Conservadores y psicodélicos: La derecha en EEUU apuesta ahora por la ibogaína
Psiconáutica
Por: Yael Zárate Quezada - 12/26/2025
Por: Yael Zárate Quezada - 12/26/2025
En un giro inesperado del debate sobre drogas y salud mental en Estados Unidos, figuras del espectro político conservador —desde gobernadores republicanos hasta evangelistas y veteranos militares— han puesto en el centro de la discusión pública un compuesto psicodélico llamado ibogaína. Tradicionalmente asociada con movimientos contraculturales de izquierda, esta sustancia está siendo promovida como alternativa terapéutica para tratar traumas, adicciones y estrés postraumático, abriendo un nuevo capítulo en la política de drogas del país vecino del norte.
La ibogaína es un alcaloide derivado de la raíz de la planta Tabernanthe iboga, originaria de África Central. Aunque ilegal en Estados Unidos, su uso ha ido en aumento en lugares como México, donde miles de estadounidenses cruzan la frontera para someterse a tratamientos experimentales contra adicciones severas. Pequeños estudios sugieren que este compuesto puede aliviar los síntomas de dependencia a opiáceos y otros trastornos, aunque la evidencia científica firme aún es limitada.
Más aún, investigaciones clínicas, como un estudio publicado en Nature Medicine por científicos de la Universidad de Stanford, han explorado su potencial para reducir síntomas de trastorno de estrés postraumático (TEPT), lesiones cerebrales traumáticas y depresión en veteranos que recibieron tratamientos en México. En este pequeño ensayo, la mayoría de los participantes mostraron mejoras significativas incluso después de un mes sin efectos secundarios graves reportados.
Ibogaína.
Sin embargo, su perfil de seguridad es complejo: la ibogaína puede provocar arritmias cardíacas y otros riesgos graves. Un análisis de casos asociados a esta sustancia reportó al menos 33 muertes hasta 2021, aunque algunos expertos advierten que la cifra real podría ser mayor debido a la subnotificación.
Lo que hace singular la oleada de atención hacia la ibogaína en EE. UU. es quiénes la están apoyando. Gobernadores como Greg Abbott (Texas) han aprobado fondos estatales —$50 millones destinados a investigación terapéutica— bajo el argumento de que podría beneficiar a veteranos con traumas de guerra, una población que ha sufrido durante años por falta de tratamientos efectivos.
Al mismo tiempo, activistas conservadores y figuras públicas la describen con términos que mezclan lo espiritual y lo médico. Bryan Hubbard, abogado y director de un grupo defensor de la ibogaína, califica la droga como una herramienta que puede “mejorar sustancialmente los resultados de tratamientos que afectan la mente, el cuerpo y el alma”, evocando incluso citas bíblicas en sus argumentos.
Este discurso se acompaña de un fenómeno cultural más amplio: a diferencia de décadas pasadas, cuando los psicodélicos eran vinculados a protestas contra la guerra y movimientos contraculturales, hoy algunos en la derecha los abrazan como tecnologías de sanación para “guerreros” o como herramientas espirituales compatibles con valores conservadores. El autor Jamie Wheal ha descrito este viraje como parte de una “renacimiento psicodélico capitalizado, conservador y cristiano”.

Greg Abbot, gobernador de Texas.
Aunque muchos veteranos y figuras políticas elogian el potencial curativo de la ibogaína, hay voces críticas que alertan sobre un peligro distinto: la mercantilización acelerada de tratamientos aún no completamente comprendidos. Para Jeremy Weate, director de la Global Ibogaine Therapy Alliance, el riesgo es que esta sustancia se convierta en “una pastilla más” dentro de un sistema de salud neoliberal, en lugar de ser abordada con el rigor científico y el cuidado ético necesarios.
Este debate se intensifica cuando se mira más allá de Estados Unidos. En México y otros países donde la ibogaína es administrada de forma privada, centros de tratamiento han proliferado ofreciendo terapias intensivas que prometen liberación de adicciones y experiencias introspectivas profundas, lo que ha generado tanto testimonios de recuperación como cuestionamientos éticos sobre su regulación y supervisión médica.
La conversación en Estados Unidos está lejos de ser un consenso médico. Expertos en salud mental señalan que, aunque hay señales prometedoras, la evidencia aún no es suficiente para declarar a la ibogaína como un estándar terapéutico seguro. De hecho, publicaciones como The BMJ han resaltado las debilidades en la evidencia existente sobre psicodélicos en psiquiatría, llamando a enfoques más cautelosos y regulados.
En ese sentido, el fenómeno no solo expone grietas en la política de drogas de EE. UU., sino también tensiones culturales: ¿puede un psicodélico ser adoptado por la derecha política sin perder su estigma histórico? ¿Se trata de un paso hacia tratamientos más humanos para adicciones devastadoras, o de una moda política peligrosa impulsada por discursos espirituales y comerciales?
Mientras el debate se intensifica, millones de personas afectadas por el TEPT y la crisis de opioides observan con atención y con la esperanza de que, al menos, el diálogo científico y médico no quede eclipsado por los vaivenes de la política cultural.