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Escuela, trabajo, familia... o la feliz prisión de nuestras vidas

AlterCultura

Por: pijamasurf - 12/15/2018

La prisión convencional de nuestra época

Esta escena de la película Vampire Assistant: Cirque du Freak -una por momentos genial comedia oscura- muestra la situación emblemática de un joven presionado por la sociedad.

College, job, family... College, job, family: a happy productive life. Este es el eslogan, la receta de éxito, el dogma de nuestra sociedad, en la que el éxito mundano y la conformidad con lo establecido por la sociedad son algo así como la nueva religión o al menos el imperativo categórico. Ir a una buena universidad para tener un gran trabajo y así poder tener una familia propia, de esa manera, en pasos bien definidos.

Por supuesto, no es que haya algo intrínsecamente malo, ni mucho menos, en ir a la universidad (si bien merece decirse que contraer deudas estratosféricas para hacerlo tal vez no sea la mejor decisión), en tener un trabajo y en tener una familia propia. Lo que se cuestiona aquí es la noción de que todas estas son indispensables para ser feliz o están indisociablemente conectadas y dependen la una de la otra. Para encontrar su plenitud, el ser humano ciertamente requiere de una búsqueda de la sabiduría, o al menos, de lo que se revela como verdadero -en un sentido ético y hasta religioso, algo que le enseñe cómo vivir, para qué vivir y le dé una repuesta a la pregunta por "quién soy yo"-. La universidad puede ayudar a esto, aunque no necesariamente.

El ser humano necesita también de una actividad en la cual pueda encontrar una salida a su energía, e idealmente, catalizar una cierta creatividad. El trabajo en el sentido de construir algo, de sembrar y cosechar, de crear una obra, de dedicarse a algo bueno, bello y verdadero, es algo que llena y satisface naturalmente a las personas. Las situaciones económicas suelen hacer que muchas gente tome trabajos que no están alineados con su propia vocación, intereses e inquietudes creativas, y que incluso los orillan a situaciones ética y estéticamente deleznables; esto es un fenómeno lamentable, cuyas causas trascienden el límite de este artículo. Dicho eso, muchas personas, pese a crecer en condiciones desfavorables, podrán con un poco de disciplina, pasión y fe sortear las contingencias para que su trabajo no sólo sea un medio para algo más, sino que sea una actividad suficiente en sí misma, grata, estimulante y hasta espiritualmente enriquecedora.

El ser humano necesita tener relaciones íntimas para sentirse conectado con la vida, e incluso, hasta para tener una vida saludable. Aunque ciertamente tener una familia propia es algo que brinda gran satisfacción e incluso se inserta dentro de un esquema ideal de plenitud en un sentido sociobiológico, es indudable que estamos presenciando nuevos esquemas en las relaciones de pareja y en los núcleos familiares que muestran que se pueden tener vida plenas sin necesariamente tener una "familia propia". Por otro lado, la razón por la cual es tan benéfico tener una familia propia se debe a que esto alienta en el individuo el amor y la responsabilidad por los demás y tiende, al menos idealmente, a mitigar el egoísmo. Amor, responsabilidad, servicio y autosacrificio son cosas que se pueden obtener sin necesariamente convertirse en un jefe de familia, ya que son parte de la esencia humana en su plenitud. Asimismo, nadie conseguirá estas "virtudes" solamente por tener una familia, tener un buen trabajo o haber cursado una licenciatura o un doctorado. En ocasiones, todo ello puede ir en contrasentido de esto, especialmente cuando se hacen las cosas como medios para algo más.

Desde una perspectiva más radical, que tiene como mira la libertad de la conciencia en un sentido último, la escuela, el trabajo y la familia pueden ser prisiones. Tanto Jesús como Buda y Krishna se describieron en sus enseñanzas como aquellos que cortan los lazos con el mundo, y específicamente, con la familia. Éstos son, finalmente, valores mundanos y hasta burgueses, en tanto que la mayoría de la gente busca estas cosas para obtener seguridad y evitar enfrentar el vacío del infinito y las verdaderas preguntas ontológicas. Como dice un maestro budista estadounidense:

Cosas, posesiones, pertenencias, comodidad, seguridad, poder, romance, aprobación son las barras de la celda de la prisión. Tanto la necesidad de ser o el miedo a ser, son las bases de la estructura de la prisión. Ganancias y pérdidas, alabanzas y acusaciones, fama y sinsentido, felicidad y sufrimiento, éxito y fracaso, placer y dolor, nacer y morir, riqueza y pobreza, todos estos son los contrafuertes de las paredes de la prisión. Si las distracciones de la sociedad, las cosas materiales y las relaciones te pueden hacer olvidar que estás en una prisión, entonces sigue durmiendo.

Las auténticas escuelas espirituales existen para aquellos que saben que están en prisión. Para aquellos que no han sido seducidos por los adornos de la sociedad en las paredes de la prisión -escuela, trabajo, familia, cena de Navidad-. Antes de que alguien sepa que está en prisión no puede ser ayudado. Hasta ese punto toda la llamada vida espiritual es sólo otro abalorio, otro ornamento más en la vida convencional con sus tediosas vueltas hacia la muerte. Pero en algún punto la mente del corazón entiende la lección de la vida y se convierte en una intensa concentración en ser libre. Es sólo en ese punto que una escuela espiritual puede ayudarte.

