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El desmedido y desequilibrado desarrollo tecnológico podría ser letal para la raza humana, puesto que al parecer no va acompañado de una evolución de la conciencia individual y ecológica en sentido proporcional

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¿En que momento el hombre va a darse cuenta de que el poder de innovación puede tener que restringirse y de la misma forma que económicamente no es deseable crecer indefinidamente, así también tecnológicamente puede que no sea necesario o deseable innovar indefinidamente?

 Marshall McLuhan  

 

La era electrónica hace del hombre un ángel, lo descorporiza. Lo convierte en software.

Marshall McLuhan

Nadie duda de que la humanidad ha logrado desarrollar en los últimos siglos, en una aceleración casi exponencial, una serie de tecnologías que para el hombre de hace 500, mil y 3 mil años atrás habrían sido difíciles de imaginar. Viene a la mente la famosa frase del escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke: "Una tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia". Nuestra tecnología en la actualidad es capaz de extender nuestros sentidos de tal manera que podemos ver en la profundidad del cosmos, comunicarnos instantáneamente a miles de kilómetros de distancia y computar información más rápido de lo que podemos pensar. Pronto, fantasean nuestros líderes en materia de ciencia y tecnología, podremos descargar nuestro cerebro --el equivalente a nuestra alma en esta era-- a un soporte material para existir para siempre dentro de una máquina o como máquina que se sabe (post)humana.  

Una explosión tecnológica así es imposible que no venga acompañada de cierta evolución intelectual. Creo que no se puede negar que el hombre ha logrado materializar cierto aspecto de su poder mental y dominar a la naturaleza --principalmente para producir aparatos que puedan hacer las cosas que su cuerpo y su mente no pueden hacer. Sin embargo, esto no necesariamente significa que estamos al nivel de nuestra tecnología o no al menos en nuestra totalidad, de manera integral, tanto individual como colectivamente, tomando en cuenta la gran desigualdad económica y educativa que existe. Vale preguntarnos aquí si tener acceso a mayor información nos convierte en personas más inteligentes y nos permite realmente conocernos mejor y tomar mejores decisiones; o, en otras palabras, ¿la información se transforma en conciencia? No hay duda de que la información puede ser muy útil y puede ayudarnos a crecer, pero la cantidad de información no necesariamente significa mayor sabiduría. Sin orientación, sin capacidad de filtrar y sin el desarrollo crítico de las herramientas individuales para procesar, desechar o asimilar esa información, es probable que la información nos anegue, nos inunde, nos sature, nos enajene, nos fragmente. 

La diferencia entre mera información y conciencia, o el conocimiento que produce un cambio profundo en el individuo, es ejemplificada por Heinrich Zimmer que compara aquí los efectos de la vida filosófica entre la tradición india y lo que llamamos Occidente: 

Pero la principal preocupación --en notable contraste con los intereses de los modernos filósofos occidentales-- ha sido siempre no la información sino la transformación: un cambio radical de la naturaleza humana y, con él, una revelación de su manera de entender tanto el mundo exterior como su propia existencia: transformación tan completa como es posible, y que, si tiene éxito, equivaldrá a una total conversión o renacimiento.

Decía el filósofo Manly P. Hall que una característica que denota la cultura de una persona o un grupo social es que su satisfacción proviene de lo que es y no de lo que tiene. Y, también, que la cultura opera cambios a nivel estructural en el cerebro y refina nuestros aparatos perceptuales y cognitivos --se transforma en conciencia. ¿Qué tanto hemos refinado y desarrollado nuestros propios aparatos, nuestros propios sentidos y nuestro propio cerebro a la par de que desarrollamos computadoras más rápidas o teléfonos "más inteligentes"?

En este indetenible progreso tecnológico, que podemos ver como el triunfo de la racionalidad y la exteriorización de la mente en la naturaleza (pero no la interiorización de naturaleza o el cosmos en la mente) es posible que hayamos dado preferencia a un cierto aspecto de nuestra capacidad, posiblemente el pensamiento lógico-racional --propio de un paradigma materialista, y hayamos descuidado otras facultades que no podemos decir si son más importantes o menos, simplemente que seguramente nos habrían llevado por otro camino, hacia otros resultados, en nuestro perenne impulso natural de crecer. La tendencia parece ser intentar conquistar el mundo y conocer los secretos del universo sin reparar en que no nos hemos conquistado a nosotros mismos y no conocemos realmente los secretos de nuestro propio ser. El famoso biólogo E. O. Wilson escribió que "hemos llegado al siglo XXI con emociones de la Edad de Piedra, instituciones medievales, y tecnologías cuasidivinas". Uno puede conjeturar que un mayor desarrollo emocional, aunque sea a cuestas de un menor avance tecnológico, haría las cosas más equilibradas e incluso tal vez a la larga permitiría una mayor evolución tecnológica, en tanto que estaría apuntalada en un soporte sostenible, con bases sólidas para crecer sin destruir todo lo que le rodea. Instituciones más avanzadas en materia de ética harían también que pudiéramos disfrutar de esta tecnología de manera más equitativa y seguramente brindarían la regulación y la orientación para que el objetivo de esta tecnología no fuera sólo económico sino también ecológico. Claro que hoy pocos creen en las instituciones, puesto que ciertamente no parecen servir al bien común; es lamentable porque esto hace que no podamos imaginarnos o concebirnos como parte de un cuerpo holístico mayor a nuestro entorno inmediato.

Jeffrey Sachs, director del Earth Institute de la Universidad de Columbia, considera que uno de los problemas principales que subyacen tras la crisis climática que enfrentamos es que hemos separado la economía de la naturaleza. "Los economistas decidieron, mayormente, que podíamos ignorar a la naturaleza". De manera alarmante, nos dice Sachs, los economistas neoliberales viven bajo la mentalidad de que el cambio climático debe de ser un hoax, ya que viola el principio del laissez-faire sobre el que se basa la filosofía económica del capitalismo. ¿Cómo se le ocurre a la naturaleza desalinearse de nuestro proyecto económico de crecimiento infinito?

transhumanism"En esta etapa avanzada de amenazas ambientales a escala planetaria, y en una era de desigualdad económica y política sin precedentes, ya no es tolerable sólo perseguir el producto doméstico bruto [GDP, en inglés]. Debemos tener en la mira tres metas: prosperidad, inclusión y sustentabilidad --no sólo el dinero", dice Sachs. Aquí, me parece, vuelve a quedar claro una de las áreas en las que nuestra conciencia o nuestra evolución psicológica se muestra seriamente rebasada, ya que hemos preferido el dinero al tiempo. Eso es, pasarla bien un rato en vez de construir a largo plazo. Esto es un síntoma de una poca conciencia o al menos de una mentalidad que no se concibe como parte de algo más grande --el cosmos, la tierra, la humanidad-- y prefiere gastar todas sus balas y bailes, como diría Jim Morrison, antes de que estalle la maldita casa ("get my kicks before the whole shithouse goes out in flames"). Claro que la casa no tiene que explotar, especialmente si no la concebimos como algo desechable, que podemos evacuar en cualquier momento. Filosóficamente, y probablemente en un sentido pragmático, la clave para atemperar esta crisis, creo, es extender nuestra conciencia al mundo. Si pensamos que nuestro ser no se termina en nuestra piel y no se limita a nuestro ego, entonces probablemente pensemos antes de continuar un estilo de vida monomaníaco que no toma en cuenta la diversidad de la vida, que no es capaz de verse en los otros. Si algo sabemos es que queremos el bien para nosotros mismos y para los que son como nosotros, pero, ¿qué ocurre si ese yo o ese nosotros es todos? La evolución o el crecimiento de la conciencia no es más que la percepción de una unidad superior, la integración autorreflexiva de lo múltiple bajo el orden de lo uno y la capacidad de establecer una mayor cantidad de conexiones y darles coherencia cualitativa. Dicho de otra forma, entre más conciencia menos separación.   

