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Estos son los 8 hábitos para hacer el máximo de trabajo en el menor tiempo posible

Salud

Por: pijamasurf - 06/07/2016

Si quieres dedicar menos tiempo a tu trabajo (o sólo el verdaderamente necesario), estos 8 consejos sin duda te ayudarán a conseguirlo

¿Sientes que dedicas mucho al trabajo pero, al mismo tiempo, tienes la impresión de que tampoco haces tanto? Esta paradoja puede deberse a que quizá, más que trabajar, empleas tu tiempo en otra cosa. Y esto no es bueno. No porque afecte la economía de mercado o la incesante producción capitalista, sino por motivos más bien humanos.

Desde hace varios siglos autores de muy diversa índole han subrayado la necesidad de encontrar el equilibrio entre el trabajo y la recreación, el trabajo y el descanso, el trabajo y las relaciones personales, el trabajo y nuestros proyectos propios, etc. Es decir, hacer del trabajo una especie de pivote al que si bien estamos parcialmente anclados, no por ello debe impedirnos hacer otras cosas.

A continuación compartimos una serie de consejos que Mark McCartney publicó recientemente en el diario inglés The Guardian. McCartney es couch profesional y en su experiencia existen al menos 8 hábitos que, puestos en práctica, nos ayudan a hacer más en menos tiempo. 

 

1. Aíslate

Puede ser que tomes un lugar de trabajo sólo para ti o que te pongas los audífonos y subas un poco el volumen, o quizá alguna otra práctica que conozcas pero que, en todo caso, lleve al mismo resultado: la concentración. “Aíslate”, es decir, quédate a solas con el trabajo que tienes que realizar. Y esto vale también para el propio trabajo o las distracciones paralelas que pueden surgir: desde un correo que podrías responder pero bien puede esperar o el rondín acostumbrado a tus redes sociales.

 

2. No te resistas a la distracción

De entrada esto puede sonar un poco contradictorio con respecto al punto anterior, pero permítenos explicar. La distracción es más o menos inevitable, especialmente en nuestra época, y quizá podría decirse que hasta es algo constitutivo del ser humano. Sin embargo, no es lo mismo perder 5 o 10 minutos platicando con un compañero de trabajo, que mirar el reloj y sorprenderse porque sin sentirlo dejamos transcurrir media hora más en una visita a Facebook. Acostúmbrate a trabajar por períodos más o menos largos de trabajo concentrado (entre 1 y 2 horas, por ejemplo) y breves pausas de distensión entre cada uno.

 

3. Simplifica

Antes de empezar cualquier tarea, pregúntate cuál es la manera más sencilla –y posible– de realizarla. Este hábito te ahorrará muchos contratiempos, porque si bien es cierto que el desarrollo puede tener sus aspectos impredecibles, desde tu punto de partida llevas la premisa de hacerlo con sencillez.

 

4. Encuentra tu propio ritmo

El ritmo es importantísimo en la vida, en casi todos sus aspectos, y no menos crucial es que en vez de intentar seguir el de otros, encuentres o desarrolles el tuyo.

 

5. Fortalece tus virtudes

Hacemos mejor y más rápido aquello que dominamos. Si es posible, concéntrate en eso. La ambición es buena, es cierto, porque más allá del discurso del mercado y la producción querer más usualmente nos lleva a ámbitos inexplorados, a desarrollar habilidades de las que antes carecíamos y adquirir conocimientos que de otro modo permanecerían ignorados. En el trabajo cotidiano procura mantener un equilibrio entre eso que sabes hacer bien y aquello que quizá no tanto pero te gustaría aprender a hacerlo. Sin descuidar uno, fortalece el otro –y viceversa.

 

6. Cuidado con robotizarte

Si mecanizas tu trabajo, paradójicamente puede ser que este te tome más de lo que debería. ¿Por qué? Porque de inicio no llegaste a esa labor para hacer lo que haría una inteligencia artificial, sino para sorprender o irrumpir. Si dejas esto para el final, sólo cuando hayas terminado todo el trabajo de rutina, tu jornada nunca será suficiente.

