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Todo el esoterismo occidental y buena parte de su homólogo oriental gira en torno a la noción de una misteriosa Palabra o Verbo Secreto que al ser pronunciado da origen al proceso cosmogónico

Estrella Flamígera

 

Pablo Ianiszewski F.

La Palabra Perdida, misterio de misterios, vírgula fecundadora del maremágnum, centella primigenia y simiente de la eternidad. Por su extravío los hombres han caído en desgracia y vagan por sucesivos eones en la más completa oscuridad. Es el secreto mejor guardado de la historia sagrada, esa que no aparece en los libros de texto ni se enseña ya en las escuelas. Conocida es la apertura del Evangelio según San Juan cuando declama: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron”. En estas palabras, pronunciadas millones de veces desde hace 2 mil años, podemos vislumbrar un fragmento del enigma que nos proponemos circunvalar.

Todo el esoterismo occidental y buena parte de su homólogo oriental gira en torno a la noción de una misteriosa Palabra o Verbo Secreto que al ser pronunciado por el Creador da origen al proceso cosmogónico, a la generación de los mundos y el desenvolvimiento del drama universal, con sus infinitas diversificaciones y movimientos, en una danza cuyo arcano exige al neófito un salto de comprensión suprarracional. En nuestro nicho cultural, el misterio de la poderosa Palabra Perdida nos ha llegado de manos hebreas a través de la Torah y el Tanaj, pero sus ecos resuenan tanto en el Evangelio como en el Corán y el Ginza. Desde luego, el estudio comparativo demuestra que esta noción de un Verbo Divino y fecundador tiene su germen pretérito en toda la mitología del creciente fértil y desde luego, en el omnipresente Egipto faraónico. Como nunca es buena idea buscar en las ramas lo que sólo puede hallarse en las raíces, habrá que revisar ineludiblemente el mito de la creación de Heliópolis, que se encuentra registrado en los famosos Textos de las Pirámides, diseminados en distintas locaciones a lo largo del río Nilo, y en el papiro Bremner-Rhind, alojado en el Museo Británico de Londres.

Nos cuenta el mito cosmogónico egipcio que en el principio tan sólo existía el Nun, el confuso e indiferenciado océano primordial, en cuyas oscuras aguas se encontraba totalmente diluido Atum, el padre de todos los Dioses. Allí no existía nada, ni cielo, ni tierra, ni vida, ni muerte. Tan sólo reinaba el caos de lo perfectamente confuso. Sin embargo, de aquella disolución divina surgió una voz, la atronadora entonación de Atum al pronunciar las palabras que abren las alas del Ser. Tomando conciencia de su propia existencia gritó: “¡Ven a mí!”. Y en ese grito desgarrador que atravesó el líquido vacío de lo sin forma, el Dios primordial se dio origen a sí mismo como Atum-Ra, la primera luz. Habiéndose diferenciado del caótico océano de Nun, concibió una segunda separación al hacer brotar en medio de todo una enorme montaña, el axis mundi bajo la forma perfectamente piramidal de la sagrada colina de Benben, que constituirá la primera coagulación de la materia. Este monte será el primer lugar, un establecimiento con el que se da inicio al ordenamiento universal que hace posible la vida. De las siguientes diversificaciones creativas irán surgiendo los principios masculino y femenino en la forma de cuatro parejas de Dioses que, junto a Atum-Ra, estructuran la enéada heliopolitana por la que todas las cosas fueron hechas. Lo que destacamos de la narración es la ineludible presencia de la palabra creadora, bajo cuya articulación se inicia el primer movimiento que contiene en sí el principio del devenir.

¿Qué es este Verbo? En el libro del Génesis se da cuenta del movimiento creativo a partir del mismo océano indiferenciado del mito egipcio, cuando nos señala que al principio las tinieblas cubrían la faz del abismo y el espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. Entonces Elohim dijo “¡hágase la luz!”. Y la luz fue hecha. Este Fiat lux vuelve a ponernos en presencia del poder de la Palabra Divina, que vemos representada incluso en la ingenuidad de los cuentos de hadas bajo la forma velada de unas “palabras mágicas” que abren las puertas de lo milagroso y sorprendente. La Palabra es un sonido y a la vez un espíritu, o si se prefiere, es un sonido que sirve de carro al espíritu de Dios en su desenvolvimiento y división para gestar las esferas del universo. El acto del habla le confiere al ser humano la capacidad única de interactuar y transmitir la idea, siendo así el medio por el que el reino invisible del Intelecto puede ser dado a luz. En la comunión de las ideas transmitidas el espíritu humano se manifiesta en plenitud. ¿Cómo no afirmar lo propio del espíritu de Dios, el Ruach Elohim?

