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Qué es la inseguridad emocional, cómo afecta tu vida y qué puedes hacer al respecto

Buena Vida

Por: pijamasurf - 03/21/2018

Es propio del ser humano ser inseguro, ¿pero qué pasa cuando esa inseguridad afecta el curso de la vida?

A manera de preámbulo

El paradigma racional en el que vivimos suele desdeñar la influencia de las emociones en nuestra vida o, dicho de otro modo, nos hace creer que a éstas es posible dominarlas por la vía de la razón y el intelecto.

Nuestra mente, en efecto, es la única herramienta que tenemos para entendernos a nosotros mismos e igualmente al mundo que nos rodea, pero en lo que respecta a las emociones, dicho “entendimiento” no suele seguir los mismos caminos con que nos acercamos a otro tipo de fenómenos.

 

¿Qué es la inseguridad emocional y cómo afecta tu vida?

Todos en algún momento de nuestra vida hemos experimentado la inseguridad emocional. Tal vez, en la infancia o la adolescencia, cuando la mirada del maestro en la escuela se paseaba por todo el salón en busca del alumno a quien le haría una pregunta; quizá después, en compañía de la persona por la que se siente cierta atracción sexual; en el trabajo, cuando las tareas realizadas implican la evaluación de otra persona. 

En fin, los escenarios son muchos y cada persona sabrá por sí misma dónde y cuándo ha sentido esa inseguridad. El punto sólo es mostrar que nadie es ajeno a ésta: incluso quienes demuestran más confianza en sí, quienes nos parecen más fuertes y seguros, es muy posible que también ellos (o ellas) tengan un aspecto en su vida en donde dudan, tienen miedo o no saben qué hacer. La inseguridad, en este sentido, es totalmente humana.

El problema, sin embargo, surge cuando esa inseguridad no nos permite vivir plenamente nuestra vida.

En este sentido, el autosabotaje es uno de los efectos más usuales de la inseguridad emocional, pues con frecuencia el miedo frente a los otros, las dudas sobre nuestras propias capacidades y habilidades, la falta de confianza en lo que somos y pensamos, etc., conducen a situaciones en las que nuestra propia falta de determinación resulta en intenciones, proyectos o iniciativas malogrados o frustrados. 

Hay quien pierde la oportunidad de ser contratado en un trabajo o ser admitido en una escuela sólo porque sus emociones no le permitieron realizar o terminar el proceso necesario; algo similar puede ocurrir en el terreno amoroso, cuando las emociones propias juegan en nuestra contra; también al iniciar proyectos personales que aunque nos llaman de inicio y acaso responden a nuestros verdaderos intereses de vida, al final los abandonamos porque no nos sentimos con la fuerza necesaria para continuar. Sin duda, no serán pocos a quienes todo esto les suene conocido.

Una cosa es tener dudas o miedo frente a cierta situación y otra que por ese motivo al final terminemos por no decidir ni hacer nada y eso a su vez genere frustración, tristeza, enojo y otras formas del malestar. 

 

¿De dónde viene la inseguridad emocional? 

Aunque no es posible dar una sola respuesta a esta pregunta, existen al menos algunas constantes que pueden explicar su origen, a saber:

 

Una figura tutelar severa 

Con cierta frecuencia, las personas inseguras crecieron bajo un padre, madre u otra figura tutelar que criticaba y enjuiciaba continuamente las acciones del niño o la niña a su cuidado. En la medida en que en la infancia el mundo que nos muestran nuestro padre o nuestra madre es el único mundo que conocemos o que aceptamos como válido, podemos crecer creyendo que dichos juicios son una especie de regla incuestionable, que así es como hay que vivir: siempre bajo una mirada que evalúa y sanciona, que determina si algo está mal o bien hecho y de la cual es necesario contar con el “permiso” para actuar.

