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¿Eres persona de buena o mala suerte? Tus supersticiones (o falta de ellas) tienen efectos en tu realidad cotidiana

AlterCultura

Por: pijamasurf - 10/30/2012

Nuestros pensamientos son la base de nuestras acciones y nuestras acciones los bloques con los que construimos nuestra realidad cotidiana, por lo cual, después de todo, ser o no supersticioso influye directamente en el mundo que vivimos diariamente.

babi mouton/flickr

Por naturaleza, por estructura, el cerebro humano tiende a la búsqueda del orden y el sentido, una inclinación siempre en conflicto con el azar, el accidente y la aleatoriedad que son consustanciales al mundo. Por supervivencia elemental, nuestra mente forma patrones que otorgan una base estable a partir de la cual elaborar los razonamientos y juicios que nos permitan ser y estar en el mundo.

De ahí que, entre muchos otros fenómenos, la civilización haya gestado las llamadas creencias supersticiosas, en las cuales se aúnan el ritual —una acción que al repetirse genera un sentido— y la certeza mental de conseguir un efecto conocido por esperado. Una ley de casualidad basada en una premisa falsa que, sin embargo, creemos lógica o real.

Con estas mínimas acciones pretendemos seducir a la suerte, la Fortuna que entre los antiguos era una divinidad caprichosa, “la puta del rebelde” para Shakespeare (“a rebel's whore”, Macbeth I, ii) que, en su veleidosa voluntad, lo mismo puede tenernos en la cúspide que en los suelos más abyectos (Dante, Infierno, VII, 62 y ss.).

Y si bien durante cierta época fue común denostar el pensamiento supersticioso, en el fondo, paradójicamente, es bastante racional o por lo menos netamente humano, acaso inseparable de las habilidades propias de nuestro cerebro de primates avanzados, además de que aporta beneficios tangibles en nuestra vida cotidiana.

De entrada la ilusión de control que nos da la superstición reduce el posible estrés en el que vivimos, una fantasía que se ramifica diversos ámbitos del comportamiento. Por la superstición se puede incrementar la confianza en uno mismo, como si se ingiriera un placebo de autosuficiencia que mejora el rendimiento laboral y personal.

Y no se trata de palabras huecas (a pesar de que si las pensamos un poco parecen coherentes): en un estudio reseñado por Robert Biswas-Diener en su libro The Courage Quotient: How Science Can Make You Braver, personas que creían en supersticiones de buena suerte —y que, por lo mismo, llevaron un amuleto al lugar donde se llevó a cabo la prueba— fueron capaces de resolver rompecabezas y recordar mejor las imágenes de 36 tarjetas diferentes en comparación con quienes se mantenían escépticos ante estas ideas. Sorprendentemente, un lucky charm fue capaz de mejorar sus habilidades cognitivas.

Asimismo existen ciertos rasgos de personalidad que, asociados a la “buena suerte”, tienen un efecto directo sobre el devenir cotidiano. Es más o menos común que quienes creen en esta estén también abiertos a maximizar su suerte por medio de la búsqueda de nuevas oportunidades y ámbitos de acción, a mantenerse atentos al llamado de la fortuna (creer en su intuición y sus presentimientos: la manera en que nuestro cerebro, según Jonah Lehrer, nos da a conocer la información que posee pero que no es accesible conscientemente), a esperar sistemáticamente el advenimiento de la buena fortuna (una forma también inconsciente de buscarla, de construir para nosotros mismos y a veces sin darnos cuenta situaciones afortunadas) y, finalmente, a convertir la mala suerte en buena.

En este sentido, Richard Wiseman, psicólogo de la Universidad de Hertfordshire  y asiduo colaborador de diversos diarios ingleses como The Telegraph, The Guardian y The Observer, condujo una investigación psicológica en la que encontró que las personas que sistemáticamente se consideran poco afortunadas, por lo regular son creaturas rutinarias, obsesionadas con la consecución de resultados fijos para sus acciones; caso contrario a aquellas que, se diría, tienen siempre buena suerte, que al parecer se mantienen más abiertas a la novedad y el cambio.

