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No es lo mismo necesitar que amar y, de hecho, necesitar a alguien suele corromper la relación

Cuando decimos que necesitamos a alguien queremos decir que nos hace falta, que tenemos una carencia y, por añadidura, se sugiere que estamos apegados y dependemos de esa persona. Aunque existen muchas historias de amor romántico que hablan de que el amante necesita a su amado hasta el punto de que puede morir de amor, otro entendimiento del amor más filosófico -desde la libertad- nos dirá que este no es el amor más alto y puro, pues está sujeto a pasiones y rápidamente se somete a una relación de poder.

Simone Weil, la gran escritora francesa que Albert Camus llamó "el único espíritu genial de su época", escribe:

Cuando un ser humano resulta en alguna medida necesario, no se puede desear su bien a menos de dejar de desear el propio. Allí donde hay necesidad, hay coacción y dominación. Se está a merced de aquello de lo que se tiene necesidad a menos de ser su dueño.

Weil sigue a los griegos al afirmar que el afecto más alto es la amistad -palabra que parece tener la misma raíz que amor-. La amistad tiene la característica de ser electiva y no necesaria. "La amistad es una igualdad hecha de armonía", dice Weil citando el canon pitagórico. "La amistad tiene algo de universal. Consiste en amar a un ser humano como se querría amar en particular a cada uno de los componentes de la especie humana... Quien sabe amar dirige sobre un ser humano particular un amor universal". Aquí Weil hace un vago eco de la "escalera del amor" de Diotima, la cual expone Platón en El banquete. El amor que tiene un único objeto de deseo es trascendido por el amor que descansa en ideas universales. Weil parece sugerir que el apego y las pasiones nublan o corrompen el entendimiento e impiden que se perciba la belleza del mundo, que irradia con su luz trascendente en las cosas individuales. Es esta distancia de la amistad la que nos permite, paradójicamente, intimar con los principios trascendentes: el bien, la verdad, la belleza, los cuales llegan a encarnar en nuestro amigo.

Amar es, sobre todo, desear el bien a los demás sin buscar una recompensa personal. Cuando hay necesidad, esto difícilmente se puede mantener. "Una amistad está manchada desde que la necesidad prevalece... En todas las cosas humanas es la necesidad el principio de la pureza", dice Weil. Utilizando una metáfora bíblica, Weil añade que la amistad se detiene a contemplar el fruto, pero no lo devora. No busca alimentarse del otro, se mantiene puro y libre de esta relación que predomina en este mundo predatorial, donde cada cosa obtiene energía de la otra. Por supuesto que los amigos obtienen energía uno del otro, pero al menos no se buscan por hambre y por lo tanto, más bien comparten un abundante banquete. La necesidad, por su parte, acaba impidiendo el desarrollo de principios más elevados, como la contemplación y la generosidad.

Lo anterior no debe significar que las relaciones de pareja no son relaciones de amor en este sentido altivo que sostiene Weil. Pero es interesante notar que cuando las relaciones de pareja florecen y maduran suelen llegar a un estado más parecido a lo que entendemos por la amistad que por el amor romántico. Sin duda se ven (o se vieron) alimentadas por el deseo, pero seguramente no por el apego y si acaso hubo apego, éste pertenece a una etapa titubeante que es superada. Weil advierte que, sin embargo, esto no es frecuente -y es que la verdadera amistad es algo que puede considerarse divino y sobrenatural-. Y seguramente lo que vemos más frecuentemente es relaciones unidas por la costumbre y el miedo a la soledad -un miedo que puede ser real, pues el hábito puede hacer que nuestra energía vital se vincule a la de otra persona de una manera muy real-. "La causa más frecuente de necesidad en los lazos afectivos es cierta combinación de simpatía y hábito. Como en los casos de avaricia o intoxicación, lo que en un principio era búsqueda de un bien se transforma en necesidad... Cuando el apego de un ser humano a otro está constituido sólo por necesidad, es algo atroz".

Estas palabras son de una lucidez avasalladora, ya que si somos sinceros nos daremos cuenta de que la mayoría de nuestras relaciones están basadas en lo habitual, en la necesidad y en el apego. De alguna manera, lo que Weil sugiere es que uno sólo puede abrirse a una relación de amistad -de amor sin apego- cuando no necesita. Lo cual es algo que muchos habrán experimentado, aquellas raras veces en las que genuinamente conectamos con alguien y se produce una relación positiva y virtuosa que generalmente se da desde la autonomía y la libertad, cuando no necesitamos ni estamos buscando. Llega solo, se dice, la relación fluye por un estado armónico, por una resonancia de frecuencias más altas. Tal es la amistad ideal, una compañía que inspira y que no sofoca, mientras el alma asciende hacia regiones más altas.  

 

Citas de Simone Weil del libro A la espera de Dios

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¿Quieres aprender por ti mismo y dejar de depender de la escuela o de los maestros? Estos consejos pueden orientarte en ese proceso

¿Cuántas veces no has querido aprender algo por tu cuenta? Quizá a tocar un instrumento musical, o saber cómo se realiza determinada actividad física (nadar, bailar, etc.); acaso hayas sentido interés por algún campo de conocimiento específico, o por un saber práctico como la cocina o la carpintería.

Muchas personas sienten esa inclinación, pero casi nadie la realiza. En buena medida, porque la educación bajo la cual nos formamos nos enseña a “esperar” que alguien más nos guíe, nos provea de conocimiento, nos reconozca nuestros logros y, en suma, esté siempre ahí, cuidando la manera en que se desarrolla nuestro aprendizaje.

Sin embargo, llega el momento en que si deseamos crecer, la única forma de conseguirlo es buscar dicho desarrollo por nosotros mismos, con autonomía y actividad y, como Apolo cuando descubrió las artes de la medicina y la adivinación según cuenta Platón en El banquete, guiados únicamente por el amor y el deseo.

Si sientes la curiosidad de aprender por ti mismo y convertirte en autodidacta de lo que deseas, te compartimos a continuación algunos puntos que pueden ser útiles en este proceso.

 

Descubres el potencial del placer como motivo de la voluntad

En la formación del ser humano ha sido históricamente frecuente que el temor, el castigo, la culpa y otros elementos afines sean utilizados para llevarlo a realizar ciertas acciones. Lamentablemente, el aprendizaje no está exento de ese mecanismo. Tácitamente, la escuela suele fomentar un ambiente en donde el temor a reprobar, a fracasar, a ser considerado poco inteligente o poco capaz, intoxica la curiosidad nata de niños y adolescentes.

¿Pero qué pasaría si en vez del temor fueran emociones como el gusto, el placer o incluso el amor las que nos llevaran a descubrir y explorar una materia? ¿No pasaría, quizá, que aprenderíamos con más entusiasmo? Quizá incluso, como ocurre con otras actividades que hacemos por el solo placer de realizarlas, no nos daríamos cuenta ni del paso del tiempo ni de los cambios en nuestro entorno, no sentiríamos hambre ni hastío, y seríamos capaces de concentrarnos en la acción que tanto nos complace.

Es muy probable que hayas experimentado ya esa forma de actuar. En la infancia es sumamente común que los niños se entreguen sin mayores complicaciones ni temores a la acción que desean hacer. ¿Por qué no pensar que es posible dirigir nuevamente la conciencia y la voluntad en ese sentido, para aprender algo que nos gusta?


Al aprender, también aprenderás sobre ti mismo

Una ventaja paralela de la autoenseñanza es el conocimiento de sí que se adquiere al abocarse por gusto y placer a una disciplina. Cuando podemos liberarnos de la presión social que implica cumplir plazos, obligaciones, deberes, etc., en cierta forma la conciencia está libre no sólo para aprender, sino también para mirarse a sí misma. 

Descubrimos entonces qué tan fácil o difícil entendemos ciertas materias, qué tanto nuestro cuerpo está preparado para acometer determinadas acciones, qué caminos sigue nuestra mente para poder generar el conocimiento, qué emociones interfieren con nuestro proceso de aprendizaje (el ansia de destacar o de complacer a alguien, el miedo a fracasar, la vergüenza de no saber, etcétera).

De esa forma, podemos darnos cuenta de una cualidad del ser humano que en la educación moderna suele ignorarse deliberadamente: la singularidad. No todas las personas aprenden al mismo ritmo o del mismo modo, pero la escuela, en su necesidad de normalización, pasa por alto esas diferencias.


