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Los avatares de la secta del Fénix, un peculiar club de iniciados a un misterio sexual que devino psicodélico


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En una famosa conferencia en 1983 en el Instituto Esalen, el llamado "bardo psicodélico", Terence McKenna, leyó el siguiente pasaje:

El cumplimiento del rito es la única práctica religiosa que observan los sectarios. El rito constituye el Secreto. No hay templos dedicados especialmente a la celebración de este culto, pero una ruina, un sótano o un zaguán se juzgan lugares propicios. El Secreto es sagrado pero no deja de ser un poco ridículo; su ejercicio es furtivo y aun clandestino y los adeptos no hablan de él. No hay palabras decentes para nombrarlo, pero se entiende que todas las palabras lo nombran o, mejor dicho, que inevitablemente lo aluden...

Lo anterior constituye un extracto convenientemente editado del cuento de Borges "La secta del Fénix". McKenna utilizó esta enigmática introducción a lo que pareciera es una elusiva sociedad secreta, para presentarle al público académico el DMT, una de las sustancias psicodélicas más potentes del mundo y de la cual Mckenna fungió como una especie de sacerdote (o agente de marketing secreto) en una misión mesiánica para propalar sus bondades visionarias y formar una alianza con la ecología psíquica de la Tierra. Es en el DMT y quizás un poco también en los hongos mágicos (otra especie que contiene, como el DMT, triptamina), en lo que estaba pensando McKenna cuando dijo su famoso motto: "Irse a la tumba sin haber tenido una experiencia psicodélica es como morir sin haber tenido sexo". Como Freud, y como algunos autores esotéricos, McKenna entendió una estrecha relación entre la muerte, el sexo y la iniciación a los misterios espirituales. 

Se acepta generalmente que el secreto al que todas las cosas aluden en este cuento es el sexo. Borges sigue la misma táctica que con el tiempo en su cuento "El jardín de senderos que se bifurcan", de merodear en torno a un centro ubicuo para otorgarle una dimensión magnética, que es aquella propia del secreto. El siempre recatado Borges observa el sexo como algo dotado de un aura misteriosa y presta su mirada metafísica al acto más carnal; entiende que hay algo que liga lo carnal con lo trascendental, con una eternidad en el tiempo. Es a través del sexo que la especie humana, de alguna forma, renace de sus cenizas, como un ave fénix y perpetúa la vida universal que la atraviesa. 

McKenna veía en el DMT también una especie de manifestación de una energía cósmica que deseaba comunicar su misterio y unirse con el ser humano. Graham St. John en su Historia cultural del DMT escribe que "McKenna sabía que el DMT mantenía la clave de un secreto que no podía ser comunicado, un misterio con el que uno podía coquetear pero que no podía cruzar del todo (al menos no de este lado de la tumba)". Y de aquí que se especule ampliamente que el DMT, producido endógenamente en la glándula pineal, tenga que ver de alguna manera en las visiones metafísicas de las experiencias cercanas a la muerte, algo que por ahora es sólo una leyenda urbana pero que no deja de ser intrigante.

Screen shot 2016-01-04 at 8.36.07 AMMcKenna introdujo en su conferencia en Esalen la noción de que los psiconautas del DMT eran los depositarios de un misterio --que podía ser tan antiguo como el cosmos pero que se mostraba de una forma completamente extraña o hasta "ridícula", como dice Borges sobre el "Secreto". McKenna y los psiconautas posteriores a él encontraron en el DMT insectos fractales gigantes, entidades extraterrestres, risueños elfos metamórficos, y todo tipo de situaciones cómico-cósmicas quizás comparables con la torpeza y la hipérbole con la que a veces realizamos el acto sexual. Participar en el club del DMT y su familia de triptaminas mágicas era enterarse de una comunicación enteógena, interestelar, de una fenomenología cósmica, en la que el moderno psiconauta en la oscuridad de su buhardilla participaba de la misma manera que un chamán en la selva por milenios había sido la interfase de una comunicación con el Logos del planeta. Así se construyó el mito moderno del DMT, la sustancia que luego fuera llamada una "pastilla metafísica" y que en cierta forma hace accesible en un vértigo de 10 minutos aquello que los antiguos experimentaban en misterios como los de Eleusis, para los cuales debían prepararse ampliamente (empapándose de todo un contexto mítico-religioso) y jurar un pacto de secrecía. En un mundo secular, las drogas llenan el vacío que deja no tener ritos de iniciación y protocolos de acercamiento a lo sagrado.

 

Twitter del autor: @alepholo

Lee "La secta del Fénix"

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Si no es nuestro genoma lo que determina nuestra vida, ¿qué es lo que define que desarrollemos una enfermedad? El biólogo Bruce Lipton considera que es nuestra percepción del ambiente, la cual se inscribe a nivel molecular y reescribe nuestro organismo y sus patrones adaptativos

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En su blog, el biólogo Bruce Lipton cuenta una fascinante historia que se repite. La llama la reaparición de "la broma cósmica", un fenómeno que le ocurre a los científicos periódicamente, o cada vez que creen que han encontrado un conocimiento exhaustivo que parece revelar los secretos del universo de manera definitiva. Le ocurrió a la física clásica en 1893, cuando en la cresta  del universo mecánico de Newton, dice Lipton, el rector de Harvard anunciaba que  ya no se necesitaría ofrecer doctorados en física, puesto que se habían desvelado todos los enigmas del universo. 2 años después se descubrieron la radioactividad, las partículas subatómicas y los rayos X. Poco después llegó la física cuántica y la relatividad. El hombre tiende a cantar victoria antes de tiempo y sobre todo a creer que lo que sabe es definitivo --olvida que el conocimiento depende de sus circunstancias y de la propia percepción (y la colectiva), o, como señala Lipton, de "la biología de la creencia". Claro que es definitivo, pero sólo porque cuando creemos que ya lo sabemos todo, nada nuevo cabe.

Un avatar de esta broma cósmica, que se hace a cuestas del ser humano, está ocurriendo actualmente según Lipton. A finales del siglo XX, la ciencia estaba segura de que nuestro siglo sería el siglo de la genética. Al emprender el Proyecto del Genoma Humano y aparentemente lograr el ejercicio científico colectivo más exitoso de la historia, habiendo revelado los genes que constituyen al ser humano, se creía que estábamos cerca de poder hackear nuestro organismo y prácticamente liberarnos de todo sufrimiento o enfermedad, simplemente haciendo algunos ajustes en su configuración genética. Si el hombre era sólo un código --y por lo tanto enteramente reducible a unas cuantas cifras-- podríamos programar la felicidad o quizás hasta la inmortalidad. Bruce Lipton capta la sensación general del momento:

Se creía que una vez completado el genoma humano proveería a la ciencia toda la información necesaria para "curar" todos los malestares de la humanidad. Se creía incluso que el conocimiento del mecanismo genético humano permitiría a los científicos crear un nuevo Mozart o un Einstein.

En los últimos años ha disminuido el entusiasmo con el que el descubrimiento del genoma humano fue primero recibido. Esto no significa que no fue un descubrimiento de gran importancia, sino simplemente no fue lo que pensábamos, quizás porque habíamos adoptado una mentalidad determinista --el equivalente a la visión mecánica de Newton-- que desestimó factores ambientales (que hoy conocemos como epigenéticos) de una complejidad interactiva que no pueden reducirse solamente a si está presente o no cierto gen.

El paradigma en el que se basa el entusiasmo del genoma es de un determinismo genético, la idea de que "los genes son autoemergentes" y que pueden "apagarse y prenderse por sí mismos". Estos genes son concebidos como programas informáticos "que controlan la función y la estructura de un organismo", dice Lipton, lo cual implica que "la complejidad (la estatura evolutiva) de un organismo es proporcional al número de genes que posee". 

En un principio se calculó que se necesitarían más de 100 mil genes para codificar las estructuras químicas de las proteínas, ya que existen entre 70 mil y 90 mil proteínas en el cuerpo humano. Los otros genes debían de ser los encargados de determinar los caracteres de un organismo, esto es, genes reguladores que controlan la actividad de otros genes. Se estimaba que se necesitaban 30 mil de estos genes para orquestar grandes cantidades de expresiones, como la inteligencia y las emociones. Pero el ser humano no permite ser reducido meramente al reino de la cantidad.

Los resultados del Proyecto del Genoma Humano concluyeron que sólo existen cerca de 34 mil genes en el genoma humano. Esto indica simplemente, dice Lipton, que "la complejidad de un organismo no está reflejada en los genes". Consideren la siguiente disparidad: un organismo muy primitivo como el gusano Caenorhabditis tiene un cuerpo de sólo 969 células y sin embargo cuenta con 18 mil genes. La mosca de la fruta, un organismo muchísimo más complejo, consiste de sólo 13 mil genes pese a que sólo un ojo de esta mosca tiene más células que todo el Caenorhabditis. Un chimpancé o un bonobo comparten con el ser humano 99% de su ADN. Ciertamente esas cosas que hacen al hombre especial, esos aspectos finos que constituyen lo que más apreciamos de la vida, no deben de estar limitados al genoma.  

