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El genial porrista de los psicodélicos y bricoleur, Terence McKenna, sobre la relación entre las plantas, las mujeres y la luz

La naturaleza es el símbolo del espíritu.

R. W. Emerson

Terence McKenna, además de ser uno los grandes entusiastas de las plantas psicodélicas, fue también un brillante crítico de la "cultura dominante" y del "patriarcado". En su filosofía, el regreso a la naturaleza y el empleo de plantas mágicas para transformar la conciencia iban ligados a una revolución social que igualmente regresaba a una sociedad igualitaria, o a ese idílico y quizá mítico punto en el pasado en donde existieron sociedades de convivencia en las que florecieron hombres y mujeres, desde una base de equilibrio y complemento, sin que un sexo dominara al otro, y a la vez sin que se fundieran en una igualdad homogeneizadora que le quitara la riqueza a la "diversidad" de la naturaleza.

Tal vez McKenna se suscribía a aquella hipótesis que sostiene que las mujeres habrían inventado la agricultura mientras los hombres iban de cacería, efectuando el tránsito de una sociedad nómada a una sedentaria. Lo cierto es que es sumamente difícil establecer esto como cierto o falso. De cualquier manera. existe una relación arquetípica entre la feminidad y la Tierra, algo que ha sido explorado más o menos universalmente. McKenna, en una de sus famosas pláticas, dijo:

Toda nuestra energía y sabiduría vienen de nuestras reinas sinergísticas: las plantas... ¡un aplauso para las verduras!... lo que hemos olvidado es que además de darnos alimento y de haberlas usado en forma de leña para encender el fuego, las plantas nos han dado el regalo de la visión, la iluminación... a través de la historia han sido las antorchas y faros, y ha sido siempre una mujer la que toma este maravilloso vegetal y nos dice: 'ilumínense'. (Ve El objeto trascendental al final del tiempo, documental sobre Terence McKenna, aquí)

Existe la teoría -propuesta por el mismo McKenna con su "mono dopado"- de que las plantas han detonado o acelerado la evolución de la conciencia humana y que las plantas podrían ser responsables de la religiosidad en el hombre. Más allá de esto, cualquiera que haya tenido una experiencia psicodélica sabe que hay un extraño y fascinante misterio en las plantas, y es que comunican de manera especialmente fértil el espíritu. Y el fuego que brindan al ser usadas como leña es también una luz en la mente cuando son tomadas como medicina.

Sobre la idea de que sean las mujeres las que nos iluminan, esto en parte parece ser una relación arquetípica en el sentido de Jung, donde es el anima, el aspecto femenino del alma, el que brinda iluminación al hombre y entonces es quizá el hombre -el animus- quien "ilumina" a la mujer, iluminándose entre sí. Pero la poesía y la filosofía romantizan, y quizá con razón, el eterno espíritu de Sophia, la divina sabiduría, "el deleite de Dios", que se manifiesta de manera femenina. Goethe dijo famosamente: "el eterno femenino nos atrae a lo alto". Y las visiones del gran poeta y filósofo ruso Vladímir Soloviov, el fundador de la sofiología moderna, quien en el desierto de Egipto vio aparecer a la Divina Sophia, el Alma del Mundo, como una mujer de ojos azules. 

La frase de McKenna seguramente viene inspirada de su propia esposa, quien aún vive y que para algunas personas es la que realmente ha caminado la sabiduría de la que Terence sólo habló. La etnobotánica Kathleen Harrison (la mujer de la foto) es una de las personas que mantienen viva esta forma sagrada de relacionarse con las plantas. Harrison se define a sí misma como "parte botánica y parte espiritista". En su libro Cannabis and Spirituality, Harrison hace un notable recuento de cómo ella busca conectar con una planta que no conoce, haciendo una meditación en movimiento que es un descubrimiento de la luz de la planta, de lo que Paracelso llamaba la lumen naturae.

Cuando en un sendero me encuentro con una especie de planta que me es desconocida, trato de recordar que debo seguir el respetuoso protocolo que he desarrollado. Realmente observo a la planta y trato de ver su forma verdadera y su textura, cómo y dónde sus hojas se conectan con su tallo, lo que sus flores o semillas me hacen recordar, qué otras especies crecen a un lado. Me pregunto cuál podría ser su familia, lo cual puedo adivinar si conozco las características salientes de su familia, o tal vez conozca a algunos de sus primos también. Luego pregunto, en mi voz interna: "¿Quién eres?". Nos doy algo de tiempo. Mente vacía y quieta, y espero hasta que un sentido de lo que surge en mí parece una respuesta. Puede ser una imagen o palabras o un nombre, pero lo más probable es que sea una sensación. Pero este es sólo mi saludo, mi primera introducción. Toma mucho tiempo conocer de verdad a una persona, y lo mismo es cierto para una planta.

