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Este fragmento filosófico explica a la perfección el problema con las selfies

Filosofía

Por: pijamasurf - 01/04/2019

En el imperio de la imagen, ¿cómo se ha transformado nuestra mirada?

En 1979, Fernando Savater tenía 32 años. Para entonces ya era un profesor de filosofía reconocido, había publicado cerca de 14 libros y preparaba su traducción del Précis de décomposition de Emil Cioran (1949), que en español apareció bajo el título de Breviario de podredumbre. Como vemos, era entonces un momento particularmente prolífico de su carrera.

A ese año pertenece el volumen Criaturas del aire, una serie de 31 monólogos ficticios que retoman personajes emblemáticos de la literatura y la historia, todos ellos cercanos a la biografía lectora de Savater. Por medio de esta idea tan original, por las páginas del libro vemos desfilar a Sherlock Holmes, a Ulises, al padre Brown (el sacerdote detective imaginado por Chesterton), a Nerón, a la Bella Durmiente, al "hombre de los lobos" (uno de los pacientes de Freud), a Simbad, a Mefistófeles y a varios otros, todos ellos dotados con una voz que, gracias al artificio literario, intenta ser propia y fiel a la personalidad que sus propios autores delinearon en otras páginas. Decía Walter Benjamin que la mejor forma de tener los libros que uno quiere es escribiéndolos uno mismo, y tal parece que este tomo en particular, en la obra de Savater, parece seguir esa consigna.

En Criaturas del aire, el monólogo vigésimo sexto le da la palabra al "hombre invisible", la creación de H. G. Wells que al menos en el siglo XX fue sumamente conocida y popular y que en general evoca una cualidad que en el imaginario colectivo solía ser deseada: la invisibilidad.

Lo decimos en tiempo pasado porque es posible que en nuestra época quizá pocos o nadie quiera realmente ser invisible, ni siquiera en términos fantásticos. Ya en los años 70, Guy Debord notó con claridad que las sociedades modernas se estaban convirtiendo en sociedades del espectáculo, en donde todo lo que se hacía tenía el fin casi exclusivo de convertirse en imágenes destinadas al consumo. En la era de la selfie y de Instagram, pareciera que el pronóstico de Debord fue certero.

Por su parte, en el fragmento referido de Savater encontramos una descripción igualmente precisa del fenómeno que vivimos hoy en día, especialmente a propósito de una de las consecuencias más perversas que se viven en el imperio contemporáneo de las imágenes: en nuestra ansia por ser vistos, hemos perdido la capacidad de mirar. Nos dice el filósofo, en voz del "hombre invisible":

Creo que la arrogante exigencia de que nos vean vivir es el vicio capital en nuestra relación con los demás; nos impide contemplar la vida de los otros o convierte tal ejercicio en desasosegada comparación, en búsqueda de refrendo o infidelidad, en prevención de las ofensas de leso espectáculo contra nuestra propia exhibición. Ser vistos es lo que nos impide ver: lo que vemos sólo cuenta para nosotros por relación a lo que mostramos. 

Aunque fueron escritas hace 40 años, estas pocas líneas parecen una descripción de un día cualquiera en nuestra época, donde justamente tantas personas obedecen el mandato no escrito de hacer que los otros vean cómo viven sus vidas. El check-in que se hace en redes sociales, la fotografía en el monumento turístico por antonomasia, el plato comido ese día: cada acción, por trivial que parezca, ofrecida a la mirada de ese Gran Otro del que habló Jacques Lacan, la entidad que vigila y censa nuestro comportamiento y a quien, gustosos, tributamos nuestra existencia. ¿Pero a qué precio? Como sugiere Savater, "ser vistos es lo que nos impide ver". 

Si miras la vida a través de una pantalla, ¿realmente estás mirando la vida? ¿O estás viendo la pantalla?

 

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¡El oficio! Pero más que oficio, oficinismo, es lo que hace del arte y la filosofía, actividades que por su naturaleza exigen nacer del ocio y del jolgorio, el negocio de la universidad. ¡No se engañen, asiduos amantes del trabajo y la esclavitud, negociantes, cicateros de centavos! Con prisa y ajetreo obrero no surgen las grandes ideas, sino que brotan de la lentitud, de asideros más anchos y profundos, del reposo continuo de la mente. La mente serena ve, como ve el ojo el Sol, abiertamente; la mente serena fulmina con su visión, penetra el objeto, se abre hacia la inmensidad; la mente serena captura la esencia en un solo golpe, se adentra en sus raíces. Las ideas de valor no se premeditan, surgen solas, por sí mismas, brotan por su propia fuerza sobre la tierra fértil de la pereza. ¡Pero no! Nadie quiere ya poetas ni filósofos, ni seres gozosos arrastrados por la plenitud sin objeto; prefieren profesores de pupitre, críticos de ojos agrios, escritores de periódico, fabricantes, traficantes de ideas. ¡Los filósofos se han vuelto oficinistas! ¿En qué momento filosofan? Sólo citan a otros autores. ¡Su oficio es el de intérpretes! No dan crédito a sus propias ideas, a su propia inteligencia, y esto por sabiduría –una sabiduría que yo no tengo–: saben que carecen de ideas, que carecen de inteligencia.  