 

7. Sé honesto

Ofrece plazos de entrega que puedes cumplir; si crees que una junta ya derivó hacia lo insulso, dilo; si no te interesa leer un artículo que te compartió un amigo, no lo leas; si tu trabajo ya no te interesa, pregúntate por qué. Sé honesto contigo mismo, con tu trabajo, con tus compañeros. Verás cómo eso impacta en el tiempo que dedicas a tus labores cotidianas.

 

8. Finalmente, evita artículos como este

Sí, sabemos que este punto es como un harakiri, pero preferimos correr el riesgo de que nunca más leas un artículo de Pijama Surf a cambio de que sí hagas lo que quieres. Lo decimos porque sabemos bien que, en nuestra época, una de las manifestaciones favoritas de la procrastinación es que antes de hacer algo nos sentimos impelidos a saber cómo se hace eso; buscamos en Internet, leemos algunos artículos, vemos algunos videos… sólo para que pasadas 2 o 3 horas nos demos cuenta de que estamos muy lejos de empezar a hacer eso que nos propusimos. Si quieres ser más eficiente en tu trabajo (y con esto nos referimos a dedicarle sólo el tiempo que, por salud, se le debe dedicar), hazlo así, evita diferir la decisión para un mejor momento.

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En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de 4 horas al día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad. Los hombres que en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto de la economía o de la administración, serán capaces de desarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los economistas universitarios. Los médicos tendrán tiempo de aprender acerca de los progresos de la medicina; los maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud, y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el intervalo.

Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar de nervios gastados, cansancio y dispepsia.

Bertrand Russell, Elogio de la ociosidad

 

También en Pijama Surf: Por qué no deberíamos trabajar más de 6 horas

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No evites la tristeza o el dolor: las emociones negativas son la clave del bienestar psíquico

Salud

Por: pijamasurf - 06/07/2016

Una corriente de la psicología contemporánea, basada en la eudaimonía de la Grecia antigua, nos insta a reconocernos en las emociones negativas para así alcanzar cierto grado de bienestar mental

En ocasiones anteriores en Pijama Surf hemos señalado un rasgo que parece muy común a nuestra época y que, de una u otra manera, se ha sostenido a lo largo de los últimos 20 o 30 años, una especie de “síntoma” de la psique colectiva que nos lleva a rehuir del dolor, evitarlo, alejarnos de él como si se tratase de una plaga o algo aún más despreciable.

Decimos dolor pero en realidad nos referimos a algo mucho más amplio, diverso y quizá incluso complejo. El dolor en sí puede manifestarse al menos en dos formas: el físico y el emocional, y en ciertos casos el espectro se ramifica hacia múltiples opciones. El dolor por una enfermedad crónica, el dolor por una jaqueca, el dolor por comer mal, el dolor de la ruptura amorosa, el de la sensación de soledad (tan común en nuestro tiempo), el dolor de sentirse fracasado o frustrado, el dolor de la tristeza. ¿De qué hablamos cuando hablamos de dolor?, podríamos preguntar, parafraseando el título de Raymond Carver.

La respuesta podría ser negatividad, un término al que sin duda también se le levanta la ceja inmediatamente, se le dedica un gesto de reticencia. Y es que quizá, en lo más fundamental, eso es justo lo que en los últimos años se nos ha enseñado a querer rechazar: la negatividad de la vida. No por casualidad ciertas narrativas se fijan únicamente en lo “positivo” de la vida y nos animan a nosotros mismos fijarnos exclusivamente en eso. "Fijarse" en el sentido de poner nuestra atención pero también con el imperativo de quedarnos sólo en ello. Fijar como se fija la mirada, pero también como se fija un clavo en la pared.

¿Pero es posible hacer eso con la vida? ¿Es posible vivir, transitar por esto que llamamos existencia, sin oscilar constantemente entre la alegría y la tristeza, la soledad y la compañía, el amor y el desamparo, el bienestar y la angustia? No es que la vida sea dual per se, sino quizá más bien que su naturaleza es contingente, que en la delicada e imprevisible combinación de circunstancias que resultan en un hecho de la vida, todo eso se encuentra en latencia, dispuesto a emerger y posarse sobre el instante.

