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Un raro trastrorno mental impide sentir miedo

Salud

Por: pijamasurf - 12/17/2010

La amígdala es el corazón del miedo; una mujer sin esta parte del cerebro no le teme a nada y, al contrario, su interés por las cosas que generalmente producen miedo es desafíante.

Serpientes, sustos sorspresas en la oscuridad o hasta un hombre amenazándola con un cuhillo, nada de esto le da miedo a la paciente conocida con el nombre de SM. Esta mujer tiene un raro trastorno genético llamado la enfermedad de Urbach-Wiethe; al final de su niñez esta enfermedad destruyó ambos lados de su amígdala (compuesta de dos estructuras del tamaño de una almendra de cada lado del cerebro).

Experimentos habían relacionado a la amígdala con el procesamiento del miedo, pero estos estudios habían sólo sido realizado en animales, por lo cual había un factor de duda en el sentido de que no se sabe si los animales pueden sentir de manera consciente el miedo.

Un equipo liderado por Justin Feinstein de al Universidad de Iowa analizaron el caso de SM, quien sostiene que no ha sentido miedo ni siquiera cuando se le amenazó con un cuchillo o con una pistola. Los investigadores llevaron un diario electrónico de SM por tres meses, registrando sus estados emocionales: el miedo nunca apareció. SM dijo que no tenía miedo a hablar en público, a ser aceptada socialmente o hasta a morir.

Los investigadores luego hiceron su mejor esfuerza para asustarla, mostrándole películas de terror. SM mostró interés por estas películas pero no temor.  La llevaron a la Waverly Hills Sanatorium Haunted House, pero esto no la inmutó. Se reía picando la cabeza de los monstruos. La llevaron a una tienda de mascotas exóticas, SM, jugó con las serpientes venenosas y con las arañas.

"Lo que esto sugiere es que tal vez la amídgala actúa a un nivel muy instintivo, inconsciente", dijo Feinstein. "Sin esta área, en vez de perder el interés en las cosas, ocurre justo lo opuesto. Ella tiende a acercarse a aquellas cosas de las que debería de alejarse".

Otros científicos, aunque notan que es significativa la relación entre la amígdala y el miedo, advierten que el caso de SM podía no ser conclusivo ya que en otras personas existen diversos factores cerebrales que pueden tener que ver con el procesamiento del miedo.

Recordamos al futbolista mexicano egomaniaco, Hugo Sánchez, quien embravecido llamaba a tener "amígdalas" para enfrentar los partidos y, sin embargo, al parecer el llamado más bien sería a no tener amígdala si lo que se quiere es enfrentar impertérritamente algún encuentro.

También algo interesante a notar es como el miedo es parte del cerebro prmitivo y por otra parte su ausencia genera una enorme curiosidad por las cosas ¿hasta que punto la evolución del ser humano hacia el futuro necesitará del miedo? ¿Acaso la curiosidad cósmica de descubrir la otredad pueda suplantar este instinto? Como escribiera Terence Mckenna: "Así es como se hace la magia: lanzándote a un abismo y descubriendo que es una cama de plumas".

Vía Wired

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Científicos confirman que el cerebro humano es cada vez más pequeño. ¿Está disociado el tamaño de este órgano de la inteligencia o realmente vivimos un proceso de involución?

A pesar de que muchos pensarían que la evolución de la humanidad es una constante ineludible —y que el crecimiento de nuestro cerebro es una prueba de ello—, lo cierto es que la realidad dista de estas afirmaciones, o al menos de una de ellas. Por un lado se ha comprobado que el tamaño del cerebro no es proporcional a la inteligencia desarrollada por el animal o la persona en cuestión, pero también es cierto que la inteligencia de ciertas especies parece tener alguna relación con sus dimensiones cerebrales.

Reflexiones en torno a este fenómeno se han revitalizado tras la confirmación científica de que el cerebro humano se encuentra en un franco proceso de encogimiento. El hombre de Cromagnon, que habitó en algunas zonas de Europa hace aproximadamente 25,000 años, ostentaba el mayor cerebro que haya poseído cualquier versión humana. En contraste, actualmente las personas tenemos un cerebro al menos 10% menor que el de nuestros lejanos ancestros.

