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Nuevo descubrimiento explica finalmente cómo los egipcios construyeron sus pirámides

AlterCultura

Por: pijamasurf - 11/08/2018

Investigadores creen haber encontrado evidencia del método usado para llevar esos enormes bloques de piedra a través del desierto

Uno de los grandes misterios de la arquitectura y el centro de todo tipo de leyendas y especulación esotérica, podría haberse resuelto parcialmente. La gran pirámide de Guiza, la gran maravilla de la antigüedad, con sus 139m de altura, siempre ha generado asombro, en parte por la hazaña de construcción que representa: la mistificación de cómo lograron los egipcios llevar bloques enormes de piedra a través del desierto.

Por primera vez, un grupo de arqueólogos que trabajaban cerca de Luxor han hallado lo que se cree que es evidencia del uso de rampas. Estudiando numerosas inscripciones y al haber encontrado restos de instrumentos de madera, los expertos han formulado la teoría de que se empleaba una rampa central con una pendiente para extraer bloques de alabastro de la cantera de Hatnub. Este descubrimiento fue anunciado hace unos días, con gran entusiasmo, por el Ministerio de Antigüedades de Egipto. 

Esta es "la primera vez que se descubre el sistema de traslado de bloques desde la cantera y cómo se lograba levantar esos bloques de varias toneladas, lo cual cambia completamente la comprensión sobre la construcción de las pirámides", dijo el secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades, Mustafa Waziri. Aunque la Gran Pirámide de Keops estaba construida de caliza y mármol en el interior, se cree que se usó el mismo método para su construcción, y que el alabastro fue utilizado para otros templos en Guiza.

El descubrimiento incluye inscripciones en las que se muestra la organización de los trabajadores a lo largo de las campañas de construcción. Los egipcios habrían usado rampas y una suerte de trineos para jalar las piedras de hasta 2.5 toneladas a través del desierto. Se cree que probablemente rociaban de agua la arena para reducir la fricción y facilitar la carga. 

Seguramente algunos seguidores del misticismo, la conspiración y la especulación ocultista esperaban algo más radical: intervención extraterrestre, poderes psíquicos, teletransportación o algo similar. Pero se trata de algo mucho más pedestre. Y si bien obviamente este estudio no es concluyente, es el más extenso que se ha hecho hasta la fecha, al menos en lo referente a la ciencia mainstream.

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Una preciosa coincidencia en la etimología del nombre de las diosas Tara y Kore

Los ojos no sólo son las "puertas del alma", son también las moradas de la divinidad inmanente. En los Vedas se dice que el ojo derecho es el habitáculo de Indra y el derecho de Indrani (Viraj). De otra manera, los ojos, y más aún el centro de los mismos, le pertenecen a dos queridas divinidades femeninas: Tara, una de las principales diosas tántricas budistas, adorada también en el hinduismo, y Kore, la diosa griega identificada con Perséfone y con Isis en algunos textos herméticos.

Tara (तारा, tārā) y Kore (κόρη), las dos diosas virginales que ayudan a cruzar al otro mundo, coincidentemente, en sánscrito y en griego, son también la pupila del ojo. Kore significa literalmente "niña", "doncella" y también "pupila", es la eterna niña de los ojos y la virgen del mundo. La puerta por la que penetra la luz. Tara es la diosa del amor y la compasión, la madre universal, y en el budismo mahayana es la bodhisattva que nace de una lágrima de Avalokiteshvara y jura no "cruzar" hacia el nirvana hasta liberar a todos los seres sintientes. Tārā significa "pupila" y también "estrella"; de la raíz verbal tṛ, "cruzar", "atravesar". Poéticamente, cruzar hacia el mundo divino, hacia la luz, superando el océano del samsara.

Kore (Perséfone) es la diosa que pasaba la mitad del año en el inframundo, pero cuyo regreso significa la renovación de la vida; su misterio era enseñando en los ritos de Eleusis, en los que los iniciados tenían una visión de la inmortalidad del alma. Ella era la que enseñaba que la semilla debía morir para vivir, para renacer en una nueva tierra a una vida espiritual.

Plutarco nos regala una curiosa etimología para la palabra kīmiyā (de donde viene "alquimia"); el sacerdote de Delfos nos dice que "chēmia" es la "tierra más negra", un cognado del nombre que daban a su tierra los propios egipcios, "km.t" (keme). Plutarco, según Aaron Cheak, identifica el nombre de Egipto no sólo con "la tierra más negra" sino con la negrura de las pupilas de los ojos, y sugiere que la tierra negra y las pupilas son "los perfectos receptores de la semilla dadora de vida", es decir, de la luz.

 

Nos dice Coomaraswamy que Śaṅkara llama a la pupila "la estrella negra" ((kṛṇṇa-tārā) y la considera: 

'el agujero en el cuerpo' (deha-chidram). Como tal, corresponde a la abertura o agujero en el cielo (divaś chidram), como el agujero del eje (yathā kham) de una rueda (Jaiminīya Upaniṣad Brāhmaṇa I.3.6, 7); es decir, corresponde a la Puerta del Sol, normalmente ocultada por sus rayos, pero visible cuando se retiran éstos, como ocurre en la muerte. De la misma manera que uno puede ver a través de la Puerta del Sol adentro del Brahma-loka, así, a través del ojo, uno puede ver a la Persona inmanente, de quien el ojo es la apariencia.

Coomaraswamy alerta sobre otra interesante etimología: "La raíz, igualmente en ākāśa y en cakṣus, ojo, es kāś, brillar o ver". El espacio y la luz son indivisibles, e igualmente la conciencia -los "fenómenos" (palabra que viene de la raíz griega phanein que significa "brillar" "mostarse", como el dios Fanes, el Eros órfico) que se revelan en el ojo de la mente-, es indivisible del espacio y la luz. Esto coincide con la teoría antigua de la visión, tanto platónica como india: ver es lo que ocurre cuando el fuego interno o los rayos de los ojos chocan con el objeto, pues el ojo mismo es un espejo microcósmico del Sol, más aún es el Sol en pequeño. "El Sol, deviniendo visión, entró en los ojos", dice el texto védico Aitareya Āraṇyaka (II.4.2.). Por eso luego Goethe: "si el ojo no fuera como el Sol, ¿como percibiríamos la luz?"  

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Las dos diosas de las pupilas nos recuerdan que que lo trascendente -la otra orilla, la vida eterna, el ser inmortal- es también lo más inmanente, en el centro de nuestros propios ojos yace la luz del infinito. La pura experiencia del ser, el dato puro subjetivo, el mundo que se revela en nuestra conciencia a través de la luz de la mirada, es ya la experiencia del ser trascendente, infinito y divino.

Tara y Kore, como dice San Agustín de Dios, están "superior summo meo" -más allá de mi más suprema altura-, pero también "interior intimo meo" -más adentro que mis profundidades más íntimas-.

 

Twitter del autor: @alepholo

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