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Cada 8 de marzo las calles se llenan de morado y verde. Estos colores no son casualidad: nacieron de luchas históricas, tragedias laborales y movimientos feministas que marcaron el camino hacia la igualdad y el derecho a decidir

El morado y el verde están en las calles cada 8 de marzo. En pancartas, en playeras, en pañuelos atados a la muñeca o al cuello. No son una moda reciente ni una coincidencia estética. Son parte de una historia larga, intensa y, en muchos momentos, dolorosa. Entender por qué estos colores acompañan al feminismo ayuda a comprender también qué está en juego cuando miles de mujeres marchan bajo esos tonos.

El morado: memoria, dignidad y lucha

El morado, también llamado violeta o lavanda, es el color que históricamente se ha vinculado con el movimiento feminista. Una de las historias más conocidas lo relaciona con el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist Factory en Nueva York, el 25 de marzo de 1911. En ese siniestro murieron 146 personas, la mayoría mujeres jóvenes migrantes que trabajaban en condiciones precarias y con las puertas cerradas para evitar “robos”.

Con el tiempo se difundió la idea de que el humo que salía del edificio era morado por los tintes textiles que se usaban en la fábrica. Aunque no existe confirmación histórica sólida de ese detalle, la imagen quedó grabada como símbolo del duelo y de la denuncia por las condiciones laborales que enfrentaban las trabajadoras. El hecho marcó la discusión sobre derechos laborales femeninos y suele recordarse en el marco del 8 de marzo.

Sin embargo, el morado ya había sido adoptado antes por el movimiento sufragista británico. La Women's Social and Political Union, liderada por Emmeline Pethick-Lawrence y otras activistas, utilizó una combinación de colores para construir identidad visual: violeta, blanco y verde. El violeta representaba dignidad y conciencia de libertad; el blanco, honestidad; el verde, esperanza. Los colores aparecían en broches, cintas y banderas. Era una estrategia política clara: hacerse visibles.

Décadas más tarde, en los años setenta, distintos colectivos feministas retomaron el morado como emblema propio. También circuló una explicación simbólica: el morado surge de mezclar rosa y azul, colores tradicionalmente asociados a lo femenino y lo masculino. Más allá de su exactitud cromática, la idea reforzaba un mensaje de igualdad.

Hoy, el morado se asocia con la exigencia de justicia frente a la violencia de género, con la sororidad y con la memoria histórica. Cuando las calles se tiñen de violeta, se está recordando a las trabajadoras explotadas, a las mujeres que pelearon por votar y a quienes siguen exigiendo condiciones dignas de vida.

El verde: autonomía y decisión

El verde se incorporó con fuerza más recientemente, sobre todo en América Latina. Su expansión está ligada a la llamada “Marea Verde” en Argentina. En 2003, durante el XVIII Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario, activistas de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito necesitaban un color para sus pañuelos. El violeta ya estaba muy identificado con el feminismo, pero había problemas prácticos para conseguir tela. Optaron por un verde intenso, conocido comercialmente como “verde Benetton”.

La elección fue práctica, pero pronto se volvió política. El pañuelo verde se convirtió en símbolo de la lucha por el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. También dialogaba con los pañuelos blancos de las Madres de Plaza de Mayo, creando una continuidad simbólica entre luchas por derechos humanos.

En 2020, Argentina aprobó la Ley 27.610, que legalizó la interrupción voluntaria del embarazo. La imagen de miles de pañuelos verdes frente al Congreso dio la vuelta al mundo. Desde entonces, el color se ha replicado en movilizaciones en Chile, Colombia, México y otros países, como un emblema de autonomía reproductiva y de acceso a servicios de salud seguros.

El verde, en este contexto, habla de esperanza, pero también de decisión. No es un tono decorativo. Representa la exigencia de políticas públicas concretas, la discusión abierta sobre derechos sexuales y reproductivos y el rechazo al estigma.

Dos colores, una historia compartida

Morado y verde suelen aparecer juntos porque condensan distintas dimensiones del feminismo contemporáneo. El primero conecta con la memoria y con la lucha histórica por derechos civiles y laborales. El segundo subraya la agenda de autonomía corporal y justicia reproductiva que ha marcado las discusiones de las últimas décadas.

Cuando alguien porta una prenda morada o un pañuelo verde, está citando sin palabras una genealogía de luchas que atraviesa fábricas, parlamentos y plazas públicas. Son colores que se han ido cargando de significado a partir de experiencias concretas, de victorias y de duelos.

No se trata solo de identidad visual. Son códigos compartidos que permiten reconocerse en medio de la multitud y recordar que las demandas actuales tienen raíces profundas. En cada 8M, esos tonos vuelven a ocupar el espacio público para insistir en algo básico: igualdad, justicia y la posibilidad de decidir sobre la propia vida.


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Imagen de portada: El sol de México