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Una preciosa coincidencia en la etimología del nombre de las diosas Tara y Kore

Los ojos no sólo son las "puertas del alma", son también las moradas de la divinidad inmanente. En los Vedas se dice que el ojo derecho es el habitáculo de Indra y el derecho de Indrani (Viraj). De otra manera, los ojos, y más aún el centro de los mismos, le pertenecen a dos queridas divinidades femeninas: Tara, una de las principales diosas tántricas budistas, adorada también en el hinduismo, y Kore, la diosa griega identificada con Perséfone y con Isis en algunos textos herméticos.

Tara (तारा, tārā) y Kore (κόρη), las dos diosas virginales que ayudan a cruzar al otro mundo, coincidentemente, en sánscrito y en griego, son también la pupila del ojo. Kore significa literalmente "niña", "doncella" y también "pupila", es la eterna niña de los ojos y la virgen del mundo. La puerta por la que penetra la luz. Tara es la diosa del amor y la compasión, la madre universal, y en el budismo mahayana es la bodhisattva que nace de una lágrima de Avalokiteshvara y jura no "cruzar" hacia el nirvana hasta liberar a todos los seres sintientes. Tārā significa "pupila" y también "estrella"; de la raíz verbal tṛ, "cruzar", "atravesar". Poéticamente, cruzar hacia el mundo divino, hacia la luz, superando el océano del samsara.

Kore (Perséfone) es la diosa que pasaba la mitad del año en el inframundo, pero cuyo regreso significa la renovación de la vida; su misterio era enseñando en los ritos de Eleusis, en los que los iniciados tenían una visión de la inmortalidad del alma. Ella era la que enseñaba que la semilla debía morir para vivir, para renacer en una nueva tierra a una vida espiritual.

Plutarco nos regala una curiosa etimología para la palabra kīmiyā (de donde viene "alquimia"); el sacerdote de Delfos nos dice que "chēmia" es la "tierra más negra", un cognado del nombre que daban a su tierra los propios egipcios, "km.t" (keme). Plutarco, según Aaron Cheak, identifica el nombre de Egipto no sólo con "la tierra más negra" sino con la negrura de las pupilas de los ojos, y sugiere que la tierra negra y las pupilas son "los perfectos receptores de la semilla dadora de vida", es decir, de la luz.

 

Nos dice Coomaraswamy que Śaṅkara llama a la pupila "la estrella negra" ((kṛṇṇa-tārā) y la considera: 

'el agujero en el cuerpo' (deha-chidram). Como tal, corresponde a la abertura o agujero en el cielo (divaś chidram), como el agujero del eje (yathā kham) de una rueda (Jaiminīya Upaniṣad Brāhmaṇa I.3.6, 7); es decir, corresponde a la Puerta del Sol, normalmente ocultada por sus rayos, pero visible cuando se retiran éstos, como ocurre en la muerte. De la misma manera que uno puede ver a través de la Puerta del Sol adentro del Brahma-loka, así, a través del ojo, uno puede ver a la Persona inmanente, de quien el ojo es la apariencia.

Coomaraswamy alerta sobre otra interesante etimología: "La raíz, igualmente en ākāśa y en cakṣus, ojo, es kāś, brillar o ver". El espacio y la luz son indivisibles, e igualmente la conciencia -los "fenómenos" (palabra que viene de la raíz griega phanein que significa "brillar" "mostarse", como el dios Fanes, el Eros órfico) que se revelan en el ojo de la mente-, es indivisible del espacio y la luz. Esto coincide con la teoría antigua de la visión, tanto platónica como india: ver es lo que ocurre cuando el fuego interno o los rayos de los ojos chocan con el objeto, pues el ojo mismo es un espejo microcósmico del Sol, más aún es el Sol en pequeño. "El Sol, deviniendo visión, entró en los ojos", dice el texto védico Aitareya Āraṇyaka (II.4.2.). Por eso luego Goethe: "si el ojo no fuera como el Sol, ¿como percibiríamos la luz?"  

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Las dos diosas de las pupilas nos recuerdan que que lo trascendente -la otra orilla, la vida eterna, el ser inmortal- es también lo más inmanente, en el centro de nuestros propios ojos yace la luz del infinito. La pura experiencia del ser, el dato puro subjetivo, el mundo que se revela en nuestra conciencia a través de la luz de la mirada, es ya la experiencia del ser trascendente, infinito y divino.

Tara y Kore, como dice San Agustín de Dios, están "superior summo meo" -más allá de mi más suprema altura-, pero también "interior intimo meo" -más adentro que mis profundidades más íntimas-.

 

Twitter del autor: @alepholo

Sobre este tema lee tambiénLas ventanas del alma, por Ananda Coomaraswamy 

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Platón sugiere que nuestra inclinación erótica en el mundo es un reflejo de nuestra asociación con ciertas divinidades en el cielo

En uno de los pasajes más memorables de la obra de Platón, Sócrates explica el origen divino de la locura (o manía), a la cual considera superior a la cordura (o mesura). Asimismo, el amor maníaco, dice, es superior al amor templado, precisamente porque el primero bebe de lo divino; de hecho, es "la más grande bendición celestial" .