El Verbo es la línea generatriz de todas las posibilidades en la Mente del Gran Arquitecto, a la vez que el sonido de su enunciación constituye su vehículo transmisor. Pero las tradiciones iniciáticas del mundo entero nos aseguran que la Palabra se ha perdido. La noción de pérdida se sostiene en la estructura mítica que recurrentemente retorna a la necesidad de una búsqueda, de una recuperación de la dignidad olvidada, que en Platón y la corriente que le sigue adquiere una nostalgia que atraviesa las almas que abrazan la muerte, comprendiéndola como la salida de la oscura caverna del reino material. Retornar al origen es el verdadero poder de la Palabra Perdida. Por ella se haría efectivo el completo Tikkun Olam de los cabalistas, la rectificación del mundo tras la caída.

La Palabra que da origen a la Luz es sin embargo una restricción, una contracción de la misma Luz Divina en la teología mística del gran rabí Isaac Luria. Encontramos una noción sumamente parecida a la del tzimtzum de la cábala en la cosmogénesis de Jakob Böhme, cuyo primer acto abre con una contracción en el seno de la Divinidad. Al mismo tiempo que Dios da comienzo a la creación con la pronunciación del primer movimiento, debe restringir su propia magnificencia para dar cabida al espacio y al tiempo, que son inevitables suspensiones de lo Divino, ausencias en donde la radiación espiritual queda constreñida y por ello oculta. A medida que se desenvuelve el proceso de emanaciones a través de las 10 Sephirot, esta ocultación de la Luz se hace progresivamente mayor, añadiendo velos cada vez más densos que impiden la contemplación directa del Rostro Divino. Tenemos aquí una primera pérdida, o más propiamente un ocultamiento. En el mito cabalístico, la Palabra Perdida fue transmitida a Adán y a sus descendientes a través de la línea de Set, como un secreto que debían custodiar, porque les aseguraba el permanente contacto con el Creador. Esa Palabra no es otra cosa que Ha-Shem, el Nombre de Dios expresado gráficamente en el impronunciable Tetragrammaton. Habrá otras pérdidas, como la del Edén y la del Arca de la Alianza que contenía las Tablas de la Ley, así como el sagrado nombre.

El grado de Maestro en la masonería gira precisamente en torno a la Palabra Perdida, entendiéndose nuevamente por ello el nombre secreto de Dios, que tras el simbólico asesinato de Hiram Abif, ya no puede ser encontrado sobre la Tierra. Dicho nombre reaparece en los capítulos del Arco Real, donde se ofrece una palabra sustituta que, según la mayoría de los estudiosos, resulta de la contracción y conjunción de tres formas diferentes para nombrar al Altísimo en las tradiciones hebrea, fenicia y egipcia. Desde luego, este nombre se transmite bajo el juramento de secreto masónico y no debe ser reproducido. Empero, dicha palabra de reemplazo no es el verdadero Nombre Divino, tan sólo una llave para abrir el apetito de la búsqueda. La auténtica Palabra Perdida es de suyo intransmisible e impronunciable, como lo atestigua todo el judaísmo. El temor reverencial al Nombre se evidencia en la práctica cotidiana de aludirlo indirectamente, evitando incluso escribir en forma completa la palabra “Dios”. Pero como en toda regla hay excepciones, pensemos en lo que nos transmite la leyenda sobre el Templo de Salomón, donde una vez al año el sumo sacerdote ingresaba al Sanctasanctorum para pronunciar las cuatro consonantes y pedir perdón por los pecados del pueblo de Israel.

La tradición primordial de la que brota toda sabiduría, parece indicarnos insistentemente en sus múltiples manifestaciones que el hombre ha perdido tanto el contacto directo con Dios como su propio estado de divinidad. ¿No nos dice la misma Escritura que somos dioses? (Salmo, 82:6 y Juan, 10:34). Aquí se hace evidente el trasfondo platónico y hermético que inevitablemente tiñó la formulación de los credos monoteístas en la ribera oriental del mediterráneo. Aunque el contacto del pueblo hebreo con la cultura grecorromana y las distintas tribus semitas del sector puede explicar fácilmente el contagio, no es menos cierto que la transmisión de la doctrina esotérica tradicional se beneficia de dicha “contaminación” en la medida en que le hace posible su traspaso seguro, codificada tras el grueso manto del exoterismo religioso. Asegura la leyenda masónica que el rey Salomón mandó construir una bóveda secreta bajo el Templo de Jerusalén, cámara oculta que mantenía las mismas proporciones que el gran edificio superior. A ella se accedía por una escalera de 24 peldaños divididos en cuatro tramos de tres, cinco, siete y nueve escalones. En la bóveda, de cuya existencia sólo sabían Salomón y los maestros constructores, dispuso un pedestal triangular en el que mandó grabar los diversos sellos y sigilos de la sabiduría secreta. En ese lugar se escondió el mayor tesoro que el hombre pudiese imaginar: la Palabra que encierra el nombre del Gran Arquitecto del Universo. ¿Y no buscaron los Templarios esa misma cripta durante 9 años, excavando bajo los restos del Templo en el monte Sión?

En el misticismo islámico existe la misma cuestión alrededor del nombre esencial de Allah. El Corán desarrolla una teología en la que Dios se presenta bajo 99 nombres que reflejan sus distintos atributos, pero deja en el más absoluto misterio el último y más sagrado de todos ellos: el de su Esencia. Es este centésimo Nombre Divino el que suscita las especulaciones místicas más notables del sufismo, y su custodia es un secreto que guarda celosamente el Shaikh, que no lo comunicará más que a los derviches de mayor rango y realización. El Gran Nombre (Ism al-'Azam) puede obrar prodigios y abrir las puertas de la existencia a la presencia divina. Algo similar ocurre en las religiones dhármicas por el uso del mantra, con su potencial para liberar la mente y su concepción del sonido AUM como núcleo sonoro de la suprema realidad de Brahman. En la cosmogénesis del Corpus Hermeticum, el Verbo (Logos) vuelve a aparecer ocupando el lugar central de potencia creadora. Asimismo figura en las distintas versiones cosmogónicas de los círculos gnósticos de Alejandría, que comparten con la Hermética un mismo trasfondo cultural. Dice el Poimandres:

El Verbo santo vino a abrazar la Naturaleza, y un fuego sin mezcla se lanzó fuera de la naturaleza acuosa hacia lo alto, hacia la región sublime; era ligero y vivo, y activo al mismo tiempo; y el aire, siendo ligero [también], siguió al soplo ígneo, elevándose hacia el fuego a partir de la tierra y el agua, de manera que parecía suspendido del fuego. La tierra y el agua permanecían en su lugar, ambas íntimamente mezcladas entre sí, tanto, que no se distinguían: y eran incesantemente movidas bajo la acción del soplo del Verbo que se encontraba por encima de ellas, según el oído percibía.

Vemos aquí otra vez más el poder articulador de la Palabra de Dios, esa misma que muchas iglesias cristianas pretenden predicar sin comprender demasiado lo que insistentemente repiten a sus fieles.

Volvamos al Fiat lux del Génesis. Hay algo de inefabilidad detrás de un Dios cuya luz no puede ser vista antes de que el sonido de su voz haya sido escuchado. Esta invisibilidad se repite en la voz que escuchan todos los patriarcas y profetas, un rasgo propio de la iconoclasta religiosidad abrahámica. Pero encontramos la misma característica en buena parte de la tradición espiritual del oriente próximo. Es casi seguro que el Nombre Secreto seguirá extraviado hasta el fin de los tiempos, pues hay algo que siempre está perdido en todo camino iniciático: el Santo Grial en las sagas caballerescas, el paraíso en la espiritualidad judeocristiana, el caldero mágico entre los celtas, la Atlántida en la leyenda platónica, la Thule en los mitos hiperbóreos, las manzanas doradas del Jardín de las Hespérides o la Palabra Perdida en el rito masónico. Recuperarlo es la posibilidad de reactivar la condición divina en el hombre, volver a restituir la unidad del Adam Kadmon de los cabalistas o el Insan al-Kamil de los sufíes. Porque todos somos células dispersas de un único Hombre: el Verbo Encarnado.

 

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El maestro budista Thinley Norbu nos introduce a la relación de interdependencia entre la mente, los fenómenos que se despliegan y el espacio mismo: todo esto una danza mágica de apariciones y desapariciones, insustancial y luminosa

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O body swayed to music, O brightening glance,
How can we know the dancer from the dance?

W. B. Yeats

Thinley Norbu Rinpoche fue un maestro budista de la escuela nyingma que logró traducir la sabiduría esotérica de su tradición a la mentalidad occidental. Thinley Norbu vivió la última parte de su vida en Estados Unidos y escribió en inglés, cultivando una prosa brillante, capaz de sintetizar conceptos muy complejos en frases cortas y poéticas (incluso acuñando términos nuevos), una especie de tejido incrustado de diamantes. Este artículo es una breve exposición de su libro Magic Dance: The Display of the Self-Nature of the Five Wisdom Dakinis, el cual es una pequeña joya, por momentos psicodélica y siempre rebosante de la antigua sabiduría del budismo tibetano.

En Magic Dance, Thinley Norbu nos presenta una visión lúdica de la concepción budista de la realidad como ilusión. Nos dice Thinley Norbu que en nuestra renuncia a identificarnos con el mundo de los fenómenos que observamos no tenemos que ser demasiado serios, podemos disfrutar de la inagotable creatividad que ocurre a través de nosotros, como disfrutamos de un espectáculo (no ciertamente con pasión fanática, pero sí con inmersión estética, acaso como un niño que se olvida de sí mismo bailando). Desprendernos de las cosas que ocurren en nuestra mente y de los fenómenos que se proyectan a nuestro alrededor es el juego más serio que puede existir para una persona, pero no deja de ser un juego. Cuando aprendemos a verlo así, podemos empezar a percibir la música secreta y ver los colores invisibles --e incluso, nos diría alegremente un budista, los destellos beatíficos de las diosas celestes.

"Todos los elementos de fenómenos visibles son el despliegue de la secreta, indivisa e inobstruida Menta de Sabiduría. La naturaleza espejo de la Mente de Sabiduría es que todo emerge con infinito potencial de obstrucción o de inobstrucción", dice Thinley Norbu. La obstrucción --lo que impide fluir desapegadamente y disfrutar del despliege perenne, de la vida como una "danza mágica", como manantial inagotable-- emerge de la mente que caza reflejos, que busca asir las imágenes que se despliegan en un río como si fueran cosas diferentes a sí misma. "Tan pronto hay división, hay obstrucción e impureza". Aquí seguramente yace el origen, la caída de alguna manera de nuestra percepción: de una realidad como autopercepción de la unidad hacia un mundo de separación, deseo y sufrimiento, donde creemos que es posible no ser, dejar de ser y perdernos de algo. En este modo de percepción vemos las cosas en una especie de fuga permanente, en vez de ser esa fuga que es en realidad simplemente el despliegue mirífico de un único ser. (En esta obstrucción, el lector familiarizado con la cábala apreciará un concepto resonante con los qlipots que encierran ilusoriamente la luz divina y polarizan la no-dualidad de Ein Sof).

Thinley Norbu liga los cinco elementos a una raíz búdica, son las cinco familias o linajes budistas, en esencia son naturaleza despierta y luminosa."Todo lo visible tiene esencia invisible". Esa esencia es el elemento sutil, el espacio, el fuego, el aire, el agua y la tierra en su estado simple, sin contaminación o aleación a un oscurecimiento del pensamiento y la habituación. Es también el sustrato del vacío como energía pura potencial: la matriz de todos los fenómenos que no son más que un despliegue de ese vacío omnimodal.

