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A 1 año de la desaparición forzada de los 43 estudiantes, 11 escritores latinoamericanos comparten una reflexión
Dónde están 2
 
El dolor reclama justicia. El dolor reclama la verdad. Para los antiguos griegos el antónimo de olvido no era memoria, era verdad. 
 
Juan Gelman
 
Todas las bocas gritan
Y gritan y gritan
Y a todos los papás
Y a todas las mamás
Que son días y espinas,
Agua y sangre
Y boca,
Sólo boca:
“¿Dónde estáaaaaaaaaaaaaaaan?"
 
María Baranda, Diente de león
 
 
A 1 año de la desaparición forzada de los 43 estudiantes, 11 escritores latinoamericanos compartieron una reflexión. Ellos, que han vivido de cerca esa compleja y violenta realidad y que han escrito novelas, cuentos o ensayos que ofrecen una manera de abordarlo, de hablarlo. ¿Qué puede enseñar la experiencia chilena, argentina, colombiana, uruguaya a los mexicanos? En estos momentos en que se ha denunciado que ni siquiera a los sobrevivientes ni a las familias de las víctimas se les ofrece una atención digna. Coinciden los testimonios: hay que seguir buscando, exigiendo verdad, preguntando en sociedad: ¿dónde están? o ¿a dónde se los llevaron? 
 

Argentina

PAULA BOMBARA

Como familiar directa de un desaparecido, puedo entender la desesperada incertidumbre de las familias de los chicos de Ayotzinapa. Cada día sin saber duele. Te diría que el tiempo cambia su transcurrir, directamente. Sabemos que cada minuto que pasa, nuestro ser querido está en alguna parte (vivo o muerto, esa duda es la gran perversidad de la palabra “desaparecido”). 


Pero no es necesario ser víctima directa para entender lo que está sucediendo, sino sentir y asimilarte como una víctima indirecta de estos genocidios. Tu vida quizás no cambie de modo tan drástico, pero si te tomás el tiempo para pensar en esos chicos, en que nadie sabe dónde están, en lo injusto que es eso, en lo que sufrieron, en lo que sufren, en que podrías haber sido vos, en que los que buscan podrían ser tus seres queridos, es imposible mantenerse indiferente.


El acompañamiento de toda la sociedad resulta vital para exigir justicia y castigo a los culpables. En mi país los organismos de derechos humanos tuvieron que pasar muchos años de solitaria perseverancia, pensando y concretando muchas acciones para que la necesidad de justicia siempre estuviera presente. Los juicios de lesa humanidad llegaron casi 30 años después de cometidos los crímenes.
 Me gusta pensar que la sociedad mexicana podrá ver que si acompaña a los familiares de los desaparecidos en su exigencia de justicia, no pasará tanto tiempo como aquí para lograrla.

 Paula Bombara Foto Juan Manuel Mannarino

 

GRACIELA BIALET

A 1 año de Ayotzinapa, más allá de ejemplificadoras experiencias, por lo que hay que insistir --sin tregua-- es por la vida de los jóvenes normalistas. Vivos los llevaron, vivos los queremos (esa consigna la cantábamos en los 80 acá también).

Los sapos de la memoria, editado por Conaculta en 2013 en México, pueden croar una mirada acerca de la búsqueda de memoria, verdad y justicia, que desde la literatura, movilice reflexiones y otras expresiones artísticas que den opciones de promover nuevas miradas acerca del tema que hoy atormenta a los mexicanos. La literatura está hecha de palabras y las palabras tienen el poder desbordante de hacer visible otras realidades, otras opciones, otros gritos. Todo es cuando la palabra lo nombra. Las palabras son poderosas como puñales, como luces en medio del mar, diamantes de mil signos. Ellas nos liberan condenándonos a componer una y otra vez su sinfonía de verdades.

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MARÍA TERESA ANDRUETTO

La experiencia argentina es particularmente rica en la lucha por la justicia y por el trabajo de los organismos de derechos humanos (especialmente esos garantes éticos que son para nosotros las Abuelas y las Madres) y luego el trabajo desde el Estado en la búsqueda de verdad y de justicia, en los muchos crímenes de lesa humanidad que aquí se cometieron.