Amplía tus horizontes

Cuando se estudia bajo la guía de una autoridad, aprendemos sólo aquello que la autoridad nos muestra. Los planes de estudio, la posición ideológica de una escuela, el tipo de educación que fomenta un gobierno nacional, la formación misma del profesor: todo ello también forma parte de la educación institucionalizada y, por ende, del medio en el cual es formada una persona. En ese sentido, la educación recibida es limitada por definición. 

Al aprender por tu cuenta, los límites siguen existiendo, pero en cierto modo es el propio proceso el que los señala, y también tu curiosidad y el esfuerzo que pongas en aprender.

Pensemos en personas admiradas generalmente por su talento, su creatividad e incluso su genio. No importa el ámbito al que pertenezcan, descubriremos que en todos los casos tienen una característica en común: tuvieron la iniciativa de estudiar algo únicamente por ganas y por interés, sin esperar que fuera útil o que alguien más les permitiera aprenderlo. Así fue como Steve Jobs llegó a un curso de caligrafía en Stanford, por ejemplo, o como Chuck Jones adquirió el sentido del humor tan particular que lo llevó a mezclar dibujos animados con música clásica.

El conocimiento no tiene fronteras por sí mismo. Hasta cierto punto, es un terreno abierto a la exploración y el descubrimiento. 

 

Ser autodidacta puede hacer de ti una persona compasiva

Con su sistema de competición, rivalidad y especialización, es relativamente común que el sistema educativo moderno genere personas que creen que su valor humano reside únicamente en sus logros académicos y, por eso mismo, viven con el temor de perderlos o de que el resto del mundo no los reconozca, pues creen, erróneamente, que sin ello no son nada.

En ese sentido, el autodidactismo puede conducir inesperadamente hacia una forma más compasiva de adquirir conocimiento. Cuando se aprende por gusto y por curiosidad, y no por la demanda inconsciente de complacer a otros, es posible diluir esa necesidad de pasar sobre los demás, el afán de mostrarse superiores o la falsa idea de que se sabe más que cualquiera en determinada materia. 

Aprender por uno mismo también hace ver que el saber es en esencia inabarcable y que por más esfuerzo que pongamos en estudiar, investigar, observar, etc., habrá siempre algo (o mucho) que ignoremos.


Puede hacer de ti una persona autónoma

Para nadie es un secreto que la escuela es una institución social que uniforma. Desde los horarios hasta la forma de vestir y, claro, el conocimiento impartido, todo está ya previamente definido y en muchos casos se trata de prácticas que ni siquiera son recientes, sino que su aplicación data de varias décadas atrás, cuando no incluso siglos.

En contraste, volverse autodidacta permite experimentar subjetivamente la libertad. Quizá de inicio pueda parecer difícil, pues el ser humano está habituado por la formación que recibe a ser guiado y, en ese sentido, asumir el lugar de quien conduce puede desorientar o ser confuso. Pero eso también es parte de la libertad de aprender y, en general, de la libertad en sí. 

Kant escribió que el ser humano alcanza la mayoría de edad auténtica cuando se atreve a usar su propio entendimiento, sin profesores ni curas ni gobernantes que le dicten qué pensar o qué hacer, sino únicamente por sí mismo, consciente de las decisiones que toma y los caminos que elige seguir.

 

Hasta aquí las razones que podemos ofrecer para volverse autodidacta. A continuación compartimos tres consejos que se dirigen más bien hacia la raíz de los obstáculos que pueden encontrarse en este proceso. Más allá de recomendar que te compres una agenda o conviertas un rincón de tu casa en tu “espacio personal”, consideramos que la verdadera esencia del esfuerzo autodidacta reside en otros aspectos, más profundos y más importantes. Puedes tener la habitación más iluminada, beber té verde todas las mañanas e inspirarte con música de Bach y aun así distraerte, procrastinar, frustrarte, etc. De ahí que nos permitamos hacer sugerencias de otro orden.

 

Resignifica la noción de la disciplina…

La idea de “disciplina” tiene connotaciones negativas que, de hecho, hemos señalado tangencialmente en este texto. Normalizar, castigar, uniformar: todo ello, que está presente en la escuela, es parte de la disciplina que ésta necesita para funcionar.

