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Personajes emblemáticos de la historia de Inglaterra convertidos a la moda de nuestros días (IMÁGENES)

Arte

Por: pijamasurf - 05/06/2013

Es probable que la Historia sea una de las ficciones colectivas más efectivamente montadas, un relato que arman un puñado de personajes para terminar siendo creído por cientos, miles o a un millones, como es el caso de la Historia Nacional, la Historia Patria de los pueblos que, especialmente en el siglo XIX, sirvió como elemento aglutinador de la identidad colectiva.

Pero como tal sabemos, o deberíamos darnos cuenta, que la Historia no es una, así, indivisa, mayúscula, sino, por el contario, se trata de una serie más o menos caótica y contingente de hechos que si bien corren a la par de cursos paralelos y dominantes, también se ramifica hacia relatos personales, mínimos, desde los cuales es posible tener una perspectiva mucho más flexible y lúdica de, lo que se nos dice, es el Pasado.

Un poco siguiendo esta premisa, una televisora inglesa comisionó este proyecto que muestra a personajes emblemáticos de la Historia de Inglaterra pero imaginados para las condiciones actuales, pensando qué sería de William Shakespeare si su éxito teatral se hubiera dado en estas décadas, o si María Antonieta o Isabel I pertenecieran al jet set de la anquilosada nobleza contemporánea.

El resultado de alguna manera también nos invita a reflexionar sobre el lugar que en nuestra época ocupa el éxito, o los estratos sociales que asociamos con estos. Enrique VIII, por ejemplo, no es rey, pero sí un fresco empresario. 

[Telegraph]

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El carácter profundamente subjetivo de la escritura hace de esta actividad un territorio autónomo, un espacio donde podemos comprometer aquello que somos y también lo que no somos y hacer de esto nuestra fortaleza.
[caption id="attachment_64816" align="aligncenter" width="420"]02 Andre Petterson: Eastern Novel (2010)[/caption]

Escribir está sobrevaluado. Se trata de un ejercicio valioso en sí mismo y por varias razonas, qué duda cabe, pero pienso que desde hace un tiempo, décadas quizá, son muchas las personas que creen que escribir es más un talento que una capacidad, una suerte de don o de habilidad reservada a un puñado de privilegiados, un gremio que, por otra parte, se ha encargado de reproducir y perpetuar este prejuicio, chapando la escritura con los oropeles del oficio y la profesión, dictaminando desde sus tribunales el supuesto valor que puede tener algo que se ha escrito.

Escribir, es cierto, no es una capacidad natural, al menos no en ese sentido de lo natural que, en contraste, posee el lenguaje oral. Aprendemos a hablar por imitación y al hilo de los días, pero el lenguaje escrito alguien más tiene que enseñárnoslo. O al menos esa es la consigna y también el pretexto por el cual se cuelan la marginación y la exclusión. Por siglos y aún en nuestra época, el analfabetismo ha funcionado también como un mecanismo de control social, una forma de mantener a raya, una regla de etiqueta no escrita que en la frivolidad de algunos sirve incluso para distinguir clases sociales y descubrir el origen de una persona.

¿Pero qué decir del analfabetismo de los letrados? ¿Qué decir de quienes saben leer y escribir y sin embargo no leen ni escriben? O leen pero no escriben. Así como hay campañas de promoción a la lectura y gobiernos y organizaciones civiles preocupados por los pocos libros que se leen en determinados países, quizá deberían emprenderse también cruzadas para que la gente escriba, masivamente. ¿O escribir no es tan importante como leer?

Sí, escribir es tan importante como leer, y probablemente más todavía, sobre todo si consideramos el carácter liberador de ambas actividades. Escribir es, potencialmente, más liberador que leer porque la lectura en nuestro tiempo también es territorio de la programación mental y la ideologización. ¿Sirve leer si lo que se lee son los libros de Paulo Coelho y Dan Brown? Serviría si algún día los libros de Paulo Coelho se terminaran y el lector se viera forzado a explorar lo desconocido y lo ignorado. Pero lo cierto es que ni los libros de Paulo Coelho se terminarán nunca (porque otros como él se multiplicarán ad infinitum) y el lector de este tipo de literatura se ha vuelto tan refractario a un nivel mínimo de dificultad que, aventuro, preferiría dejar de leer a, digamos, probar suerte con Kafka.

Por eso considero la escritura como un espacio, si no ajeno a la colonización del pensamiento, al menos más propicio para hacer evidente esta colonización ―y, si es el caso, subvertirla, rebelarnos contra ella. Escribir para hacer patentes las ideas que no son del todo nuestras y sin embargo son las mismas con las que pensamos y actuamos a diario. Un dominio en el sentido literal del término: la soberanía absoluta del yo, con sus heredades y sus bastardías, su autocontrol y sus vastas regiones inexploradas, un rincón o un universo autónomo, libre según la medida de nuestra propia libertad.

¿Y hay quienes piensan que pueden valorizar todo esto? En cierto sentido nadie tiene la capacidad para valorar lo que escribes porque nadie es capaz de escribir como escribes. En la escritura comprometemos lo que somos, y no exagero. Las palabras que usamos son las palabras que escuchamos en nuestra infancia, las que leímos en nuestros primeros libros, las que repetía el más querido de nuestros amigos. En las palabras que usamos está esa parte de nuestra vida que pasamos en las bibliotecas, en las salas de cine, en las calles y las cantinas y los mercados, en las correrías de madrugada. No las frases de la mujer que creíamos que nos amaba, sino las palabras que elegimos para contarnos la historia de una mujer que creíamos que nos amaba. La sintaxis desde la cual intentamos entender el mundo. Los regaños de nuestros padres y nuestros maestros. Las trasposiciones. Las metáforas. Los equívocos. Los errores. Eso, lo que somos y lo que creemos ser, lo que los otros creen que somos, lo que quisiéramos ser, lo que nunca fuimos, lo que nunca seremos, es parte de la red a veces compleja y casi siempre absurdamente simple que se vuelve real cuando escribimos.

Por eso la escritura libera.

Por eso nadie puede escribir como escribes.

También en Pijama Surf: ¿Tener un diario o transcribir disciplinadamente los sueños son comportamientos profundamente egoístas?

Twitter del autor: @saturnesco