Más adelante en el mismo diálogo (en el Fedro), Sócrates habla de la que considera el cuarto tipo de locura (manía o posesión), la más divina de todas, propia de aquellos que habiendo visto la belleza terrenal son transportados por la luz de la imagen hacia la recolección de la verdadera belleza celestial. Esta es una particularidad de los filósofos, los amantes y los artistas, quienes son capaces de recuperar "la memoria de las cosas sagradas" y en la misma contemplación de la belleza recrecer las alas del alma, su propia naturaleza divina que yace como apagada en la mundanal tumba. La teoría de la reminiscencia de Platón mantiene que todos los hombres, en mayor o menor medida, han contemplado la verdad, el esplendor divino, previamente a su nacimiento. En gran medida, la filosofía consiste en educar el ojo de la mente para que pueda abrirse de nuevo a la visión de las formas divinas. Pero aunque seamos o no conscientes de que vemos en lo inmanente atisbos más o menos disminuidos de realidades trascendentes, Platón sostiene que nuestras visiones "prenatales" (por decirlo de alguna manera) siempre influyen en nuestro comportamiento, particularmente en cuáles son nuestros intereses y quiénes nos atraen. Nuestro eros tiene una fuente divina. Sócrates recuerda, por ejemplo, que él fue seguidor de Zeus y este paradigma de haber estado en el feliz tren de Zeus contemplando formas de belleza supracelestes, se traduce en la Tierra en una cierta inclinación y en un magnetismo hacia cosas similares. Así Fedro probablemente también estuvo en el entourage celestial del dios que lleva el rayo y ahora comparte con Sócrates esta suerte de banquete filosófico, que es una sombra del banquete de los dioses.

Sócrates explica que nuestro estilo amatorio y nuestra misma facilidad para encontrar el amor están influenciados por nuestro previo contacto y devoción hacia ciertas divinidades. Aquellos que siguieron a Zeus (Júpiter) desean a personas magnánimas, inclinadas a la filosofía, y suelen tener menos problemas para "hallar la naturaleza de su propio dios en sí mismos"; ven su divinidad en el mundo y la atribuyen también a su amado, a quien divinizan en cierta forma. Los que siguieron a Ares (Marte), el dios de la guerra, "cuando bajo la influencia del amor, cuando creen que han sido engañados, son raudos a matar y acabar con la vida de su amado y la de ellos mismos". Los seguidores de Hera (Juno) buscan a un rey o a una reina... Y uno puede seguir deduciendo de aquí como cada dios tiñe nuestro carácter erótico. Un seguidor de Afrodita seguramente se refocilará en las dulzuras y en las voluptuosidades del amor, será altamente sensible a la belleza, pero quizás también será veleidoso y estará interesado en el dinero y el estatus de su amado. Evidentemente nuestras antiguas relaciones divinas determinarán también nuestros pasatiempos, nuestra vocación y nuestros humores, etcétera (El lector podrá haber advertido que lo anterior se puede leer como un horóscopo, y ciertamente existen profundas convergencias entre la astrología y el platonismo).

Más allá de que existe un complejo debate sobre hasta qué punto el propio Platón veía a los dioses como una clase real de seres y no sólo como "alegorías decorativas en torno a las Ideas", no resulta baladí hacer hincapié en esta procedencia divina de nuestro amor, incluso hasta el punto de intentar rastrear nuestro particular talante en cierta divinidad. Como decía el psicólogo James Hillman, uno debe "seguir la imagen", dejar que la imagen que se nos presenta -el sueño, la fantasía, el interés cargado de emoción- se revele a sí misma, nos hable en su propio idioma y quizás brille con los hilos analógicos que la retrotraen hacia el dominio de una divinidad. Ya sea que tengamos una veta pagana o que nos inclinemos a verlo en términos de "arquetipos" -pero necesariamente bien dispuestos a una existencia encantada-, el ejercicio puede llenar de sentido y poesía la vida. Después de todo, si es que existe una coincidencia significativa en todas las grandes religiones y sistemas filosóficos de la antigüedad, debe de ser que el amor es divino. Como mantiene Hesíodo, Eros es el protogonos, el primero de los dioses, la luz misma de la creación. Y como le muestra Diotima, la sacerdotisa del amor, a Sócrates, el amor es el daimón, el espíritu mediador, el ángel que conecta el cielo con la tierra y que eleva de lo individual al goce de la belleza universal. En la India, Krishna encarna en el eón de la confusión para enseñar que ya no es necesario el aparato ritual y el sacrificio externo. El delicioso dios de tez azulada se mete a la cocina y se roba la mantequilla y la crema, marcha por los prados ataviado con plumas de pavo real y hojas de mango, despide corrientes de perfume en los bosques de Vraj y dispara las melodías de su flauta... sus queridas pastoras, inflamadas por la imagen de Hari, abandonan la vida mundana, dejan los pasteles en el horno, el agua hirviendo, los quejidos de sus hijos y maridos y salen desaliñadas a perseguir el llamado erótico de la divinidad. La luz que transfigura, lo que libera, lo que alcanza la inmortalidad es simplemente ese amor que sienten hacia su amado -un amado infalible- y mientras sigan enamoradas no son necesarios los ritos y dogmas de la religión. Y más claro aún lo dice San Juan:

Ὁ Θεὸς ἀγάπη ἐστίν - ho Theos agape estin

Quizá sólo esto no debamos tomar con el cinismo, el relativismo y la desafección de la ideología posmoderna que infecta nuestra cultura. Quizá sólo esto sea realmente sagrado. Quizá sólo esto sea real: que en aquello que amamos, que en aquello en lo que alcanzamos a aprehender la luminosidad trascendente de la belleza, está el sendero hacia lo que realmente somos. Un sendero que nos invita con promesas divinas.  

 

Sobre este tema, recomendamos el artículo académico de Edward Butler: Plato's Gods and the way of Ideas

 

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