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En el proceso colectivo de madurez digital, parece que finalmente estamos listos para tomar medidas a favor de la privacidad y en contra de la censura.

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Hace poco repasábamos algunas de las principales tendencias tecnológicas de este año. Curiosamente, dos de las seis que seleccionamos, tenían que ver con el anonimato y la propiedad de nuestra data, aquella que resulta de nuestra actividad en línea. Tras la primera fase de Internet, cuando asociábamos la "red de redes" con una especie de risueña pradera, lista para ser recorrida libremente por millones de contenidos y sus generadores, pasamos a una etapa de resaca. Facebook ya no era sólo esa novedosa plataforma para reencontrarnos con viejos amigos y estar en contacto con nuestros conocidos, Google dejó de ser esa compañía que rompía lúdicamente con los paradigmas laborales y que nos abría las arcas de la información, y el espejismo de una Red, como tal, que en un principio aparentaba ser descentralizada y gratuita, su fue gradualmente diluyendo.

Los constantes escándalos sobre cómo Facebook capitaliza nuestra información, el espontáneo 'targueteo' de publicidad puntualmente sintonizada con el último correo que enviamos por nuestro Gmail, la filtración de la estructura y actividades de PRISM, una red de espionaje global –encabezada por el gobierno estadounidense con la cooperación de algunas de las mayores compañías interneteras–, parece que finalmente se traducirán en acciones concretas por parte de los usuarios.   

Actualmente, de acuerdo con un reporte de GlobalWebIndex, al menos un 56% de los usuarios de la Red afirma sentir su privacidad amenazada mientras navegan, mientras que un 28% (equivalente a 415 millones) advirtió que ya está tomando medidas al respecto, recurriendo a herramientas diversas para ocultar su ubicación o identidad. Por otro lado, de acuerdo a estas cifras, se calcula que poco más de 45 millones de personas estarían utilizando Tor, uno de los instrumentos más efectivos para circular por Internet de manera anónima. 

Uno de los recursos más populares tanto entre los usuarios que procuran la protección de sus datos, como entre los que desean eludir barreras o bloques de sus gobiernos o empresas, son las VPN (red privada virtual, por sus cifras en inglés), que "permiten una extensión segura de la red local (LAN) sobre una red pública o no controlada como Internet (así como) que la computadora en la red envíe y reciba datos sobre redes compartidas o públicas como si fuera una red privada con toda la funcionalidad, seguridad y políticas de gestión de una red privada." Y aunque parecen un poco elevadas las cifras, de acuerdo con GWI, en Vietnam 38% de las conexiones se realiza mediante una VPN, 36% en Brasil y Tailandia, 34% en México, India y China, y 32% en Argentina. Estos datos sugieren una tendencia mediante la cual millones de usuarios están tomando medidas para fortalecer su privacidad y evitar la censura, y quizá podría tratarse de la punta de lanza de una nueva forma de entender nuestro uso de Internet.

Afortunadamente, al menos, hoy podríamos afirmar que estamos por dejar atrás el estado de shock, para adentrarnos en una nueva fase de la vida digital: utilizar Internet de forma anónima, para dejar de ser el producto que comercian agencias de marketing y publicistas, así como defender nuestra privacidad ante la intromisión de las autoridades, y reclamar el derecho a la exclusividad  de esta data ante las marcas y compañías. Sin embargo, también debemos de notar que hasta ahora, este abanico de servicios supuestamente gratuitos que utilizamos a diario, desde gestores de correos electrónicos, hasta plataformas de blogging o redes sociales, en realidad los hemos estado pagando con una nueva divisa: nuestra información. El punto es que esta dinámica jamás nos fue explicitada, y por lo tanto no ha sido regulada ni reglamentada.  

En síntesis, llevamos poco menos de dos décadas familiarizándonos con el uso cotidiano de Internet, lo cual implica que nos encontramos inmersos en un franco proceso de maduración –algo que sería útil que hiciésemos consciente. Precisamente dentro de este camino, parece que estamos listos para dar un paso importante. Practiquemos pues el anonimato, reclamemos el derecho exclusivo sobre nuestra data, y no aceptemos premisas que censuren el libre flujo de información. Y simultáneamente, reconozcamos que la libertad conlleva una responsabilidad proporcional, un aspecto en el cual deberíamos ser impecables, pues cualquier abuso podría traducirse en un argumento difícil de sortear a favor del control.  

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

 

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Química medicinal, cartografía intuitiva, astronáutica y botánica son algunos de los conocimientos que tal vez deberíamos recuperar con miras a un mejor futuro.

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Similar a lo que ocurrió en el siglo XVI con la llamada Era del Descubrimiento —durante la cual occidente se autoimpuso la misión de explorar el mundo—, tal vez pronto estaremos frente a una situación que demande nuestra naturaleza exploradora. La 'apertura' del espacio exterior sería el detonante de este nuevo, y esencialmente aventurado, 'expedicionismo', pero también aplicaría en distintos niveles metafóricos, con la necesidad de referenciar otros mundos, por ejemplo el ya consolidado, pero aún incierto, hiperespacio, o incluso los ecosistemas generados a partir de la interacción en torno a nuevos paradigmas socioculturales.

Ya sea en un plano físico, virtual, metafórico, imaginario, o todos juntos simultáneamente, parece buen momento para definir los instrumentos que nos serían útiles en esta nueva exploración colectiva. Recordando aquellos tiempos en los que azarosos marineros debían entregarse a la suerte de rutas virginales, con mapas plagados de suposiciones geográficas, el desdoblamiento de nuevos paisajes nos exige nuevas cartografías. Y de acuerdo a esta misión parece que deberíamos voltear hacia herramientas trascendentales, aquellas que puedan servir en contextos ajenos, lejos de las comodidades ideológicas y prácticas que florecen en nuestro actual jardín cultural. En este sentido, si tenemos que recurrir a algo trascendental pero ya familiar, o al menos conocido, parece que la respuesta está en los antiguos conocimientos, gestados hace milenios, cuando la cotidianidad era ineludiblemente sagrada. Y me refiero a la química medicinal, aquella popularizada por Paracelso, la perspicacia que dio lugar a la botánica, el entendimiento de los astros, como un ecualizador de patrones naturales,  así como nociones de pragmatismo intuitivo.  

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Partiendo de la pregunta ¿qué otros sistemas de conocimiento ancestral tendremos que redescubrir de acuerdo a los retos que tenemos por delante? nace el taller The Age of Re:Discovery (La Era del Re:Descubrimiento), invitando a artistas, estudiantes, académicos, libres pensadores y demás fauna altercontemporánea a descubrir colectivamente la respuesta. A lo largo de nueve meses (29 de enero-19 de octubre) "se contempla estudiar las técnicas históricas de navegación, como espina dorsal de la narrativa; y luego mostrar su asociación a la biología, la botánica, astronomía, mecánica, física, química, comercio y medicina, a lo largo de la historia".

Este tan poco usual, como altamente estimulante taller, será impartido por Rohit Gupta, un lúcido autodidacta, especializado en la historia de la ciencia y, en particular, de las matemáticas. Algunos de sus proyectos anteriores han sido cubiertos por medios como la BBC y Wired. El taller tendrá un costo de $180 dólares y si quieres más información puedes encontrarla aquí. Tal vez ésta sea una oportunidad para construir la brújula que ayudará a tu camino personal. Pero sólo tal vez. 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis