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Pareidolias, falso reconocimiento de patrones y sincronicidades: la mente se proyecta en el espacio buscando encontrar sentido, pero qué si ese espacio es también sustancia mental.

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El viento no se queja; el hombre es el que oye, en la queja del viento, la queja del tiempo.- Octavio Paz

Un hombre paranoico es alguien que sabe un poco de lo que está pasando.-William Burroughs

Al menos de manera tangible, desbrozando el campo de conceptos, el hombre está sólo en el universo. Tiene sólo su cuerpo y su mente para conocer la realidad (si es que ésta existe de manera independiente de su pensamiento). Por más que uno se apoye en los demás o invoque a seres invisibles o sobrenaturales, a fin de cuentas  la mayoría de nosotros (los que no tenemos algún siddhi) sólo podemos conocer bien a bien lo que nos ocurre a nosotros, dentro del límite de nuestro cuerpo. Lo otro que conocemos, la otredad misma, la divinidad o incluso la realidad exterior se muestra de una manera un tanto espectral e inasible: podemos conocerla solamente a través de inferencias, de conocimientos indirectos, con instrumentos que a lo mucho son prótesis de nosotros —miembros fantasmas— y que van creando modelos, mapas que tomamos como reales pero que no son ciertamente "el territorio"; conocemos los fenómenos, pero la cosa en sí, el noumen es esencialmente elusivo o "incognoscible" en la terminología de Kant. Puede ser que el universo entero esté dentro de nosotros, puede ser que todo rezume de conciencia, que todo esté vivo y vibre, pero si soy riguroso, la verdad es que sólo tengo conciencia de mí mismo: esa unidad o esa conciencia universal es una luz que se desvanece o una voz que se pierde en la distancia y la monotonía. Algo que apenas puedo percibir, que posiblemente intuyo y que acaso añoro.

Estamos solos pero observamos el magnífico teatro cósmico de lo otro. Y ante esta inmensidad en la que palidecemos, y quizás precisamente porque no podemos alcanzarla o poseer lo otro que deseamos, estamos ávidos de encontrar un sentido, una explicación que nos permita seguir adelante en la separación física y psíquica que se revela como la realidad contundente —nuestro pequeño drama existencial bajo luces distantes que no queremos que  nos sean indiferentes. El hombre siempre ha visto las estrellas en la noche. En ellas ha encontrado no sólo una dirección para navegar en la oscuridad, también ha creído encontrar una dirección para entender los sucesos que le ocurren a su interior, o en su relación con el mundo y guíar su vida: una rueda de dibujos animados en los que ha proyectado su mito y su drama. El acto es primordial y no es del todo diferente de vernos reflejados en algo o en alguien que no somos nosotros. El cielo es el primer espejo de nuestra mente. Este mismo acto se da en toda cardinalidad, hacia arriba y hacia abajo, hacia afuera y hacia adentro y en todos los elementos. Las mancias son tan viejas como la civilización: podemos leer las olas del mar,  las figuras que deja el fuego en el carbón, lo que nos dice el viento es distinto si proviene del norte que del sur, la tierra es una matriz de lenguaje: el polvo susurra lo que somos, las entrañas de los animales o el vuelo de los pájaros nos muestran si es auspicioso partir o iniciar una batalla. Todo habla, todo está lleno de signos, todo es una cámara de ecos y resonancias. "Hagamos silencio, para que podamos escuchar el murmullo de los dioses", escribió Emerson.

¿En realidad leemos o decodificamos este texto, este libro de la vida, este "bosque de símbolos"? ¿O más bien creemos ver y oír fuera de nosotros nuestras propias ideas, las cuales pujamos por ver reflejadas, por confirmarlas con la fuerza de la realidad externa, para encontrar un sentido? 