 

La necesidad de aprobación

Otra fuente importante de la inseguridad es la necesidad constante de aprobación con que también puede formarse una persona durante su infancia. La trampa de la aprobación suele ser la sensación de recompensa que nos brinda, que alimenta este ciclo: hacemos algo, una persona elogia eso que hicimos, nos sentimos bien, la sensación termina, ya no nos sentimos bien, buscamos hacer otra cosa en espera de que alguien lo vuelva a elogiar y el ciclo se reinicie. Cabe mencionar que ese alguien no suele ser un alguien cualquiera, sino sobre todo una figura por quien buscamos ser queridos. No obstante, como vemos, dicha necesidad no sólo tiene algo de adictivo sino que además termina por estar referida al exterior: quien incurre en esa forma de actuar, termina por vivir en función de la aprobación externa y con la sensación de sentir que lo que hace no tiene valor si nadie lo aplaude.

 

Una imagen negativa de sí

En algunos casos, hay personas que lamentablemente son formadas por quienes durante toda su infancia les hacen creer que son tontos, feos, incompetentes, inútiles, etc., es decir, que con sus palabras y sus acciones crean en el niño o niña una imagen deplorable de sí mismo. Y la persona crece creyéndolo. Dado que fue lo único que escuchó durante 10, 15 años continuos, crece bajo la idea de que efectivamente no es capaz de hacer ciertas cosas, que vale mucho menos que los demás, que nadie nunca se fijará en él o en ella, etcétera. 

 

Exceso de cuidado

La vida humana es ridículamente frágil, y es posible que eso asuste a muchos padres, sobre todo cuando se mira dicha fragilidad en una de sus formas más evidentes: un bebé, vulnerable como poquísimas crías en otras especies. Sin duda, eso debe de asustar a muchos. Y también sin duda, muchos de esos padres responden al miedo con una reacción muy lógica: el cuidado. No obstante, puede ocurrir que éste sea desmedido y fomente una idea de realidad en donde todo alrededor es temible, en donde hace falta siempre alguien con quien acometer una tarea, en donde se debe desconfiar de todo aquello que está fuera del ámbito de lo conocido, etc. En este caso, la desconfianza, el exceso de precaución, el temor frente a lo nuevo, son algunas de las formas que adquiere ese autosabotaje antes mencionado.

 

¿Qué hacer al respecto?

Cómo podemos ver, la inseguridad emocional es indisociable de las circunstancias del entorno donde crecimos y nos formamos. Más que pensar en “superar”, “curar” o “eliminar” nuestra inseguridad y las formas en las que se expresa, en buena medida su tratamiento (en un sentido literal: la manera de tratarla, la respuesta al qué hacer con ella) es como desandar un camino, que no es otro más que eso que creemos nuestra personalidad o nuestra identidad. Muchas personas viven creyendo que son inseguras porque sí, porque así son, como si fuera una condición de su esencia o como si este fuera su destino. No se dan cuenta, sin embargo, de que eso también fue un aprendizaje, que eso que creemos nuestra identidad o nuestra personalidad no es un “así soy” sino un “así aprendí a ser”. Y si algo puede aprenderse, también puede desaprenderse o cambiarse por nuevos aprendizajes, ¿no es cierto?

En este sentido, es muy posible que para algunas personas dejar de lado los patrones de pensamiento y conducta asociados con la inseguridad pase necesariamente por conocer, entender, aceptar y reconciliarse con su pasado. Este es un camino que cada quien debe recorrer por sí mismo, si decide emprenderlo, pues implica reconstruir ese rompecabezas que somos, recontarnos la historia que nos trajo hasta este momento y también mirar a las personas que nos formaron así, como personas, con sus propias inseguridades, sus dudas, sus temores, sus propios problemas emocionales y su inexperiencia para educar a otro ser humano (¿pero quién podría hacer esto bien?). 

