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Científicos investigan los efectos que podría tener creer que todo es uno

AlterCultura

Por: pijamasurf - 10/17/2018

Al parecer, creer que existe una profunda unidad entre todas las cosas podría solucionar muchos de nuestros problemas como humanidad y como planeta

La creencia en que todo es uno, de que somos parte de una totalidad, es algo muy común en el misticismo, no así en la ciencia. Sin embargo, ha habido científicos que han considerado esta idea. Podemos pensar en el físico Erwin Schrödinger, ganador del Nobel que, siendo sensible a cierta influencia hindú, escribió que "el número de las mentes del universo es uno". Y por supuesto en David Bohm, que teorizó esto en su importante libro La totalidad y el orden implicado. Llama la atención, sin embargo, un reciente estudio científico sobre la percepción de la unidad y la influencia que esto pueda tener en la realidad. Es decir, si todos creyéramos que somos uno, ¿qué pasaría? Esto es justamente lo que han defendido diversos líderes espirituales que han comentado sobre el problema ecológico actual, especialmente el Dalái Lama y el maestro zen Thich Nhat Hanh, con su concepto de "interser". Resulta lógico pensar que si creyéramos realmente que somos uno, entonces no concebiríamos la naturaleza como algo que está allí para ser explotado, y tendríamos mayor sensación de empatía con los animales y con los seres humanos que no son nuestra familia inmediata.

Los investigadores Kate Diebels y Mark Leary se dieron a la tarea de investigar este asunto y realizaron un estudio cuyos resultados se resumen en un artículo publicado en The Journal of Positive Psychology. Lo primero que encontraron es que sólo el 20.3% de las personas había pensado "mucho" en este concepto de unidad de todas las cosas, el 25.9% lo piensa sólo "ocasionalmente" y el 12.5% no lo piensa "nunca". Los investigadores desarrollaron una escala de unidad, donde el mayor puntaje era considerar que una única esencia permea todo lo que existe y el menor era sólo pensar que debajo de las apariencias hay una unidad subyacente.

Lo que descubrieron es que los más profundamente holísticos de entre los entrevistados se identifican con los aspectos más amplios de la humanidad, la naturaleza y el cosmos. Se sienten conectados con personas distantes y con diferentes aspectos de la naturaleza, a veces incluso más que con personas cercanas (lo cual puede generar un poco de ruido).

En una segunda investigación más profunda, los científicos hallaron que la creencia en la unidad de todas las cosas está relacionada a valores que sugieren un cuidado y preocupación por el bienestar de todas las personas, y una mayor compasión y aceptación de los problemas e imperfecciones del prójimo. De manera sumamente significativa, durante el estudio se descubrió que no había relación entre la creencia en la unidad de todas las cosas y valores egoístas como el hedonismo o el deseo de éxito, lo cual sugiere que la creencia en la unidad de las cosas -que no fue necesariamente asociada con la creencia en Dios- podría tomarse como un fuerte valor ético y espiritual dentro de la secularidad. 

La revista Scientific American comenta sobre esto de manera entusiasta, sugiriendo que esta unicidad podría ser altamente valiosa en el clima político polarizado y enrarecido en el que vivimos, pues estas personas no suelen dividir la realidad en bandos que se oponen ideológicamente y están abiertas al diálogo y a la compasión.

Claro que esto debe tomarse con un grano de sal, ya que fácilmente puede convertirse en una nueva religión secular, o en un fácil e ingenuo misticismo, lo cual, además, probablemente le robe su poder eficaz. Pues para que la creencia en la unidad se transforme en una praxis y en un modo de vida, debe estar arraigada no en dogmas y conceptos sino en una experiencia o, al menos, en una fe que tenga fuertes conexiones con la experiencia. De otra manera, dicha creencia no es mucho más que una endeble postura política, una moda de espiritualidad secular, similar a lo que vemos con la noción del hípster, quien está siempre listo para cambiar de opinión cuando se presenta algo "más cool". Dicho eso, existe una profunda tradición mística que reconoce la unidad como la realidad más profunda, e históricamente las personas que actúan desde esta experiencia son las que han tenido una influencia moral más duradera; pensamos, por supuesto, en los grandes maestros espirituales como Jesús, Buda, Confucio, Lao-Tse, Sócrates y muchos otros que, sin importar si se tiene o no una creencia religiosa, es indudable que sus enseñanzas han contribuido enormemente a enriquecer la conciencia moral de la humanidad.

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Platón sugiere que nuestra inclinación erótica en el mundo es un reflejo de nuestra asociación con ciertas divinidades en el cielo

En uno de los pasajes más memorables de la obra de Platón, Sócrates explica el origen divino de la locura (o manía), a la cual considera superior a la cordura (o mesura). Asimismo, el amor maníaco, dice, es superior al amor templado, precisamente porque el primero bebe de lo divino; de hecho, es "la más grande bendición celestial" .

