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7 (absurdos) despropósitos que te van a suceder cuando comiences a tocar un instrumento

Arte

Por: Mateo Tierra - 11/02/2018

Cuando las musas se depilan los herreros forjan las mejores melodías: pitidos, lavadoras, cláxones... ya nada volverá a ser lo mismo cuando tu cerebro comience a encontrar música en los ruidos de tu cotidianidad

La brillante independencia entre manos del pianista, la inteligencia rítmica del percusionista, la seductora entonación del cantante... No, no y no. Aquí no vamos a hablar de los beneficios neurológicos de tocar un instrumento (por cierto, cuantiosos). De hecho, todo lo contrario: vamos a tratar de diseccionar los infortunios a los que es llevado el osado herrero de las frecuencias. Es un punto de no retorno: incesantes y obsesivas horas de práctica han cincelado su cerebro de forma distinta e imprevista. Una vez cruzado el umbral, hay que atenerse a las consecuencias de ser un médium de los sonidos ¡Oh, bendito suplicio!

 

¿Así que quieres ser músico?

En una sensibilidad auditiva cultivada no todo son grandes composiciones, genios virtuosos y ocurrencias brillantes. ¿Acaso contempló Euterpe, la musa de la música, que estos galanes artistas dejarían de seducirla distraídos por intempestivos raptos de inspiración distracción? Tics nerviosos, excentricidades manuales, obtusos juegos crípticos... ¡Oh Apolo! ¿Por qué dejaste caer estas calamidades sobre tus hijos legítimos?


 

1. Por favor, deja ya "la cancioncita" en paz

Está bien, digamos que hace unos meses que comenzaste tus primeras clases de piano. Una soñolienta mañana de fin de semana te despertarás y te darás cuenta de que ya nada es lo mismo: llevas 20 segundos abstraído en torno a las irritantes saltarinas notas musicales de un anuncio televisivo. Tu zapato se movía al ritmo: "Oh, no...". De hecho, probablemente hayas sido percibido por tus compañeros, en el cine, emitiendo un murmullo para acompañar a los anuncios previos a la película. Bienvenido al gremio.

Es más, puedes llegar a desarrollar una tenaz capacidad de silbar incesantemente el despertador del móvil; incluso socorrer el piano para sacarte aquella melodía que acompaña al anuncio de retretes elegantes. Tu insistencia no cesa, poniendo a prueba la paciencia de tu círculo de amistades, "¿Qué hay de malo?", al fin y al cabo todo parece un juguetón pasatiempo para ti. A pesar de las mofas que acarrean tus maniobras, tu entrega es absoluta. Acéptalo, la condición del artista es ser incomprendido (e irritante).

 

2. ¿Quién está golpeando la mesa?

Practicas absurdos movimientos de memoria muscular en instrumentos etéreos: la guitarra de aire, el bajo eléctrico invisible, el piano inexistente... Por supuesto, también tendrás raptos de percusionista: más de una vez serás visto golpeándote los muslos, la mesa o el suelo haciendo ritmos inusitados "¡Que tiemble la vajilla! ¡Qué más da!".

Cualquier objeto cotidiano puede volverse un instrumento. Así sucederá cuando trates de sacarle el silbido sobreagudo a la botella de cerveza vacía ("Oye, si vas a practicar eso aléjate al otro extremo de la mesa"). Empezarás a ser consciente de que entre el chirrido de todas las botellas se forma un maravilloso acorde menor... "Que sí, artista. Pide la cuenta al camarero y vámonos a casa a pasear al perro".

 

3. Aria para tenor y lavavajillas continuo

Tienes gran capacidad para batirte en dúo con los electrodomésticos. Comenzarás a darte cuenta de las notas musicales de los objetos de tu hogar: el microondas en sol durante el programa descongelar, el cepillo de dientes eléctrico como un diapasón que te marca la tonalidad de tu cantata anticaries, el aspirador produciendo un zumbido agudo que te permite improvisar florituras melódicas entre ácaros... hasta puede que corras a comprobar qué nota hizo la silla cuando la desplazaste y emitió un chirrido ("¡Sabía que era un re!"). Llegarás a pensar que vives dentro de una orquesta de muebles; hecho fantástico para todas tus relaciones sociales, pues tus dotes artísticas también se extrapolan a entornos laborales o públicos. O mejor aún, a la ciudad...

