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La filosofía occidental se pregunta '¿qué es el ser?', la japonesa '¿qué es la nada?' (y por qué es relevante esta pregunta)

Filosofía

Por: pijamasurf - 09/11/2018

La aportación japonesa a la filosofía

Uno de los mitos pululantes en la academia es que la filosofía es un fenómeno completamente occidental. La filosofía va de Atenas a Alemania, o algo así. Más allá de que se puede discutir si el pensamiento budista, taoísta, hindú, sufí y demás es filosófico o no, es evidente que al menos ya en los últimos 100 años se ha empezado a hacer filosofía en Asia y hasta en África. El ejemplo más rutilante tal vez sea la escuela de Kioto, fundada por Kitaro Nishida, quien explícitamente aplicó herramientas filosóficas para desarrollar su propio proyecto.

En una interesante entrevista, el profesor James Heisig, del Instituto Nanzan de Japón, explica el particular giro que la filosofía japonesa le ha dado a la filosofía. Mientras que Occidente se caracteriza por la pregunta por el Ser (aunque Heidegger dijo que había sido olvidado el Ser, al menos se caracteriza por la pregunta por los seres y los yos), los filósofos japonés abordan el quehacer filosófico desde la perspectiva de la nada. Retoman la reflexión que han hecho el budismo, el taoísmo o el confucianismo, pero aplicando epistemología, lógica y categorías occidentales. "La pregunta inicial era '¿Qué significa estar despierto, haber alcanzado la iluminación? ¿Qué sucede cuando te unes con el mundo que te rodea, cómo puedes describir eso?'", dice Heisig. Mientras que el edificio filosófico moderno de Occidente se ha construido en base a la noción del yo, en Japón no se tenía esta noción del yo, por lo cual la nada -o esa apertura ontológica- es algo natural, y aparece como el primer momento del pensamiento -pensamiento que no encuentra su base o centro-.

Sin embargo, la nada no es la ausencia del ser, no es el no-ser, "es algo más comprensivo que el ser", es el ser que no se puede limitar, determinar, o situar, que no es "algo" y por lo tanto, puede aparecer como cualquier cosa. A diferencia de Heidegger, que basó su filosofía en la noción de que el Ser clarea, se retira u oculta para que aparezcan los seres -lo ontológico hace lugar para lo óntico-, la filosofía de la Escuela de Kioto dice que el ser es la forma en la que la nada se muestra, dando primacía a la nada. Esta es una idea de clara ascendencia budista (la forma no es más que la vacuidad, y viceversa). Lo absoluto no existe más que como lo contingente:

Nada existe que no esté conectado. Pero la conectividad no existe. Se muestra a través de las cosas conectadas, pero la conectividad en sí no existe. No puedes apuntar a ella. ¿Así que qué es más fundamental? ¿Las cosas conectadas o la conectividad? La conectividad es más fundamental.

Eso que somos -esa fulguración de la nada- es algo que surge en interdependencia. Los filósofos de Kioto realizan aquí un movimiento afín al de Heidegger, sólo que en vez de virar la atención de los entes hacia el Ser, la viran de los entes hacia la nada, hacia esa apertura que permite que todas las cosas aparezcan: una nada mas radiante.

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Esta animación refleja el lugar que la muerte tiene en nuestra vida (VIDEO)

Filosofía

Por: pijamasurf - 09/11/2018

El artista visual Justin Leduc ha realizado una representación precisa de cómo la muerte "acompaña" la existencia, a cada instante

Como todo ser vivo, el ser humano teme naturalmente a la muerte. No puede ser de otra manera; toda la historia de eso que llamamos vida es una secuencia constante de afirmación, perseverancia y lucha, siempre en contra de un solo enemigo: la muerte, la desaparición, el inevitable regreso a la nada.

Sin embargo, la diferencia del ser humano está en su conciencia. Borges dice en alguna de sus páginas que salvo el ser humano, todos los animales son inmortales, pues ninguno sabe que va a morir. Nosotros, en ese sentido, somos mortales, a veces dolorosamente mortales. O lúcidamente mortales, pues la conciencia también es una ventaja. 

