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¿Por qué los escritores son los amos de la procrastinación?

Sociedad

Por: pijamasurf - 02/20/2014

La escritora Megan Mcardle analiza los orígenes psicológicos del síndrome de la procrastinación en escritores.

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La procrastinación es una de las palabras que más han acumulado fuerza en las últimas décadas. Se utiliza todo el tiempo en redes sociales para denotar que el que la escribe la está practicando. Porque la era digital nos ofrece suficientes opciones para hacer de ello una metodología: de checar el correo a revisar Facebook, a discutir en Twitter, a buscar una receta de cocina, a investigar los beneficios de alguna verdura… Muchísima gente procrastina y además escribe sobre ello como una suerte de autocomplacencia culposa; pero al parecer para los escritores es un gaje del oficio. 

La escritora Megan Mcardle publicó un artículo interesante en The Atlantic que analiza esta práctica desde el punto de vista del escritor. En él propone que los escritores son tan buenos perdedores de tiempo porque son demasiado buenos en clase de literatura.

“La mayoría de los escritores fueron niños que fácilmente, y casi automáticamente, sacaron 10 en literatura. A una edad muy temprana, cuando los maestros de gramática estaban luchando por inculcar la lección de que el esfuerzo era la llave principal para ser exitoso, estos futuros escribanos proveían la mentira obvia a la aseveración. Mientras otros leían acaloradamente, ellos estaban dos grados arriba en sus libros de trabajo. […] Sus talentos naturales los mantenían al tope de su clase”, apunta Mcardle.

De acuerdo a Mcardle, el problema con esto es que cuando te conviertes en un escritor profesional estás compitiendo con todos aquellos que estuvieron al tope de su clase de literatura. Si has pasado la mayoría de tu vida navegando armónicamente gracias a tu talento natural, cada palabra que escribes se vuelve una prueba de qué tanta habilidad tienes, cada artículo se vuelve un referente de qué tan buen escritor eres. “Mientras no hayas escrito ese artículo, esa ponencia, esa novela, aún podría ser bastante bueno”, apunta. “Antes de que te pongas a trabajar, eres Proust y Oscar Wilde y George Orwell envueltos en un delicioso paquete”.

La procrastinación en el escritor, de acuerdo a esta teoría, radica en entregar algo terrible. El prospecto de escribir algo que no es muy bueno parece paralizar al escritor promedio, y lo único que lo salva es que –la mayoría de las veces–, mientras se acerca la fecha de entrega, su miedo a no entregar nada sobrepasa su miedo a entregar algo mediocre.

La psicóloga de Stanford Carol Dweck, quien ha pasado su carrera estudiando el fracaso y cómo reaccionamos a él, respalda esta teoría sobre la parálisis. “El miedo a ser desenmascarado como el incompetente que ‘realmente’ eres”, dice, “es tan común que incluso tiene un nombre clínico: el síndrome del impostor. Un gran número de personas exitosas (particularmente mujeres), creen que no han ganado realmente sus puestos y están en riesgo de ser desenmascaradas como fraudes en cualquier momento”.

En otras palabras, muchas personas que trabajan en ámbitos que requieren no sólo dedicación, sino también talento, se “autoincapacitan” por miedo a no llenar las expectativas que tienen (y que creen que los otros tienen) de sí. La procrastinación, el dejar para el último momento el trabajo es la perfecta excusa para no triunfar. Los escritores que no producen copias se refugian en la hipótesis de que pudieron haber escrito una obra de arte pero no pudieron organizar su tiempo. La única esperanza entonces, de acuerdo a Mcardle, es que el miedo a no entregar nada sea más apabullante que el miedo a entregar algo mediano. Entender que todos los escritores son impostores, y que no por ello son malos o buenos, podría ser la clave principal de la productividad.

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Estamos cargados de ejemplos; rebasados. Todos, en todos lados. No necesitamos más ejemplos para saber ni más evidencias para aceptar.

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La vida escolar está cargada de ejemplos de lo que no.

Hay ejemplos extramuros.

Fíjate, si no, el carisma que tiene denostar a la escuela y sus prácticas anticuadas, reflejas, vacías y demás en las reuniones sociales de los viernes a la noche. Todos los presentes, padres la gran mayoría, se encienden contando cómo es la escuela en otros lados, cómo les hubiera gustado contar con una oferta nueva para sus hijos, moderna, fresca y renovada; lo experimentales que les gustaría ser... Es una fija. Si abres el tema, siempre ganarás el interés y consenso de la mesa.

Fijate que es el mismo carisma que registras si en medio de tu conferencia sobre educación, o educación y tecnología, o educación en el siglo XXI y hasta sobre la creatividad y la educación hoy, dices cosas como que la escuela no le sigue el paso a los tiempos que corren, que el aula de clases es una de las pocas escenas sociales y técnicas que no han sufrido modificación en 100 o 200 años, y pasas un par de fotos que lo atestigüen; fíjate los aplausos que jalas si dices que no sabes cómo los niños resisten sin dormir esa serie monótona de aulas expositivas sin carisma y sin glamour, día tras día (y pones en ese momento la foto de banco de imágenes de aquella niña durmiendo sobre su mesa con falsas gafas de ojos bien abiertos).

Fíjate y verás. Está como en el aire que las cosas no están funcionando.

Y claro que hay también ejemplos intramuros.

Haz la prueba. Cuenta (en un recorrido casual por cualquier escuela) cuántos casos encuentras de aulas donde quien habla no es el profesor o la maestra. Cuenta cuántos casos donde quién habla no tiene el dedo índice estirado, apuntando a 45 grados, hacia delante. Como si hablando se produjera aprendizaje… No pasan del 10% y siempre con niños de menos de 8 años.

Pregunta la intensidad del uso de los laboratorios y –sobre todo– para qué se los usa. Pregunta, haciéndote la que no sabes, si ahí se realizan experiencias abiertas, de resultado desconocido o incierto. Pregunta y me cuentas.

Fíjate, pero fíjate bien qué expectativa pedagógica tiene el cuerpo docente en los recreos. Fíjate cómo observan con gran curiosidad educativa –cómo no observan… quiero decir– lo que en el recreo sucede. Fíjate cómo no se dan cuenta de que esas situaciones abiertas, desreguladas y horizontales que registra el recreo son, en rigor, los mejores campos de desempeño de los alumnos, donde se ven o no se ven sus fortalezas para desenvolverse, para discutir, negociar, persuadir, liderar, tolerar, convivir, aceptar, colaborar y demás. Fíjate –por favor– cómo la escuela desperdicia las oportunidades que en ella misma se generan y las pasa como si nada pasara.

Fíjate cómo el irónico y rebelde Cervantes, y su desfachatado Sancho, parecen obispos en clase y su plática vívida, prédica. Fíjate cómo la sintaxis cervantina se mira canónica, cuando lo es todo menos eso. Fíjate los bostezos en los momentos más desopilantes del Quijote, cuando el Quijote se inventa su Dulcinea (que bien podría ser una escena de Tolkien), en lugar de las miradas alucinadas de una edad que adora lo suprareal rayano con lo desopilante. Fíjate cómo la angustia existencial de Hamlet parece una lección plana de historia de la literatura y la crueldad interminable de Lady Macbeth, que bien podría ser el gran personaje de una telenovela venezolana, se vuelve referencia formal e historia trivial. Fíjate cómo todo es lo mismo y nada vale la pena ahí adentro.

Fíjate cómo se habla y se habla en las aulas y no se reflexiona nunca sobre lo hablado. Fíjate cómo se dice que se aprende y se aprende, y no se reflexiona nunca sobre la meta-cognición. Fíjate –por amor de dios– cuántas oportunidades nos perdemos todos los días. Fíjate cómo la escuela no sabe hacer su meta-registro, que es una de las claves del proceso intelectual complejo y rico.

Y hay ejemplos también en las intersecciones.

Vuélvete, sin ir más lejos, al último acto escolar al que asististe. ¿Lo recuerdas? ¿Logras discriminarlo del anterior o el de tu otro hijo, un año antes? Apuesto a que fue con banderas. Y que alguien, desganado y obligado, nos dijo unas palabras de las que no recuerdas ni una; ¡ni una! Apuesto a que sacaste fotos, de esas en las que el zoom no alcanza y tu hija se ve lejísimos. Y que ella bailaba –o desfilaba o actuaba, siempre disfrazada– un poco aburrida y más bien tímida. Apuesto que te hubiera encantado otra cosa, pero tal vez ya ni se te ocurre a ti tampoco otra cosa. Apuesto que ningún niño cantó lo que le gustaría cantar y que los niños estaban tensos en general, salvo la excepción de siempre. Apuesto que todos se sonrieron cuando una niña se salió de “coreografía” para saludar a su abuelita.

La escuela no pasa proyecto en sus actos escolares. Desaprovecha las intersecciones y estereotipa la oportunidad. Se protege. No quiere oír mucho y quiere mostrar lo que no es. Y que nosotros le tomemos miles de fotos que ya no miraremos. A nadie le gusta mirar fotos de las imposturas. Dice una y otra vez lo mismo faltándole el respeto a la palabra. Un micrófono, cientos de papás y mamás y alumnos de tu escuela y tú desaprovechas la oportunidad y cuentas lo que ya tanto contaste, dices lo que no importa decir (incluso, a veces hasta mientes y lo sabes); o peor, le das la palabra al nervioso profesor de geografía de bachillerato que sin misericordia y sin habilidad ninguna nos aplasta a todos ni bien empezar con una sarta de obviedades leídas.

Estamos cargados de ejemplos; rebasados. Todos, en todos lados. No necesitamos más ejemplos para saber ni más evidencias para aceptar.

(También es cierto que hay profusión de ejemplos de que la escuela no anda también por la ambigua y estereotipada posición de la sociedad, que le exige a la escuela lo mismo por lo que luego acaba condenándola. Pero sería tema de otra nota…)

El proceso que nos toca para tener la escuela nueva que merecemos y no tenemos es pasar al frente, actuar, aceptar el diagnóstico y lanzarnos para adelante. No quisiera seguir invirtiendo tiempo e inteligencia en convencer a nadie de que la necesidad de una escuela nueva es imperiosa y que sus ejes están evidentes. Si no seguiremos yendo de ejemplo en ejemplo en una metonimia incansable que ya se nos está volviendo redundante. ¿No crees?

 

Twitter del autor: @dobertipablo