Como corolario quiero enfatizar en que la idea de que nuestra conciencia no está al nivel de nuestra tecnología no es algo que debamos desestimar como otro diagnóstico meramente intelectual o un síntoma más de nuestros tiempos que abandonamos a la deriva --¿confiando tal vez en que la tecnología más adelante nos redima o resuelva todo? Mi intención no es ser fatalista, pero quizás no está de más recordar la advertencia que han hecho tanto Stephen Hawking como Elon Musk, dos personajes que seguramente podemos considerar como bien entendidos en lo que se refiere al paradigma tecnocientífico en el que vivimos. Tanto Hawking como Musk han advertido que desarrollar una inteligencia artificial podría ser el acabose de la raza humana, especialmente si no desarrollamos los mecanismos de contingencia apropiados antes. Creo que un buen mecanismo de contingencia sería desarrollar un poco más nuestra conciencia antes de apostar todo a la iluminación de las máquinas. Aunque tal vez esté siendo conservador y quizás nuestro destino simplemente sea ser el capullo --el vehículo propulsor-- para la crisálida de la inteligencia artificial y, como un viejo cascarón, los bots o los borgs, despertando a los cielos brillantes de data, nos dejarán a un lado del camino. 

 

Twitter del autor: @alepholo

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El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. 

                                                                                                                                 Jorge Luis Borges

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VI. UN KOSMOS CREATIVO

La evolución no es más que la materia haciéndose consciente.

                                                                                                                                         Julian Huxley

A fines del S.XX, el galardonado físico y matemático inglés Freeman Dyson escribía: “Cuanto más investigo el universo y los detalles de su arquitectura, más pruebas encuentro de que este debe haber sabido de alguna forma que nosotros íbamos a llegar”. Este punto de vista ha sido denominado científicamente con el nombre de “principio antrópico”, y expresa tal vez una de las conclusiones más cercanas del pensamiento científico moderno a una filosofía no-dual de la existencia.

En su versión más fuerte, lo que este principio establece puede resumirse en la siguiente premisa: el ser humano es capaz de interpretar el universo del que forma parte porque la naturaleza y estructura misma del universo está configurada para que ello ocurra. Los defensores del principio antrópico débil suelen referirse a esto como una tautología lógica y dejar de lado la cuestión. Por su parte, los científicos que defienden el principio antrópico en sentido fuerte ponen énfasis en señalar la innumerable cantidad de coincidencias y factores específicos de nuestro cosmos y de nuestro sistema solar que parecen haberse manifestado de forma misteriosamente precisa y ajustada para generar las condiciones que permitieran la emergencia de vida inteligente en el devenir de su desarrollo. Si alguna de las condiciones o constantes físicas básicas hubieran sido mínimamente diferentes, la vida tal como la conocemos no habría sido posible. Por poner un ejemplo básico, si la velocidad de expansión de la energía 1 segundo después del Big Bang hubiera sido sólo una cienmilbillonésima parte más pequeña el universo habría vuelto a colapsarse, mientras que, de haber sido apenas más veloz, protones y electrones nunca habrían alcanzado a conformar átomos.

fig-26Sin embargo, como hemos visto, la imagen de nuestro universo que concibió el materialismo científico fue la de un cosmos inerte, en donde toda la riqueza y diversidad de la existencia, incluida la multiplicidad de dimensiones del ser humano, fueron consideradas el mero resultado de combinaciones azarosas de procesos energéticos sin finalidad, inteligencia, organización deliberada o propósito intrínseco. El azar, en otras palabras, adquirió para esta nueva mentalidad “racional” y “científica” todas las propiedades que anteriormente eran atribuidas a la divinidad. La creencia en el poder creativo ilimitado del azar se expresó imaginativamente en el “teorema del mono infinito”, en el que se postulaba que un mono pulsando teclas al azar sobre una máquina de escribir en un período de tiempo infinito podría llegar a producir las obras de William Shakespeare. Extrapolado al universo, este teorema pretendía resolver por medio de un azar infinito todos los misterios del cosmos.

Pero como tantos críticos del materialismo han señalado, está noción no es más que un postulado metafísico disfrazado de “hecho científico”. La historia del cosmos que conocemos actualmente conforme a la teoría del Big Bang no nos habla de un tiempo infinito, sino más bien de una enorme serie de procesos extremadamente complejos y muy específicos dentro de un tiempo muy extenso en términos humanos pero acotado en términos cósmicos. Los cálculos de probabilidad llevados a cabo por científicos como el astrónomo Fred Hoyle indican que en los 12 mil millones de años del universo el puro azar no tendría tiempo suficiente para alcanzar a producir siquiera una enzima. Como señala Ken Wilber:

Algo distinto del azar está empujando el universo. El azar era la tabla de salvación, el dios de los científicos tradicionales porque servía para explicarlo todo. El azar, y un tiempo infinito, podría llegar incluso a crear el universo. Hoy en día, sin embargo, los científicos saben que no disponen de un tiempo interminable y, en consecuencia, su antiguo dios ha fracasado miserablemente. Ese dios ha muerto, el azar no puede explicar al universo porque, de hecho, es precisamente el azar lo que el universo se está esforzando laboriosamente por superar. (Breve historia de todas las cosas, 2003)

rupert_sheldrakeDe la misma forma, como han expresado muchos críticos de Darwin, la teoría de la evolución de las especies está muy lejos de ser una explicación probada y suficiente para dar cuenta de la evolución y la riqueza de la vida en la tierra. El registro fósil sugiere realmente que los cambios evolutivos a gran escala se producen de formas mucho más repentinas que las que exige un proceso meramente ciego y azaroso:

La principal razón por la que Darwin y los neodarwinistas han insistido con tanta fuerza en los cambios graduales deriva de su intento de desproveer al máximo de misterio el proceso evolutivo y por encima de todo no dejar aberturas para la actividad creadora de Dios. (Rupert Sheldrake, La presencia del pasado, 1988)

Por otra parte, las mutaciones azarosas difícilmente son compatibles con la complejidad estructural de las especies, que refleja más un diseño inteligente y gestáltico que una mera sumatoria de cambios sin finalidad coherente: el par de alas que hace a un ave, por ejemplo, no podría haberse desarrollado gradualmente o por partes y ser funcional a la supervivencia de la especie, sino que parece haber requerido de una “casual coordinación” anatómica perfecta para tomar forma en el reino animal. Ni siquiera el desarrollo y crecimiento de un solo ser vivo y su continuidad y funcionamiento pueden explicarse actualmente recurriendo al azar y al mecanicismo ciego, como tan contundentemente han demostrado figuras como el biólogo Rupert Sheldrake en sus análisis sobre la morfogénesis (el desarrollo de la forma en las especies).

Combinando el ciego azar cósmico con la doctrina darwinista en el ámbito de los procesos orgánicos, el positivismo científico creía haber conquistado el triunfo definitivo sobre el creacionismo religioso y haber desterrado toda superstición y todo misterio del universo para siempre. Y nos hemos acostumbrado tanto a pensar en términos materialistas que difícilmente percibimos hasta dónde hunde sus raíces este paradigma en nuestra concepción de la realidad y cómo podría ser posible un enfoque diferente sin recurrir a explicaciones religiosas inverosímiles. Pero para una conciencia que aprende a cuestionar las “verdades” de la religión tradicional y de esa otra religión, el cientificismo, las opciones que ofrece el materialismo resultan sólo un poco menos dogmáticas e inconcebibles que las del mito.

Es que la idea creacionista del monoteísmo acerca un Dios trascendente que diseña el universo conscientemente como algo ajeno a sí mismo es una noción que, antes de carecer de fundamentación sólida, expresa el profundo dualismo de la mente occidental. Si la evolución del universo debe implicar alguna forma de inteligencia, organización intencional o expresión estética, ¿por qué deberíamos imaginarla como el guión redactado por una divinidad ajena al proceso del mundo? ¿No es mucho más coherente pensar que la inteligencia y la belleza que reconocemos en el cosmos es la expresión misma de la inteligencia del cosmos, en su propio proceso de despliegue y autorrevelación? La inteligencia creativa que da forma al mundo podría entonces ser concebida no como una inteligencia externa (no-inmanente) a la realidad, sino como la inteligencia de la realidad misma. En otras palabras, el universo mismo sería una inteligencia, expresada a través de lo que llamamos evolución:

Si aceptamos cualquier proceso organizador como inteligente, entonces la biosfera es, en efecto, inteligente; pero si nos ahorramos la palabra ‘inteligencia’ sólo para los procesos que se mueven a la misma velocidad que nuestro cerebro, entonces la naturaleza no es más que algo mecánico, y no algo ‘inteligente’. Para un extraterrestre con un sentido de la medición del tiempo diferente al nuestro estos planteamientos ni siquiera se cuestionarían. (Robert Anton Wilson, Prometeo ascendiendo, 1983)

Nuestros conocimientos actuales sugieren, de hecho, que la evolución cósmica y la emergencia de la conciencia no pueden explicarse en modo alguno sin mediar un factor organizador o creativo en este proceso, llámese a ese factor información, entropía negativa, telos (finalidad intrínseca), élan vital, inteligencia o conciencia. Como señaló el matemático inglés Alfred North Whitehead, creador de la Filosofía del Proceso:

el materialismo se contradice con cualquier filosofía evolutiva completa. La sustancia o materia original de la que parte la filosofía materialista es incapaz de evolucionar (…) Pero la principal cuestión de la doctrina moderna es la evolución de los organismos complejos a partir de estados anteriores de organismos menos complejos. La doctrina pide a gritos una concepción de organismo en la que este sea fundamental para la naturaleza. (Science and the Modern World, 1925)

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En las últimas décadas han ido surgiendo, desde múltiples ámbitos y disciplinas científicas, diversos modelos del universo que responden a esta nueva perspectiva, la de una realidad que no funciona como una mera maquinaria ciega, sino como un complejo organismo creativo en proceso de evolución. Erwin Schrödinger, premio Nobel de Física, propuso el concepto de “entropía negativa” para referirse a la tendencia de los sistemas biológicos a ampliar su complejidad o conservar su forma frente las fuerzas desintegradoras del medio ambiente. Ilya Prigogine, premio Nobel de Química, formuló su teoría de las estructuras disipativas, que postula la aparición espontanea de estructuras ordenadas y autoorganizadas en procesos caóticos de la naturaleza. El biólogo Ludwig von Bertalanffy desarrolló la Teoría General de Sistemas, un nuevo modelo organicista capaz de abarcar toda la realidad, alejado del mecanicismo materialista para pensar el mundo en términos de sistemas dinámicos complejos que se desarrollan a su vez dentro de sistemas dentro de sistemas, como una vasta estructura cósmica de órdenes jerárquicos sobre la que la evolución se sostiene:

Desde el punto de vista organicista, la vida no es algo que ha surgido de la materia muerta (…) Toda la naturaleza está viva. Los principios organizativos de los organismos vivos son distintos en grado pero no son diferentes en naturaleza de los principios organizativos de las moléculas o de las sociedades de galaxias. (Sheldarke, ibid, 1988)

Actualmente, el concepto de información (“lo que da forma”) aparece como un factor central en campos aparentemente tan alejados entre sí como la cibernética, la teoría cuántica y la neurología. La Teoría de la Información Integrada[1] del neurocientífico Giulio Tononi postula que todos los sistemas (desde un ser humano hasta un átomo) están constituidos por una cantidad de información integrada. A mayor información integrada, mayor complejidad del sistema y mayor conciencia de este. Para dar forma teórica a esta concepción de la información como factor organizativo de la realidad,  Rupert Sheldrake propuso el fascinante concepto de campos mórficos[2].