Lo anterior es parte de la visión animista del universo, considerada como primitiva por la ciencia moderna, con el despectivo: "pensamiento mágico" (bajo el entendido de que el pensamiento racional, basado en la disección de los fenómenos, es superior). La ciencia moderna nos dice que el universo y la evolución corren de manera ciega e indiferente a nuestros pensamientos y creencias. El universo es vasto y maravilloso, pero es también terriblemente frío e inclemente: no se inmuta por lo que le sucede a una civilización en uno de miles de millones de planetas y menos por lo que sucede dentro de un cerebro humano. De igual manera, las leyes de la física señalan que la forma en la que se comporta la materia es constante en todas partes del universo, por lo que esta indiferencia existencial es parte de la naturaleza de la realidad. Y aunque desde fuera queremos interpretar la física cuántica como una esperanza para significarnos en este cosmos baldío, apropiándonos de la noción del colapso de la función de onda como una prueba de que  la materia responde a la conciencia o de que al observar un fenómeno lo modificamos, muy pocos son los científicos que aceptarían que esto significa que el universo recibe nuestras señales y las regresa, que la naturaleza se comunica con nosotros o que nuestra mente puede afectar la materia. En otras palabras, aunque podamos conocer las leyes de la física y entender cómo funciona el universo —la concatenación de la causa y el efecto—, el dotarlo de un significado y creer que tiene un sentido, que avanza hacia un fin determinado —y que nosotros tenemos relevancia en su camino—, es una proyección antropomórfica. 

El mundo de la divulgación de la ciencia se encuentra tomado por el reestreno de la serie Cosmos, esta vez con el astrónomo Neil deGrasse Tyson. En el tercer episodio de su "odisea en el espacio-tiempo" se explora la importancia de nuestra capacidad de reconocer patrones, una de las más particulares cualidades humanas, la cual ejercemos al borde de la patología:

El talento humano para reconocer patrones es una arma de doble filo: somos especialmente buenos encontrando patrones, aun cuando realmente no están ahí —esto es algo que se conoce como falso reconocimiento de patrones.

Estamos hambrientos de significado —de signos de que nuestra existencia personal tiene un significado especial para el universo. Con ese fin, nuestro entusiasmo suele engañarños y a los demás.

No sólo queremos descubrir y confirmar que el mundo es una historia que hace sentido, como el cuento que nos contaban nuestros padres para que pudiéramos dormir tranquilamente. Queremos ser parte de la historia, escribir nuestro nombre en las piedras y en el cielo, que las montañas nos contesten, que las estrellas nos vigilen.  

Diversos fenómenos parecen atestiguar este impulso de nuestra mente por reconocerse en el mundo. El término comúnmente usado para describir este "falso reconocimiento de patrones" es "apofenia" una mala apropiación del término acuñado por Klaus Conrad "apofanía", en oposición a "epifanía". Esta visión-delusión, en palabras de Conrad, ocurre cuando vemos conexiones sin motivo acompañadas de "una experiencia específica llena de significado anormal".  Curiosamente esta definición es similar a la definición del término sincronicidad por parte de Carl Jung: "una coincidencia acausal significativa" o "un principio de conexión acausal". (Más adelante analizaremos qué quiere decir Jung con algo que no tiene causa pero sí significado y por qué esta visión es la clave para formular un universo con sentido, en el que el ser humano pueda encontrar respuestas en el "aterrador silencio del espacio sideral").

jesus-app-cheetah.grid-4x2La manifestación más conspicua y ridiculizada de la detección de patrones falsos en el mundo es seguramente la pareidolia, comúnmente asociada con apariciones religiosas en lugares insólitos. Ocurre en personas que han visto la imagen de Jesús en un cheeto o en un burrito, a la virgen en la escarcha que producen las neveras de un minisuper o que han creído ver una señal divina luego de que la imagen de la deidad apareciera en sus éxamenes de rayos X en sus pruebas de cáncer.  Las mismas revistas científicas utilizan la pareidolia para describir objetos cósmicos encontrados por la observación astronómica: una nebulosa que es llamada "el ojo de dios", otra que se considera "el balón de futbol" o una más que es una "mariposa". Ver estos objetos cósmicos como si fueran cosas íntimamente ligadas a nuestra existencia nos ayuda a entenderalas (aunque sea bajo una falsa conexión). Por otro lado hay quienes al ver estas formas análogas creen que el universo mismo está construido a la medida de nuestra comprensión (un principio antropocósmico), bajo un mismo principio formal, con correspondencias que nos hablan y cifran. "Dentro del capullo yace la mariposa y dentro de la mariposa yace la señal de otra estrella", escribió crípticamente Philip K. Dick.

