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Zara Snapp, cofundadora del Instituto RIA, señala el estancamiento legislativo en la regulación del cannabis y la deuda del Senado

En México, el cannabis vive en una especie de contradicción permanente: se consume, se tolera, se ampara… pero no se regula. Está en la calle, en la conversación pública, en los tribunales, pero no en la ley.

En ese vacío (incómodo, prolongado) es donde se mueven hoy activistas, organizaciones y comunidades. Y también donde insiste Zara Snapp, politóloga y cofundadora del Instituto RIA, quien recientemente acompañó una acción en el Senado para volver a empujar un tema que, aunque lleva años discutiéndose, sigue sin resolverse.

La Dra. Snapp conversó con nosotros a propósito de dicha iniciativa. “El acto que hicimos fue un acto político para acompañar una manifestación y un acto cultural… el 420 es como la navidad para la comunidad canábica”, explica. No era solo una entrega formal: era un gesto que buscaba responder a algo más grande —miles de personas ocupando el espacio público, ejerciendo un derecho que aún no está del todo reconocido.

Una ley que no termina de existir

La deuda no es nueva. Desde 2018, tras resoluciones de la Suprema Corte, el Congreso tiene la obligación de modificar la legislación sobre cannabis. Pero el proceso se ha quedado a medio camino. “Se aprobó una ley en el Senado, se aprobó una ley en la Cámara de Diputados, pero no era la misma ley… entonces no cuenta”, dice Zara. El resultado es un escenario fragmentado: permisos individuales, zonas de tolerancia, amparos… pero ninguna regulación integral.

Y eso, insiste, tiene consecuencias claras. “No queremos excepciones a la prohibición, sino una ley completa… que permita desarrollar un mercado legal con reglas claras y sin criminalizar a las personas usuarias”.

Hoy, más de 12 mil personas cuentan con autorizaciones para cultivar cannabis, mientras decenas de miles más las han solicitado. Aun así, el acceso sigue siendo desigual y, sobre todo, precario. “Vivimos en un país desigual… y nos estamos basando tanto en la experiencia mexicana como en modelos internacionales para pensar una ley adecuada”.

Entre modelos globales y realidades locales

La discusión no ocurre en el vacío. Uruguay, Estados Unidos y algunos países europeos ya han trazado distintos caminos, cada uno con sus propios matices. Zara lo explica desde una lógica comparativa: “Uruguay tiene un modelo completo con tres vías de acceso: autocultivo, asociaciones y mercado regulado… y no ha aumentado el consumo en personas jóvenes”.

México, sin embargo, tendría que adaptar ese modelo a su propia historia. “Aquí lo haríamos con un enfoque de justicia social… porque hemos sufrido la prohibición de una forma diferente”.

Eso implica algo clave: reparar. Dar prioridad a comunidades criminalizadas, a quienes han sido perseguidos o encarcelados, a quienes han sostenido el cultivo desde la informalidad. “Serían comunidades cuyos cultivos han sido erradicados… personas que han sido privadas de la libertad por delitos de cannabis”.

El riesgo de seguir en la ambigüedad

Mientras no haya una ley, el margen de abuso permanece abierto. Zara lo dice sin rodeos: “Estamos expuestos a que si nos paran, vamos a pagar una mordida o nos van a golpear… y para mujeres la tortura sexual es mucho más común en esas interacciones”. La regulación, entonces, no es solo un tema de mercado. Es una cuestión de derechos. También de posibilidades.

Porque detrás de la cannabis hay una economía potencial que hoy opera en la sombra. “Esto podría ser una oportunidad económica… generar empleos, dar propósito a muchas personas jóvenes”.

Comunidad, conocimiento y resistencia

Desde el Instituto RIA, el trabajo no se limita a la incidencia política. También pasa por el territorio, por lo cotidiano. “Trabajamos desde la confianza y la presencia… hacemos investigación, capacitaciones y acompañamos a comunidades”, cuenta. Han formado generaciones enteras interesadas en la industria emergente del cannabis. Han visto proyectos nacer, mutar, sostenerse. Y también han apostado por algo menos visible, pero igual de urgente: la reducción de riesgos.

“Tenemos un servicio donde analizamos sustancias… identificamos adulterantes y damos información para tomar decisiones más seguras”. No se trata de negar el consumo, sino de entenderlo.

La pedagogía que falta

Ahí aparece otro eje: la educación. “Cuando condicionas los servicios de salud a la abstinencia, las personas no acuden”, señala Zara. El problema no es solo legal, también es cultural. La propuesta es distinta: hablar de autocuidado, de decisiones informadas, de placer sin culpa pero con conciencia. “No todas las personas van a dejar de consumir… pero sí pueden cambiar sus hábitos, entenderlos, gestionarlos”.

A pesar de todo, el diagnóstico es claro: México está detenido. “Estamos estancados… no hay un debate político en este momento”. Lo que existe es un debate público intermitente, que se reactiva en fechas como el 420, pero que no logra traducirse en acción legislativa. Parte del problema es la falta de liderazgo dentro del propio Senado.

“No tenemos un ‘champion’… alguien que diga: este es un tema que me importa y lo voy a impulsar”.

Miedo, mitos y resistencia al cambio

Del otro lado, los argumentos en contra se repiten. “El más grande es que los jóvenes van a consumir… es un miedo, un estigma”. Pero la evidencia internacional apunta en otra dirección. En mercados regulados, el consumo no necesariamente aumenta entre jóvenes; incluso puede disminuir cuando existen controles claros.

“En un mercado ilegal nadie pide identificación… en uno regulado sí habría reglas”. El reto, entonces, es desmontar esos miedos sin ignorarlos.

Lo que podría venir

Aun con el panorama incierto, Zara se mantiene en una posición que no es ingenua, pero sí decidida. “Yo soy optimista… si no lo fuera, no trabajaría en esto”. En el mejor de los escenarios, México podría avanzar hacia una regulación —aunque sea parcial— en los próximos cinco años. “Tal vez autocultivo y clubes canábicos… y eso ya sería un avance”.

Más allá de la ley, lo que está en juego es otra cosa: cambiar la narrativa. “Que las campañas no estén basadas en el miedo, sino en cómo cuidarnos mejor, desde lo comunitario y lo individual”.

Porque al final, más que una sustancia, lo que se discute es la forma en que una sociedad decide relacionarse con ella. Y con quienes la consumen.


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