Para esto, los métodos al alcance son varios. La meditación –entendida como la operación de observar sin juzgar– es uno de ellos. Escribir reflexivamente también puede ser útil, acaso acompañándolo de algunas lecturas (la filosofía de Soren Kierkegaard, de Friedrich Nietzsche o de Albert Camus puede ser provechosa en ese propósito). La terapia psicoanalítica de orientación lacaniana es también un espacio que ofrece al sujeto la posibilidad de conocerse y reconstruirse. 

En el ínterin, también es posible practicar algunas astucias que contribuyen en esa “reprogramación” de la inseguridad.

 

Ama tu vida

Lo que eres, lo que tienes, lo que no eres, lo que te falta: ¿no es suficientemente valioso para ser amado? ¿Por qué no parece suficiente que seas tú quien ama su propia vida y, al contrario, parezca necesario que alguien más valide tu propia existencia? Comienza a practicar la conciencia de lo que eres, en todos tus aspectos: tu físico, tu intelecto, tus emociones, las circunstancias en las que vives, etc. Míralos sin juzgarlos. Y así, en esa neutralidad de juicio, piensa: ¿por qué no aprender a quererlos? ¿Por qué no comenzar a quererte?

 

Mira lo que has logrado

Tu mundo no es tan drástico como a veces lo crees. Seguramente puedes señalar logros en tu vida, objetivos que has alcanzado y cuyos efectos en tu vida aún puedes notar. Eso lo has logrado incluso creyendo que eres inseguro (a), incluso a pesar de tus dudas y tus temores. ¿Y si comienzas a pensar que, después de todo, no eres esa persona insegura que crees ser?

 

Encara la adversidad

Como sabían bien los estoicos, la adversidad templa el carácter y, en otro sentido, nos descubre la realidad detrás del miedo. Con cierta frecuencia, cuando nos atrevemos a enfrentar una situación que nos asusta, pasada ésta descubrimos dos cosas: que somos más fuertes de lo que creemos y que nuestro miedo es como una niebla que se disipa apenas corre el viento fresco de la vida.

 

Toma conciencia de tu propia inseguridad

La inseguridad nos hace actuar inconscientemente. Es muy posible que aunque tengas una impresión de cómo te sientes cuando dices sentirte inseguro, hasta ahora no hayas mirado con atención plena ese estado emocional. ¿Qué te sucede? ¿En qué situaciones? ¿Bajo qué circunstancias? Comenzar a dar "rostro" a esa inseguridad, entenderla y otorgarle su lugar y su especificidad también es un paso importante para comenzar a actuar de otra manera, desde otro lugar.

 

Apóyate en el presente

Es ahora cuando estás viviendo. Las críticas que recibiste, los juicios severos, la falta de confianza en la que creciste o el exceso de cuidado: todo eso fue parte de un momento de tu vida que ya no es más. No es ahí donde te encuentras. Tú estás aquí, ahora.

 

El fundamento de muchas de estas alternativas es la vida bajo la conciencia, es decir, poder vivir conscientemente todos los actos de nuestra vida y dejar de actuar como emisarios de la voluntad que nos formó y nos descubrió el mundo. El paso de la inseguridad a la seguridad y la confianza no es otro más que el paso de la infancia a la madurez y de la tutela a la libertad.

 

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Imagen de portada: Filippo Spinelli 

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Vivir es una tarea que ocurre entre la reinvención y la constancia. Si bien el cambio propio de la vida nos llama a mirar la existencia siempre con nuevos ojos, al mismo tiempo es posible considerar ciertas constantes generales entre las cuales suceden los hechos de la vida. Una de éstas es el amor propio.

Para decirlo con sencillez, el amor propio no es otra cosa más que quererse a uno mismo. Suena fácil, pero la verdad es que es menos común de lo que creemos. Por distintas razones, una persona puede crecer bajo una idea disminuida de lo que es, creyendo que no merece tal o cual cosa de la vida, que no es inteligente o atractiva, que vale menos que los demás o que los otros son siempre mejores; patrones de conducta que a su vez derivan en comportamientos autodestructivos o de autosabotaje (descuidar la salud, permanecer en circunstancias poco satisfactorias para uno mismo, infligir cierta forma de abuso a otras personas o recibirlo, etc.). El mundo, sin duda, sería un mejor lugar si nos diéramos cuenta de que todo comienza con el acto relativamente obvio de amarse.