El psicólogo y psiquiatra suizo Carl Gustav Jung concluyó que el inconsciente de la humanidad, al que llamó inconsciente colectivo, precede en existencia histórica a la conciencia humana. A diferencia de Freud, que derivaba el inconsciente de la conciencia, Jung consideró a la conciencia humana como un producto del inconsciente; mostró cómo las estructuras que denominamos conscientes se sostienen sobre estructuras y procesos psíquicos puramente inconscientes para nosotros. Asimismo, puso hincapié en el carácter autónomo y creativo del inconsciente colectivo, psiquismo que, en última instancia, hundiría sus raíces en el inconsciente de la naturaleza misma.

Este tipo de modelos teóricos emergidos en las últimas décadas del pensamiento científico de Occidente resultan coherentes con la noción de un universo no-dual, la concepción de la existencia misma como un Ser que se escinde en sí mismo como sujeto y objeto para autoexperimentarse y manifestarse a sí mismo de manera creativa. Para la filosofía perenne, como la llamó Gottfried Leibniz (el núcleo de ideas arquetípicas de todas las tradiciones esotéricas), la manifestación del universo es comparable a un juego cósmico que la Unidad del Ser está jugando en este momento consigo misma.

¿En qué consiste exactamente esta manifestación? Así como en términos exteriores (científicos) la unidad energética inconcebible del universo estalla en la singularidad del Big Bang para reorganizarse a través de una titánica odisea de 13 mil millones de años en quantos, átomos, moléculas, células y organismos neuronales, en términos internos, la dirección (teleología) de la evolución, desde la inconsciencia más profunda hacia estadios siempre superiores de conciencia, resulta paralela a la mutación y el desarrollo de todas las formas en el universo. Como expresa elocuentemente el filosofo tántrico André Van Lysebeth: “De lo cósmico a lo infra-atómico, el psiquismo universal se estratifica en una infinidad de niveles de consciencia o de planos de conciencia, autónomos, distintos y sin embargo interdependientes. El universo es Conciencia y Energía asociadas” (Tantra, 1988). Este proceso evolutivo puede ser considerado como el impulso del Ser que va dando lugar a organismos cada vez más complejos (de la materia a la biosfera, de la biosfera a la especie humana) y a estados de conciencia cada vez más profundos o más amplios, un Ser cuya naturaleza o voluntad parece ser la de autorrevelarse y experimentarse más plenamente a sí mismo. El universo no es “creado”, es la creatividad en sí misma. La manifestación, la creatividad del Ser (Tao), es su plena expresión, su plenitud.

Mas en este punto, afirma el sabio, la propia razón encuentra su límite.

 

VII. EL SER

 

Él es el Uno engendrado por Sí-Mismo, de quien todas las cosas proceden y en ellas él actúa. Ningún mortal lo ve, pero Él lo ve Todo.                                                                                                                                                                                                                                                        Himnos Órficos 

                                                                                                                                          Tat Tvam Asi.

                                                                                                                                            Upanishads

El filosofo griego Parménides fue probablemente el primer pensador de Occidente que expresó filosóficamente una visión no-dual de todo lo que Es. Para Parménides, Ser y existencia son una y la misma cosa. El Ser es todo aquello que Es, y todo lo que Es es el Ser. Jamás hubo ni puede haber algo que no sea el Ser, ya que la existencia de la “no existencia” es un contrasentido en sí mismo. Lo que “es” y lo que “no es” son siempre conceptos relativos a las formas de la manifestación, pero nunca al Ser en sí mismo.