Habrá que decir que este universo frío y calculable, independiente de nuestra mente, no es el razonamiento exclusivo de las mentes más aptas de nuestra cultura  —o al menos no todas las mentes más brillantes están de acuerdo en esta visión del universo. Una de las características más notables de la inteligencia es poder sostener al mismo tiempo puntos discordantes, barajar principios contradictorios sin tener que pronunicarse a favor de uno. Hagamos esto. Jugemos el juego de Jano.

Un universo de significado

Erik Davis, autor de Techngnosis, uno de los libros más importantes para entender las ideas que impulsan a la tecnología moderna, en su trabajo reciente estudiando la religión y los pasatiempos de la sociedad contemporánea (la música electrónica, las drogas psicodélicas, los videojuegos) detecta una necesidad de reencantar nuestra existencia, por volver a encontrar un significado que podríamos llamar mágico en la herrumbre de nuestra civilización industrial. Sí, claramente la tecnología nos permite hacer cosas que antes sólo podíamos soñar, ¿pero cuál es el sentido de nuestras vidas en medio de este bosque de máquinas que nos conectan a distancia pero que también nos aíslan de la chispa vital?

A la visión del astrónomo Neil deGrasse Tyson, como contrapeso a la visión cientificista, habría que oponer la visión del psicológo Carl Jung. El tema principal estudiado por Jung por toda una vida fue  evidentemente la psique humana. Sin embargo, la profundidad de su estudio lo llevó a creer que la psique humana se extiende mucho más allá del cerebro individual. No sólo la mente inconsciente es una inmensa construcción colectiva sino que lo psíquico por momentos parece escapar del fuero interno al mundo —o al menos el mundo, en la narrativa personal de la mente, refleja los procesos internos. Intentando explicar fenómenos psi al final de su vida Jung notó que existen dos tipos de relaciones entre las cosas: la cadena causal y la interconexión de significado o "la conexión constante a través del efecto y la conexión inconstante a través de la contingencia, equivalencia o significado". Esto evidentemente resulta una herejía  y una amenaza para el edificio de la ciencia: que existe una capa de realidad, quizás más profunda aunque menos constante, en la cual la supuestamente inexorable ley de la causa y el efecto no aplica. En su ensayo Sincronicidad Como Principio de Conexiones Acausales, Jung cita a una serie de precursores que influyeron en la conformación de su idea de sincronicidad, entre ellos Leibniz, Kepler, Plotino, la filosofía taoista y Schopenhauer. Este último escribió:

Todos los acontecimientos en la vida se sitúan de acuerdo a dos tipos fundamentales de conexión: primero, la objetiva, la conexión causal de su desarrollo; segundo, en una conexión subjetiva, que existe sólo en relación al individuo que la experimenta y la cual es tan subjetiva como sus propios sueños, y en la que, de todas formas, la sucesión y el contenido están determinados necesariamente y de la misma manera como la sucesión de escenas de un drama generado por un poeta. Esos dos tipos de conexiones existen simultáneamente y en el mismo suceso, como un enlace en dos cadenas muy diferentes, las cuales sin embargo se han alineado perfectamente en una consecuencia en la cual en cada momento el destino de uno se empata con el destino del otro, y cada uno se vuelve el héroe de su propio drama a la vez que figura simultáneamente en el drama del otro. Esto es también libremente algo que excede nuestros poderes de comprensión y sólo puede concebirse a través de la más fabulosa armonía preordenada.

El anterior párrafo, que se puede encontrar en el ensayo"Especulación trascendental sobre el aparente diseño en la fe individual" es de una exquisita penetración intelectual y es vital en la concepción de la sincronicidad jungiana, aunque el psicólogo suizo luego precisara algunas diferencias con Schopenhauer.  El filósofo alemán intenta conciliar la paradoja de cómo cada quien parece generar su propia realidad, vivir en su propio drama poético y a la vez ser parte de un mundo de causa y efecto, un mundo objetivo en el que confluyen todos los dramas personales sin entrar en conflicto. Una conciliación del solipsismo mezclada con el maya del hinduismo (encontramos aquí curiosamente una anticipación de esa idea con tanta historia que en nuestros días ha tomado el nombre de La Matrix). Schopenhauer invoca una prima causa que ubica en la Voluntad Trascendental, de la cual se genera toda la trama ilusoria de la Representación. Todo ocurre de manera simultánea: "las cadenas causales radiando como líneas meridianas de los polos". Schopenhauer creía en un determinismo absoluto; Jung admitía la posibilidad de un indeterminismo. David Bohm, que llevó a la física una visión similar a la Voluntad y la Representación con su Orden Implicado y Orden Explicado, nos da una pista de cómo pueden coexistir  lo determinado y lo indeterminado, lo causal y lo significativo, desde el vacío cuántico:

ya que el determinismo puede surgir de un indeterminismo subyacente, el universo puede tener capas alternativas de causalidad y caos.

significadoHoy en día se ha popularizado mucho la creencia en las sincronicidades como eventos que parecen comunicar a la personas que las atestiguan un profundo significado o un tipo de señal numinosa. Vulgarmente se cree que estos fenómenos tienen una causa oculta, una intervención velada: son emisiones directas del "universo" (lo que sea que eso signifique). Pero para Jung, después de observar el fenómeno detalladamente, lo relevante de las sincronicidades es justamente que no tienen una causa: sólo tienen significado. Jung en un principio consideró la posibilidad de que existiera una fuerza física desconocida que pudiera estar operando en fenómenos como la telepatía, la percognición, o la astrología, más tarde pensó que el tiempo mismo podría ser una estructura codificada hipervinculante "las cosas que ocurren en el mismo momento de tiempo son una expresión del mismo contenido de tiempo". Al final se inclinó por creer que estos fenómenos simplemente sucedían como parta de una significación de la psique. La ciencia mainstream estaría de acuerdo con Jung en que no hay una explicación física para estos fenómenos; estaría en desacuerdo en que en verdad ocurren (jugando a esa cadena: estarían en desacuerdo con la ciencia millones de personas que se basan en sus experiencias). Es harto conocida la historia sobre un poltergeist que simbólicamente marcó la desavenencia entre Jung y Freud, cuando el primero se inclinaba a considerar la existencia de fenómenos parapsicológicos. Jung tuvo muchas experiencias de este tipo en su vida pero lo que lo llevó a considerar que lo parapsicológico tenía cabida en el más serio estudio científico fueron las investigaciones del Instituto Rhine, que aún hoy dejan perplejos a muchos respetados científicos.

Como he dicho, es imposible, con nuestros recursos actuales, explicar la percepción extrasensorial, o el hecho de la coincidencia significativa, como un fenómeno de energía. Esto termina con la explicación causal también, ya que un "efecto" no puede entenderse si no como un fenómeno de energía. Así que no puede ser una cuestión de causa y efecto, sino de caer conjuntamente en el tiempo, un tipo de simultaneidad... considero que la sincronicidad es una relatividad del tiempo y el espacio psíquicamente condicionada. Los experimentos Rhine han demostrado que en relación a la psique el tiempo y el espacio son, por así decirlo, "elásticos" y pueden aparentemente reducirse al punto de la desaparición, como si fueran dependientes de condiciones psíquicas y no existieran por sí mismos sino que fueran "postulados" por la mente consciente. En la visión original del mundo, como la encontramos entre hombres primitivos, el tiempo y el espacio tienen una existencia precaria. Se convierten en conceptos "fijos" sólo en el curso del desarrollo mental, gracias sobre todo a la introducción de la medición. En sí mismos, el espacio y el tiempo consisten en nada. Son conceptos hipostasiados engendrados de la actividad discriminatoria de la mente consciente, y forman coordenadas indispensables para describir el comportamiento de los cuerpos en movimiento. Son, entonces, esencialmente psíquicos de origen, lo cual es probablemente la razón que hizo que Kant los considerara como categorías a priori. Pero si el tiempo y el espacio son sólo propiedades aparentes de cuerpos en movimiento y son creados por las necesidades intelectuales del observador, entonces su relativización por condiciones psíquicas no es ya motivo de asombro sino que llega a los límites de la posibilidad. Esta posibilidad se presenta cuando la psique observa, no a los cuerpos externos, sino a sí misma.

