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¿Y si la introversión sólo es un asunto de malos modales? ¿Qué pasaría si dejaras de creer que eres introvertido?

Salud

Por: pijamasurf - 10/25/2016

¿Definirse o ser definido? En ese dilema propio de todo desarrollo psíquico, muchas personas han adoptado la introversión como una forma de vida, sin ver que son mucho más que eso

Desde hace algunos años, los introvertidos se pusieron de moda, o al menos se comenzó a hablar mucho de ellos, especialmente en Internet, un ecosistema de comunicación que por sus características ha sido uno de los más adecuados para la personalidad introvertida.

Estudios científicos, ensayos e ilustraciones han sido algunas de las formas desde las cuales se ha intentado acercarse a la introversión y explicar su misterio, contribuir a su fascinación o simplemente expresarla.

¿Por qué existe tal atracción por las personas introvertidas? No es fácil explicarlo, pero de inicio podríamos señalar ese enigma que parece rodearlas y que, en general, es el resultado de una combinación de timidez, modestia, cierta inclinación por el silencio y quizá algún otro rasgo afín que hace parecer interesantes a las personas introvertidas. Además, en una sociedad que por varios siglos ha privilegiado el pensamiento y la reflexión otorgándoles valor por encima de otras cualidades, a los introvertidos se les imputa también ese valor, únicamente por ser como son, por parecer que siempre están reflexionando, o que seleccionan muy bien a las personas con las que comparten su tiempo.

Con todo, es posible que como sucede a veces con las generalizaciones, en ésta también haya un buen grado de romantización, de concesión hacia una supuesta forma de ser que, al ser conocida, sirve a ciertas personas para justificar lo que son –en vez de, preferiblemente, construirse su propio concepto de sí–.

En este sentido, vale la pena recuperar un ensayo de Kj Dell’Antonia publicado recientemente enThe New York Times y que lleva el provocativo título de “¿Soy introvertido o únicamente grosero?”

Dell’Antonia establece este dilema porque, como es sabido, uno de los puntos flacos de la personalidad introvertida es el trato social. La charla circunstancial con un compañero de trabajo, la formalidad de presentarse con un extraño, ser empático con los demás y, en suma, muchas de las conductas que implica la convivencia social cotidiana tienen fama de representar una gran dificultad para los introvertidos, lo cual a su vez parece darles licencia para no realizarlas, sin importar que eso transgreda el “contra social” estándar.

¿Qué pasa, sin embargo, cuando ese supuesto rasgo de personalidad se convierte en un problema? ¿Qué pasa cuando por defender tanto eso que creemos que nos define, la introversión, terminamos perdiendo otras cosas sin que siquiera lo advirtamos? Dell’Antonia dice que, cuando se disculpaba por no poder acudir a una reunión con sus amigos o fingía un pretexto para no ver a sus padres, no pasaba por su mente que estaba descuidando sus relaciones, sino que más bien creía firmemente para sí que “preservaba su energía”, que “protegía su Yo, vulnerable, precioso”. En pocas palabras, que en la lucha entre su Yo y el mundo, por fin había encontrado la manera en que su Yo prevaleciera.

Con todo, el tiempo le mostró que esa forma de proceder al respecto de sus relaciones tuvo al menos una consecuencia palpable: la imposibilidad de formar vínculos afectivos profundos, en buena medida porque aunque parezca paradójico, lo significativo de las relaciones ocurre en los hechos mínimos, en los intercambios del día a día, y no realmente en las antípodas de lo heroico o lo trágico. ¿Cómo tener eso si, de inicio, la introversión se antepone como una barrera entre el sujeto y aquellos que lo rodean?

La intención que recorre el ensayo de Dell’Antonia no apunta hacia la normalización. No se trata de “limar” las particularidades del sujeto para crear miembros uniformados de una sociedad. El propósito es más sencillo: reflexionar sobre aquello que a veces hacemos parte de nuestra subjetividad, por distintos motivos, y a veces sin pensarlo ni quererlo convertimos en un eje alrededor del cual comenzamos a girar y a construir todo lo que somos y hacemos.

¿Qué pasa si quitamos ese eje? ¿De verdad toda nuestra subjetividad caerá? ¿O descubriremos que somos más de lo que a veces creemos que nos define?

Ilustraciones: Tín Trần

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Experimentar dolores e incluso enfermedades sin que se generen reacciones negativas que afecten nuestra ecuanimidad es una forma de purificar el karma, según el budismo

Dolor y sufrimiento a veces son usados de manera intercambiable, pero haremos aquí una distinción funcional para desarrollar una hipótesis. Llamaremos dolor a aquellas sensaciones físicas desagradables que son parte inevitable de la existencia cotidiana así como también a aquellas emociones negativas o pensamientos dolorosos que surgen, pero que (en el caso de las emociones y pensamientos) están ligados a un respuesta corporal inmediata. Por ejemplo, si una persona querida muere, hay un dolor natural que llamamos duelo; otro ejemplo, si alguien utiliza un ruidoso taladro cerca de nosotros, escuchamos una poderosa explosión o vemos un muerto en la calle, esto probablemente genere ciertas emociones negativas o de alguna manera perturbadoras, que aquí colocamos dentro de la canasta del dolor (recordemos que ésta es una distinción meramente funcional, no lexicográfica).

