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En el Día del Trabajo, tres elogios: a la pereza, a la ociosidad y a la servidumbre voluntaria (Biblioteca Pijama Surf)

Sociedad

Por: pijamasurf - 05/01/2013

Libros descargables en formato PDF: El derecho a la pereza de Paul Lafargue, el Elogio a la ociosidad de Bertrand Russell y el Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie; como pretexto a las celebraciones del Día del Trabajo.

Este 1 de mayo se conmemora en todo el mundo el Día del Trabajo, una fecha inicialmente señalada para recordar a los llamados Mártires de Chicago, trabajadores en huelga solidaria que un 4 de mayo de 1886 protestaban para obtener una jornada laboral de 8 horas y cuyo encuentro terminó trágicamente por la acción de la policía, que disparó contra la multitud luego de que alguien detonara un cartucho de dinamita.

La fecha, así, ha tenido desde su origen un carácter combativo, en el cual se hace notar la situación desventajosa en la que casi por definición vive la llamada clase obrera, la mano de obra que al parecer no tiene otro destino más que la explotación, fuente irremisible de la ganancia económica.

Para recordar este día compartimos 3 libros en formato PDF que posiblemente hagan eco de dicho rasgo: El derecho a la pereza, de Paul Lafargue (1883); el Elogio de la ociosidad de Bertrand Russell (1932) y el Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie (1549).

En cierta forma los dos primeros textos buscan un propósito similar: la reducción del trabajo gracias al aprovechamiento del desarrollo tecnológico y, en consecuencia, la llegada a un estilo de vida notablemente más humano, en el que las personas no dediquen su tiempo a trabajar sino al cultivo de su espíritu, una suerte de estadio cuasi bucólico o utópico de regocijo intelectual.

La perspectiva de Lafargue se enmarca en las teorías marxistas del sistema económico y posee cierto tono apocalíptico con respecto a la dinámica inherente del capital, la cual tiende inevitablemente al colapso sobre sí mismo. El hombre, por cierto, era yerno de Marx (estaba casado con Laura, la segunda hija de este) y algunos le disputan la autoría del Derecho, otorgándosela a Laura.

El Elogio de Russell es, en contraste, un tanto más mesurado, más cercano al humanismo pero sin olvidar las condiciones fácticas. El centro de su argumentación es la reducción de la jornada laboral a 4 horas, también aprovechando la “técnica moderna”, y conseguir así espacio y tiempo para actividades de otro carácter. Escribe el filósofo inglés:

En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad.

Finalmente el Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie es, posiblemente, uno de los panfletos políticos más estimulantes jamás escritos, una prosa enardecida (La Boétie lo escribió a los 18 años) que presenta una faceta totalmente inquietante de la libertad, proponiendo algo que más tarde los pensadores existencialistas redescubrirían: que el hombre común, el hombre promedio, tiene miedo de ser libre, y por ello abraza gustoso la esclavitud. Sea por pensamiento, palabra, obra u omisión (parafraseando la salmodia católica) la mayoría de los seres humanos son siervos voluntarios que hacen suya las ficciones de la autoridad y el poder, ilusiones vanas en las que bastaría dejar de creer para que perdieran sentido y desaparecieran: “Decidíos, pues, a dejar de servir, y seréis hombres libres. No pretendo que os enfrentéis a él [el tirano], o que lo tambaleéis, sino simplemente que dejéis de sostenerlo, escribe La Boétie.

Se trata, en suma, de tres títulos compartidos con el ánimo de reflexionar en torno al trabajo y sus implicaciones, las nociones sociales en las que se encuentra imbricado y, sí, la posibilidad de transformar dicha realidad para provecho propio.

 

El derecho a la pereza, Paul Lafargue (1883)

 

Elogio de la ociosidad, Bertrand Russell (1932)

 

Discurso de la servidumbre voluntaria, Étienne de La Boétie (1549)

¿Queremos dinero para ser felices o somos felices cuando tenemos dinero? Lejos de agotar la discusión en torno a estas tensiones, queremos pensar que el dinero, de hecho, podría distraernos de buscar la felicidad.

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La imagen de alguien ganando el premio mayor de la lotería está asociada en el imaginario colectivo a la palabra felicidad. Incluso con ciencias dedicadas a su conocimiento y promoción, el objeto "felicidad" sigue siendo elusivo y difícil de definir, incluso en la imaginación.