Fue Platón quien afirmó que la filosofía es una preparación para la muerte, lo cual fue una manera de decir que cuando el ser humano se dio cuenta de que el momento de su muerte llegaría (“neto, puntual, exacto”, como dice Gorostiza en Muerte sin fin), aunque quizá de inicio sufrió y se resistió, eventualmente entendió que lo mejor que podía hacer era tomar conciencia de ese hecho, comprenderlo, entender por fin que la muerte es parte de la vida.

El video que compartimos a continuación es una representación elocuente e ingeniosa de la presencia constante que la muerte tiene en la existencia. Nuestro miedo atávico nos inclina a no mirarla, a creer que no está ahí, pero lo cierto es que no hay momento de nuestra vida en que no esté al acecho. La animación corrió a cargo de Justin Leduc.

¿Y qué ganancia puede tener tomar conciencia de la muerte? ¿De qué sirve, se dirán algunos, enfrentar algo que inspira temor y que nos evoca ideas de dolor y sufrimiento? Estas preguntan son hasta cierto punto justificadas y sus respuestas no son ni muy obvias ni muy sencillas de ofrecer sintéticamente, pero quien piense así quizá podría reflexionar sobre algunos puntos muy específicos:

En el budismo, por ejemplo, se enseña que cuando aceptamos que la muerte es parte de la vida, justamente sufrimos menos o, mejor dicho, enfrentamos de otra manera las pérdidas que inevitablemente ocurren. Cuántas personas no hay que cuando terminan una relación, cuando muere alguno de sus padres, quizá incluso cuando pierden una mascota, dicha muerte, real o simbólica, los devasta, parece que acaba con sus vidas. ¿Sería así si se hubieran tomado el tiempo de comprender el significado de la muerte?

Otra situación: observando el efecto inconsciente que la angustia frente a la muerte desencadena en el ser humano (particularmente en los años en los que, por un lado, no comprendemos aún la vida y, por el otro, dependemos de alguien más para nuestra sobrevivencia), Sigmund Freud se dio cuenta de cómo la pulsión de muerte impide al ser humano “pasar a otra cosa” en su existencia o, dicho de otra manera, lo mantiene en la repetición de ciertos patrones que aprendió para eludir dicha angustia por la muerte. 

En este sentido, la oralidad es uno de los ejemplos más fáciles de comprobar personalmente. En los primeros años de vida, el bebé llora porque siente hambre pero también porque siente que morirá si no come, si alguien más no lo alimenta. En el hambre y el llanto está la angustia por la muerte, y en el alimento que recibe se encuentra aquello que por un momento mantuvo a raya dicha angustia y a la muerte misma. 

Ese patrón se instala en lo profundo de nuestro comportamiento y se queda ahí, operando inconscientemente. Con los años, aunque racionalmente sabemos que no vamos a morir en el instante mismo en que sentimos hambre, aunque podemos postergar el momento de la comida sin mayores consecuencias, la relación entre la oralidad y la angustia permanece y, si no la hemos hecho consciente, se repite. 

De ahí que muchas personas coman por “ansiedad”, o fumen en situaciones en que se sienten especialmente tensas. Las adicciones suelen estar relacionadas con la oralidad, porque el elemento de la adicción le permite al sujeto sostenerse en su angustia.

¿Qué pasaría, sin embargo, si esa persona que come, fuma, bebe o pasa horas y horas frente a una pantalla mirando series o en las redes sociales, tomara conciencia de ese efecto que la angustia frente a la muerte tuvo en su formación subjetiva? ¿Quizá se daría cuenta de que es posible ir más allá, pasar a otra cosa, emplear de mejor manera su tiempo y su vida?

Como vemos, el tema no es trivial. De hecho, justo lo contrario: la meditación sobre la muerte es potencialmente decisiva para la existencia humana.

 

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