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Nuestra alimentación dice más de nuestra mente que de nuestro cuerpo

Por: pijamasurf - 04/29/2016

Comer puede parecer una necesidad fisiológica, pero en realidad lo que llega a nuestro estómago va previamente digerido por nuestra mente, nuestros prejuicios y nuestra cultura

Somos lo que comemos --o eso dicen a menudo, pero lo anterior es cierto en más de un sentido. Por ejemplo, la comida que ingerimos no solamente nos alimenta con nutrientes necesarios para mantener nuestro cuerpo con vida, sino que dependiendo de lo que comamos nuestras emociones cambian, lo que impacta positiva o negativamente nuestro estado de salud.

Según la psicóloga Judith Brisman, la forma en la que comemos actualmente es por lo menos desordenada y obedece más a factores psicológicos que fisiológicos. Por ejemplo, el hecho de comer carbohidratos algunos días y otros no corresponde a una organización racional de la alimentación, un tipo de planeación y regulación que está hecha para modificar nuestra estructura corporal (en un régimen nutricional para bajar de peso, por ejemplo) pero que sin duda no es "natural".

¿Y si comiéramos solamente lo que nuestros cuerpos piden? Sería maravilloso, de no ser porque nuestra mente es la que lleva la voz cantante en cuanto a lo que entra en nuestro cuerpo. Y no sólo eso: nuestras emociones dictan la mayor parte de las veces lo que ingerimos, lo cual se demuestra por el hecho de que los seres humanos comemos no sólo por hambre --es decir, para saciar una necesidad energética-- sino también para celebrar algunos eventos o por estrés --es decir, para compensar sentimientos negativos.

A esto Brisman lo llama "alimentación desordenada", que no debemos confundir con "desórdenes alimenticios" (instancias patológicas asociadas al comer). De acuerdo con la doctora, todos tenemos algún tipo de alimentación desordenada. Nuestra genética puede jugarnos en contra pero son nuestras emociones, la cultura circundante y la vida moderna lo que más contribuye al caos gastrointestinal.

Según la genética algunas personas siempre se sentirán hambrientas, ya sea a causa de su metabolismo o de otros factores, sin que esto deba confundirse con un desorden alimenticio. Las tablas de pesos sanos siempre deben tomarse como parámetros pero ningún cuerpo es igual a otro, y lo mismo ocurre con los hábitos alimenticios de dichos cuerpos. Factores de personalidad, como ciertas neurosis o rasgos muy controladores, tienden a desarrollar con más frecuencia el aspecto patológico de esta tendencia a comer mucho, lo que puede desembocar en anorexia.

También comemos para lidiar con el estrés: mientras más estemos rodeados de un ambiente estresante y opresivo, más tendemos a paliar nuestra ansiedad con comida u otros suplementos, como el tabaco, que no resuelven el estrés pero nos dan una sensación de control frente a los sentimientos negativos. Por si esto no fuera suficiente, la cultura de masas prescribe una serie de hábitos descabellados relacionados con comer: publicidad de modelos con cuerpos irreales comiendo grandes hamburguesas, comida procesada industrialmente y una total desconexión de las personas con las fuentes de sus alimentos (sin contar con que en una ciudad rara vez veremos a alguien que coseche o cultive su propia comida) nos ponen en una situación insostenible.

La conciencia alimentaria está en el principio de la civilización: la palabra "cultura" tiene un sentido etimológico muy claro relacionado con la tierra, el cultivo y los ciclos del crecimiento vegetal. Recobrar poco a poco el control de lo que comemos es un objetivo encomiable pero difícil de sostener en las megalópolis de hoy en día, donde lo único que cultivamos son hobbies y hábitos procesados.

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Los católicos tienen mejor sexo que los ateos (Fuente: un católico)

Por: pijamasurf - 04/29/2016

Los católicos probablemente crean que tienen buen sexo porque las relaciones monógamas y de larga duración son su único parámetro de comparación

(Imagen: netivist.org)

En un desesperado intento por atraer feligreses a las filas cada vez más exiguas del catolicismo, así como conservar a los restantes, Patrick Fagan, miembro del Consejo de Investigación de la Familia y antiguo oficial de la administración del presidente Bush padre, dijo durante una conferencia que "aquellos que adoran a Dios semanalmente tienen mejor sexo". El grupo conservador extrajo esta revelación a partir de una lectura sesgada de estudios publicados en la National Health and Social Life Survey de 1992.

En realidad, esta carnada publicitaria no es nueva: el sociólogo católico y sacerdote Andrew Greeley lo intentó en el '94 con la publicación de Sex: The Catholic Experience, y Gregory K. Popcak, consejero familiar católico, con el libro Holy Sex!: A Catholic Guide to Tow-Curling, Mind Blowing, Infallible Loving, de 2008.

Los católicos no suelen hacer gala de su congruencia en general (es por eso que nunca veremos una Cruzada ateísta), pero en este caso un par de preguntas importantes se ponen en la mesa: ¿una vida sexual satisfactoria puede alcanzarse en una relación monógama o la diversidad sexual es necesaria para ampliar nuestras oportunidades de placer? ¿De qué forma la culpa judeocristiana impregna todas nuestras ideas de relación de pareja, de placer sexual o incluso de individualidad?

Existen otros estudios que afirman que los ateos tienen mejor sexo que los católicos o miembros de alguna religión por el simple hecho de que su relación con la culpa es más sana: no existe una autoridad invisible que esté pendiente de lo que los ateos hacen con sus genitales, y si de cualquier forma estuviera mirando, probablemente no les importaría. Este punto de vista --del sexo sin culpa-- es visto como "sexo pagano" por los creyentes como Fagan, quien completa así el diagnóstico de nuestra época: "Homosexualidad, infidelidad, eutanasia, infanticidio: estas eran prácticas sexuales comunes en la Roma pagana. Los cristianos llegaron para ser muy distintos, para ser monógamos, fieles".

Pero lo cierto es que los ateos tratando de convencer a los creyentes de que sus prácticas sexuales son mejores se ven igual de ridículos, y sus encuestas tampoco gozan precisamente de mucho rigor científico por el hecho de que la religión y el sexo son partes integrales de la vida de las personas, sean creyentes o no, puesto que vivimos en un mundo donde ambas fuerzas sirven al mercado y acaparan fuertes intereses económicos. Si tu definición de "buen sexo" tiene que ver con tener un número variable de parejas sexuales, entonces el "buen sexo" de los monógamos, religiosos o no, te parecerá aburrido y predecible, y si te identificas con la segunda tendencia, probablemente el circo de las citas y las expectativas de la vida de soltero te parecerán engorrosas o inmaduras.

No importa en qué bases tu identidad, pues como dice el dicho, "todo en la vida se trata de sexo menos el sexo, que se trata de poder".