Más adelante en el mismo diálogo (en el Fedro), Sócrates habla de la que considera el cuarto tipo de locura (manía o posesión), la más divina de todas, propia de aquellos que habiendo visto la belleza terrenal son transportados por la luz de la imagen hacia la recolección de la verdadera belleza celestial. Esta es una particularidad de los filósofos, los amantes y los artistas, quienes son capaces de recuperar "la memoria de las cosas sagradas" y en la misma contemplación de la belleza recrecer las alas del alma, su propia naturaleza divina que yace como apagada en la mundanal tumba. La teoría de la reminiscencia de Platón mantiene que todos los hombres, en mayor o menor medida, han contemplado la verdad, el esplendor divino, previamente a su nacimiento. En gran medida, la filosofía consiste en educar el ojo de la mente para que pueda abrirse de nuevo a la visión de las formas divinas. Pero aunque seamos o no conscientes de que vemos en lo inmanente atisbos más o menos disminuidos de realidades trascendentes, Platón sostiene que nuestras visiones "prenatales" (por decirlo de alguna manera) siempre influyen en nuestro comportamiento, particularmente en cuáles son nuestros intereses y quiénes nos atraen. Nuestro eros tiene una fuente divina. Sócrates recuerda, por ejemplo, que él fue seguidor de Zeus y este paradigma de haber estado en el feliz tren de Zeus contemplando formas de belleza supracelestes, se traduce en la Tierra en una cierta inclinación y en un magnetismo hacia cosas similares. Así Fedro probablemente también estuvo en el entourage celestial del dios que lleva el rayo y ahora comparte con Sócrates esta suerte de banquete filosófico, que es una sombra del banquete de los dioses.

Sócrates explica que nuestro estilo amatorio y nuestra misma facilidad para encontrar el amor están influenciados por nuestro previo contacto y devoción hacia ciertas divinidades. Aquellos que siguieron a Zeus (Júpiter) desean a personas magnánimas, inclinadas a la filosofía, y suelen tener menos problemas para "hallar la naturaleza de su propio dios en sí mismos"; ven su divinidad en el mundo y la atribuyen también a su amado, a quien divinizan en cierta forma. Los que siguieron a Ares (Marte), el dios de la guerra, "cuando bajo la influencia del amor, cuando creen que han sido engañados, son raudos a matar y acabar con la vida de su amado y la de ellos mismos". Los seguidores de Hera (Juno) buscan a un rey o a una reina... Y uno puede seguir deduciendo de aquí como cada dios tiñe nuestro carácter erótico. Un seguidor de Afrodita seguramente se refocilará en las dulzuras y en las voluptuosidades del amor, será altamente sensible a la belleza, pero quizás también será veleidoso y estará interesado en el dinero y el estatus de su amado. Evidentemente nuestras antiguas relaciones divinas determinarán también nuestros pasatiempos, nuestra vocación y nuestros humores, etcétera (El lector podrá haber advertido que lo anterior se puede leer como un horóscopo, y ciertamente existen profundas convergencias entre la astrología y el platonismo).

Más allá de que existe un complejo debate sobre hasta qué punto el propio Platón veía a los dioses como una clase real de seres y no sólo como "alegorías decorativas en torno a las Ideas", no resulta baladí hacer hincapié en esta procedencia divina de nuestro amor, incluso hasta el punto de intentar rastrear nuestro particular talante en cierta divinidad. Como decía el psicólogo James Hillman, uno debe "seguir la imagen", dejar que la imagen que se nos presenta -el sueño, la fantasía, el interés cargado de emoción- se revele a sí misma, nos hable en su propio idioma y quizás brille con los hilos analógicos que la retrotraen hacia el dominio de una divinidad. Ya sea que tengamos una veta pagana o que nos inclinemos a verlo en términos de "arquetipos" -pero necesariamente bien dispuestos a una existencia encantada-, el ejercicio puede llenar de sentido y poesía la vida. Después de todo, si es que existe una coincidencia significativa en todas las grandes religiones y sistemas filosóficos de la antigüedad, debe de ser que el amor es divino. Como mantiene Hesíodo, Eros es el protogonos, el primero de los dioses, la luz misma de la creación. Y como le muestra Diotima, la sacerdotisa del amor, a Sócrates, el amor es el daimón, el espíritu mediador, el ángel que conecta el cielo con la tierra y que eleva de lo individual al goce de la belleza universal. En la India, Krishna encarna en el eón de la confusión para enseñar que ya no es necesario el aparato ritual y el sacrificio externo. El delicioso dios de tez azulada se mete a la cocina y se roba la mantequilla y la crema, marcha por los prados ataviado con plumas de pavo real y hojas de mango, despide corrientes de perfume en los bosques de Vraj y dispara las melodías de su flauta... sus queridas pastoras, inflamadas por la imagen de Hari, abandonan la vida mundana, dejan los pasteles en el horno, el agua hirviendo, los quejidos de sus hijos y maridos y salen desaliñadas a perseguir el llamado erótico de la divinidad. La luz que transfigura, lo que libera, lo que alcanza la inmortalidad es simplemente ese amor que sienten hacia su amado -un amado infalible- y mientras sigan enamoradas no son necesarios los ritos y dogmas de la religión. Y más claro aún lo dice San Juan:

Ὁ Θεὸς ἀγάπη ἐστίν - ho Theos agape estin

Quizá sólo esto no debamos tomar con el cinismo, el relativismo y la desafección de la ideología posmoderna que infecta nuestra cultura. Quizá sólo esto sea realmente sagrado. Quizá sólo esto sea real: que en aquello que amamos, que en aquello en lo que alcanzamos a aprehender la luminosidad trascendente de la belleza, está el sendero hacia lo que realmente somos. Un sendero que nos invita con promesas divinas.  

 

Sobre este tema, recomendamos el artículo académico de Edward Butler: Plato's Gods and the way of Ideas

 

Twitter del autor: @alepholo