne al esoterismo del siglo XX".

Lee la primera parte

Twitter del autor:@alepholo

Te podría interesar:

La genial respuesta de J. R. R. Tolkien a editores nazis que querían saber si tenía sangre judía

Arte

Por: pijamasurf - 02/01/2019

En 1938, Tolkien contestó con gran elegancia a una carta de una editorial alemana que estaba considerando publicar "El hobbit"

En 1938 una editorial alemana se acercó a J. R. R. Tolkien y su editor inglés Stanley Unwin, con la intención de publicar en alemán El hobbit. La editorial Rütten & Loening envió una carta en la que pedía que Tolkien comprobara su ascendencia aria. Tolkien, quien antes ya había manifestado su repugnancia al régimen nazi, contestó con gran clase lo siguiente:

[...] No soy de extracción aria: eso es indo-iraní; según recuerdo, ninguno de mis ancestros hablaba hindustaní, persa, gitano u otro dialecto relacionado. Pero si debo entender que están indagando sobre si soy de origen judío, sólo puedo responder que lamento que al parecer no tengo ancestros de ese pueblo lleno de dones. Mi tatarabuelo llegó a Inglaterra en el siglo XVIII desde Alemania... He tenido la costumbre, sin embargo, de estar orgulloso de mi nombre alemán y así me mantuve durante la lamentable guerra, en la que serví dentro del ejército inglés. No puedo evitar, de cualquier forma, comentar que si impertinentes e irrelevantes indagaciones como ésta persisten en cuestiones de literatura, entonces no falta mucho tiempo para que un nombre alemán deje de ser motivo de orgullo.

Una respuesta elegante con una corrección puntual sobre lo que es la raza aria, la cual debemos tomar, por otro lado, como hija de su tiempo, de 1938, antes de que iniciara la guerra pero cuando ya se perfilaban los proyectos raciales de la Alemania de Hitler. A continuación, la carta completa en inglés: