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Las cárceles mexicanas muestran más un castigo a la pobreza que un combate a la injusticia.

 

La tontería más grande es encerrar en una prisión a miles de personas que han cometido algún delito, para que convivan en un espacio saturado y limitado y que enfrenten inevitablemente a un prisionero con otro prisionero. Porque cuando encierras en un espacio limitado a un número de presos que rebasan la capacidad física de convivencia y coexistencia humanamente posible, inevitablemente se tendrán que enfrentar, por el espacio y por el poder.

El sistema carcelario mexicano, como muchos otros en el mundo, no practica la combinación de una pedagogía de castigo y readaptación, reeducación, y de trabajo productivo.

En México, se debería adoptar y adaptar la práctica carcelaria de los indígenas chiapanecos, miembros del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, cuando el castigo a un infractor consiste en la reparación del daño a la víctima. Lo que significa, que sólo con el trabajo se puede redimir del delito.

Pero lo que hoy se impone en los centros penitenciarios de México, es la represión, el control, la opresión, la presión de la amenaza, la segregación y necesariamente la discriminación por razones de pertenencia (marcado) a una clase social, mayoritariamente, proletaria, pobre.

En este país, no se combate la injusticia, se castiga la pobreza.

En las cárceles de esta triste nación, están apresadas 350 mil personas (setenta por ciento de jóvenes) y en este sexenio han muerto 50 mil personas en la llamada guerra contra el crimen organizado, lo que significa que por cada muerto hay siete presos compurgando una pena, y afuera de las cárceles, habemos 100 millones de mexicanos preocupados por no saber cuándo pasaremos a formar parte de la macabra estadística.

Me parece que en México se ha perdido el sentimiento de compasión y la virtud de la razón.

La Bachicha:

No me parece tan malo que se callen los candidatos