¿Cómo pretender entonces amputarle a la existencia ese cariz negativo que le es consustancial? No hay forma de vivir sin transitar por el dolor, la tristeza, el sufrimiento, el desamor, el enojo, el rechazo, la  decepción y, en general, todo aquello que ahora estamos habituados a considerar “negativo”.

Y no sólo porque sea parte de la vida en sí sino sobre todo porque, contrario a la suposición del pensamiento dominante, lo negativo es auténticamente útil. El pensamiento positivo que se intenta imponer es útil al mercado, pues en el sistema de producción contemporáneo al dolor se le elude consumiendo, llevando la atención a otro lugar, lejos de la angustia. Esa es su utilidad para el mercado.

¿Pero por qué si es nuestro dolor permitimos que le sea útil a alguien más? ¿No sería mejor que nosotros fuéramos los principales beneficiarios de su usufructo, hipotético o efectivo?

En buena medida ese es uno de los fundamento de un enfoque más o menos reciente de psicología terapéutica que se agrupa bajo el término de “aproximaciones eudaimónicas” (eudaemonic approaches), de las cuales también nos hemos ocupado anteriormente en Pijama Surf. Para ser breves ahora, basta con decir que “eudaimonía” se ha traducido como una suerte de “buen vivir”, el conjunto de enseñanzas, recomendaciones y aprendizajes propios que nos sitúan en el camino del bienestar auténtico y pleno. Eso que conocemos como “filosofía” fue por muchos siglos y en varias de sus vertientes un método para conducir al hombre por la vía de la felicidad –de Sócrates a Nietzsche y Kant, por lo menos.

Así, las “aproximaciones eudaimónicas” de cierta psicología contemporánea abogan por abrazar la complejidad de la vida con el propósito de aprender de ello para bien del propio sujeto.

ina2Como antes, esta manera de ejercer el tratamiento de la psique aspira a cierta forma de bienestar, en este caso específicamente mental pero bajo la premisa de que éste es crucial para el bienestar general. Sin duda muchos de nosotros nos hemos dado cuenta de que si nuestra mente no está bien, resulta difícil desenvolvernos en otros ámbitos de la vida: la atención para el trabajo se disipa, se pierden las ganas de hacer ejercicio, incluso puede suceder que sobrevengan épocas de no querer ver a nadie, etcétera.

Y es que si bien, por otro lado, tampoco existe tal cosa como un “estar bien” para la psique, un estado de tranquilidad o de felicidad perpetuas o al menos persistentes, estas aproximaciones eudaimónicas hacen ver con mayor claridad la presencia y el dominio que ejercen las emociones negativas sobre nuestro estado general de ánimo. En cierta forma podríamos decir que querer ignorarlas es darles poder sobre nosotros, pero tomarlas en cuenta y entenderlas como parte de nuestra existencia es minar dicha influencia, disminuirla. No desaparecerlas, pero tampoco permitir que tomen el control de nuestra existencia.

“Una de las principales razones por las que tenemos emociones es porque nos ayudan a evaluar nuestras experiencias”, dice al respecto Jonathan M. Adler, psicólogo del Franklin W. Olin College of Engineering (Needham, Massachusetts), representante de esta corriente.

En ese sentido, la aproximación eudaimónica no garantiza la alegría, la felicidad o el amor. De hecho, nadie ni nada puede hacerlo. Las religiones lo han intentado, y en eso el capitalismo se les parece, pero incluso aquéllas sabían bien que no en esta vida sino como una promesa de la vida más allá de la muerte. El capitalismo, en su deliro, asegura que es posible ser feliz, pero a su manera. ¿Y no será posible ser feliz de una forma propia, auténtica?, podríamos preguntar.

De cierta manera esa es la alternativa de la eudaimonía. Su ejercicio terapéutico conlleva algo que puede parecer una promesa de bienestar pero con una cláusula: abrazar las emociones negativas con tanto ardor como las positivas, comprender ambas como elementos ineludibles de la existencia, transitar el camino sin alegar pretextos ni buscar falsos atajos. Lo que nos ofrece es una vía para conocernos en lo esencial y reconocernos en las múltiples variantes que esto adquiere en función de la vida misma. Y eso no es, en modo alguno, asunto de poca monta.

 

(Ilustraciones: Ina Stanimirova)

 

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