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Nosotros quisimos ser famosos, nuestros hijos soñarán con la privacidad

AlterCultura

Por: pijamasurf - 04/02/2015

La llegada del social broadcasting anuncia una nueva y final estocada en contra de la privacidad: todo será grabado y transmitido en tiempo real

social broad

Una de las razones por las cuales las redes sociales han sido tan fácilmente adoptadas por las masas es que capitalizan nuestro deseo de ser populares y de poder medir esa popularidad (o una forma de afecto estadístico: likes o followers). Nos someten a una tácita relación mercantil de la amistad o de la influencia. Ante esto, nos resulta menor tener que renunciar a nuestra privacidad.

Mark Pesce, uno de los grandes conocedores de internet y las nuevas tecnologías, pieza vital en el temprano desarrollo de la realidad virtual, cree que estamos cruzando un nuevo umbral. Se trata del social broadcasting o la transmisión masiva de videos en smartphones que, al parecer, por fin ha llegado a su masa crítica y está siendo adoptada por millones de personas.

En la famosa conferencia interactiva de SxSW el último gran ganador fue Meerkat, una app que permite que cualquiera transmita video directamente desde su smartphone (al tiempo que puedes publicar un tweet diciéndole a tus seguidores que vean tu transmisión). Twitter reaccionó instantáneamente y lanzó Periscope, una app que hace lo mismo que Meerkat. Pesce nota que ninguna de estas apps es muy diferente de lo que ya existía (cosas como Live Stream, etc.), pero las cosas han cambiado.

Tiene que ver con que ya estamos acostumbrados a ver videos en nuestros smartphones  --y probablemente, también a que cada vez se incrementa la velocidad de conexión y cada vez bajamos más la guardia sobre lo que es invasivo o atenta contra la privacidad.

Pesce cree que aunque los dueños de los conciertos de música intenten prohibir esta tecnología, a la larga no lo lograrán. Y los eventos en vivo se convertirán más en "destinos... cuya razón de ser será cumplir con las necesidades de la base de fans más fiel".

Hay un punto importante a considerar, cuando todos estamos grabando nuestras vidas en video y compartiéndolas en tiempo real. Pesce hace la siguiente observación:

Transmitir [broadcasting] cualquier cosa cambia su calidad... la vigilancia te obliga a sobre-pensar tus actos. Te imaginas la mente del otro, juzgando y observando. 

Un policía confrontado con este social broadcasting modifica su comportamiento para conformase a las expectativas del público. Un hombre de negocios se protege más, los políticos se vuelven hasta más paranoicos. Los amigos se vuelven tímidos.

Esto no es el simple miedo del micrófono. Todos hemos visto suficientes ejemplos de individuos que arruinaron sus vidas con un tuit intempestivo o con una grabación para saber que cuando alguien está grabando cerca de nosotros, todo el mundo es un escenario.

Habremos interiorizado al policía, al espía, al intruso. Pesce advierte que al principio nos parecerá un poco raro, pero poco después nos acostumbraremos y luego lo ignoraremos. Esto es algo que ya está pasando. Pero hay algo aterrador: "Eventualmente el social broadcasting podrá activarse por default en nuestros smartphones --de la misma forma que los servicios de locación ya lo hacen-- y estará transmitiendo invisiblemente todo lo que sucede a nuestro alrededor hasta que le digamos que no lo haga".

Cuando esto suceda, también se incrementará el deseo casi clandestino, en los márgenes sociales, por "espacios negros" de desconexión. "Mientras que una generación soñó con ser famosa, nuestros hijos tendrán fantasías de privacidad, mundos en los que sus propios pensamientos se mantengan felizmente desapercibidos".