Es una lucha muy larga, el 18 de septiembre se cumplieron 30 años de la condena en el juicio a la Junta que fue el comienzo legal de todo este camino que con sus avances y retrocesos logra, en este último proyecto político, la reapertura de los juicios, la condena a todo implicado y sobre todo la lenta percepción social de que los militares no actuaron solos, que la dictadura militar sucedió con la complicidad y con muchas veces la participación directa de sectores civiles, empresariales, de la justicia, de la iglesia... y también con la mirada indiferente cuando no colaborativa de tantos y tantos ciudadanos de a pie.

María Teresa Andruetto 

FLORENCIA ORDOÑEZ

Me parece que, como sucedió en los 70 en la Argentina y como sucede hoy en Córdoba con la política represiva de De la Sota, lo que sucedió en Ayotzinapa no puede atribuirse  a errores o excesos del gobierno sino a un plan sistemático que utiliza la violencia del Estado para servir a determinados intereses políticos y económicos. Es terrorismo de Estado, porque disciplina a la sociedad a través del miedo. Es terrible lo que está sucediendo y a veces el miedo paraliza y lleva a no querer ver, pero hay que evitar eso a toda costa, visibilizar y denunciar lo más que se pueda.

 Florencia Ordóñez

 

IGNACIO L. SCERBO

Primero pienso en los normalistas. Pienso en ellos y no puedo olvidarme de los desaparecidos en Argentina. Los recuerdo fervientemente como aquellos que nos faltan y sólo eso es doloroso. En Argentina, con los juicios hechos a los victimarios, los dolores comienzan a cicatrizar. A su vez, hemos podido recuperar sus identidades políticas, su visión del mundo, que si no, no hay una memoria verdadera. Hoy cuando nombramos a los normalistas mexicanos, no podemos olvidar su militancia política. “Ayotzinapa, cuna de la conciencia social”, reza una de las paredes donde estudiaban.

Segundo, pienso en sus familias. En Argentina, Abuelas, Madres e Hijos han sido y son los protagonistas del descubrimiento de la verdad, el pedido de justicia y la construcción de la memoria. En México, las familias son en este momento el motor que tracciona el descubrimiento de la verdad de los hechos y el pedido de justicia. Ayotzinapa no es memoria, Ayotzinapa es ahora.

Tercero, pienso en la palabra como vehículo de transformación. La palabra como encuentro, testimonio y articulación para la denuncia y el reclamo. La palabra que hoy alivia el dolor porque sabe quien la dice que no está solo y que todos necesitamos que sea justicia.

 Ignacio Scerbo

 

Colombia

JAIRO BUITRAGO

México está en mi interior de una manera particular, por eso escribí Two White Rabbits (que se publicará en español a finales de año por Ediciones Castillo). La tragedia de los 43 es desde ya símbolo mundial, nos reconocemos en el dolor de los hermanos, como en un espejo.

 Jairo Buitrago

 

IRENE VASCO

Este caso que, por fortuna ha sido tan divulgado, es apenas uno de los tantos horrores que vivimos, no sólo en Latinoamérica sino en el mundo entero, a lo largo de la historia humana. Para no ir muy atrás, me remito al holocausto judío. Libros como el Diario de Ana Frank han pasado de mano en mano ya por algunas generaciones, recordándonos que lo innombranble no debería repetirse. Sin embargo se repite disfrazado de mil maneras. 

 Irene Vasco Ayotzinapa

 

Uruguay

FEDERICO IVANIER

Es difícil decir algo de ese tema. Acá tuvo repercusión más en los diarios que en la gente, creo, porque el mundo parece tan plagado de una violencia extrema y absurda que todo el mundo termina anestesiado. De todos modos, lo que queda es el repudio y el horror y sobre todo una sensación de impunidad que, en los lugares más altos de poder, transmite México. Junto con eso, lo que me queda a mí es una gran sensación de impotencia.

Federico Ivanier 

SEBASTIÁN SANTANA CAMARGO (PANTANA)

El caso de estos estudiantes mexicanos en particular me pegó muy fuerte, ver carteles de desaparecidos con caras jóvenes y saber que son jóvenes de hoy, no los jóvenes que seguimos buscando desde hace más de 40 años es algo muy triste, muy doloroso. 