"Cuando las cosas vivas envejecen, una relación desbalanceada se desarrolla entre los elementos sutiles y los elementos espesos, los cuales son dependientes entre sí", escribe Thinley Norbu. La práctica del dharma, la meditación y en general el trabajo de percepción es lo único que permite que los fenómenos mantengan su frescura, aparezcan con pureza y luminosidad, como un niño ve el cielo. En esto hay algo de la famosa máxima alquimista solve et coagula, en el sentido de la preparación de la materia prima sobre la cual se realizará la gran obra, y la cual debe purificarse para poder recibir o acceder a lo espiritual.

norbuDesde esta perspectiva, el trabajo kármico puede concebirse como una purificación de los elementos que constituyen todo nuestro sistema de percepción, el cual, según el budismo, es un continuum de múltiples vidas. Esta purificación de los elementos internos de nuestro organismo es como una minuciosa limpieza del lente y/o la pantalla de una cámara. Cuando logramos esta limpieza, que es una ligereza, la realidad emerge con mayor nitidez, hasta que podemos verla simplemente como un juego de luz "insustancial e indestructible". Esta es la naturaleza de diamante, el cuerpo vajra de los maestros, la integración al cuerpo mismo de la Unidad Absoluta, el dharmkaya

La imagen que se usa siempre para la mente, en su naturaleza pura, es la del cielo despejado, amplitud espacial que permite la aparición de todos los fenómenos. "El cielo externo del elemento del espacio y el cielo interno de la mente están vinculados a través de la apertura", se dice en Magic Dance. Rilke escribió: "¿Qué es la interioridad, más que cielo intensificado?". Lo que sugiere el budismo es que esa interioridad celeste es la naturaleza secreta de todas las cosas: una transparencia radiante que contiene todas las formas posibles. Así, no se equivoca William Blake cuando observa "un cielo en una flor silvestre" o "un mundo en un grano de arena", ya que en su pureza elemental todas las cosas están contenidas en cada una otra como potencial de manifestación o despliegue.

Creemos que la naturaleza de la mente es su contenido, el flujo de pensamientos y la identidad que generan. El budismo nos dice, sin embargo, que la mente es solamente el vacío que es capaz de acoger toda imagen o fenómeno (existe, según Robert Lawlor, una etimología del sánscrito manas (mente) que sugiere que el significado es "aquello que refleja a sí mismo"). Thinley Norbu dice: "por incontables vidas podemos intentar hallar nuestra mente, pero nunca podrá hallarse dentro de ninguna sustancia fenoménica porque siempre es sólo vacío... Nuestra mente espejo siempre refleja incontables fenómenos sin obstrucción ni esfuerzo", lo cual no significa que la mente y los fenómenos sean cosas separadas. (La cábala coincide en esto al hablar de la inseparabilidad, la relación nupcial entre los sefirots chokmah y binah, la luminosidad (o la energía creativa divina) y el espacio (simbolizado como las aguas primordiales)). Thinley Norbu equipara este mar original con la mente:

Nuestra mente, que es siempre una, es la fuente única de todo fenómeno impuro de samsara que aparezca o de cualquier fenómeno puro de nirvana que aparezca. Innumerables estrellas, planetas y lunas se reflejan en un gran océano.

De aquí que el espacio mismo sea identidad con la mente (algo en lo que encontramos coincidencias con el hermetismo): "Aunque creemos que la mente está dentro de nuestro cuerpo, realmente no está ni adentro ni afuera, ni en nuestro cerebro ni en nuestro corazón". Aquí yace lo más difícil para nuestra lógica habituada a una noción dualista, se requiere un acto cognitivo que es más un des-conocer, un des-aprender a percibir la separación (y un acto que es más también un no hacer, una relajación, una des-aprensión) y así disolver la barrera entre sujeto y objeto. Lo que se entrevé es que, si la mente y los fenómenos que refleja son una misma cosa, entonces nosotros no somos individuos sino que somos sólo aspectos de ese vacío, parcelas de una pantalla inmensa que despliega fenómenos continuamente, en eterno devenir, sin principio ni fin, sólo existiendo. Si nos dejamos ir en ese cauce, nos dice Thinley Norbu, nos volvemos un continuo despliegue radiante de fenómenos divinos, un espectáculo de dakinis, de creación luminosa que se pulveriza eternamente. 

 

Twitter del autor: @alepholo