En esto debe consistir la iluminación botánica: en un diálogo, en un dejar entrar el espíritu, en recibir el regalo del Ser, -en un actitud femenina- en una integración a la vocación de la vida, en reconocer al otro, a la naturaleza entera como un múltiple tú. Pues tal vez siempre está ocurriendo que la naturaleza habla y dice las palabras del espíritu -una teología natural, una teleología que nos hace evolucionar hacia lo que McKenna llamaba el "objeto trascedental al final del tiempo", el punto omega de Teilhard de Chardin, la eterna parusía, el evento escatológico de la iluminación de todo el cosmos. Tal vez sea sólo una fantasía psicodélica, o tal vez sea la realidad desnuda, actualidad pura presente debajo del velo, del artificio que hace que veamos el mundo como otra cosa que el paraíso.

Más allá de la especulación escatológica, lo que me parece más importante rescatar es la idea de la sinergia entre el hombre y la naturaleza y entonces también entre el hombre y la inteligencia de la naturaleza o la inteligencia en el cosmos, es decir, lo divino. Como ha entendido Raimon Panikkar, el mundo parece existir trinitariamente, no dualísticamente,  como una relación personal entre el cosmos, el hombre y la divinidad, una relación cosmoteándrica (esto se encuentra igualmente en el cristianismo y en el hinduismo, en el misticismo islámico y en el taoísmo, como han demostrado el mismo Panikkar y David Hart, entre otros). Y por eso podemos hablar de una sinergia, no de una absoluta determinación, sino de una colaboración para alcanzar un destino, que no es otro más que el origen, una nueva inocencia pero desde la sabiduría. El hombre es el jardinero del cosmos, como supieron los alquimistas y como experimentan aquellos que trabajan sinergísticamente con las plantas.

 

Twitter del autor: @alepholo

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Por: pijamasurf - 10/26/2018

"Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento"

Entre las numerosas páginas memorables de Borges, hay algunas que no sólo nos deleitan desde una perspectiva intelectual o literaria, sino que nos llegan a encontrar desde la emoción, la melancolía y la posibilidad espiritual de hallar una cierta iluminación. Borges no es sólo el frío escritor ajedrecista y el erudito: hay algo de fuego y oscuridad; Borges es también el individuo que sufrió mucho (por o pese a su celebridad) pero que mantuvo siempre una cierta actitud agnóstica y una capacidad de asombro que le permitieron seguir adelante pese a su ceguera. Justamente en unas páginas que se titulan La ceguera, Borges nos regala palabras que pueden ser invaluables para las personas que sufren de enfermedades físicas o mentales. El escritor argentino empieza:

He dicho que la ceguera es un modo de vida, un modo de vida que no es enteramente desdichado. Recordemos aquellos versos del mayor poeta español, fray Luis de León: "Vivir quiero conmigo, gozar quiero del bien que debo al cielo, a solas sin testigo, libre de amor, de celo, de odio, de esperanza, de recelo". Edgar Allan Poe sabía de memoria esta estrofa.

Para mí, vivir sin odio es fácil, ya que nunca he sentido odio. Pero vivir sin amor creo que es imposible, felizmente imposible para cada uno de nosotros. Sin embargo, el principio “vivir quiero conmigo,/ gozar quiero del bien que debo al cielo”: si aceptamos que en el bien del cielo puede estar la sombra, entonces, ¿quién vive más consigo mismo? ¿Quién puede explorarse más? ¿Quién puede conocerse más a sí mismo? Según la sentencia socrática, ¿quién puede conocerse más que un ciego?

Cualquier terapeuta, o incluso un businessman, reconocerá en estos párrafos la actitud ideal para enfrentar una adversidad: tomarlo como una oportunidad para profundizar en el autoconocimiento. Claro que hay que tener curiosidad intelectual y una cierta independencia, hay que estar fascinado con la mente y el conocimiento en sí. Sin sus queridos escritores, sin Poe, sin Chesterton, sin Stevenson, sin Léon Bloy, sin Schopenhauer y varios más, Borges habría perecido en la penumbra. Los siguientes párrafos son vitales, incluso los podríamos incrustar dentro de una especie de alquimia psicológica, de utilizar la propia oscuridad, el propio sufrimiento para alcanzar la sabiduría, una gnosis que germina en la sombra, como los alquimistas, que utilizaban lo más ruin y vil para transformarlo en oro:

Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo. Por eso yo hablé en un poema del antiguo alimento de los héroes: la humillación, la desdicha, la discordia. Esas cosas nos fueron dadas para que las transmutemos, para que hagamos de la miserable circunstancia de nuestra vida, cosas eternas o que aspiren a serlo.

Si el ciego piensa así, está salvado. La ceguera es un don. Ya he fatigado a ustedes con los dones que me dio: me dio el anglosajón, me dio parcialmente el escandinavo, me dio el conocimiento de una literatura medieval que yo habría ignorado, me dio el haber escrito varios libros, buenos o malos, pero que justifican el momento en que se escribieron. Además, el ciego se siente rodeado por el cariño de todos. La gente siempre siente buena voluntad para un ciego.

Celebremos esta actitud maravillosa, que seguramente no dominaba todo el tiempo la vida de Borges, pero que el escritor claramente entendió como la forma más positiva y quizás la más genuina de asumir su condición.