En medio de la desgracia, lo que me pareció muy importante es que a través del drama de estos gurises (niños) se hiciera una campaña mundial que creo, hasta el momento, no se había podido lograr, acerca de los miles de muertos y desaparecidos contemporáneos de México, las víctimas de la complicidad del gobierno, las víctimas del narcotráfico, de toda esa mezcla terrible de violencia que padecen. Y eso, que estos gurises se hayan transformado en un icono de ese dolor es algo importante, en medio de todo lo malo que significa, porque hace visible el dolor, la situación, y es más fácil exigir una forma de respuestas. En la medida en que esa violencia adquiere una forma concreta, se hace más fácil visibilizar el tema y desde ahí reclamar. Es algo paradójico, claro, porque como humanos deberíamos ser capaces de entender a través de la idea abstracta del dolor, pero vivimos en este momento donde una forma gráfica da una claridad que pareciera que una idea, por sí sola (“es insostenible que exista terrorismo de Estado”), no logra.

Pantana 

Chile

MARIANA OSORIO GUMÁ

¿Qué puede mostrar la experiencia chilena a México? Algo fundamental: que México y sus habitantes saben ser puro corazón. Que México es capaz de ser un espacio de acogida, de resguardo. Sabe ser casa. Sabe ser recinto. Sabe ser cobijo. Que México sabe ser generoso. 

Pero a pesar del enorme y amoroso espíritu de los mexicanos nuestro país está siendo carcomido y dirigido por grupos sin escrúpulos, que se guían por intereses lucrativos que buscan sostener poderes infames. Ellos propagan el cáncer de la violencia y la impunidad. Está en nosotros resistirnos a ello. No es fácil. Lamentablemente nada de lo que ahora ocurre aquí está alejado de lo que ocurrió con las dictaduras del sur. Acá lo complejo es que hay un disfraz infausto, una siniestra perversión de democracia que ya no se sostiene con nada. O es, al menos, lo que desearía. Porque lo peor de todo es eso: que se sigue sosteniendo. Y siguen los desaparecidos. Y las masacres. Y los migrantes. Y sigue la impunidad. Y sigue la violencia.

 Mariana Osorio
 

MARÍA JOSÉ FERRADA

La experiencia chilena, a la luz de lo que sucedió en Ayotzinapa, nos muestra que debemos seguir trabajando, por hacer de los niños seres empáticos, que no permitan que estas cosas vuelvan a suceder, creo que la literatura, la poesía, puede ayudarnos en eso, a conocernos, comprendernos y ser capaces de ponernos en el lugar del otro.

María José Ferrada 
 
Blog de Adolfo Córdova: www.linternasybosques.com
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¿Qué es el aceleracionismo y por qué se considera la crítica más radical contra el capitalismo?

Sociedad

Por: pijamasurf - 09/28/2015

Con influencias heterogéneas del marxismo, la filosofía posmoderna e incluso la ciencia ficción, el aceleracionismo es una corriente de pensamiento que augura el colapso del capitalismo y traza la línea de un posible futuro después de esa crisis definitiva

accDesde el siglo XIX, cuando Marx trazó con precisión y lucidez la radiografía del capitalismo, notó que uno de sus elementos más característicos (e interesantes) era la generación de contradicciones dentro de su propio funcionamiento, las cuales, más allá de paralizarlo o provocar su colapso, se convierten en una especie de combustible para mantener la maquinaria en marcha.

En parte Marx atribuyó esta cualidad a la propia burguesía, que en su consideración era la clase social más revolucionaria de la historia pues, a diferencia de otras, configuró poco a poco un modo de producción económico distinto a los que lo precedieron, que fundamenta su existencia en la renovación constante de sus medios de producción, a nivel técnico pero también ideológico, estructural y superestructuralmente. En el Manifiesto del Partido Comunista, escrito en colaboración con Friedrich Engels, dicho rasgo decisivo de la burguesía se describe en estos términos:

La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social. Lo contrario de cuantas clases sociales la precedieron, que tenían todas por condición primaria de vida la intangibilidad del régimen de producción vigente. La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.

La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta a otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.

Si reflexionamos un poco a propósito de esta caracterización podemos convenir, más allá de la retórica seductora, en que no sólo es precisa, sino incluso aún vigente en nuestra época. Aunque la burguesía y el capitalismo mismo han cambiado de los tiempos de Marx a los nuestros, en ambos todavía se distingue esa voluntad de cambio, renovación y adaptación que ha asegurado su supervivencia. Paradójicamente, el capitalismo se distingue por pervivir gracias al cambio.