A continuación compartimos cuatro puntos en los que se evidencia la relación del amor propio con esa plenitud de la vida. 

 

El amor propio es la base de la confianza en uno mismo

¿Cuántas veces has abandonado un proyecto sólo por falta de confianza en ti mismo (a)? Tuviste ideas, planeaste, acaso diste incluso algunos pasos para hacerlo realidad… y al final venció esa voz interna que te hizo temer, que te hizo creer que fracasarías o, simplemente, que no podrías hacerlo. 

En un nivel profundo, esa “voz” está relacionada con cierta falta de autoestima, pues en última instancia no te consideras “suficiente” para intentar algo (suficientemente inteligente, capaz, preparado, etc.), sin ver que casi lo único de veras necesario para emprender y sostener un esfuerzo es la confianza en lo que eres, en la probidad de hacer, equivocarse y aprender sobre la marcha.

 

El amor propio es necesario para la intuición

Popularmente se suele atribuir una gran importancia a las “corazonadas”, que son otro nombre que recibe la intuición. Grosso modo, podemos decir que se trata de esos pensamientos que cruzan por tu mente en ciertas situaciones y que, en el fondo, revelan lo que de verdad quieres, las opciones de vida hacia las cuales te sientes inclinado y los caminos que algo en ti ansía tomar. Sin embargo, por algún miedo que no entiendes, prefieres desatender esos llamados, pensar que no son para ti o que no puedes elegir lo que de verdad quieres. 

Quererte también tiene como efecto confiar en lo que piensas y quieres, y tomar tu intuición como la guía para construir tu vida.

 

El amor propio favorece la concentración

Puede sonar ilógico relacionar un estado emocional con una capacidad que se cree sólo intelectual, pero si es así, es porque estamos muy habituados a separar tajantemente ambas cualidades. Las emociones, sin embargo, influyen más de lo que solemos aceptar en nuestro desarrollo mental, y una prueba muy sencilla es que cuando pasamos por un estado emocional agudo (un momento de depresión o de mera tristeza, un ataque de ansiedad, el enojo, etc.), simplemente no podemos pensar con claridad. En sentido opuesto, cuando nuestras emociones están equilibradas, nuestro trabajo intelectual se desarrolla óptimamente. Así es como el amor propio favorece la concentración, pues una vez que confiamos en lo que pensamos y hacemos, una vez que podemos silenciar la voz del temor, ineludiblemente nos entregamos de lleno a la labor que elegimos y, en general, al momento presente de nuestra vida.

 

Finalmente, el amor propio conduce a la compasión

El amor es, en realidad, una forma de la compasión. Dirigido hacia lo que somos, nos hace ser más compasivos con nosotros mismos: nos hace ver nuestros errores con cierta bondad, más como ocasiones de aprendizaje que como momentos de fracaso; nos hace ponderar nuestras circunstancias de vida y entender nuestras limitaciones con tanta objetividad como nuestras posibilidades; nos enseña a perdonar, entender y proseguir en el camino de nuestra vida. Y lo mismo hacia otras personas. 

Por esta razón el amor propio es indispensable para “triunfar” en la vida, no en el sentido con el que suele entenderse este verbo en las sociedades construidas sobre la lógica de la producción y la ganancia, sino en un sentido profundo. El triunfo de la vida es justo eso: que la existencia esté gobernada por el sentido de lo vivo, por la plenitud, el amor, la celebración y el cuidado de todo lo que respira y late en este mundo. Al final, el amor propio es el medio por el cual entramos en comunión con la vida en sí.

 

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Imagen de portada: Joey Guidone