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El psicólogo suizo se interesó mucho por el budismo y vio en el Buda, como en Cristo, una manifestación del arquetipo del Sí mismo

Carl G. Jung se interesó enormemente por las religiones orientales, hasta el punto de que un tomo entero de sus obras completas está dedicado a sus escritos sobre el yoga, el budismo, el taoísmo, la alquimia china, etc. Jung consideraba que Dios existía en la psique humana como una imagen arquetípica o un instinto, e incluso que yacía en la profundidad del inconsciente. El pináculo de su psicología -la individuación o realización del arquetipo del Sí mismo- era equivalente a la irrupción de la imagen de Dios. Aunque Jung se refirió generalmente a este arquetipo comparándolo con Cristo, el homo totus u hombre completo, en ocasiones también habló del Buda en este sentido, si bien con ciertas particularidades. El sitio Jung Currents reúne un conjunto de citas en las que Jung se refiere al Buda y al budismo, las cuales merecen reproducirse:

 

El entendimiento del Buda y la encarnación de Cristo rompen la cadena a través de la intervención de la conciencia humana iluminada, la cual adquiere así un significado cósmico.

(Cartas)

Cristo se sobrepuso al mundo al tomar él mismo el peso de su sufrimiento, el Buda se sobrepuso tanto al placer como al sufrimiento del mundo al renunciar a ambos.

(Liber Novus

Para el hombre occidental, la falta de sentido de un universo meramente estático es insoportable. Debe asumir que tiene sentido. El oriental no necesita hacer esa asunción; en cambio, él mismo la encarna. Mientras que el occidental siente la necesidad de completar el sentido del mundo, el oriental se esfuerza por cumplir el sentido en el hombre, arrancándose del mundo y de sí mismo (como el Buda). Yo diría que ambos están en lo correcto. El hombre occidental es predominantemente extrovertido. El hombre oriental es predominantemente introvertido.

(Recuerdos, sueños, pensamientos)

Si se le deja en sí mismo, el hombre puede naturalmente producir su propia salvación. ¿Quién ha producido un Cristo? ¿Quién un Buda? 

(Cartas)

En Occidente, el arquetipo ha sido llenado con la figura dogmática de Cristo; en Oriente, con el Purusha, el Atman, Hiranyagarbha, el Buda...

(Psicología y alquimia)

Jesús-Mani-Buda-Lao-Tse son para mí los cuatro pilares del templo del espíritu.

(Cartas

La psique por esto es lo más importante; es el aliento que todo lo permea, la esencia búdica, la mente búdica, el Uno, el dharmakaya. Toda la existencia emana de ella, y todas las formas separadas se disuelven de regreso en ella.

(Lecturas)

La luz del mandala, es por ello el mandala mismo, ya es el Buda, aunque aún no del todo visible. El mandala no es sólo el asiento del Buda, es idéntico a él. 

(Lecturas)

No sé por qué la India no pudo mantener el budismo, pero creo que probablemente su religión politeísta presente es una mejor expresión del alma india actual que el único y perfecto Buda.

(Lecturas

Aquí hay una muestra de la sabiduría superior de Oriente. El yogui se da cuenta de que todos los budas, bodhisattvas y devas con los que ha llenado los cielos son ilusiones de maya, igual que este mundo es sólo maya. Toda esta pluralidad es ilusión.

(Lecturas)

Yo positivamente no creo que el cristianismo sea la única y más alta manifestación de la verdad. En el budismo hay igualmente una gran verdad y en otras religiones también.   

(Lecturas)

Considera, por ejemplo, el término "inconsciente". Acabo de terminar de leer un libro escrito por un budista zen chino. Y me parece que estábamos hablando de lo mismo y la única diferencia era que le dimos nombres diferentes a la misma realidad. 

(Lecturas)

El ideal cristiano prueba su vitalidad a través de su evolución continua, justo como el budismo. 

(Cartas)

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Día de Muertos: Memento mori y el simbolismo de las calaveritas de azúcar

AlterCultura

Por: pijamasurf - 10/11/2018

La muerte dulce que nos recuerdan las calaveritas

Todas las culturas han celebrado y venerado a sus muertos, pero esto llegó a un nivel especial en el caso de las culturas precolombinas. Sabemos, por ejemplo, que en el calendario mexica se tenían seis diferentes fechas dedicadas a los muertos. Lo que hoy celebramos como el Día de Muertos, es un sincretismo de las viejas prácticas precolombinas con las tradiciones católicas coloniales. Se cree que la celebración que se transformó en el actual  Día de Muertos era en realidad un festejo de todo 1 mes que se dedicaba a la deidad de la muerte, Mictecacíhuatl, que el arte popular ha transformado en La Catrina. Actualmente esta celebración, con todo su color e ingenio artístico, es considerada Patrimonio de la Humanidad.

Una de las cosas que más llaman la atención en este caso -al menos para los extranjeros- es la costumbre de comerse calaveritas de azúcar, pues a algunas personas les parece un acto mórbido o tétrico, o incluso un oxímoron (que coloca en una relación paradójica al sujeto: vivir de la muerte). Se cree que esta costumbre reemplazó la tradición que tenían ciertas culturas precolombinas de mantener con ellos los cráneos de los muertos. En el caso de los mexicas, existía la tradición de los tzompantlis, altares con la base decorada con cráneos tallados en piedra y estacas en la zona superior para ensartar la cabeza de los sacrificados. Se ha teorizado que esta práctica subyace en el fondo simbólico de las tradiciones, si bien, obviamente, con una reemergencia folclórica mucho más colorida y menos sanguinaria. La muerte se vuelve dulce en la tradición del Día de Muertos que conocemos. Y esta es la particularidad que llama tanto la atención: que por el talante del mexicano, la muerte deja de ser sólo triste y trágica, y se convierte en alegre y creativa. 

Esta presencia de las calaveritas de azúcar ha sido también asociada con la idea de Memento mori, esto es, un recordatorio de que vamos a morir y de que debemos saber morir. Recordar la muerte ha sido un recurso filosófico y espiritual para numerosas tradiciones. Tenemos por ejemplo a Sócrates, para quien la filosofía es un entrenamiento para la muerte, o el caso de los monjes budistas que meditan contemplando cuerpos muertos o imaginando su propia muerte para, de esta manera, motivarse a practicar y no desperdiciar "la preciosa vida humana".

Normalmente, la frase latina Memento mori se traduce como "Recuerda que morirás", pero literalmente significa "Recuerda morir". Aunque la diferencia es sutil, es significativa, como ha notado David Bentley Hart, experto en lenguas antiguas. La calaverita de azúcar o las calaveras que en el pasado algunas personas mantenían en su escritorio no sólo nos recuerdan la muerte que vendrá, sino la muerte que ya está sucediendo. El Memento mori es también un aprender a morir en el presente. Simone Weil escribió: "La muerte es lo más precioso que se le ha dado al hombre. Por esa razón hacer un mal uso de la misma constituye una impiedad suprema... Tras la muerte, el amor".