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¿Un ejemplo de pareidolia o un caso de conciencia colectiva? El vuelo de los estorninos siempre nos sorprende

Durante el otoño y el invierno de Europa, uno de los espectáculos más cotidianos y más hermosos que pueden verse en los cielos de varias ciudades es el vuelo de los estorninos (Sturnus vulgaris), pequeñas aves que han sorprendido a los habitantes del Viejo Continente al menos desde los tiempos de Plinio el Viejo.

Su comportamiento en dichas estaciones llama la atención porque se vuelve especialmente colectivo. Si bien en el resto del año vuelan también en parvadas, es durante dichas épocas adversas cuando forman grandes y ruidosas nubes que en las horas del ocaso vuelan de un lado a otro, en una especie de ritual secreto e incomprensible del que nosotros sólo atinamos a intentar descifrar las complejas formas que dibujan en el cielo.

En efecto: en ese vuelo que precede a su descanso, los estorninos realizan complejas maniobras que hasta la fecha no han sido completamente explicadas. Aunque se trata de cientos y aun miles de especímenes en una misma parvada, la coordinación de sus movimientos es perfecta, sin accidentes ni conflictos, y esto además en patrones que no son regulares, sino que cambian a cada instante.

Recientemente, el fotógrafo de origen alemán Daniel Biber tuvo ocasión de tomar algunas fotografías a nubes de estorninos en la Costa Brava de España y, para su sorpresa, al ver los resultados se asombró por la forma que el grupo de aves había adoptado en el cielo: nada menos que una especie de ave gigante, que parece evidente en sus elementos más simples: las alas, el pico, el cuerpo.

El fenómeno, por supuesto, puede ser un caso de “pareidolia”, esa inclinación del cerebro humano a ver patrones donde no los hay, e incluso puede argüirse que todo se explica por el punto de vista del observador, que acaso si cambiara, cambiaría también la forma observada. 

Sea como fuere, estas imágenes no dejan de evocar la idea de una especie de conciencia colectiva: separada en cada uno de los individuos pero, en última instancia, actuando como una sola.

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Pétalos azules secretos para seducir abejas, un majestuoso truco de la naturaleza

El mundo de la polinización es tan delicioso como sutil. Un nuevo estudio encontró que las flores dicen "hola" a las abejas creando un halo azul, lo cual llama su atención, ya que a las abejas -como a los poetas- les encanta el azul.

Las flores azules son pocas, pues los pigmentos naturales difícilmente alcanzan este color (salvo en algunas excepciones, como las amapolas azules de los Himalayas, las cuales utilizan metales en sus pigmentos, que hacen más alcalinos sus pétalos). Incluso los intentos de ingeniería genética de crear rosas azules han sido problemáticos. Sin embargo, muchas flores logran el azul a través de una especie de ilusión óptica. Se trata de halos azules secretos. Éstos son anillos en las bases de los pétalos, que generalmente son invisibles al ojo humano pero no a los ojos de las abejas, los cuales son más sensibles a las longitudes de onda azules. Este azul se convierte en una señal de que la flor tiene néctar para posibles polinizadores.

Las flores crean esta azul ilusión cuando la luz solar hace contacto con los pequeños pliegues de la superficie de sus pétalos. Esto pliegues alteran cómo la luz rebota y esto afecta el color que es visto. Así se fabrican estos momentáneos halos seductores. Muchos tulipanes, peonias y margaritas, entre otras flores, emplean este arte de seducción. 

En el estudio mencionado se descubrió, utilizando flores artificiales, que las abejas son capaces de ver estos halos. Sin duda, se trata de un bellísimo artificio de la naturaleza, el falso pero fértil azul que produce el envolver la luz.