Por ejemplo, supongamos que el hipotético personaje del imaginario se gana efectivamente el premio mayor, digamos uno $400 millones de dólares. Su mantenimiento de por vida está asegurado. Ahora puede perseguir una pasión de su infancia o ver el mundo en un viaje lleno de aventuras y voluptuosidades. Pero mientras imagina esto y mira por la ventana se da cuenta de que, con tanto dinero en el banco, tendrá que cambiar de barrio y de vida. Necesitará una escolta de seguridad para prevenir posibles atentados contra su seguridad en el caso de un secuestro. Tendrá que mudarse a un barrio vigilado las 24 horas por personal de seguridad y será recluso de su dinero. Mira las casas de sus vecinos por la ventana y se imagina mirando por otra ventana, en otro barrio, con otros vecinos. La única diferencia --además de su cuenta de banco-- es que cuando se mude del barrio, sus nuevos vecinos tendrán casas más grandes que la suya.

Algunos estudios afirman que lo que necesita el hombre no es un exceso en sus posibilidades, sino cierta suficiencia. Llaman a esto "punto de equilibrio hedonista"; no tiene que ver con el conformismo, sino en el mantenimiento de las necesidades básicas de una pirámide de Maslow cualquiera, sólo que enfocado a la "felicidad". Se dice que el dinero efectivamente puede comprar la felicidad, pero que los que pueden pagarla no saben dónde comprar; el problema no es el dinero ni el dónde, sino el comprar mismo. La idea de que la felicidad es un estado y no un proceso complejo y único e impredecible para cada quién. Incluso podríamos aventurar que la felicidad se parece a un devenir siempre realimentado de su misma fuerza; que a la felicidad no se llega, sino que se está permanente y activamente llegando.

¿Entonces qué hacer con todo ese dinero extra? ¿Seguir comprando cosas hasta que produzcamos una fugaz felicidad por acumulación? ¿Haríamos obras caritativas? ¿Le daríamos dinero a nuestros amigos? ¿A nuestra familia? Podríamos incluso tratar de mejorar el mundo. Pero las estadísticas están en contra: durante el último premio de Powerball en Estados Unidos (con una bolsa de $344 millones de dólares) se vendieron tickets a razón de 130 mil cada minuto. La obviedad sigue siendo cierta: mucha gente participa y nuestras probabilidades, al menos con un boleto, son pocas. Tal vez compremos boletos toda la vida o tal vez ganemos el premio mayor la primera vez que juguemos: las estadísticas, a esta escala, dejan de ser referencia. 

En La ciudad desconocida, Ricardo Piglia cuenta la historia de una mujer que deja a su esposo e hija y huye de la ciudad. En el lugar al que arriba encuentra un casino y juega los ahorros de toda su vida. Gana y los multiplica por mucho, mucho más dinero. Al salir, entra en un pequeño hotel y pide no ser molestada. Deja el dinero sobre la cama y se da un tiro. No se trata aquí de demonizar la riqueza y la tranquilidad económica, sino de cuestionar la idea de que el dinero en sí mismo puede generar un cambio deseable en nuestras vidas si nuestra estabilidad mental de cualquier manera es mezquina y errática.

Para algunos la felicidad radica en el sacrificio, en ofrecer su tiempo y energía para cosas que les apasionan; para otros, la felicidad es hacer felices a las personas a su alrededor, es decir, la felicidad es necesariamente relacional y compartida. Unos la encuentran en los libros, otros en la comida, otros bailando, otros en las drogas. La ubicación de nuestro propio bienestar es difícil incluso para nosotros mismos: no se trata simplemente de conseguir algo que queramos, sino de definir qué es precisamente eso que deberíamos buscar.

En esa búsqueda, el dinero puede ser una herramienta útil, pero todo lo que el dinero puede comprar son el acceso a las experiencias, no las experiencias mismas. Podemos comprar un ticket de avión para Maui, pero no podemos comprar el océano Pacífico. Algunas tradiciones religiosas relacionan la felicidad con la gratitud (de ahí el "estado de gracia" de los cristianos o el "namasté" de los hindús, que implica tanto una despedida, como un estado mental de pleno agradecimiento); de ahí que un contingente importante de la humanidad tenga que buscar la felicidad sin el ticket ganador de la lotería, haciendo uso de los medios a su alcance para los fines que su imaginación les proponga.

La discusión por la búsqueda de la felicidad es interminable, pero en tanto objetos, todo lo que pueda comprarse terminará caducando y necesitando un reemplazo. La búsqueda, con o sin dinero, es incesante: nadie sabe bien a bien de qué se trata el juego. Si tenemos dinero podemos comprar muchos manuales (y con suerte, el tiempo para leerlos). Pero si no tenemos dinero, debemos jugar de todos modos. Y como afirma Tom Stafford, de hecho "el dinero puede distraernos de lo que realmente nos interesa."

[Mind Hacks]