Ser autodidacta requiere de una suerte de “resignificación” de dicho concepto. Es decir, entenderlo de otra manera, pues como han señalado numerosos pensadores, artistas, escritores y demás personajes célebres de todos los tiempos, el estudio, la investigación, la práctica y, en suma, el dominio de una materia, descansan invariablemente en la capacidad de entregarse de lleno y metódicamente a la actividad elegida.

Si te sirve, puedes explorar otras nociones como la perseverancia, la constancia o la persistencia. 

 

Y también, la idea de frustración

En un sentido similar al punto anterior, el autodidactismo requiere también cierto trabajo sobre la idea habitual que tenemos de frustración, la cual casi siempre acompaña los esfuerzos con los que emprendemos un nuevo proyecto. 

Comúnmente, cuando iniciamos algo solemos mirar lejos, nos planteamos objetivos y acaso, como la lechera de la fábula, acariciamos desde ahora los triunfos y reconocimientos todavía inexistentes.

No obstante, en la actividad cotidiana de aquello que nos propusimos hacer nos damos cuenta de que quizá las cosas no son tan sencillas como creíamos: el aprendizaje se nos dificulta, hay cosas que no entendemos, el tiempo parece no alcanzarnos, nuestra disposición de ánimo no es la mejor todos los días, etc. Y entonces nos desanimamos, perdemos interés y abandonamos nuestro proyecto.

¿Por qué sucede esto? En parte porque, como señaló Simone Weil, al hacer las cosas porque pretendemos un objetivo ulterior, provocamos que nuestro esfuerzo se vuelva dependiente de dicho objetivo: en consecuencia, al faltar éste (es decir, al sentir que no lo alcanzamos, que no se realiza, etc.), consideramos que nuestro esfuerzo es inútil. 

Siguiendo a Weil, lo mejor sería esforzarse por el esfuerzo mismo; leer por el gusto de leer, por ejemplo, realizar la práctica de un instrumento musical sólo por el placer que se encuentra en ello, y lo mismo con un deporte o alguna otra actividad. No queremos decir que no tengas ambiciones sino que no permitas que esas ambiciones te cieguen ni, mucho menos, te roben el placer de aprender.

A continuación citamos el pasaje de Weil in extenso, pues consideramos que puede ser de interés sobre este punto:

Una mala manera de buscar. Con la atención fija en un problema. Un fenómeno más de horror al vacío. No se quiere ver perdido el trabajo. Obstinación en proseguir la caza. No es preciso querer encontrar: porque, como en el caso de la dedicación excesiva, se vuelve uno dependiente del objeto del esfuerzo. Se hace necesaria una recompensa externa, algo que el azar proporciona a veces, y que uno está dispuesto a recibir al precio de una deformación de la verdad. El esfuerzo sin deseo (no vinculado a un objeto) es el único que encierra de manera inequívoca una recompensa. Retroceder ante el objeto que se persigue. Solamente lo indirecto resulta eficaz. No se consigue nada si antes no se ha retrocedido. Al tirar del racimo caen las uvas al suelo.

 

Comparte lo que aprendes

Históricamente el aprendizaje ha conocido dos grandes vertientes: la de aquellos que aprenden y acumulan lo aprendido y, por otro lado, la de quienes aprenden y buscan la manera de llevar a la realidad el conocimiento que adquieren. El primer caso suele ser el de los eruditos que, como el Doctor Fausto, viven encerrados entre folios y astrolabios pero poco saben de la vida en el mundo; el conocimiento se vuelve, así, una materia inerte y aburrida.

Sin embargo, la vía natural del conocimiento es la socialización. Ese fue un paso decisivo en nuestra supervivencia y evolución como especie: cuando nuestros antepasados descubrieron cómo heredar a las siguientes generaciones lo que habían aprendido sobre el mundo, dimos un salto cualitativo con respecto a otros animales. 

Enseña a otros lo que has aprendido; escribe al respecto; platica con alguien más sobre tus hallazgos o tus avances, y también sobre tus frustraciones y tus tropiezos. Reflexiona sobre tu proceso: quizá algún día seas tú quien aconseje a alguien más sobre cómo volverse autodidacta.

 

¿Qué te parece? Si tienes alguna otra sugerencia no dudes en compartirla con nosotros y con los lectores de este sitio, a través de la sección de comentarios de esta nota o en nuestras redes sociales.

 

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Imagen de portada: Mar Hernández