Para el budismo el mundo en el que vivimos, el samsara, es una especie de demencial y finalmente triste carrusel en el que nos subimos dando vueltas y vueltas, persiguiendo los objetos de los sentidos y de nuestras propias fantasías, sin darnos cuenta de que afuera está el mundo real, infinito y dichoso. La vida humana es una oportunidad para apearse del caballo -que siempre acabará revelándose como una yegua nocturna: nightmare, una pesadilla- y despertar, pero para hacerlo debemos notar que esta vida es una ilusión, que estamos siendo engañados en tanto que creemos que podemos ser felices a través de las cosas. Lo primero es notar que estamos en prisión. Por eso, el sendero budista empieza con la renuncia al mundo. Una renuncia que no necesariamente requiere de renunciar a la familia, al trabajo, a la escuela o incluso a las cosas materiales; significa renunciar a creer que la felicidad puede encontrarse en ellas. Renuncia a todo lo que es impermanente y condicionado y concentración única en lo que es eterno.

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¿Vale la pena vivir sin tener una relación con algo infinito, sin interesarse por una posibilidad eterna y divina? Jung creía que no

¿Puede encontrar el ser humano sentido por sí mismo? Esa es una de las grandes cuestiones con las que el pensamiento se enfrenta, especialmente a partir del siglo XX. ¿Se puede encontrar sentido en un mundo que no otorga ningún valor absoluto, ningún centro que se mantiene siempre fijo e inmutable? ¿Hacia qué orientar la existencia si es que estamos realmente solos y no hay nada trascendente? El psicólogo suizo Carl Jung creía que el hombre necesita de algo trascendente para encontrar  sentido en el mundo, si no algo externo, sí algo que trascienda su propio ego, algo que se revela como sagrado, otro y numinoso. En sus memorias Jung escribió:

La pregunta decisiva para el hombre es: ¿está relacionado a algo infinito o no? Esta es la pregunta reveladora de su vida. Sólo si sabemos que la cosa que realmente importa es infinita podemos evitar fijar nuestros intereses en cosas fútiles y en todo tipo de objetivos que carecen de verdadera importancia. Así entonces, exigimos que el mundo nos conceda reconocimiento por las cualidades que consideramos como nuestras posesiones personales: nuestro talento o nuestra belleza. Entre más un hombre hace énfasis en falsas posesiones, y entre menos sensibilidad tiene a lo esencial, menos satisfactoria es su vida. Se siente limitado porque tiene objetivos limitados, y el resultado es envidia y celos. Si entendemos que aquí en la vida tenemos un vínculo con algo infinito, nuestros deseos y actitudes cambian.

No es sólo ésta la pregunta decisiva del ser humano, es quizá también la cita decisiva de la obra de Jung, como sugiere Peter Kingsley en su nueva obra Catafalque, un estudio de la vida y obra de Jung y su relación con Henry Corbin, justamente a la luz de una relación con algo infinito. Todo el método psicoanalítico de Jung se puede leer como un movimiento, sobre todo a través de la imaginación, para entrar en contacto con eso infinito. Jung consideraba que la segunda parte de la vida no era más que una cuestión espiritual -un problema, una urgencia, un llamado que hacía el alma por manifestarse, por integrarse y mostrar sus oscuras, aterradoras, mas divinas profundidades-. Jung creía que la psicoterapia había surgido justo como respuesta a un cierto declive en las religiones organizadas. El hombre no podía vivir sin algo que le diera sentido y seguía teniendo sed de espíritu, pero ya no podía saciarlo fácilmente con lo que le ofrecía la religión, en gran medida porque la ciencia le presentaba de manera poderosa un modelo de realidad que era difícil de conciliar con la religión. Paradójicamente, aunque Jung quería hacer ciencia, y defendió su psicología analítica como algo científico, al final su trabajo se se acerca más a la religión y sobre todo a la magia o a la teúrgia. Y no digo esto peyorativamente, aunque probablemente a cierto Jung -a quien él llamaba "el primero", en su doble personalidad- no le habría gustado oír esto. Sin embargo, el mismo Jung, aunque buscó legitimar su trabajo con la academia y el prestigio de la ciencia, fue muy consciente de las limitaciones de la ciencia y criticó el dogmatismo del materialismo científico.

Esta idea de Jung de que para obtener sentido y vivir dignamente es necesario tener como referente algo infinito, es esencialmente una idea religiosa. La podemos encontrar en numerosas religiones, particularmente desarrollada en el cristianismo y en las tradiciones indias que practican el bhakti o la devoción. En gran medida parte de la noción de que una persona se transforma en aquello que conoce, parafraseando a San Juan de la Cruz, el amante queda en el amado transformado. Conocer y amar son en este sentido idénticos. Si le ponemos nuestra atención e interés a algo limitado, impermanente y superficial, así seremos nosotros. Como dice el Buda en el Dhammapada: "eso en lo que pensamos, eso seremos". Spinoza tiene un pasaje similar al de Jung en su De intellectus emendatione:

Toda nuestra felicidad o infelicidad depende solamente de la cualidad del objeto en el que fijamos nuestro amor [...] Pero el amor hacia un objeto eterno e infinito alimenta la mente con una alegría pura sin rastros de tristeza.

El objeto de nuestro amor es como el fuego que todo lo lleva a su propia naturaleza fogosa y, al ser eterno e infinito, como el fuego que consume todo los metales que no son oro.

Fue la religión, los grandes santos y sabios de las diferentes tradiciones, los que notaron primero que el amor era la razón de ser del hombre y que solo en el amor encontraba su plenitud. Pero notaron también que el amor dirigido a un objeto impermanente y limitado era un amor condenado a la inconsistencia y al sufrimiento. De aquí que se presentara la solución: un amor a un ser eterno, infinito, perfecto, omnipresente y omnibenevolente. Y en ese amor, entonces, una posibilidad divina: una comunión y por lo tanto, una deificación. Pues esto es lo que implica la intimidad del amor: conocer al amado y participar de alguna manera en su esencia. 

 

Twitter del autor: @alepholo