 

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Una reinterpretación del mandala tibetano de la Rueda de la Vida aplica los antiguos conceptos de la ilusión y el engaño de la existencia al mundo moderno, específicamente al sueño americano y al modelo consumista y de programación cultural de las masas

 

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"Americosmos" es una adaptación del clásico mandala tibetano Bhavacakra, o "La Rueda de la Vida", a la iconografía y al estilo de vida americano. La elección es especialmente atinada ya que este mandala originalmente tiene como temas la existencia cíclica, la reencarnación, el karma, la impermanencia, la ignorancia y sobre todo la ilusión o el samsara que es consustancialmente nuestro mundo. Quizás donde más fácil podemos atisbar esta ilusión es en la modernidad embanderada por el capitalismo y el sueño americano (o en el "american way of life"), la economía y la propaganda disfrazada de libertad que han horadado la realidad creando una simulación de vidas programadas por corporaciones y han erigido al mercado como un tiránico dios secular. El sueño americano --la fantasía de la felicidad adquisitiva-- es el gran emblema de la ilusión de nuestro mundo: las personas son hechizadas por el deseo de conseguir la fama y el éxito y obtener objetos que puedan conseguir estatus y olvidan así su propio camino, la voz de su propia alma (ahogada en la estática de la TV). De aquí se desprende la apuesta (impuesta por el marketing) de las masas por el materialismo, el encantamiento principal de Maia, la diosa de la ilusión, de la materia, de la Matrix.

La puntada máxima de este mandala ilustrado por Darrin Drda es que el demonio tibetano Mara, que representa ese mismo samsara, en este caso está fusionado como el Tío Sam-sara, el icono del gobierno estadounidense y su maquinaria de guerra, que manipula a los ciudadanos con propaganda. En la cosmología budista Mara es el demonio que busca tentar a Buda, enviando mujeres hermosas a seducirlo (sus hijas). Simboliza lo que distrae al ser humano de su verdadero camino espiritual: el ap-ego y el lujo material. En este sentido El Tío Sam --que reclutaba soldados en los cines, haciéndoles creer que ir a la guerra los cubriría de gloria-- es un perfecto Mara y todo el aparato de infotainment que se teje alrededor del complejo militar y las ideas nacionalistas son una familia de demonios que aleja al ser humano del camino de la liberación, escapar a la rueda infernal de la repetición y la enajenación.

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En la obra de Drda vemos a los ciudadanos dando vueltas por los círculos de la ilusión como ratas en un laberinto, pasando del trabajo al consumo y a la programación electrónica. Los tres venenos son: la TV, la guerra y el dinero (la ignorancia, el apego y la aversión, en el Bhavacakra). Estos engendran el karma de nacer y regresar a un mundo donde la movilidad social es una ilusión. Falsas promesas y tareas absurdas que regresan a los hombres al mismo ciclo de explotación laboral y control mental. En la tercera capa vemos los seis reinos del samsara, incluyendo aquellos de los devas y los asuras, reinos divinos que, sin embargo, son también una ilusión (el placer y el control y el poder son también ilusorios). Vemos aquí el reino de los políticos y CEOs que juegan golf y se jactan de pastorear a las masas. De hecho el budismo suele sugerir que la dimensión humana es la más propicia para escapar de esta rueda ya que, en el medio, no se ve abrumada por el dolor, pero tampoco vive en el placer perpetuo que impide procurar el ascetismo necesario para despertar de la ilusión. Se me ocurre que ese reino del samsara de los dioses podría en un futuro ser habitado por los partidarios del transhumanismo que buscan crear paraísos artificiales descargando su mente en computadoras, para volverse inmortales en un infinito de hedonismo tecnológico. Esta intención, perseguida por los creadores de Google o por Ray Kurzweil o Elon Musk, sería para el budismo la manifestación más insidiosa del samsara: el hombre que se enamora de su propia mente y quiere eternizar su ego.

Los budas afuera de la rueda, apuntando a la luna y en este caso al signo del amor y la paz (el último sueño genuino de liberación de la conciencia estadounidense, que, sin embargo, también se reveló ilusorio), simbolizan que la liberación es posible. Existe un camino. Hay una forma de escapar de la ilusión de la modernidad que nos consume al consumir productos y programas. La luna simboliza la Tierra Pura del Nirvana, afuera de la rueda, afuera del loop que hemos proyectado sobre la Tierra. Ni siquiera imaginamos que podemos salir, pero hay otras órbitas de conciencia. El nirvana es la cesación de la causalidad, el final de la mente que salta de rama en rama, la cesación del pensamiento y el deseo. El ser humano que escapa deja de estar sometido a los ciclos colectivos, a las luces hipnóticas de las pantallas del mundo, se convierte en su propia lámpara.

Twitter del autor: @alepholo