Evidentemente surge entonces la pregunta sobre qué controla nuestra vida y nuestro destino si no son nuestros genes. Lipton considera que la respuesta está en el medio ambiente o de manera más precisa en "nuestras percepciones del medio ambiente". Explica: 

El medio ambiente, a través del acto de percepción, controla nuestro comportamiento, actividad genética e incluso reescribe el código genético. Las células "aprenden", evolucionan creando nuevas proteínas de las percepciones que responden a nuevas experiencias ambientales. Percepciones "aprendidas", especialmente aquellas derivadas de experiencias indirectas (por ejemplo, de los padres, de los colegas o de la formación académica) pueden estar basadas en información incorrecta o interpretaciones erróneas. Ya que pueden o no ser "verdad", las percepciones son creencias-de-realidad.

Aquí Lipton nos introduce a un concepto bastante controversial pero igualmente fascinante. De entrada, borra la línea que divide lo meramente material con lo mental, sugiriendo que las percepciones --o ese nodo que conecta al organismo con los estímulos del ambiente-- se transforman en material genético: lo que percibimos afuera se integra a nosotros como nuestra propia estructura biológica interna. Es decir, estamos constituidos esencialmente, más que de genes, de unidades de percepción.

Las señales ambientales activan proteínas receptoras provocando que se unan con proteínas complementarias, [las cuales son los] interruptores que controlan el comportamiento de las células... estrictamente estos complejos de proteínas representan unidades de percepción. Estas membranas moleculares de percepción también controlan la transcripción genética (el apagado y prendido de programas genéticos) y han sido recientemente vinculadas a mutaciones adaptativas (alteraciones genéticas que reescriben el ADN en respuesta al estrés).

Lo que implica lo anterior es que el medio ambiente, pero específicamente nuestra percepción del medio ambiente, ya que éste no se presenta como un influjo absolutamente determinado, es lo que define si nos enfermamos o no. La enfermedad podría considerarse como una percepción errónea o deficiente de la realidad que produce estrés y activa una expresión genética nociva. De la misma manera que una respuesta genética crónica al medio ambiente producida por una percepción sostenida a nivel molecular puede enfermarnos, dice Lipton, una cierta percepción apuntalada por una creencia positiva o un reaprendizaje de la función correcta puede producir una respuesta de sanación. 

Claramente nos acercamos a terrenos que rebasan la ciencia establecida y hay que avisar al lector desprevenido que el trabajo de Lipton es visto por muchos científicos mainstream como seudociencia new age. Hecha esa advertencia, recordemos también esa "broma cósmica" que suele ocurrirle a los científicos que raudamente se duermen en sus laureles, pensando que han descifrado el misterio del universo cuando suelen haber sólo logrado ver reflejadas en el mundo sus propias convicciones de manera suficientemente verosímil, que son tomadas como autónomas. Una vez que la suficiente cantidad de personas es convencida de la veracidad de esa creencia, entonces ésta se convierte en una realidad consensual.

Desde una perspectiva filosófica, quizás sea útil recordar el primer verso del Dhammapada, el texto budista del Canon Pali, donde se dice: "Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado". Atribuido a Buda, el texto continua diciendo que el mal o la enfermedad que nos aviene es resultado de los pensamientos que se desvían del dharma, el camino de la ley. Podemos tal vez sustituir los pensamientos por las percepciones. Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos percibido. De aquí obtenemos una definición mucho más dinámica del ser humano, el cual se muestra como una obra en construcción de su percepción. 

Pensamiento y percepción pueden ser dos cosas distintas, pero en cierto nivel pueden unirse. Una percepción de una realidad inmaterial (como una idea platónica) podría ser similar a un pensamiento, un acto de conciencia. El pensamiento en su función más alta podría ser considerado como una percepción racional o espiritual de la realidad o incluso como la percepción de que está determinando la realidad al pensar. Este podría ser el acto de conciencia fundamental, más que saber que somos, saber que al saber creamos lo que somos. Entramos en abstrusos terrenos metafísicos, pero para concluir, a partir de la teoría de Lipton podemos esbozar una definición, con un dejo poético, de qué es la realidad. Siguiendo su idea de que una percepción positiva o en armonía con el medio ambiente tiene el poder de restaurar el equilibrio del organismo, quizás podríamos decir que la realidad es justamente ese equilibrio entre el sujeto que percibe y el objeto (o ambiente) que es percibido, en el que la mente es un espejo del espacio perfectamente azogado: un principio de identidad y simetría entre lo que somos y lo que vemos (y viceversa) o entre el noúmeno y el fenómeno, ambos interpenetrados por una mutua influencia, una oscilación en la que, como dijera Yeats, no se puede distinguir al danzante de la danza.   

 

Twitter del autor: @alepholo