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Un nuevo modelo astronómico plantea que la colisión entre la Vía Láctea y Andrómeda, considerada inevitable durante más de un siglo, tiene apenas un 2 % de probabilidad de ocurrir.

Durante más de un siglo, la narrativa sobre el destino cósmico de nuestra galaxia parecía incuestionable y es que  la Vía Láctea se dirigía hacia una colisión con Andrómeda. Esta hipótesis, formulada desde 1912 cuando se detectó el movimiento de acercamiento entre ambas, sostenía que en unos 4 mil 500 millones de años ocurriría un colosal encuentro galáctico. El nombre extraoficial del evento, “Milkomeda”, evocaba esa fusión que se creía tan segura como el paso del tiempo.

Sin embargo, la historia acaba de torcerse.

Un nuevo estudio publicado en Nature Astronomy, encabezado por el astrofísico Till Sawala de la Universidad de Helsinki, pone en duda ese final aparentemente inevitable. 
Mediante una simulación más compleja del entorno galáctico local, el equipo descubrió que la colisión no solo no es segura, sino que su probabilidad real es bastante más baja de lo que se creía.

Según las nuevas proyecciones, la posibilidad de un impacto entre la Vía Láctea y Andrómeda en los próximos cuatro a cinco mil millones de años es de apenas un 2 %. Una cifra que pulveriza décadas de estimaciones científicas que hablaban de un choque casi garantizado.

¿Qué cambió en los cálculos? 

Los investigadores introdujeron nuevas variables en el modelo como la influencia gravitacional de otras galaxias cercanas, como la Gran Nube de Magallanes (que orbita la Vía Láctea) y la galaxia del Triángulo (compañera de Andrómeda). 

Estas estructuras no habían sido consideradas con el mismo nivel de detalle en los análisis previos, pese a que, junto con nuestras dos grandes protagonistas, forman el núcleo masivo del llamado Grupo Local, una agrupación galáctica que contiene más de cien galaxias.

Al añadir estos actores gravitacionales secundarios, pero no menos importantes, el equipo descubrió que el futuro de la Vía Láctea es mucho más incierto de lo que se había pensado. En lugar de un final definido por una fusión, el nuevo escenario es más caótico y abierto, pues todo depende de la danza cósmica entre estas masas flotantes y sus complejas trayectorias.

Aunque el destino final del cosmos se mantiene como una gran incógnita, este hallazgo rompe con la idea romántica —y un tanto catastrófica— de un desenlace común entre nuestra galaxia y Andrómeda. Quizá, en vez de un abrazo final, ambas continúen vagando solas por el vacío, evitándose por milenios.

 


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Imagen de portada: Roberto Machado Noe