Estudio revela cómo el estrés podría influir en la propagación del cáncer
Salud
Por: Carolina De La Torre - 02/25/2026
Por: Carolina De La Torre - 02/25/2026
Durante años hemos escuchado que el estrés “afecta la salud”. Suena general, casi abstracto. Pero ahora la ciencia empieza a ponerle apellido y mecanismo. Y en el caso del cáncer, ese mecanismo podría llamarse cortisol.
En una presentación realizada en la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, la investigadora Kimberly Bussey, de la Midwestern University, expuso resultados preliminares que exploran cómo el estrés sostenido podría influir directamente en el comportamiento de las células cancerosas.
Primero, lo básico. El cortisol es una hormona que todos producimos y que cumple funciones esenciales. Nos ayuda a despertar, a responder ante situaciones demandantes y a mantener estable el metabolismo. En condiciones normales, sus niveles suben y bajan a lo largo del día siguiendo un ritmo natural. El problema aparece cuando ese equilibrio se rompe y el cortisol permanece elevado de forma constante.
En personas con cáncer, se ha observado que este patrón puede alterarse. En lugar de fluctuar, el cortisol se mantiene alto durante periodos prolongados. La pregunta que planteó el equipo de investigación fue directa: ¿qué le hace esa exposición continua a las células tumorales?
Para intentar responderla, trabajaron con células cancerosas en laboratorio. Las cultivaron bajo distintas condiciones: unas sin exposición adicional a cortisol y otras con contacto prolongado con la hormona. También analizaron qué ocurría cuando esa exposición se retiraba.
Los hallazgos apuntan a que el cortisol podría modificar el comportamiento celular. Las células expuestas durante más tiempo mostraron características asociadas con mayor capacidad de adaptación y movimiento. En términos sencillos, podrían volverse más aptas para desplazarse e invadir otros tejidos. Además, se detectaron cambios en la expresión genética, lo que sugiere que el impacto del estrés hormonal no sería momentáneo, sino que podría dejar efectos duraderos en su funcionamiento.
Este enfoque es relevante porque amplía la mirada tradicional. Gran parte de la investigación previa sobre cortisol y cáncer se había centrado en cómo esta hormona afecta al sistema inmunológico. Aquí el foco está puesto directamente en la célula tumoral y en su respuesta biológica al estrés crónico.
Hay otro punto que también empieza a llamar la atención: la posible interacción entre niveles elevados de cortisol y la respuesta a ciertos tratamientos. Aunque aún no hay conclusiones firmes, existen indicios de que un entorno hormonal alterado podría influir en la eficacia de algunos medicamentos. Es un terreno que necesita más estudios, pero abre una línea de investigación importante.
Nada de esto significa que el estrés “cause” cáncer por sí solo ni que meditar sea una cura. Lo que sugiere es algo más matizado: el contexto biológico importa. Y el estrés persistente forma parte de ese contexto.
Vivir con cáncer implica una carga emocional evidente. A eso se suman preocupaciones prácticas, efectos secundarios y la incertidumbre constante. Pretender que alguien elimine por completo el estrés no es realista. Sin embargo, sí es posible trabajar en su regulación.
Desde la perspectiva de la investigadora, integrar rutinas que ayuden a disminuir la activación constante del cuerpo puede ser un complemento valioso. Actividad física adaptada, contacto con la naturaleza, escritura terapéutica, respiración consciente, meditación y una buena higiene del sueño son estrategias accesibles que pueden contribuir a estabilizar los niveles hormonales.
Especial atención merece el inicio y el cierre del día. Por la mañana, porque el cortisol naturalmente alcanza uno de sus picos y el estado mental con el que comenzamos puede marcar el resto de la jornada. Por la noche, porque un descanso profundo es clave para que el organismo recupere su equilibrio.
Lo que plantea esta investigación es una invitación a ampliar la conversación. El tratamiento oncológico suele centrarse en cirugía, quimioterapia, radioterapia o terapias dirigidas. Todo eso es fundamental. Pero el entorno interno del cuerpo, incluido el paisaje hormonal que genera el estrés, también forma parte de la ecuación.
Aún falta camino por recorrer en los laboratorios y en estudios clínicos. Sin embargo, el mensaje que empieza a dibujarse es claro: gestionar el estrés no es un lujo ni una recomendación superficial. Podría ser una pieza más dentro de una estrategia integral de cuidado.
Cuidar la mente no reemplaza la medicina. Pero tampoco es ajeno a ella. Y entender esa conexión, con matices y sin simplificaciones, puede cambiar la forma en que acompañamos procesos tan complejos como el cáncer.