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El principio esencial de la enseñanza budista es la renuncia al mundo convencional

Siddharta Gautama era el príncipe del clan de los Sakhya, una casta guerrera de lo que hoy es Nepal. Su infancia y juventud transcurrieron en un palacio de placer en el que no faltaba nada, gozando de una excelente salud y de todos los deleites imaginables. Según cuenta la historia tradicional, el padre de Gautama sabía que su hijo era muy especial, pero prefería que fuera el monarca del mundo, el conquistador, y no un santo o renunciante; por ello lo mantuvo resguardado, en un estado completamente positivo, impidiendo que presenciara el infortunio de la realidad. Pero era inevitable que Gautama saliera de ese palacio de placer, de esa hermosa burbuja en la que vivía, y en tres ocasiones logró salir del territorio que su padre minuciosamente protegía. Al pasear por el bosque con su auriga se encontró con un hombre enfermo, con un muerto y con un viejo. Esto le reveló que a fin de cuentas todo el placer del cual gozaba era ilusorio, pues era impermanente. entonces resolvió renunciar a su reino, a su familia, a todos los lujos y a toda la supuesta seguridad que esto le brinda a los seres humanos.

El hombre que sería el Buda, "el que ha despertado", viajaría por la India durante varios años aprendiendo todas las técnicas de ascetismo y meditación que ya se habían desarrollado en un rico entorno en el que coexistían la sabiduría de las Upanishads, el jainismo y otras escuelas contemplativas que aún hoy son la base de la espiritualidad india. Después de someterse a un extremo ascetismo y aprender el más profundo samadhi, el Buda decidió un camino medio y, según cuenta la leyenda, decidió sentarse bajo el árbol bodhi en lo que hoy es Bodhgaya y no levantarse hasta conocer una verdad imperecedera. 

Ahora bien, lo esencial del camino del Buda, como lo es también del camino de Jesús y de los santos hindúes, es que es necesario renunciar. Esta es la esencia de la genuina tradición espiritual. Filósofos occidentales como Hegel o Nietzsche criticaron la espiritualidad oriental creyendo que se trataba de un quietismo y de un acosmismo que negaba la vida. Pero esta lectura es imprecisa -aunque quizá excusable, en tanto que el material con el que contaban sobre las religiones orientales era incompleto-. Lo que la espiritualidad india niega es una forma de existir apegada a lo impermanente, renuncia al reino de un mundo que considera ilusorio y carente de una auténtica plenitud; renuncia a lo transitorio para afirmar lo eterno. Esta renuncia, sin embargo, no necesariamente implica una negación del mundo inmanente para orientarse hacia un más allá o una trascendencia incorpórea; implica una purificación de la conciencia, a través de la percepción y la acción correcta, la cual permite experimentar el mundo tal como es, la realidad en toda su luminosidad. Pero para experimentar la realidad en toda su sagrada profusión es necesario renunciar al mundo que comúnmente experimentamos, el llamado samsara. 

El  filósofo y erudito S. Radhakrishnan enfatiza la renuncia del Buda:

No había nada de lo cual careciera el Buda, el gran príncipe de la India: un reino, una casa que incluía toda felicidad concebible. Pero tuvo que negarse todas estas, rechazarlas, no por la dureza de su corazón, sino por amor a la verdad. Sólo así podía conquistar su propia naturaleza impulsiva, y hacerse a sí mismo un espejo del universo.

Y en otra parte de su libro East and West in Religion, Radakrishnan, quien también fuera presidente de la India, escribe.

El misterio de la vida es el sacrificio creativo. Es la idea central de la Cruz, que le pareció tan escandalosa a los judíos y a los griegos, que aquel que realmente nos ama debe sufrir por nosotros, incluso hasta el punto de la muerte. Es esta la idea central de todas las religiones vivientes. La conquista del mal a través del sufrimiento y la muerte, la tenemos no sólo en el jardín de Getsemaní, en el palacio del Buda, en la celda en la que Sócrates bebió la cicuta, sino en muchos otros lugares desconocidos. Sólo aquello que sufre es realmente amoroso, realmente divino. 

Luminosas palabras que nos recuerdan la primera noble verdad en la que el Buda establece que "la vida es sufrimiento", esta es la realidad del samsara. No hay otro camino hacia la verdadera felicidad e incluso hacia la eternidad que pasar por el sufrimiento, que ser capaz de renunciar a la autogratificación y a los placeres mundanos. Incluso es posible que uno pueda disfrutar de placeres inconcebibles en este mismo mundo, aunque transfigurado, como enseña el tantra, pero no hay manera de hacerlo sin renunciar antes al modo del egoísmo y la satisfacción personal. Es por eso que en todos casos la vida requiere de la muerte, de alguna forma de negación que lleva a lo que un maestro contemporáneo ha descrito como el canto posapofático.