¿Pero esto puede tener fin? Visto dialécticamente, como lo hizo Marx, pareciera que no. El capitalismo se mantiene en pie gracias a sus propias contradicciones y sale fortalecido de las crisis que su propia dinámica provoca. Así, por ejemplo, en el colapso financiero de 2008, suscitado en buena parte por la llamada “burbuja inmobiliaria” que a partir del crecimiento desmedido de créditos hipotecarios vigentes y la especulación en bienes raíces (además de la corrupción de firmas como Lehman Brothers y Goldman Sachs) amenazó el mercado internacional con una falta de liquidez que no se presentaba así desde la Gran Depresión de 1929. Con todo, 7 años después el capitalismo aún está aquí, y no es posible decir que dicha crisis haya hecho mella en sus estructuras ni que, como consecuencia del colapso, cualquiera de nosotros viva en un modo de producción no capitalista.

Sin embargo, también es cierto que hay condiciones reales que se imponen como limitaciones insuperables para el capitalismo. Hasta ahora la más evidente está en los recursos naturales necesarios sí para la existencia de vida en el planeta, pero también, en términos puramente económicos, para cualquier proceso de producción. Desde finales del siglo XX, la crítica al capitalismo hecha desde una perspectiva ambientalista ha considerado que el fin definitivo de este modo de producción sobrevendría en el momento en el que descubriéramos que la Tierra había llegado a su límite como proveedora de recursos. Otros (no sin cierto toque sci-fi, claro) se han preguntado si el capital no se repondría también a esto, si cuando ocurriera ese momento fatal, el sistema habría desarrollado ya la manera de superar dicha contrariedad. Esa, en cierta forma, es la dicotomía: la continuidad o el colapso.

Entre quienes se inclinan por esto último, una de las perspectivas más radicales al respecto es la del “aceleracionismo”, cuyos orígenes podrían ubicarse en la tendencia profética de esos incipientes críticos del capitalismo que se nutrió de ciertas ideas del posmodernismo francés de Gilles Deleuze, Jean-François Lyotard y Jean Baudrillard, y que finalmente se consolidó como un movimiento propio hace un par de años, en 2013, cuando Alex Williams y Nick Srnicek publicaron su Manifiesto aceleracionista, en el cual, en el mejor estilo de las vanguardias políticas y artísticas, lanzaron una proposición sobre el estado actual del mundo en relación con el capitalismo y, en especial, sobre esa “aceleración” que al parecer le es inherente. Al respecto, el Manifiesto dice:

Si hay algún sistema que se haya asociado con ideas de aceleración, ese es el capitalismo. El metabolismo esencial del capitalismo demanda un crecimiento económico constante, una competencia permanente entre entidades capitalistas individuales y un desarrollo continuo de las tecnologías para aumentar la ventaja competitiva, todo ello acompañado de una fractura social cada vez más grande. En su forma neoliberal, su proclama ideológica es la liberación de las fuerzas de destrucción creativa para despejar el camino a las innovaciones tecnológicas y sociales, en constante aceleración.

En este fragmento vale la pena destacar que ahí donde Marx y Engels veían que el capitalismo establecía “por doquier”, ahora parece más bien fracturarlas, o al menos en el caso específico de las relaciones sociales. Ambas ideas no se contradicen, sino que más bien esto podría considerarse como una diferencia de perspectivas. En el planteamiento de Marx y Engels está implícito que las relaciones que el capitalismo construye son de tipo económico, relaciones en beneficio del propio capital, relaciones de producción, de flujo de mercancías, de consumo, etc. Williams y Srnicek, por otro lado, se apoyan en una noción de otra dupla notable de pensadores, los franceses Deleuze y Guattari (“lo que la velocidad capitalista desterritorializa por un lado, lo territorializa por el otro”) para añadir la pieza faltante, mirar el reverso de la moneda: si el capitalismo es capaz de construir relaciones de producción es a costa de otro tipo de relaciones, en detrimento de las relaciones sociales y también de la relación entre la humanidad como especie y su entorno.