Hasta ahora los investigadores no han podido determinar con precisión cuáles son las implicaciones de esta tendencia registrada a lo largo de milenios. Existen algunos que consideran que, contrariamente a lo que nuestro ego evolutivo ha supuesto a lo largo de la historia, tal vez en realidad estemos inmersos en un proceso de “estupidización”.  El científico cognitivista David Geary afirma que la complejización de nuestra sociedad, proceso acompañado por el surgimiento de múltiples comodidades, ha provocado que los individuos requieran de menos inteligencia para sobrevivir y que a causa de esto quizá la sabia naturaleza esté limitando nuestras capacidades.

En contraste con la postura de Geary, Brian Hare, antropólogo del Instituto de Ciencias Cerebrales de la Universidad de Duke, cree que el encogimiento de nuestro cerebro en realidad refleja una ventaja evolutiva. “Un cerebro más pequeño es una muestra de selección contra la agresión. Otra forma de decirlo es que aumenta nuestra tolerancia”, afirmó Hare en entrevista con NPR.

De acuerdo con esta segunda teoría, cuando una población experimenta este proceso de selectividad evolutiva para reducir su nivel de agresión, navega hacia la domesticación. Como ejemplo Hare cita los estudios que ha realizado con chimpancés y bonobos. Los segundos tienen un cerebro más pequeño y son mucho menos agresivos. Y mientras ambos tienen la habilidad cognitiva para resolver un rompecabezas, los chimpancés no pueden lograrlo si se trata de trabajar en equipo mientras que los bonobos sí acceden a la coordinación colectiva en torno a un objetivo compartido.

Pero más allá de la disyuntiva alrededor de las dimensiones cerebrales y su relación con un grado mayor o menor de inteligencia dentro de una especie, parece que esta discusión debiese ser aprovechada para detenernos un instante a reflexionar sobre la actual condición humana y en consecuencia contrastarla con momentos anteriores de nuestra historia.  Quizá la mejor variable que podríamos utilizar como criterio para evaluar objetivamente nuestra evolución como raza humana sea la calidad de vida. Y si analizamos objetivamente la circunstancias del escenario actual, la comparación parece no ser tan favorable.

Douglas Rushkoff, el lúcido teórico de los medios,  en su libro Life Inc enfatiza el hecho de que, contrariamente a lo que nos enseñan en la escuela, durante la Edad Media la población promedio gozaba de una mayor calidad de vida que la disponible hoy en día. Dice, por ejemplo, que la gente de la Europa medieval estaba mucho mejor alimentada que el promedio del actual Occidente. Pero, además, nuestros antepasados del medievo disfrutaban de una vida con menor estrés, mantenían una relación mucho más saludable con el entorno natural y, por si fuera poco, disponían de mucho más tiempo libre para dedicarse a actividades recreativas y familiares. Todos ellos factores que podrían sugerir una calidad superior de vida que la nuestra a pesar del paraíso artificial de lujos y comodidades que nos hemos esforzado por construir en la actualidad.

Tomando en cuenta lo anterior, y sumándole distintos factores que padecemos hoy como una decadente alimentación cuya calidad se ve cada vez más amenazada por el desarrollo de transgénicos y la inclusión de hormonas, un desarrollo tecnológico que invariablemente privilegia los objetivos bélicos, una sobredosis de estímulos culturales que parecerían destinados a confundir el espíritu, y el surgimiento de nuevas y sofisticadas enfermedades relacionadas a pésimos hábitos cotidianos que hemos adoptado como parte de un estilo de vida contemporáneo, lo cierto es que bien podríamos pensar que nosotros, los humanos, hemos sido capaces de construir con nuestra existencia un espectacular monumento a la involución.

Más allá de especulaciones, lo cierto es que ante la interrogante “¿Somos cada vez más estúpidos?” responder es tristemente difícil.

Con información de NPR