Pero incluso la concepción de una visión no-dual es una contradicción, una paradoja. Es, en definitiva, la última metáfora, el último símbolo posible en el límite mismo del lenguaje, la metáfora que apunta más allá de las metáforas. Porque lo no-dual no es una visión o un mapa, por amplio, profundo o preciso que este sea. Lo no-dual es, simplemente, todo lo que Es. Y la mente humana no puede alcanzar un auténtico conocimiento o comprensión de lo no-dual a través del lenguaje, ya que el lenguaje es sólo una pequeña parte de esa totalidad, y su propia estructura está basada en la dualidad. Del mismo modo, lo que Es no puede ser conocido por completo por ningún conocedor, ya que el conocedor es, de hecho, sólo una parte de la totalidad del Ser y, por definición, un conocedor para poder conocer debe estar separado del objeto de su conocimiento: “La mente es una herramienta inventada por el universo para verse a sí mismo, pero no puede ver su totalidad, por la misma razón por la que tú no puedes ver tu propia espalda (sin espejos)” (Robert Anton Wilson, ibid).

Sin embargo, la filosofía perenne afirma que en la manifestación del Ser dentro de sí mismo, lo relativo y lo absoluto no son realidades contradictorias sino complementarias: ambas conviven continuamente. Desde lo relativo y aparente, todo el universo se manifiesta como el objeto de un sujeto, ambos dependen uno del otro para ser, se definen y complementan entre sí. Pero desde lo absoluto (o lo profundo), sujeto y objeto son Uno, lo que Es y el Ser son lo mismo.

562917_4497175270291_512438693_nMas este conocimiento de lo absoluto no puede ser nunca un conocimiento intelectual, sino una experiencia que sólo puede ser alcanzada cuando la mente intelectual es trascendida en un estadio de conciencia superior, un estadio que en verdad pre-existe de forma inconsciente como el fundamento o sustrato de todos los otros estadios, pero que busca ser realizado de manera consciente:

El Ser es la Vida Una, eterna, siempre presente, que está más allá de las miles de formas de vida que están sujetas al nacimiento y a la muerte. Sin embargo, el Ser no sólo está más allá sino también profundamente en el interior de cada forma como su esencia más invisible e indestructible. Esto significa que es accesible a usted ahora como su propio ser más profundo, como su verdadera naturaleza. Pero no busque asirlo con su mente. No trate de comprenderlo. Sólo puede conocerlo cuando la mente se ha acallado, cuando usted está presente, completa e intensamente en el Ahora... Recuperar la conciencia del Ser y permanecer en ese estado de 'sensación-realización' es la iluminación. (Eckhart Tolle, El poder del ahora, 1997)

O en palabras del filosofo hindú Sri Nisargadatta: “Nuestra actitud común es: ‘yo soy esto’. Separe el ‘yo soy’ de ‘esto’ y trate de sentir lo que significa ser, simplemente sin ser esto o aquello”.

Es precisamente el acceso directo a este estado de no-dualidad consciente lo que buscan todas las prácticas espirituales profundas de meditación en sus múltiples facetas. La realización no-dual del Ser es la experiencia pura del conocedor y lo conocido a cada momento de su existencia, una experiencia que es llamada también Verdad, Iluminación y Liberación:

Revelar que la realidad es lo que no tiene fronteras es, pues, revelar que todos los conflictos son ilusorios. Y a este entendimiento final se le llama nirvana, moksha, liberación, iluminación, satori: liberación de los pares de opuestos, liberación de la visión hechicera de la separación, liberación de las cadenas ilusorias de las propias limitaciones. (Ken Wilber, La conciencia sin fronteras, 1985)

Porque no estamos en el universo.

Somos universo.

La profunda Unidad, sin límites, se expresa en lo múltiple.

Todo se realiza, continuamente. Sin fin, sin dualidad.

Somos la creatividad, creando, siendo creados

Lo que experimentamos como nuestra individualidad

--ese caleidoscopio en movimiento, ese relativo y dinámico punto de vista,

en todas su multifacéticas dimensiones--

y aquello que concebimos como externo, desconocido o ajeno

son parte una de sola Obra.

El Alfa y el Omega eres Tú Mismo.

Tú, aquel otro, que me lees,

¿no es hermoso ser Uno?

 

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Y la segunda aquí