Esta propuesta de pensamiento toma su nombre tanto de esa “aceleración” que atribuye al capitalismo como, por otro lado, de las consecuencias que aquélla podría tener en su correr paralelo en al menos dos sentidos: para el sistema mismo, condensados los efectos en el peligro de un cataclismo climático fomentado por la actividad humana, y para el desarrollo de nuestra historia:

2. Lo más significativo es el colapso del sistema climático del planeta, que puede incluso poner en peligro la existencia de toda la población mundial. A pesar de que se trata de la amenaza más grave a la que se enfrenta la humanidad, hay una serie de problemas de menor envergadura pero potencialmente igual de desestabilizadores que coexisten e interactúan con el problema principal. El agotamiento irreversible de los recursos, especialmente de las reservas de agua y energía, puede provocar una hambruna masiva, el colapso de los paradigmas económicos y nuevas guerras, frías y calientes. La crisis financiera continuada ha llevado a los gobiernos a adoptar la espiral mortal de las políticas de austeridad y a privatizar los servicios públicos del Estado de bienestar y ha provocado un desempleo masivo así como el estancamiento de los salarios. La creciente automatización de los procesos productivos, incluido el “trabajo intelectual”, pone de manifiesto la crisis secular del capitalismo y su pronta incapacidad a la hora de mantener los niveles de vida actuales, incluso para las clases medias del hemisferio norte, ya en proceso de desaparición.

3. En contraste con estas catástrofes en aceleración continua, la política actual se caracteriza por un inmovilismo que la incapacita para generar las nuevas ideas y modelos de organización necesarios para transformar nuestras sociedades de modo que sean capaces de hacer frente a las amenazas de aniquilación que se perfilan. Mientras la crisis se acelera y refuerza, la política se ralentiza y debilita. En esta parálisis del imaginario político, el futuro queda anulado.

En entrevista con Les Inrocks, Steven Shaviro, uno de los teóricos de esta corriente de pensamiento, considera que la tecnología (y su desarrollo contemporáneo tan vertiginoso) es uno de los factores fundamentales de dicha aceleración, un elemento que no debe verse con recelo ni con una pretendida nostalgia por la época en que su presencia en la vida cotidiana no era tan apabullante, sino más bien en sus efectos en esas formas de ser y estar en el mundo que ejercemos diariamente. Dice Shaviro:

Soy marxista en el sentido de que estoy convencido de que no sirve de nada aislar las transformaciones tecnológicas que revolucionan la experiencia humana del hecho innegable que el orden mundial en el cual vivimos está dominado por la acumulación de capital y la privatización incesante de bienes que, antes, pertenecían al dominio común o público.

Como vemos, el aceleracionismo comparte con el marxismo cierta esperanza de que el sistema colapse, “víctima de sus propias contradicciones internas”. Con todo, como señala el sociólogo italiano Antonio Negri, más que ser una fantasía, esta es una suerte de “aspiración ilustrada”, prometeica y humanista; un intento de ir “más allá de los límites impuestos por la sociedad capitalista”:

La época más moderna que hemos experimentado nos mostró que no existe nada más que un “dentro” de la globalización, que no hay más un “afuera”. Hoy, sin embargo, para reformular de nuevo la idea de reconstruir el futuro, tenemos la necesidad —e incluso la posibilidad— de traer el afuera al interior para respirar una vida poderosa en el dentro.

En este sentido, hacia el final del Manifiesto aceleracionista, Williams y Srnicek escriben:

Necesitamos recuperar el argumento que tradicionalmente se ha hecho valer para el postcapitalismo: el capitalismo no sólo es un sistema injusto y perverso sino también un sistema que frena el progreso.

Hace poco más de 20 años, varios ideólogos del statu quo comenzaron a celebrar el triunfo final del capitalismo en la batalla de sistemas económicos que se libró durante buena parte del siglo XX. La caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS parecían probar el fracaso del comunismo y la hegemonía indiscutible del capitalismo como el modelo económico más eficaz para vivir en el mundo. En este escenario, Francis Fukuyama anunció el “fin de la historia” pues, aparentemente sin rival, el capitalismo quedaba como único posibilitador de condiciones de existencia, y entonces el concepto de historia de pronto parecía perder sentido o relevancia. Una suerte semejante corrieron nociones como las de “progreso” o “futuro”, que igualmente quedaron canceladas o vacías de sentido.

Pero como puede leerse en el fragmento referido del Manifiesto aceleracionista, que el capitalismo haya “triunfado” sobre el comunismo o sobre otros modos de producción (o modos de existencia, cabría decir) no puede traducirse como una prevalencia absoluta de sus horizontes de posibilidad.

Más allá de la veracidad o certeza de sus diagnósticos o predicciones cabe rescatar el aceleracionismo por ese incentivo que hace para pensar otra posibilidad, otra configuración del mundo y la realidad además de la que el capitalismo, en su aparente omnipresencia, impone. Nadie puede prever el futuro, pero cualquiera puede comenzar a construirlo. Entre otras cosas, eso nos dice el aceleracionismo.