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¿Y si volviéramos a cantar para comunicarnos?

Arte

Por: Mateo Tierra - 10/12/2018

De cuando canto y habla eran inseparables. La dimensión emocional amplificada de "Hmmmmm", el protolenguaje paleolítico

¡Qué cantarín es este idioma! No es coincidencia que cada lengua y país (así como dialecto y región) conserve una melodía única junto a sus manifestaciones musicales y artísticas distintivas. Desde la sutil modulación de las lenguas tonales asiáticas hasta la sonoridad ondulante de las lenguas latinas, nuestros oídos perciben cómo cada forma de hablar tiene su música propia. Paralelamente, el musicólogo Alan Lomax evidenció cómo la música de una región cataliza las necesidades emocionales de tal colectivo:

Propongo la noción de sentido común de que la música de algún modo expresa emoción y que, en consecuencia, cuando un estilo musical distintivo y consistente vive en una cultura o atraviesa varias, se puede suponer la existencia de un conjunto característico de necesidades o impulsos emocionales que son de algún modo satisfechos o evocados por esta música.

(Estructura de la canción y estructura social, Alan Lomax, 1962)

Partiendo de las ideas de Lomax, podemos llevar su hipótesis al siguiente corolario: la melodía o musicalidad del habla, al igual que sucede con las manifestaciones musicales, también cristaliza estos mismos impulsos perennes de cada región, es decir, las estructuras psicológicas del Volksgeist. ¿Por qué? porque existió una época en que música (canto) y habla eran indistinguibles.



El West Side Story paleolítico. De cuando la vida era un musical salvaje

Retrotraigámonos entre 500 mil y 300 mil años. Aquí no hay lindy hop, música incidental ni versos rimados. Tan sólo imaginemos una cotidianidad donde toda comunicación hablada proviene del canturreo y los sonidos onomatopéyicos ¡Exacto!, tal y como sucede en el lenguaje-canto animal. Este es el humus originario del que proviene el protolenguaje del Homo heidelbergensis. También acuñado “Hmmmmm” por el profesor Steven Mithen en su libro The Singing Neanderthals: The Origins of Music, Language, Mind and Body (2005), esta curiosa onomatopeya es un acrónimo de las cualidades de esta habla tan cantarina: holístico, manipulador, multimodal, musical y mimético.

En base a estas cinco características, Mithen deduce que esta forma de comunicación primitiva indisoluble entre canto y habla tenía como fin manipular la realidad presente. Es decir, el Homo heidelbergensis no se andaba con abstracciones, trataba de comunicar e interceder en el momento presente: “¡Fuego!” o “¡León, corre!”. De tal forma, el canto, en su vertiente melódica y musical, le otorgaba aquella expresividad complementaria a su sencillo vocabulario (basado en vocablos elementales).

Dado que pensamos a través del lenguaje, con la creciente complejidad de nuestro pensamiento simbólico, nuestro lenguaje también acabó sofisticándose. Las florituras melódicas o la excesiva musicalidad podían llegar a entorpecer los enunciados a medida que aumentaba la cualidad abstracta del lenguaje. Parece que la solución práctica fue limitar el canto, adoptando un estilo de recitación que pudiera condensar la mayor cantidad de información en el menor tiempo, algo así como la cualidad narrativa del estilo recitativo en ópera (versus el paulatino despliegue melódico y emocional de las arias).

El canto, tal y como lo concebimos hoy, fue desterrado de la comunicación en tiempo real (la manipulación de los eventos presentes). A cambio, optó por convertirse en una sublimación del lenguaje, una autorrevelación emocional sin significado concreto ni contenido objetivo. Aunque no todo son malas noticias: a pesar de este divorcio entre canto y habla, nuestro lenguaje oral mantuvo reminiscencias de este pasado musical.

 

Ah-yu-yu-yu-yu-yú, ¡Prrrrrrrrrr!

Cuando tratamos de comunicarnos con bebés o infantes “exageramos” la cualidad musical de nuestra habla: Acentuamos el dibujo melódico que da coherencia a las frases, jugamos con el carácter rítmico o repetitivo de los enunciados, hacemos oscilar de forma más manifiesta el volumen (desde el susurro en pianísimo hasta una sorpresa en forte; tal y como en un instrumento musical), producimos juguetonas onomatopeyas, etc. Es decir, recalcamos el carácter musical que acompaña a la semántica de las palabras a fin de potenciar la dimensión emocional del mensaje.

Otro ejemplo es el dibujo melódico del habla, es decir, el salto entre notas distantes (conocidos como intervalos) tan presente en las lenguas latinas. Por ejemplo, una forma común de realizar preguntas reside en acabar la oración con un salto de quinta (p. ej.: un salto de do a sol; el mismo intervalo que da inicio a la archiconocida melodía de Star Wars): “¿Ho-la? ¿Hay alguien a-?”. Esta última sílaba nos otorga esa sensación de frase “abierta”, esperando respuesta.

De hecho, culturas antiguas fueron muy conscientes de estos residuos musicales del lenguaje. En la mousiké griega (el arte de las musas) era esencial esta unión primigenia donde contenido textual y canto, junto a otras expresiones como la mímica, la danza o la declamación poética, inspiraban este reencuentro velado de lo que fuimos.

 

5 pasos para hacer tu “Hmmmmm” casero

¿Recuperaríamos el canto en nuestro día a día como una forma de comunicación abiertamente emocional? Quién sabe qué sucedería si conociéramos la melodía que vibra dentro de nuestros semejantes: rabia, aplomo, envidia, vehemencia, regocijo... quizá fuera desfavorable llegar a saber tanto, ¿dónde quedaría espacio para el disimulo? O acaso todo lo contrario, ser tan cristalinos podría mermar los malentendidos comunicativos: aquellos casos donde las palabras contradicen la verdadera intención del individuo, ¿qué opina el lector?

En un intento de recuperar esa comunicación ancestral tenemos la posibilidad de hacer nuestro propio experimento casero con el “Hmmmmm”. Estos son los cinco pasos a seguir:

1. Encuentra a un interlocutor de tu especie (el Homo heidelbergensis ya está extinto).

2. Rescata un episodio anímico de tu pasado, sea fuente de aflicción o de dicha.

3. Puedes emplear palabras para narrar el suceso o sustituir todo el contenido semántico repitiendo unos mismos vocablos sencillos de significado neutro (p. ej. “pan integral”). Con esto último obtendrás mayor conciencia en la dimensión emocional y melódica del “Hmmmmm”.

4. Declama tu vivencia a tu compañero y que él responda recogiendo tu energía. Vuestras melodías se entrelazarán mutuamente creando caminos divergentes hacia nuevos territorios sensibles.

5. Disfrutad de vuestra emocionalidad Homo sapiens.

 

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'El grito' que se sigue escuchando: Documental del movimiento estudiantil del 68 en Arcadia

Arte

Por: Alejandra Arrieta - 10/12/2018

El documental "El grito" de Leobardo López Arretche es el único testimonio fílmico del movimiento del 68 desde la trinchera estudiantil

Articular históricamente el pasado no significa

conocerlo “tal como verdaderamente fue”.

Significa apoderarse de un recuerdo tal como

éste relumbra en un instante de peligro.

Walter Benjamin, “Sobre el concepto de historia

 

La arqueología encuentra en vestigios y ruinas, historias de nuestro pasado. Así como el descubrimiento de fósiles nos dice quiénes habitaron el planeta antes de nosotros, cuando nuestra civilización desfallezca, ¿qué dirán de nosotros los objetos olvidados? Los próximos habitantes de la tierra encontrarán cosas como cámaras de seguridad, con horas y horas de estacionamientos y terrenos estáticos grabados; pantallas de todos los tamaños retratando la obsesión del humano consigo mismo; y, entre muchas otras cosas, miles de películas y videos caseros, que revelen historias de amor y de guerra. Más allá de un registro veraz acerca de la vida humana, las ruinas del medio cinematográfico guardarán sus deseos: lo que nos faltó, lo que se buscó, lo que en ocasiones se logró y en otra, nunca se alcanzó.

Para los pensadores que se suscriben al materialismo histórico, los cambios tecnológicos definen la relación que sostenemos con nuestra propia historia. El uso del archivo en el medio cinematográfico es, en muchos sentidos, un reflejo de esta idea. En una época en donde el uso incansable de aparatos tecnológicos ha materializado la visión de Marshall McLuhan de volverlos extensiones de nuestros propios cuerpos, la memoria fílmica se funde con la personal. Sin embargo, el medio cinematográfico se distingue por su capacidad arqueológica de –en palabras del filósofo alemán Walter Benjamin– “cepillar la historia a contrapelo”, a diferencia de la labor de la historia oficial que registra la visión de los “ganadores” de la historia y no necesariamente de quienes pelearon por cambiarla.

El documental El grito de Leobardo López Arretche es el único testimonio fílmico del movimiento del 68 desde la trinchera estudiantil. Junto con un grupo de otros estudiantes del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, que incluye a José Rovirosa, Alfredo Joskowics, Tony Kuhn, Arturo de la Rosa y Juan Mora, entre otros grandes del género documental en México, López Arretche registró cada etapa del movimiento con cámaras de 16 mm, desde sus inicios en el mes de julio hasta su consumación el trágico de octubre. Estos documentalistas, tanto en sus acciones políticas como en su quehacer cinematográfico, se suscribieron a la idea de la función arqueológica del séptimo arte: el registro del momento histórico a través de imágenes que muestren el sentir de quienes estuvieron en el combate.

