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El hallazgo de una nube con forma del número "6" reaviva el interés por la pareidolia, el fenómeno psicológico que nos lleva a encontrarle figuras reconocibles a las nubes, las sombras y hasta las constelaciones.

"Así como es arriba es abajo y como abajo es arriba", reza el principio hermenéutico de la correspondencia, que sostiene que el macrocosmos —el universo— se refleja en el microcosmos que somos los seres humanos. Si el universo se proyecta en nosotros, también es posible que lo que somos como especie se proyecte hacia las alturas.

Del griego para (junto o similar a) y eidolon (figura, imagen o aparición), la pareidolia designa la capacidad humana de reconocer formas familiares en estímulos ambiguos, principalmente en las nubes. Se trata de un mecanismo perceptivo que acompaña a la especie desde siempre y que continúa manifestándose en la vida cotidiana.

Un ejemplo reciente circuló en redes sociales luego de que un conductor, durante un trayecto en carretera, captara una nube con la silueta perfectamente definida del número "6". La imagen generó asombro entre los usuarios y volvió a poner sobre la mesa una pregunta que la ciencia cognitiva lleva décadas explorando: qué hace que el cerebro humano insista en ver patrones donde solo hay vapor de agua condensado.

Rostros en la corteza de un árbol, animales en las manchas de humedad de una pared, figuras completas en las nubes, la tendencia a interpretar el entorno en clave de formas conocidas es una constante que atraviesa la historia de la especie. El cielo, en particular, ha funcionado como uno de los lienzos favoritos de esa necesidad humana de traducir lo indescifrable en algo reconocible.

Ese mismo impulso dejó huella en la astrología. Mucho antes de que existiera una palabra para nombrar el fenómeno, los pueblos antiguos ya observaban el firmamento y agrupaban las estrellas en figuras a las que asignaban un nombre según la forma que evocaban. El zodiaco, con sus doce constelaciones bautizadas a partir de animales y personajes mitológicos, es el ejemplo más duradero de esa costumbre que consistía en mirar hacia arriba y, sin proponérselo, devolverle al cielo un reflejo de lo que ya conocíamos en la Tierra.

La pareidolia y su razón de ser

Detectar rostros con rapidez es una herramienta que la evolución afinó durante milenios. Distinguir a tiempo entre un aliado, un desconocido o un depredador marcó, durante buena parte de la historia de la especie, la diferencia entre sobrevivir o no hacerlo.

El sistema nervioso ha desarrollado una norma donde ante la duda, hay que identificar un patrón y actuar. La pareidolia es la huella que dejó esa lógica de supervivencia, una consecuencia de un cerebro entrenado para privilegiar la velocidad sobre la certeza, y para el que resulta menos costoso imaginar una amenaza donde no la hay que ignorar una que sí existe.

Ese mecanismo, heredado de un pasado donde cada segundo de indecisión podía costar la vida, sigue activo hoy, aunque las amenazas hayan cambiado. Por eso seguimos viendo caras en los enchufes, animales en las manchas de la pared y, de vez en cuando, números perfectamente dibujados en una nube que cruza el cielo.


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