El sufrimiento lo definiríamos como la fijación del dolor o su reproducción a través de hábitos mentales. Por ejemplo, si un ser querido muere y seis meses después seguimos deprimidos, eso sería sufrimiento. Si una construcción empieza a nuestro lado y horas después no podemos trabajar y estamos obsesionados con el ruido, eso sería sufrimiento. En el caso de una enfermedad que afecta seriamente nuestro organismo, la línea se vuelve más difusa (ya que el dolor y el sufrimiento se retroalimentan en un circuito psicosomático) y en general es más difícil evitar que el dolor se convierta en sufrimiento, pero de todas maneras es posible hacer que el dolor no se convierta en un agregado de sufrimiento mental autoinflingido por rumiar en la enfermedad o la frustración que produce la enfermedad al estarse circulando en forma de pensamientos. Un ejemplo, cuando el karmapa anterior (el líder espiritual de budismo kagyu) estaba enfermo de cáncer, cuando las personas lo iban a visitar y le preguntaban cómo se sentía, él decía "No enfermo", según cuenta Gyatrul Rinpoche. No sólo en el caso de una persona con muchos logros en el control mental y demás, muchas personas ordinarias que tienen una actitud positiva se enferman pero el dolor no se convierte en sufrimiento, sino sólo es una experiencia más. Son éstas las personas que logran salir de una enfermedad con aprendizajes más que heridas o disfunciones crónicas. De hecho, existen muchas historias muy interesantes de cómo la enfermedad es el catalizador de una transformación espiritual donde los individuos descubren los aspectos esenciales de la vida y de su persona obligados a enfrentarse a su realidad sin distracciones. En algunos casos es necesario sufrir, justo para tener una motivación más profunda para querer dejar de sufrir, pero una vez que se ha entendido esto, es posible vivir todo tipo de dolores, achaques y contrariedades sin que se produzca mayor sufrimiento.

Se ha dicho mucho que el el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Yo preferiría decir que no sufrir es el logro del trabajo del autoconocimiento, la purificación de la mente y probablemente también de una cierta fe o del cultivo de una vida plena de significado. No es como si vamos al supermercado de la mente y elegimos no sufrir; en realidad en el estado en el que estamos no podemos ejercer esa opción efectivamente, ya que somos víctimas de nuestros hábitos mentales o de nuestros karmas (los cuales son casi lo mismo). Es decir, el no sufrimiento no es magia, no es una pastilla que tomamos (porque la pastilla que tomamos para suprimir el dolor luego se convierte en sufrimiento al negar los síntomas que se están manifestando con importante información sobre las causas más profundas de nuestro malestar). Es por ello que el Buda Shakiamuni diseñó todo un sendero (el óctuple noble sendero) para conseguir eliminar esta característica tan enraizada en el mundo en el que vivimos, donde existen inevitablemente la muerte y la enfermedad (en lo que el budismo llama el samsara). Asimismo, las diferentes escuelas budistas se han dedicado a adaptar las enseñanzas del Buda –las cuales son ciertamente universales– a los contextos particulares, con el fin de proveer un método para hacer que no reaccionemos de manera violenta al dolor y que lo dejemos que llegue a su cauce y se desvanezca. La esencia de la filosofía budista, e incluso también de la medicina tibetana, es el concepto de la impermanencia (anicca). Sostiene el budismo que todas las cosas están condicionadas a desaparecer y por lo tanto no hay una razón de peso para reaccionar a ellas. Esto mismo ocurre también en el organismo, si una sensación dolorosa surge, uno la percibe y si tiene sentido realizar algún cuidado médico por supuesto que se realiza, pero si esto no es necesario (y se prefiere no intervenir si no hay una verdadera necesidad) simplemente se reconoce la sensación y no se cavila demasiado en su persistencia. Esto hace que uno no siga alimentando esa sensación corporal que en el budismo tiene necesariamente un componente mental. Pronto desaparecerá y lo que es seguro es que desaparecerá antes y perderá su fuerza antes si no la hacemos grande con nuestra energía obsesiva o apego. Es por ello que definimos el sufrimiento como fijación: todas las cosas están moviéndose, circulando, cumpliendo su energía kármica, pero si nos aferramos a ellas, generamos tensión y bloqueamos su paso, pues no podrán seguir su curso, por el contrario, se expandirán, como si en vez de sacarnos una daga, la mantenemos en el cuerpo y la seguimos enterrando.

