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Platón distinguió tres tipos específicos de alma que convergen al interior de la persona, como tres ríos distintos cuyos afluentes alimentan un mismo lago

Alma

El alma es, según lo expuesto por el maestro Platón, aquello que de inmortal y de divino hay en el hombre. El alma le otorga a todas las cosas su agencia y movimiento, pero por una especial disposición dentro del ser humano, le ofrece además su racionalidad, o al menos le asegura la potencialidad para desarrollarla bajo el impulso de la voluntad. El alma es lo real en el hombre. Sin embargo, una exposición tan somera no podría ser menos que insuficiente, porque bajo la desgastada palabra “alma” hay en realidad una doctrina mucho más profunda y rica en significados. Como principio metafísico que organiza todo el dinamismo vegetativo, sensitivo e intelectual de la vida, el alma posee necesariamente una complejidad que el mismo Platón se encargó de clasificar, al distinguir tres tipos específicos de alma que convergen al interior de la persona, como tres ríos distintos cuyos afluentes alimentan un mismo lago. Así, el sabio griego discierne entre un alma concupiscible, un alma irascible y un alma racional.

El alma concupiscible es entre todas la más inferior y susceptible a la inestabilidad del mundo, por cuanto su naturaleza intrínseca es la de hallarse ligada a las pasiones y deseos del cuerpo, siendo afectada por todos los apetitos desordenados que emergen del contacto con la materia, manteniéndose esclava de la transitoriedad y de las mutaciones. La porción concupiscible se enciende con los estímulos exteriores, provocando las reacciones de apego y aversión que caracterizan al ardor pasional. Su baja condición va unida a la mortalidad, manteniéndose ligada al cuerpo tanto tiempo como éste subsista todavía tras la muerte, para luego disolverse irremediablemente. Es de hecho el reducto psíquico que permite la existencia de esa cristalización que conocemos como ego. En el esoterismo hebreo se le conoce como Nefesh, el alma instintiva que hace posible la interacción entre la parte espiritual y la parte corporal del ser. El Nefesh se relaciona semántica y etimológicamente con el árabe Nafs, que en el contexto del sufismo designa propiamente al ego, siervo de Iblis y principal enemigo del derviche, al que deberá someter y derrotar gracias a sus esfuerzos en la Yihad al-Akbar o guerra santa interior. En el simbolismo del cuerpo, el lugar del alma concupiscible es a nivel de las vísceras, y más concretamente en el hígado. Este órgano ha sido por siglos el asiento del destino en lo que concierne a los asuntos mundanos, hecho manifiesto en la extendida práctica de la hepatomancia practicada por los arúspices etruscos y romanos, costumbre que parece tener un lejano origen neolítico. En la tradición china se dice incluso que el hígado es el lugar donde el alma duerme y engendra los sueños. Vemos aquí una insinuación de la condición vegetativa del alma concupiscible.

A continuación, la doctrina platónica distingue el alma irascible, sede natural de la voluntad, el valor y la fortaleza moral. En el alma irascible se enciende el coraje y la fuerza interior que permite acometer todo esfuerzo y sacrificio, siendo así el centro de la tenacidad y del empeño. Sin embargo, cuando esta segunda ánima es secuestrada por las pasiones y apetitos de su hermana inferior, se ve apresada por la ira, la obstinación y la arrogancia, volviéndose incluso en contra de sí misma hasta el punto de consumirse. Un mal advenimiento entre alma concupiscible y alma irascible produce sed de poder y dominio, vuelve a los sujetos crueles y despiadados, ambiciosos y violentos. Por encontrarse a medio camino entre la porción inferior y la superior, el alma irascible hace de bisagra entre los mundos instintivo e intelectual. Las emociones tienen en ella su energía y vitalidad, generando la riqueza psíquica por la que se moviliza todo el ingenio y la voluntad humana. Su condición intermedia la posiciona en un espacio clave, por cuanto las decisiones del hombre dependen de su actividad, cuyo drama se desarrolla en la disyuntiva entre arrastrarse bajo los deseos del ego inferior o dinamizar las ideas e intuiciones del Intelecto en el alma superior. Su continuidad tras la muerte del cascarón físico es dependiente del vínculo con lo espiritual, siendo inmortal en virtud de su nexo con el alma racional que le supera en excelencia. Entre los cabalistas dicha alma intermedia es conocida como Ruaj, y se la identifica con el hálito que Dios insufló en la masa de barro con la que formó a Adán. En el cuerpo simbólico, encontramos su lugar en el corazón, pues es en medio del pecho donde arde la llama de la voluntad y el ímpetu de la vida.

Platón compara estas dos almas con un par de caballos de talante contrario, que arrastran el carruaje del cuerpo físico. El alma irascible es un corcel noble y dócil; el alma concupiscible es un caballo desbocado y desobediente. Ambos son conducidos por un auriga, que representa la dimensión superior del alma racional o inteligible. En ésta se instala la razón que nos permite el conocimiento, la justicia y la realización del bien. Pero evitemos caer en una trampa semántica. La inteligencia –del latín intelligere es la facultad del alma superior para “leer dentro” de la realidad, y no un puro mecanismo para la ejecución de algoritmos o la elaboración lingüística. El alma inteligible es la chispa divina que nos conecta con el Mundo de las Ideas, la región espiritual donde residen eternamente los arquetipos que, como plateadas estrellas, pueblan el fecundo manto de la Mente Divina, ese Poimandrés que habló de las esferas celestes a Hermes Trismegisto, el Nous que inspiró las intuiciones más brillantes de la escuela ecléctica alejandrina. El alma racional es el principio inmortal del hombre, al que con propiedad podemos denominar alma en su sentido trascendente e imperecedero. Lo eterno puede ser actualizado sólo en virtud de su agenciar, siendo el basamento sobre el que se erige la mónada espiritual. En la cabalá se le conoce como Neshamá, una fuerza divina que impulsa a las personas hacia la virtud, buscando elevar la conciencia temporal hacia la trascendencia intemporal. Neshamá es la negación misma del ego y sus pasiones. Como es de imaginar, el lugar del alma inteligible en la estructura física se halla en el cerebro, órgano que constituye el extremo inferior de la cadena espiritual que une al hombre con Dios.

Los cabalistas agregarán a estas tres almas otros dos principios espirituales: el Jayá y el Yehidá, pero éstos corresponden ya a lo que rebasa el límite de la individualidad humana. Son por lo tanto imponderables que intentan expresar los grados de esplendor del ánima, en la medida en que, por aproximación, es reabsorbida en la luz de la Mente Divina. Estos niveles superiores tienen un marcado carácter universal, pues la plena rectificación del mundo –Tikkún Olam–  no es posible si alguna de las chispas que constituían el alma primordial del Adam Kadmon quedan fuera de dicha reintegración. En el pensamiento gnóstico, la noción de apocatástasis expresa esa misma idea de restauración cósmica, hipótesis que tentó al mismísimo Orígenes. Como sea, la disolución del alma en Dios es una mors mystica, una aniquilación del yo que los sufíes llaman Faná. Así lo expresó el místico persa Hafiz Shirazi (1325-1389) cuando escribió:

Os digo: no cejaré hasta alcanzar mi deseo;

que se una mi alma al Alma de mi alma, o el alma deje a mi cuerpo.

Abre mi tumba y observa, cuando haya muerto,

cómo humea mi sudario por el fuego que yo albergo.

Entre los cristianos europeos encontramos un misticismo similar. En su famosa obra Imitación de Cristo, Thomas de Kempis llegará a aconsejar: “debes estar persuadido de que tu vida debe ser un continuo morir. Y cuanto más muere uno a sí mismo, tanto más comienza a vivir para Dios”. ¿Qué es morir? Es liberar al alma inteligible de su grillete material, tanto como de la sujeción a las fluctuaciones erráticas del alma concupiscible. La muerte es un trampolín de ascenso que permite remontar las nueve esferas celestiales hasta la sublime región del Empíreo. En las religiones mistéricas del mundo antiguo se actuaba una muerte simbólica y una resurrección espiritual que hemos heredado en el rito de elevación al grado de Maestro Masón. Las sendas iniciáticas no son por tanto ajenas a esta necesidad de morir para resucitar espiritualmente. El arquetipo del gran dios Osiris nos ilustra perfectamente este hecho. Con el tiempo, el mito de una deidad que muere y resucita se convertirá en el molde narrativo fundamental para transmitir a los iniciados el secreto del alma y su destino final. Es así como en Egipto se distinguía entre el Ka, una especie de alma vital o doble sutil del cuerpo físico, que correspondería a nuestra alma concupiscible; el Bah, un alma trascendente y sometida al juicio post mortem, que correspondería a nuestra alma irascible; y un Akh o alma espiritual, la chispa divina que otorgaba inmortalidad y hermanaba al hombre con los dioses.

En la tradición platónica estas tres almas poseen cada una su respectiva virtud, que resultaba imprescindible para el proceso de purificación y ascenso a través de los cielos. Así, el alma concupiscible requiere de la templanza para moderar sus apetitos y someterse al imperio de la razón; el alma irascible necesita de la fortaleza para conducir su dinamismo hacia la perfecta comisión del bien; el alma inteligible exige prudencia para el ejercicio del pensamiento más elevado y la búsqueda de la verdad. La existencia de tres almas nos pone de manifiesto el juego de tensiones que explican la complejidad humana. Propio del filósofo, en el sentido platónico, es el esfuerzo por elevarlas hacia el Bien Supremo. Plotino irá un paso más allá, hacia el salto místico de la henosis, esa perfecta disolución de la identidad en la esencia indiferenciada de lo Uno.

Digamos un poco más sobre las tres almas. La porción concupiscible corresponde al mundo de las acciones, ligada como está al cuerpo físico y sus apetitos. Los actos guiados por la irracionalidad y las pasiones bestiales conducen a la deformación de la energía del Ka. El dominio de las acciones, por el contrario, eleva al alma inferior y le permite una suerte de sublimación. El alma irascible, por su parte, corresponde al reino de la palabra, cuyo poder es bien conocido en el ámbito de la magia. La maledicencia y la habladuría afectan negativamente al Bah. La palabra justa y la enunciación de la verdad generan lo opuesto. El alma inteligible pertenece al campo del pensamiento, esa actividad íntimamente sutil pero no por ello menos efectiva. Consentir en pensamientos destructivos de todo tipo ensombrece la luz que irradia el Akh. El pensamiento constructivo y benigno hace posible la extensión de su poder para devolvernos a la fuente divina, por afinidad con la Idea Suprema del Bien.

El microcosmos es un juego de espejos, un reflejo perfecto de las regiones superiores en el pequeño espacio de la organización vital que llamamos ser humano. Surge aquí la pregunta por el resto de los seres animados, recordando que esta palabra designa precisamente a los seres dotados de alma. Hay desde luego alma en el animal, desde el momento en que se trata de un ser vivo, dotado de movimiento, instinto y afecto, susceptible de alegrías y tristezas, de placer y de dolor. Es sólo la parte racional del alma la que se encuentra adormecida, aunque presta a despertar en virtud de la metempsicosis y del estrecho contacto con el género humano en la domesticación. Como sea, es evidente que una inteligencia colectiva dirige los destinos de cada especie animal. “En los animales irracionales la inteligencia es la Naturaleza”, dice Hermes Trismegisto. Por extensión, en las plantas hay un alma vegetativa de carácter colectivo, un espíritu vital que las anima y las mueve hacia la luz solar. En los metales y minerales encontramos esa misma alma primitiva, pero profunda y completamente dormida, presente sólo en un estado latente o potencial. Enseñaba Pitágoras que todo el universo es un gran animal dotado de alma e inteligencia. Plotino dirá que todo está lleno de alma, aunque no esté presente con las mismas cualidades en cada parte del todo.

A esta altura de la discusión podemos atisbar que el alma posee un destino último: tras un estrepitoso descenso va despertando de la total inconsciencia a medida que circula por los diversos grados de la extensa cadena del ser. Vemos en el microcosmos una estructura de tres almas encarnadas en un soporte físico que faculta la toma de contacto con las dimensiones espacio-temporales del existir, una experiencia condicionada que resulta fundamental tras la caída. Al respecto, el Tratado X del Corpus Hermeticum es bastante ilustrativo:

Del Alma una del Todo salieron todas las almas que ruedan desparramadas por todo el mundo. Pues bien, estas mismas almas pasan por muchas transformaciones, unas para mejor, otras para peor. Porque las de reptiles se transforman en animales acuáticos, las acuáticas en terrestres, las terrestres en aves, las aéreas en hombres, y las de los hombres finalmente gozan del principio de inmortalidad de transformarse en genios y entrar después en el coro de los dioses. Porque hay dos coros de dioses, los errantes y los fijos. ¡Tal es la gloria y el honor perfectísimo del alma!

Este conocimiento del alma sirve como un mapa; allí reside su verdadera utilidad. Entender la dinámica de sus operaciones nos permite emplear la razón y la voluntad para efectuar en vida eso que Cornelius Agrippa llama “dignificación”, esto es, el retorno del hombre a su condición divina original. De otra manera, la chispa divina se pierde en la oscuridad de la materia, llevando una existencia miserable, propia de la condición bestial. Triste es quien, viéndose arrastrado por las migajas que ofrece la ilusión de este mundo transitorio, desdeña el reclamo del trono real que por linaje sanguíneo le pertenece. Vuelve a hablar el Tres Veces Grande: “Las sensaciones de estos hombres son semejantes a las de los animales irracionales, y como su temperamento es pasión y cólera, son incapaces de admirar las cosas dignas de ver. Antes se dedican a los placeres y a los apetitos corporales, y piensan que para eso han nacido los hombres” (Corpus Hermeticum, Tratado IV).

Sirva esta breve exposición para intentar recobrar el alma, en una cultura materialista que nos seduce con toda clase de espejismos, alejándonos del Ser que nos corresponde por humana naturaleza. Esta enseñanza tradicional cree en la bondad del ser humano, en su condición luminosa esencial y en el final majestuoso que le espera a los que se esfuerzan por recordar de dónde vienen y hacia dónde van. Parafraseando a James Hillman, necesitamos un mundo con más alma, porque como decíamos al comienzo, el alma es lo real en el hombre. 

 

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En la trascendental relación entre los cielos, la tierra y el hombre, surge la permanente pregunta acerca de la naturaleza del tiempo vivido y los abruptos cambios, muchas veces dramáticos, que acontecen en el esquema de los sucesivos ciclos cósmicos. No hay pueblo sobre el planeta que no haya desarrollado alguna clase de observación sistemática del Sol, la Luna y las estrellas con el fin de medir el tiempo y a la vez determinar el porvenir. Nuestra tradición astrológica no es una excepción a esta regla. Sin embargo, las potentes fuerzas de disolución que configuran todo el desorden que se ha instalado en el mundo moderno no podían sino trastocar también a la astrología, tanto en su teoría como en su técnica. Es por ello que, a fin de exponer con claridad la doctrina tradicional de las eras astrológicas, es imprescindible retrogradar en el tiempo para retomar el punto de vista que los antiguos astrólogos tenían acerca de su noble oficio y de la enseñanza sobre el tiempo que de éste se deriva.

Advertimos al lector que los siguientes párrafos están muy lejos de alinearse con lo políticamente correcto y no pueden menos que frustrar o suscitar el rechazo de los adscritos a la tendencia modal que rige el presente statu quo. Hemos titubeado sobre escribir acerca del tema, pero finalmente hemos decidido hacerlo en honor a la verdad, por más incómoda que ésta pueda resultar. La astrología moderna es una distorsión y simplificación extrema del verdadero arte celeste. John Frawley lo señala con tal claridad en su obra La verdadera astrología, que sus palabras pueden resultar ofensivas para una gran cantidad de entusiastas. Dice Frawley que: “La astrología moderna es basura. Como astrólogo profesional en activo considero necesario dejar claro esto desde el principio. Lo que actualmente pasa por astrología no es sino un sucedáneo de la ciencia que se practicaba antiguamente”. Más adelante agrega:

Los esfuerzos por rehacer la astrología desde el punto de vista de la cultura occidental moderna la han distorsionado irremediablemente más allá de todo reconocimiento. En primer lugar fue reformulada en forma de teosofía, después con la forma del psicoanálisis junguiano, y después con la de la Nueva Era de la costa oeste americana.

El británico no desperdicia ni una coma en hacer concesiones diplomáticas, en un libro que debería ser texto obligado de todo aquel que se interese seriamente por el arte hermético de los astros. 

La astrología tradicional reconoce sólo cinco planetas y dos luminarias, dos nodos lunares, decenas de estrellas fijas y otras tantas decenas de partes arábigas que, en relación con los 12 signos zodiacales y las 12 casas astrológicas, configuran la perpetua y cambiante danza del tiempo cuyas infinitas combinaciones entre elementos generan la compleja riqueza del devenir. Sobre estos movimientos celestes el astrólogo tradicional realiza toda una serie de cálculos siguiendo algoritmos predefinidos, cuyo fin último es la delineación y predicción de los eventos futuros, tanto humanos como naturales. En este contexto, los grandes ciclos de tiempo cósmico que afectan a la humanidad como conjunto se insertan en el marco de la denominada astrología mundana, que trabaja con cartas astrales de grandes conjunciones, ingresos cardinales —también conocidos como revoluciones del mundo, eclipses y lunaciones, aparición de cometas, cartas fundacionales, etc. Todas estas figuras astrales conforman un enredado pero inteligible mapa del destino colectivo, permitiendo avizorar con mucha anticipación los accidentes y giros de la historia. De tal modo, la astrología mundana nos presenta una doctrina sobre los ciclos cósmicos y las cualidades del tiempo que, repartido en eras sucesivas, modela como un alfarero la arcilla de las culturas y civilizaciones.

Resulta de sobra conocida la división del tiempo cíclico en 4 eras consecutivas que se reiteran permanentemente. En Las metamorfosis, Ovidio nos narra la historia mítica de una humanidad que va degenerando progresivamente a medida que el tiempo se aleja del punto de origen, pasando por las edades de oro, plata y bronce hasta llegar a la presente Edad de Hierro, donde la impiedad y el egoísmo reinan por doquier. La noción moderna de progreso histórico es aquí una broma de mal gusto. Pero es en la doctrina hindú de los ciclos cósmicos donde se refleja mejor la noción de un tiempo circular, una idea que contradice la noción lineal y progresiva del tiempo histórico. Tanto en la visión mítica del mundo como en la perspectiva astrológica, la danza del tiempo es siempre cíclica, repitiéndose a sí misma en plazos tan vastos que exceden la capacidad de transmisión cultural entre distintas civilizaciones. Tales son los períodos contemplados en los grandes ciclos de tiempo.

En la India, el vedanta sitúa a la actual humanidad en pleno inicio del Kali Yuga, la más oscura y vil de las edades, en donde la verdad, la modestia y el honor han desaparecido casi por completo. Estas enseñanzas tradicionales no hacen otra cosa que confirmar el desvarío de una época que confunde el desarrollo tecnológico con la plenitud ontológica. Resulta groseramente incongruente comparar las nociones hindúes del Kali Yuga con el espíritu ingenuo y demasiado liviano con el que tantos adictos a la tendencia new age asumen el tiempo venidero. Algo está completamente mal en el enfoque y sostenemos que es por la obvia falta de rigurosidad de una moda que ha llegado a convertirse en un gran éxito comercial. Hay muy poco espacio para el rigor del conocimiento dentro de un fenómeno mercantil de superventas. Pero si de confusiones se trata, los extraños significados atribuidos a la era de Acuario son un ejemplo de referencia sobre la incomprensión, cuando no la subversión, a la que están sometidas todas las doctrinas tradicionales en el marco de la modernidad.

Se atribuye al gran astrólogo persa Abu Ma'shar al-Balkhi (787-886 d. C.) la primera definición de las edades astrológicas basadas en la precesión de los equinoccios. Sin embargo, la interpretación moderna en torno a la más reciente de dichas edades resulta totalmente errónea y antojadiza, a gusto de una modernidad que parece poco dispuesta a enterarse de la verdad. En su lugar aparece una versión lisonjera y edulcorada, mucho más comercializable. Abu Ma'shar, como cualquiera de sus colegas posteriores, reiría a carcajadas si oyera la dulzona falsificación con la que se pretende suplantar la auténtica doctrina astrológica. Desde una religiosa y mística era de Piscis, regida por el benéfico y generoso Júpiter, estamos entrando en los siguientes 2 mil 148 años de Acuario, una edad de laicismo y ciencia racional, regida por el maléfico y severo Saturno. No exageramos; benéfico y maléfico son adjetivos tradicionalmente utilizados en astrología para identificar los efectos de un cuerpo celeste dado. De este modo, Júpiter y Saturno son respectivamente el gran benéfico y el gran maléfico de la astrología tradicional. Y como es de esperar, existe una diferencia sustancial entre una edad astrológica regida por un benéfico y otra bajo el influjo de un maléfico. Hay también planetas neutros y ambivalentes como Mercurio, pero por los siguientes 4 milenios estaremos bajo la influencia de Saturno, ya que su sustancia reina tanto sobre Acuario como sobre Capricornio, la edad astrológica inmediatamente posterior a la del escanciador.

La era de Acuario está muy lejos de ser un bonito despertar colectivo lleno de luminosos arcoíris irradiando paz y amor sobre el mundo. La fase acuariana de la humanidad está en perfecta sintonía con el Kali Yuga descrito en el Mahabharata, mucho más que la precedente era de Piscis. Porque a medida que el tiempo discurre, se aleja paulatinamente del punto inicial que los mitos de todas las culturas ancestrales describen como una Edad Dorada. En otras palabras, el tiempo degenera y con él también la historia humana. Es así que a medida que nos acercamos al fin de ciclo, la percepción del tiempo se acelera, las costumbres se relajan y la cultura se degrada. Con una humanidad inconsciente de las poderosas fuerzas astrales que la dirigen hacia el colapso de la civilización occidental moderna, el surgimiento de una etapa totalmente distinta es ya un hecho en ciernes. Pero no conviene apresurarse. El cierre del círculo y el consiguiente retorno a la Edad de Oro están aún lejos de iniciar y la prueba está en el desordenado estado del mundo actual. Estamos al comienzo de los dolores del parto, cuyos tiempos son los de las estrellas, no los pequeños plazos que marcan el reloj humano. Por supuesto que tras el Kali Yuga tendremos un largo y saludable Satya Yuga, pero no es prudente comenzar la fiesta antes de que lleguen los invitados. Incluso los que practican la forma estertórea de la astrología psicológica saben que Urano, el planeta moderno al que atribuyen regencia sobre Acuario, no produce otra cosa que inestabilidad y revueltas. 

Los cambios de era suelen traer aparejados cataclismos naturales y grandes trastornos en el orden social, especialmente si en dicha edad reina un planeta maléfico. Quizás podamos entenderlo mejor si miramos al pasado, teniendo presente que el tiempo vuelve circularmente sobre sí mismo. La anterior era de Acuario ocurrió hace unos 25 mil años atrás y fue la época del desastroso diluvio universal narrado en la mitología de todas las culturas del planeta. Fue una época marcada por el abrupto inicio de los grandes deshielos tras la última glaciación. Los mares subieron dramáticamente de nivel, dejando extensas regiones bajo las aguas, mientras que las copiosas lluvias inundaron el resto de los terrenos. He aquí la razón por la cual Acuario es representado como un gigante que derrama un enorme cántaro de agua sobre la tierra. A nadie extrañe entonces que la era de Acuario se corresponda con una larga fase de desajustes climáticos. Algunos estudiosos identifican la figura de Acuario con Deucalión, el único hombre que se salvó del diluvio universal en la versión griega del conocido mito. Nos volvemos a encontrar la noción de una edad marcada por el desastre.

En lo social, la era de Acuario es un período caracterizado por el humanismo laicista, el materialismo científico, la estricta cuantificación como vía de conocimiento, la erosión de todas las estructuras jerárquicas, la desaparición de la familia en favor del individuo aislado, los grandes triunfos tecnológicos y un sentimiento generalizado de malestar social con la aparición de ideologías seculares que buscan subvertir todo el orden establecido bajo consignas libertarias. Se observan híbridos como el socialismo capitalista, el ecoanarquismo y el feminismo radical en reemplazo de la identificación con los conceptos de nación, familia, etnia y religión. Como el espíritu de los tiempos está instalado, hablar de identidad local y arraigo puede parecer avinagrado o demasiado conservador. La Edad Media y el Renacimiento pensaban así. Al hombre moderno le resulta incomprensible, ya que la globalización ha generado una situación de contagio cultural desde las naciones ricas hacia las más pobres, haciendo proliferar al hombre-masa de Ortega y Gasset. Otras características relevantes de la nueva era astrológica son el trío conformado por la superficialidad, el mercantilismo y la masificación. Por supuesto que también se observarán beneficios, como los notables avances de la medicina o la superación de muchos prejuicios y discriminaciones odiosas, pero en el balance final se trata de una edad llena de apegos materiales, vigilancia tecnológica y férreo control sobre las masas, características propias de Saturno, el planeta de la ciencia, la materia y las restricciones. 

La masificación acuariana genera una tendencia a fusionarlo todo, al punto de diluir las diferencias religiosas y filosóficas en un amasijo que carece de profundidad, pero que resulta del agrado de la muchedumbre. En su momento, las poderosas élites podrán servirse de él para mantener a las masas lejos de la intervención sobre sus intereses y negocios, como ya lo hizo la CIA fomentando el abuso de drogas psicodélicas para evitar que el movimiento hippie se transformara en un peligroso movimiento político. La versión liviana y distorsionada de la era de Acuario hunde sus raíces en una larga serie de confusiones y desarreglos que parten con los esfuerzos de gente como Alice Bailey o Benjamin Creme, quienes esparcieron por el globo las dislocadas ideas de la Sociedad Teosófica a las que añadieron las suyas propias. Luego la publicación y venta de libros de autores afines creció exponencialmente porque redituaba muy bien a las casas editoriales. La bola de nieve corría montaña abajo y fue cuestión de unas décadas para que el rico nicho cultural de California, sumamente amigable con las nuevas ideas, otorgara un suelo fértil para la proliferación de sus setas. Nace así una concepción invertida y polícroma de la venidera era de Acuario. Desde entonces el movimiento pasaría a ser conocido como “Nueva Era”. Naturalmente, todo este entuerto fue anunciado en el firmamento por la posición y movimiento de los planetas.

El 4 de febrero de 1962 ocurrió un fenómeno astrológico sumamente inusual, pero tremendamente significativo. Aquel día los siete astros errantes de la astrología tradicional —el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno— se juntaron muy apretados el uno contra el otro en el signo de Acuario, formando lo que los astrólogos conocemos como un stellium. En astrología el stellium es una conjunción de cuatro o más planetas dentro del mismo signo zodiacal. En este caso, la reunión de todos los astros de la carta astral en el mismo lugar es un acontecimiento extraordinario, aunque nada beneficioso. Cuando todo el peso se carga hacia un solo lado de la balanza, se produce un enorme desequilibrio. El cielo es una balanza cósmica. Si todos los planetas más el Sol y la Luna inclinan su fuerza sobre un solo signo, tenemos un grave problema. Una situación semejante anuncia tiempos complicados de gran inestabilidad y destemplanza. Aunque los astrólogos no se ponen de acuerdo sobre la fecha en que el punto vernal entrará en Acuario, dando inicio a la nueva edad, lo cierto es que este gran stellium de 1962 en el signo del aguador hizo entrar en el mundo una locura colectiva que seguiremos viviendo por bastantes años, puesto que no se producirá nada similar en siglos. Esta enorme conjunción dejó a todos los astros a disposición del que regía sobre el signo en el que se produjo: Saturno, el gran maligno. A falta de claridad sobre el inicio de la era de Acuario, este evento marca un precedente que bien podría ser considerado como proemio.

A fines de julio de ese mismo año un raro eclipse anular de sol atravesó cerca del ecuador de la Tierra, oscureciendo al astro rey en su propio domicilio de Leo, signo directamente opuesto al de Acuario, donde ya había sido afligido por exilio durante el stellium. Por otra parte, la gran conjunción de Júpiter y Saturno ocurrió en el signo de Capricornio casi 1 año antes. Allí Saturno es fuerte porque tiene domicilio, mientras que Júpiter está muy debilitado por encontrarse en caída. Nuevamente nada auspicioso para los tiempos que se avecinaban. Si lo que viene es realmente luminoso, habría que preguntarle a los new agers por qué los sabios de la India siguen apuntando a las grandes dificultades espirituales que se aproximan a medida que nos hundimos más y más en el Kali Yuga. El gran astrólogo védico Aryabhata (476-550 d. C.) intentó enlazar el ciclo mitológico hindú con la cuenta astrológica, datando el comienzo del Kali Yuga en el 3102 a. C. Según la mayoría de los pandits, la edad oscura ha de durar nada menos que 432 mil años. Por lo tanto, habrá que armarse de muchísima paciencia y evitar las celebraciones prematuras. 

Hubo un conde francés que se hizo famoso entre otras cosas por decir que todo pueblo tiene el gobierno que se merece. Se llamaba Joseph de Maistre (1753-1821), quien al ver la sangrienta avalancha de la Revolución Francesa escribió: “Hemos de estar preparados para un acontecimiento inmenso en el orden divino, hacia el cual marchamos a una velocidad acelerada que debe llamar la atención de todos los observadores. Terribles oráculos anuncian ya que los tiempos se han cumplido”. Hoy, plenamente insertos en el afluente acuariano y saturnino, hemos de saber a qué atenernos, porque no la tendremos fácil. Y no es que la era de Piscis haya sido todo un primor, pues la religión realmente llegó a convertirse en el opio del pueblo y surgieron monstruos como la inquisición, las cruzadas y la quema de brujas. Nadie podría negar que los numerosos abusos de la edad anterior son dialécticamente responsables de los excesos de la nueva edad que inicia. Así, el rígido conservadurismo, los abusos de poder y el moralismo autoritario en la era de Piscis son antecedente y causa del libertinaje, la fragmentación individualista y la anomia social en la era de Acuario. La historia humana es una concatenación de eventos inevitables y astrológicamente predestinados, siempre marcados por el exceso. 

Los sabios siempre han entendido que a todo declive le sigue un florecimiento. La vida surge de la muerte como la muerte surge de la vida. No queremos transmitir desazón ni desesperanza, pero el mundo actual debe perecer para que surja un hombre nuevo. En esa futura germinación debemos poner nuestras intenciones, no importa que aún esté distante. Allí habrá verdadera paz, justicia, bondad, respeto, prudencia, sabiduría y sobre todo comunión con la Divinidad. Pero por ahora nos toca aceptar que falta mucho tiempo para el retorno a la Edad Dorada, lo que no impide que cada uno de nosotros haga su propio trabajo interior a contracorriente. ¡Ánimo!

 

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