A 50 años de este evento fundamental en la historia de nuestro país, hace su debut Arcadia: Primera muestra internacional de cine rescatado y restaurado de la Filmoteca de la UNAM. La proyección de la versión restaurada de El grito inauguró esta muestra el pasado 25 de septiembre en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario, junto con la entrega de la Medalla Filmoteca UNAM a Geraldine Grebot, la viuda de López Arretche. La película de casi horas de duración, fue antecedida por un cortometraje en homenaje al “cuec”, como le decían al director de El grito, donde se señala que su lema personal en el movimiento era el de luchar “con amor y flores”.

Este impulso pacifista resuena con el sentir de este importante movimiento alrededor de todo el mundo – en México, París, Praga, Varsovia, Belgrado y muchas ciudades más –que emanaba tanto del desencanto con el mundo de la posguerra, como de un ferviente idealismo por cambiarlo–. Aunque en cada lugar la rebelión tuvo sus especificidades, algunas de sus consignas compartidas se muestran en El grito escritas en pancartas: “Libertad a los presos políticos”, “No más opresión”, “La lucha nunca termina”, “¿Triunfaremos?”. Esta última pregunta delata que el movimiento no estaba exento de incertidumbre, si bien no de entrega y pasión, y los ecos de esta púdica pregunta resuenan fuerte a medio siglo de haber perdido esta batalla a la opresión.

La restauración de imágenes de marchas pacíficas y mítines estudiantiles con exigencias fundamentadas, así como el importante discurso de Javier Barros en la UNAM, tejen en la mente y cuerpo del espectador memorias personales necesarias y fundamentales para la memoria histórica colectiva del país. Pero sin duda, las imágenes de violencia son lo más poderoso del documental: la evidente injusticia retratada en imágenes de jóvenes encañonados por militares, haciendo, con sus dedos índice y medio, un llamado a la paz. Tal como señala el texto de Oriana Fallaci en voz de Magda Vizcaíno, aquella no era una guerra con dos lados armados, se trataba de un deliberado y unilateral abuso de poder.

“Amor y flores”, decía Leobardo, era la forma de combatirlos. Quizá fue una declaración ingenua ante los sanguinarios políticos mexicanos que no vieron otra forma de atender un grito de dolor más que con violencia desmedida. Pero la lucha de “nuestros muchachos”, como atinadamente les llama Hugo Villa Smythe, Director de la Filmoteca UNAM, a estos combatientes de la justicia que por siempre serán jóvenes idealistas en la memoria nacional, no puede ser en vano. “ de octubre no se olvida” no puede convertirse en una frase vacía de significado después de tanta repetición. El acto de recordar es un acto político. Y documentos como El grito son especialmente importantes ante la comprensión de que, a medio siglo de esta masacre, las injusticias, la violencia, los desaparecidos, la censura y el abuso unilateral de poder no son cosa del pasado.

Geraldine Grebot, quien recibió la medalla Filmoteca UNAM por el trabajo de su difunto esposo, fue consistente y certera en su discurso de aceptación: “Si Leobardo viviera, vería que el país se desmorona. Pero les aseguro que nunca se imaginó el horror en el que vivimos. ¿Qué cambió? Que tuvimos votaciones y que renació la esperanza, esperemos que funcione”.

En el materialismo histórico de Walter Benjamin se establece que los únicos sujetos históricos son la clase oprimida en el instante del combate. Cualquier otra mirada hacia el pasado ya está intervenida: la historia siempre está mediada de antemano. Pero quienes vivieron la noche del 2 de octubre, quienes dieron un grito ¡por la justicia son indudablemente sujetos históricos de cambio y su memoria, en la forma de un archivo personal que deviene cinematográfico, se inscribe en la memoria del espectador.

La iniciativa de por recuperar el mismo del grito, su hogar, su motivación original y fundamental, al igual que el documental mismo de López Arretche, no puede cambiar la historia: el 2 de octubre perdimos la batalla contra la opresión. Sin embargo, sí puede lograr que los ecos de este grito resuenen en nuestra memoria más fuerte que el estrépito de los disparos. Y, junto con la presencia del espectador que completa la acción de la memoria, puede volver a movilizar aquellas consignas que hace 50 años impulsaron a “nuestros muchachos” a querer cambiar el mundo con “amor y flores”: la lucha nunca termina, ¿triunfaremos?

 

Twitter del autor: @aleluuu