Sugiero que existe una especie de alquimia en el dolor que no se convierte en sufrimiento, especialmente en la enfermedad y en las circunstancias más difíciles que nos presenta la vida, basándome en la visión budista del karma. El budismo enseña que todo lo que somos y que todos los fenómenos que experimentamos son el resultado de nuestras acciones previas, nuestro karma, el cual es especialmente cargado, por así decirlo, por la intención o motivación que le imprimimos a nuestros actos, pensamientos o palabras. De esta manera es imposible que nos libremos de algo que hemos hecho antes sin que experimentemos sus efectos (si bien existen técnicas, como por ejemplo el tantra, que permiten trabajar con estos efectos de manera más directa y profunda, a veces logrando evitar sus manifestaciones más negativas). Esto significa que todo dolor y enfermedad que se manifiesta es una semilla kármica que encuentra su fruición: un acto o una serie de actos que estaban enterrados en nuestro inconsciente o en lo que el budismo llama alaya, la conciencia de la base o conciencia almacén. Bajo cierta perspectiva esto es algo incluso celebrable: está surgiendo finalmente a la superficie ese pasado que nos tiene condicionados y nos afecta desde la profundidad, el monstruo se hace visible (y los monstruos al mostrarse a la luz pierden su poder de atemorizarnos). Estamos ante una preciosa oportunidad de librarnos de ese karma, aunque es una oportunidad de riesgo ya que nos coloca en un estado de relativa debilidad en el cual podemos recaer en una actividad negativa, al identificarnos con ese dolor-sufrimiento. Es importante no confundir no identificarse con las sensaciones con bloquear las mismas, por el contrario, el proceso de no identificación, cuya base es la noción de la impermanencia, es especialmente adecuado para dejarlas salir y sentirlas como son, es por ello que a veces las lágrimas son una forma de alquimia. 

El gran maestro budista del siglo XVII, Karma Chagme, escribió que algunos practicantes que viven una vida entregada al dharma logran hacer que todos sus vicios y oscurecimientos de vidas pasadas emerjan en esta vida. "Entonces todo el inmenso sufrimiento y la miseria de otras vidas es purificado al sufrir de enfermedades en ésta". Estas enfermedades entonces son llamadas "excitaciones del karma". Aquí el importante detalle es que estas enfermedades deben de sobrellevarse de tal manera que el individuo se mantenga fiel al dharma o a una vida ética y que mantenga una mente clara, sin indentificarse con el dolor. 

Hay que mencionar que en el caso de algunos seres con grandes méritos, según dice la tradición budista, particularmente el mahayana, las enfermedades pueden llegar a ser incluso formas de expiación compasiva con las que un bodhisattva o un gran santo absorbe las penas de los demás, simplemente porque está libre de apego y para él esas enfermedades no trastornan o modifican su conciencia, ni le hacen perder la ecuanimidad. Asimismo, también es concebible que ciertos seres especialmente calificados absorban las penas del mundo, de ciertos lugares o grupos, en una especie de alquimia del karma colectivo. 

Por otro lado también se pueden presentar procesos que a veces son descritos en la literatura de la medicina alternativa como "crisis curativas". Esto mismo es reportado en las prácticas tántricas del vajrayana, donde al trabajar con el karma y el oscurecimiento de la mente surgen ciertas aflicciones. Karma Chagme dice que "justamente como limpiar la cañería hace que emerja suciedad, así también ocurre al excitar el karma al purificar los oscurecimientos".

Esto al menos nos debe de dar una perspectiva diferente para enfrentar el dolor, sin que se tenga que ser budista practicante o de alguna otra religión o creencia. Simplemente la paciencia de la enfermedad, que es una especie de ciencia de la no reactividad, sabiduría de dejar que las cosas fluyan a través de nosotros y encuentren buen puerto. Creo que hay una alquimia en experimentar el dolor que ocurre como parte de la condición mundana y no adherirnos a él. Esto por una parte nos hace más sabios, nos permite entender la impermanencia desde la experiencia íntima y, por otro lado, si creemos en la idea del karma (la cual no es budista, sino que existe en todas las tradiciones religiosas de la India y en otras religiones y filosofías con otro nombre), entonces el dolor es una especie de punto crítico que ocurre en el laboratorio alquímico de nuestro cuerpo, en el que estamos purificando al fuego de nuestro cuerpo-mente, que al final de cuentas es la materia prima de la piedra filosofal. Si mantenemos la ligereza ante el dolor, estaremos haciendo un aliado del elemento viento, el vehículo del espíritu, y tendremos la capacidad de enfrentar todo tipo de adversidades sin que tengan efectos significativos en nosotros. Nos estaremos volviendo livianos como el viento y transparentes como el cielo. Incluso podríamos decir que el dolor sin sufrimiento es ya una probada de la iluminación.

Twitter del autor: @alepholo

Citas tomadas de Naked Awareness, Practical Instructions on the Union of Mahamudra and Dzogchen, traducción de Alan Wallace