 

4. Atasco en fa mayor (molto affrettato)

Alarmas, señales antirrobo, llamadas de transporte público, campanadas, sonoras risas arpegiadas, pitidos de ascensores, sintonías electrónicas, chillidos neumáticos... Esto puede ser un hecho duro de aceptar: el ruido de tu entorno se transformará en música. Sí, tal y como lo concibió el compositor norteamericano John Cage; la música en su sentido más amplio: Dondequiera que estemos, lo que oímos es en su mayor parte ruido. Cuando lo ignoramos, nos molesta. Cuando lo escuchamos lo encontramos fascinante (El futuro de la música: Credo, John Cage, 1937).

Así es, a partir de ahora descubrirás las armonías urbanas: en un atasco, una superposición de cláxones furibundos puede producir intervalos aumentados y armonías dignas del jazz más vanguardista: Taxistas impacientes haciendo un acorde cautivador Op. 9 nº1.

La naturaleza tampoco se escapa. Silbarás como lo haga el viento, cantarás como canten los pájaros:

Porque en esta nueva música nada sucede excepto los sonidos: los que están sobre el pentagrama y los que no. Los que no lo están aparecen en la música escrita como silencios, abriendo así las puertas de la música a los sonidos del ambiente... El espacio y el tiempo vacíos no existen. Siempre hay algo que ver, algo que oír. En realidad, por mucho que intentemos hacer un silencio, no podemos.

(Música experimental, John Cage, 1957)

 

5. "Oye, tú que sabes de esto..."

Ahora que ya tienes hasta al mismísimo John Cage de tu parte empezarás a sentirte más seguro en explorar tu irremediable afinidad por las frecuencias, y esto no pasará desapercibido: sí, acostúmbrate a que la gente comience a tomarte como una referencia para tratar de solucionar sus dudas sobre música. Alabarán tu entendimiento aclamando: "Oye, yo como no soy músico te pregunto a ti"; tú tratarás de improvisar una respuesta convincente para no desestimar tus "superpoderes" musicales; mientras tanto, por dentro pensarás:"¿Realmente es para tanto? Bueno, pregúntame lo que quieras, vista la fascinación con la que imitaba el canto de los pájaros hace unos minutos puede que sí sea para tanto".

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

(Franklin D. Roosevelt)

 

6. "Ah, encantado, vosotros sois los que cantabais antes"

Punto esencial: cuando te juntas con amigos que también han martilleado cincelado su cerebro con música suceden aquellos rituales catalogados como cantos gregorianos catárticos y polifonías etílicas. Sí, gozáis de gran habilidad a la hora de improvisar karaokes portables urbanos. Esto puede resultar atractivo para los desconocidos, que se acercarán a averiguar por qué tanta cacofonía y entusiasmo; ahora bien, si ya se acercan vecinos es preferible cadenciar vuestra aria vespertina y fugarse a ritmo molto andante.

Todo esto sucederá con la exponencial pérdida de vergüenza debida al efecto de identificación gregaria ("Oh, he encontrado a uno de mi especie"). Es el ingrediente con el que se desata la magia tribal: percusión con las guanteras y cajones del coche, conversaciones aliñadas con palmas y graznidos, armonías vocales con las canciones más tendenciosas de la discoteca... todo vale.

 

7. ¡Zip! Lo tengo

Has cristalizado la melodía perfecta que llevas toda la tarde rumiando tras perseverantes horas de orfebrería sonora en pijama, y ahora no la vas a dejar pasar. Tal es el grado de urgencia creativa que puede que interrumpas abruptamente una necesidad fisiológica a fin de correr hacia tu instrumento o grabadora para asentar tu idea musical. Es más, apuesto a que interrumpirías el dulce desfallecimiento en los brazos de Morfeo por pura inspiración: te dormías, entrando en estado hipnagógico, y han comenzado a sonar esos acordes en tu cabeza (¡Eureka!): "Uf, qué frío hace afuera... Qué demonios, no importa".

En definitiva, si algo podemos concluir de estos siete despropósitos es que el precio a pagar por adentrarse en la esfera de los sonidos es razonable. Cada oficio moldea la mente de formas inesperadas y aquí, no obstante su apariencia de infortunios, parece que tales manías producen una especie de dichoso placer privado en quienes los padecen. Quizá valga la pena adentrarse y comprobarlo. Después de todo, quien cruza el umbral parece no querer regresar .¿Has llegado hasta aquí o algún susurro de musa ha interrumpido tu serena lectura?

 

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