Mi escrito no es un atentado contra la técnica, ni contra la educación, sino contra el sistema educativo contemporáneo, que ha hecho de las nobles artes liberales un mercado, una industria, una fábrica, menguando la calidad en pos de la cantidad, la profundidad en pos de la velocidad, y vulgarizando, así, el pensamiento. En este marco generalizado de mediocridad se da actualmente la decadencia de diversas ramas de las humanidades, como la filosofía y la literatura, cuyos mayores exponentes no tienen el alcance de los genios del pasado. Comparar, por ejemplo, a un filósofo reciente como Gianni Vattimo, Lyotard o Camille Paglia con un Aristóteles, con un Plotino, con una Margarita Porete o con un Nietzsche, es penosísimo, porque mientras un pensamiento es superfluo, pese a su aparatosidad, el otro es profundo, aunque pueda presentarse en ocasiones en un formato sencillo. Y comparar a un García Márquez, a un Bukowski o a un Camus, en literatura, con un Víctor Hugo, con una Cristina de Pizan o con un Homero, es una irreverencia. La calidad de estas disciplinas ha ido menguando progresivamente a medida que cobraba auge un estilo de vida acelerado, opuesto al ocio, abocado al mercado y al neg-ocio, a la producción masiva. Lo que antes era gourmet en el campo del pensamiento, hoy es comida rápida y chatarra.

La educación clásica es disímil respecto de la actual, siendo sus métodos divergentes y hasta opuestos. La filosofía, entonces, no era sólo teórica, no era exclusivamente especulativa como ahora, sino también práctica, implicando, además de una cosmovisión, un estilo de vida, una ascesis. Así, los pitagóricos se abstenían de comer carne y llevaban a cabo una vida frugal; los platónicos practicaban el método dialéctico y la contemplación con vistas a la obtención de lo divino; los estoicos ejercitaban la temperancia, la paciencia, el autocontrol; los cínicos vivían prácticamente a la intemperie, de forma desarraigada y salvaje como los animales. Estas filosofías no abarcaban tanto, no consistían en paporretear millares de libros, pero concentraban más, se dirigían a lo esencial antes que a lo accesorio. Es sabido, por lo demás, que la filosofía nació, precisamente, del ocio, entre una élite que podía darse el lujo de incurrir en el placer del no-hacer creativo, de las labores intelectuales en un espacio de tiempo lento y pausado, gracias al trabajo realizado por los esclavos en los otros rubros. La filosofía era un pasatiempo, una disciplina libre que debía tomarse con madurez y calma, no un trabajo, dado que el trabajo era considerado indigno de hombres libres, sólo propio de esclavos, lo que sostuvieron, entre otros, Platón y Aristóteles. Hoy, la filosofía es algo completamente diferente: ¿acaso un penoso trabajo remunerado inserto mal y a duras penas en los engranajes de productividad del sistema, una forma más para ganarse el pan de cada día con el sudor de la frente?

En cuanto a la poesía: o se nace con el don que obsequian las Musas o se nace sin él; y en caso de nacer con él, es menester cultivarlo, aportarle la técnica. El poeta es un poseso, un delirante, un arrebatado. Para los griegos, los poetas eran poseídos por daimones, no se forjaban solos a sí mismos por medio del trabajo, no eran obreros esforzados, como se estima que lo son hoy. Así, Platón, por ejemplo, en el Fedón, dice:

El tercer grado de locura y de posesión viene de las Musas, cuando se hacen con un alma tierna e impecable, despertándola y alentándola hacia cantos y toda clase de poesía, que al ensalzar mil hechos de los antiguos, educa a los que han de venir. Aquel, pues, que sin la locura de las Musas acude a las puertas de la poesía, persuadido de que, como por arte, va a hacerse un verdadero poeta, lo será imperfecto, y la obra que sea capaz de crear, estando en su sano juicio, quedará eclipsada por la de los inspirados y posesos. Todas estas cosas y muchas más te puedo contar sobre las bellas obras de los que se han hecho “maniáticos” en manos de los dioses.

Seguro por eso la poesía de entonces era mejor que la de ahora: ¿cómo comparar al que es arrebatado al 90% por la inspiración y pule el 10% con la técnica, con el que trabaja el 99% y tan sólo abriga un 1% de inspiración?

Platón y Aristóteles eran teóricos en cierta medida, pero de ninguna forma su enseñanza era exclusivamente teórica como en la actualidad. La instrucción platónica, por ejemplo, implicaba un estilo de vida, una ascesis, técnicas específicas para alcanzar la contemplación del Bien Sumo. Así, en el Banquete Platón expone un método contemplativo en escalas o gradaciones, que va desde lo más terrestre hacia lo más celeste y desemboca en la visión de la Belleza en sí misma. Esta praxis es explicada también en las Enéadas por el neoplatónico Plotino. Asimismo, en el Fedro, como también en el mismo Banquete, Platón expone un arte amatorio que es práctico, una forma concreta de amar y llevar a cabo el amor, arte que según el filósofo conduce a lo divino y que luego Máximo de Tiro expone en sus Disertaciones. En el Fedón, a su vez, Platón explica un procedimiento de ascesis para desprenderse del cuerpo y acceder, ya en vida, a la muerte, todo lo cual nos recuerda a diversas prácticas del Oriente. En su Academia, Platón sugería a sus alumnos contemplarse en espejos, observar sus ojos, con el objeto que profundizar en la mirada que retenía al alma, ciñéndose a las palabras del Oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”. El platonismo no es menos práctico que el budismo, por ejemplo. Lo mismo cabe decir de la filosofía peripatética y de Aristóteles en particular. En su Ética a Nicómaco expone un estilo de vida, basado en el equilibro que se da entre el exceso de un elemento y su defecto o ausencia, en lo que denomina “el justo medio”. Y, lejos de permanecer en la pura especulación ética, dedica su libro a su hijo, Nicómaco. Él mismo hace uso de su enseñanza cuando deja entrever en esa obra y sobre todo cuando señala ya explícitamente en De Anima que el ejercicio de la región superior de la inteligencia, de la esfera de la inteligencia que es inmóvil y eterna, la que Platón designa “nous”, y que es propiamente divina, nos conduce al reino de los inmortales. El ejercicio de esta inteligencia, pues, no es el del discurso, el puramente racional y contingente, el de la inteligencia discursiva, que Platón denomina diánoia, y que es el único presente en la enseñanza universitaria contemporánea, sino el de lo que atañe más propiamente a lo espiritual. La universidad, en filosofía, no enseña actualmente filosofía, porque no nutre a lo más noble del alma, a la región superior de la inteligencia, y no implica una praxis global, sino que se ciñe únicamente a una erudición mundana racional discursiva, que nada tiene ya que ver con el sentido espiritual de amor a la sabiduría que la caracterizaba en su origen. 

¿En qué sentido podemos decir que se nace filósofo? En el mismo en el que se nace poeta, o guerrero, o artesano, o labrador. Cada persona nace con una disposición innata, con una tendencia, con una vocación natural, y la tarea de la educación es reconocerla y despertarla. Aristóteles diría que se nace filósofo en potencia y que la educación actualiza aquella potencia, es decir, la activa, de modo tal que aquel que nace filosofo en potencia pasa a ser filósofo en acto. Platón, en su República, asimismo, concibe diversas vocaciones, y estructura su Estado de modo corporativo, siendo cada grupo de personas aptas para una labor específica, porque por naturaleza nacen para desempeñarse en ese rubro. Los escolásticos continúan con esta visión de la vocación. No es necesario recordar, pero lo recuerdo, que ya los antiguos señalaban que la filosofía estaba destinada a unos pocos, ya que, por nacimiento, por una cuestión selectiva y elitista de la naturaleza, sólo una minoría contaba con la capacidad de, a través de la instrucción adecuada, desarrollar su ser latente, su ser filosófico. 

Algunos, para demostrar que la actualidad ha producido grandes intelectuales, citan a diversos filósofos reconocidos y aclamados por el sistema universitario actual. Parten, pues, de la enseñanza contemporánea para justificar a la misma. Sexto Empírico replicaría que no es factible partir de lo mismo que se pretende justificar, so pena de incurrir en una petición de principio. Aquellos tan mentados de los siglos XX-XXI, salvando algunas excepciones, a mi entender, no son filósofos, sino eruditos o tal vez sofistas: juegan con el discurso, se complacen en la frivolidad de las ideas, en la vanidad de los conceptos, que nada tiene que ver con el sentido original de la filosofía, que es más parecido a la visión metafísica que el Oriente tiene sobre el conocimiento. Con Lao-Tse sostengo, citando al Tao Te King: “El sabio no es erudito y el erudito no es sabio”.

Por último y retornando uno de los puntos iniciales, recuerdo que Emerson afirma que las grandes ideas nacen del ocio y la lentitud, cuando, despreocupados, nos olvidamos de nosotros mismos y fluimos libremente.

Sofía Tudela Gastañeta 

Blog de la autora: Revolución Espiritual