¿Qué nos muestran estos ejemplos e investigaciones? Al menos una premisa que podría sonar obvia pero no por ello menos trascendente: que la superstición es, en esencia, un fenómeno mental.

¿Pero no son los pensamientos, después de muchos trasvases, el sustento de nuestras acciones?

También en Pijama Surf: Tú influyes a todo el universo (¿estás listo para aceptar esa responsabilidad?)

Con información del blog Barking Up The Wrong Tree

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En los trabajos mágicos de Alamantrah, Aleister Crowley al parecer entró en contacto con una entidad llamada LAM, la cual dibujó y cuya imagen ha pasado a la historia para mezlcarse con la de los emblemáticos extraterrestres grises.

Aleister Crowley es uno de los personajes más interesantes de la época moderna (en Pijama Surf hemos sido cronistas de la Gran Bestia, para el horror de algunos). Una de las posibles aportaciones que este mago, alpinista, casanova, poeta, pintor y espía, nos ha legado es una de las imágenes centrales de la ufología moderna: aquella de los pequeños hombres grises que pululan en la imaginaria.

Durante una de sus incansables intentos por entrar en contacto con inteligencias superiores, basándose en todo tipo de técnicas y estratagemas  --algunas propias de la teurgia como invocaciones de e incantaciones de antiguos espíritus, y otras desarrolladas por él mismo, como el uso de drogas psicoactivas y operaciones sexuales-- Crowley se encontró con una entidad de cabeza protuberante a la cual llamó LAM y dibujó imperecederamente. En 1918 (aunque algunos lo citan en 1915 y otros en 1917) en la ciudad de Nueva York, Crowley realizó los "Trabajos de Alamantrah", una serie de operaciones de magia sexual junto con su pareja y medium Roddie Minor, la Mujer Escarlata del momento. Aparentemente Crowely habría abierto un portal dimensional por el cual entró en contacto esta entidad, la cual lo exhortó a "encontrar el huevo".

El dibujo de LAM llegó a manos de Kenneth Grant, líder de la sociedad  secreta OTO, relevando a Crowley, y más tarde fundador de la Typhonian Ordo Templi. Grant escribió que  LAM y los extraterrestres grises son lo mismo, una imagen del Gran Ancestro. Según Grant la imagen de LAM se puede usar como una visualización para entrar en contacto con entidades incoróreas. "El nombre LAM es el Mantra; y el Tantra es la unión con el dikpala al entrar en el Huevo del Espíritu representado por la Cabeza. La entrada puede ser efectuada proyectando la conciencia a través de los ojos". Esta entidad, según Grant, servía como enlace entre Sirio y Andromeda.

En 1946 Jack Parsons y L. Ron Hubbard, discípulos de Crowley, realizaron los trabajos de Babalon, realizando operaciones de magia sexual por 11 días y supuestamente abriendo el mismo portal que Crowley con sus trabajos de Alamantrah. Poco después, coincidencia o  no, nacería la ufología moderna con el incidente de Roswell.

Otro misterio se desprende de aquí, el de la estrella Sirio, omnipresente en la esoteria del mundo. Robert Anton Wilson abordó este tema en su libro Cosmic Trigger, explorando las sincronicidades entre numerosos eventos de supuesta comunicación telepática con inteligencias de esta estrella (que compartieron personas como Gurdjieff, Tim Leary, Phillip K. Dick, Yuri Geller y recientemente Grant Morrison), el misterio de los dogon de África y otras extreñas correlaciones, incluyendo que Aleister Crowley aparentemente llamó A.A. a la orden que formó después de dejar el Golden Dawn, siglas que podrían significar Astrum Argentum, la estrella plateada, según alguna exégesis, una referencia a Sirio.

Sobre el misterio de Sirio habrá que escribir más a fondo en una ocasión posterior. Sobre el caso de Crowley, su dibujo y el parecido con el que la cultura pop ha representado a los más insidiosos extraterrestres, queda al lector descifrar si se trata de una coincidencia insignifante, de una conspiración, de un primer contacto o algo más extraño todavía. Uno de los grandes temas aquí es la traspolación psíquica histórica de las visiones de ángeles y demonios en las visiones de extraterrestres y naves espaciales que ahora dominan nuestras realidades alternas.

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