De aquí que el hombre que observa el tiempo y el espacio y los fenómenos que discurren por su aparente continuum, en realidad observa una construcción psíquica o una relación entre su propia mente y el mundo. Se observa a sí mismo. Esto es lo que a fin de cuentas Jung nos dice en su aspecto más radical. Aquí también Jung muestra una coincidencia significativa con la filosofía hermética, que sostiene como uno de sus principios la identidad entre el espacio y la mente. Si de alguna manera la conciencia es parte fundamental de la naturaleza, entonces podemos entender que el significado sea un aspecto primordial de la realidad: es parte del lenguaje de la mente.  Ya que nos acercamos al final a terrenos ocultistas, recurramos a Lon Milo Duquette, uno de los herederos de figuras como Aleister Crowley e Israel Regardie, para poder entrever esta noción del significado como un aspecto primordial de la realidad, tanto como la materia y la energía: 

Casi cualquiera estaría de acuerdo que la realidad objetiva es un mundo en el que las cosas vivientes son justo eso --cosas vivientes, tales como personas, perros, gatos o elefantes. Y por lo tanto, los símbolos no están vivos, son representaciones abstractas de las ideas.  Ha sido mi experiencia, sin embargo, que lo opuesto es verdad en el plano de la magia. Los símbolos están vivos y las cosas vivientes son generalmente el símbolo de algo.

Al universo de la ciencia moderna que hereda aún el modelo de la física clásica de un universo mecánico, ciego y sordo a nuestra existencia, contrapongamos el universo cabalista, en el que las cosas son representaciones de un lenguaje primigenio.  En el caso de Jung, no es que niegue la causalidad sino que ésta es un aspecto complementario del significado junto con el cual forma el balance secreto del mundo, tan importante en la filosofía oriental y en el pensamiento jungiano. A Jung le gustaba citar la traducción del "Tao" de Richard Wilhelm como "el sentido" o el "significado" ("meaning", "sinn"). Para él ver conexiones significativas sin relaciones causales es equivalente al pensamiento taoista de pensar en términos del todo, el cual es esencialmente simultaneidad, lo causal en cambio es más apropiado para lo fragmentario.

Aquí nos detendremos por el momento, con la intención de cuestionar tanto a aquellos de nosotros que creemos encontrar significado en los sucesos más dispares e inconexos, como también al modelo de la ciencia establecida que niega la existencia de todo lo que no puede ver o de todo aquello que no se ajusta a la estructura paradigmática de una causa y un efecto. Vivir en un universo de significado —más allá de que pueda parecer el delirio del mentalismo— ofrece la posibilidad de reencantar la existencia al acercarse a la realidad desde la poesía. El mundo se convierte en un texto que discurre en nosotros, un río de palabras, símbolos y metáforas; no sólo para intentar descifrar sino también para disfrutar: como con un poema que tiene diferentes capas de significado y cuyos signos se conectan siempre a otros signos en una madeja infinita.

Twitter del autor: @alepholo

 

Nuestra relación paradójica con el silencio hizo que primero lo borráramos de nuestras vidas, llenando el mundo de ruidososo objetos, para luego desearlo como la solución a nuestro malestar; este impulso de buscar el silencio, su exclusiva dimensión, esconde también una sed mística.

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El silencio es oro.

-Proverbio

 

Nuestra cultura tiene una relación paradójica con el silencio. Por un lado, lo hemos identificado con la divinidad o con lo místico (lo más valioso de lo inmaterial), ya sea como una cualidad de lo divino o como una estructura o una dimensión que permite lo místico —o al menos esa paz que nos brinda entendimiento. Por otro lado, hemos manifestado un consistente pánico hacia el silencio y el vacío, llenando el espacio de ruido y cosas innecesarias en un abigarrado impulso barroco que puede leerse como una forma de escapar del presente y de la inmanencia del ser.

El auge de la espiritualidad occidental, remezlcando tradiciones orientales, se sustenta en la idea de que es necesario encontrar el silencio para poder recibir visiones significativas, para aquietar la mente y poder escuchar la voz interna y encontrar el equilibrio que trae la sabiduría —más allá del mundanal ruido. Creemos que al acercarnos al silencio —aunque este sea ya una abstracción, un reciclaje metafísico o una utopía— nos acercamos a una región sagrada, donde el ser yace prístino, incontaminado en una especie de eternidad. Hay en el silencio algo como una nostalgia del principio del mundo. Existe incrustada en nuestra psique la noción arquetípica de que el origen es superior al devenir de una cosa —acaso apuntalada en el hecho de que lo inmanifiesto cuenta con un potencial relativamente ilimitado— y que el tiempo va despojando a las cosas de su pureza. El Tao, nos dicen, "es como un bloque de madera sin tallar".

Wittgenstein expresó esta primacía misteriosa de lo inmanifiesto o inefable en el Tractatus: "Hay, ciertamente, lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo; esto es lo místico”. Aldous Huxley expresó más o menos la misma idea: "Después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable es la música". A esto habría que añadir, citando también a Wittgenstein,"lo místico no es cómo es el mundo sino que sea". Tenemos aquí la idea de que lo místico no es cómo nos decimos que es el mundo, sino la experiencia pura, directa e incomunicable del mundo, o del ser sin aditamentos o artificios lingüísticos, aquello que expresa lo inexpresable es lo que "se muestra a sí mismo": lo que comunicamos sin palabras es nuestro ser. Es doblemente paradójico porque también tenemos la impronta mitológica de pensar que el mundo se creó con lenguaje y por lo tanto la palabra es sagrada —quizás todo lo más porque se desprende del silencio, que es igualmente o más sagrado, el valle sobre el cual se erige el mundo. En cierta forma, el silencio cuenta con un aura que lo hace pasar por el lenguaje de los dioses. El naturalista e idealista Ralph Waldo Emerson escribió: "Hagamos silencio para escuchar el murmullo de los dioses", como si detrás de la ofusación de nuestros sentidos anegados por el ruido corriera un rumor claro de río, un lenguaje transparente en el que los dioses cifran los secretos de la creación.

michael-wolfNuestra fascinación por el silencio, sin embargo, está llena de contradicciones: como lo es la frase "llenar el vacío". En cierta forma al desear el silencio pero casi erradicarlo de nuestras vidas internas y externas, padecemos una especie de autosabotaje. Una de estas paradójicas manifestaciones se desdobla como la negación del espacio que caracteriza a nuestra era. Desde el emblemático pavor sentido ante "el silencio eterno de los espacios infinitos", expresado por Pascal, nos hemos defendido de esa permeabilidad cósmica que supone el vacío y el silencio. La industrialización de la producción se afianzó sobre este nuevo paradigma en el que la Tierra dejaba de ser el centro del universo —y amanecíamos en un cosmos ilimitado, desconocido e indiferente— para aniquilar el vacío y abarrotar nuestra existencia de objetos, incluso, ya en el mundo contemporáneo, invadiendo espacios inmateriales de objetos digitales. Nos gustan la amplitud, los huecos, las formas que evocan el vacío; pero al mismo tiempo ante ello sentimos un nerviosismo, una premura (¿el tremor de lo místico?) y nos arrojamos a llenar el espacio, a volcarnos sobre la cavidad, sobre el cero que no podemos más que llenar de unos. Nos cuesta sostener la mirada de una persona que conocemos o de un extraño y permanecer en silencio: el silencio es incómodo y huimos de él.

En una cultura donde la información se multiplica de manera prolífica y donde es mucho más fácil seguirr parloteando, generando más y más información, el silencio toma la cualidad de una rara joya. Las palabras —aunque en algún momento sagradas— fácilmente se prostituyen, pierden su poder, se vuelven comunes y corrientes. Su poder es más bien negativo: somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestro silencio. Es más, sólo quien tiene silencio —ese real state metafísico, ese oasis— puede ser dueño de sí mismo. Pero el silencio está en extinción, es el dominio de una élite, es un capital místico.

Cómo el silencio se convirtió en un producto de lujo

Un reciente artículo en The New Republic traza la historia de cómo el silencio se ha convertido en una industria: existen muchas personas que están dispuestas a pagar buen dinero por tener habitaciones silenciosas, por volar en aviones silenciosos o comer en lugares silenciosos. Desde siempre el silencio ha sido valuado y el ruido aborrecido. El sustento de la armonía urbana y la convivencia a través del silencio se remonta por lo menos a tiempos de la Antigua Grecia, en la que podemos ver ya un rasgo de un problema moderno. En la colonia de Sibarí (hoy Italia, hoy un lugar al que quizás iríamos a buscar esas vacaciones de silencio y paraíso), se obligaba a los artesanos cuya profesión era por naturaleza ruidosa a vivir fuera de los muros de la ciudad. En tiempos de la Reina Isabel de Inglaterra, los hombres no podían golpear a las mujeres después de las 10 pm, una consideración que sólo parece tener en cuenta el sueño de los otros hombres y no, por supuesto, a las chillantes mujeres.

Es más fácil huir de algo que visualmente nos molesta; el sonido indeseado en cambio se cuela por cualquier reducto y envuelve las cosas. Era el canto de las sirenas lo que llevaba a la perdición de los marineros. El ruido perturba cualquier fluidez que podamos alcanzar: "es la más impertinente de las formas de interrupción", escribió Poe. Esto se acentúa aún más en la modernidad, en la que el perenne bombardeo informativo nos acerca a la neurosis: se nos estimula incesantemente sin que podamos obtener la misma cantidad de gratificación —el ruido puede sacar nuestra peor parte y nos puede precipitar al desquicio.

Entre este pequeño boom de productos o experiencias silenciosas, The New Republic destaca: una lavadora de platos que no hace ruido (y que se vende por 1,700 dólares); una aspiradora (de 600 dólares) que cuenta con el aval de un estudio científico en el que los sujetos participantes pudieron seguir su sueño pese a que se encendió la aspiradora; Bose vende desde el 2000 audífonos que cancelan el sonido en 299 dólares; o Lexus, cuyo híbrido Sedan es descrito así: "uno de los aspectos más lujosos de conducir este auto es su casi absoluto silencio".

Como contraflujo al impulso de hacinamiento de objetos y la generación de una panoplia de estímulos —las huellas de esos objetos—, en nuestros días la ausencia se ha vuelto un bien suntuario. Muchos productos actualmente ya se venden por lo que no tienen —gluten, azúcar añadida, plástico y ahora ruido.

Anechoic_chamberEn el trajín de la existencia en ciudades y corporaciones, todos creemos que merecemos o que necesitamos nuestra rebanada de silencio, generalmente parte de un conjunto postal que incluye una playa virginal o una montaña majestuosa y una experiencia que provee un respiro y que generalmente nos permite regresar a la vida cotidiana con una mayor tolerancia: el silencio compra tiempo. Desde el Vipassana a las Bahamas, buscamos retiros o vacaciones que nos puedan otorgar ese oro interno del silencio.

Experimentar el silencio total, sin embargo, es prácticamente imposible para el ser humano ya que en cualquier punto de la tierra hay con menor o mayor sutileza ruidos generados por la misma atmósfera —sin decir nada sobre aquellos ruidos generados por nuestro propio pensamiento—, por eso el silencio ha cobrado sobre todo una connotación metafórica, casi etérea, de algo más, a lo que se llega cuando se aquieta la mente o cuando nos descomprimimos y nos extendemos en un espacio más amplio. De aquí también florece la industria de la meditación o del "mindfulness" que promete brindar una serie de técnicas para encontrar ese silencio dentro del tren de la vida moderna. Una técnica que en teoría sugiere liberar al hombre del mundo exterior, que es incontrolable y esencialmente frustrante, construyendo un santuario interior, un reino de silencio.

Para la modernidad secular, el silencio encarna la utopía de las vacaciones eternas. Casi con una banda sonora de tenues olas, brisa y garzas, un ritmo pausado, una lentitud, una disolvencia crepuscular, un triunfo sobre el sistema corporativo y el continuum de la producción. Casi el completo antípoda de la vida frenética de la ciudad, con los altos edificios que recortan el horizonte y con una incontrolable matriz de ruidos que se despliegan a todas horas. El ruido también tiene una connotación metafórica: es toda información que nos impide procesar de manera fluida la información que nos atañe o hacer sentido de esa información. En realidad comúnmente cuando nos referimos al silencio hablamos sobre lugares con muy poco ruido o sin ruidos generados por el hombre.  Sin embargo, existen, con fines de investigación científica, las cámaras anecoicas: habitaciones que por los materiales que recubren todas sus superficies evitan que las ondas sonoras reboten y se amplifiquen hasta la audición humana. Las personas que han experimentado una de estas cámaras sin ecos suelen describir sus experiencias como estados de conciencia alterada, que a veces alcanzan un cierto eco místico—como reza el koan: “no tengo nada que decir y sin embargo lo estoy diciendo”, expresión inexpresable, pero también suelen producir terror. Hay algo que nos aterra y nos fascina del silencio. Eso es todo lo que podemos decir, y ya es mucho, porque de lo que no se puede hablar hay que callar.

Twitter del autor: @alepholo