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La teleología de la psique: ¿hay algo que nos mueve desde el futuro para llegar a ser quien realmente somos?

Aunque ciertamente no existe consenso o evidencia contundente, la física discute seriamente la posibilidad de lo que llama la retrocausalidad. Ésta es la posibilidad a nivel cuántico de que una decisión, como la forma en la que un experimentador decide medir un fenómeno, puede influir en las propiedades de una partícula en el pasado, incluso antes de que el experimentador haya hecho dicha decisión. Esto significaría que el futuro influye en el pasado en tanto que el acto de influencia retrocausal, desde la perspectiva de la partícula, vendría desde el futuro. Aunque suene a ciencia ficción, actualmente los físicos consideran seriamente esta posibilidad que, de hecho, encaja con algunos modelos matemáticos que pueden explicar de manera elegante la realidad. 

Sumado a lo anterior debemos mencionar los controversiales experimentos de Daryl Bem, en los que el científico de Cornell observó efectivamente la precognición humana de manera estadísticamente significativa. Obviamente, dicho experimento ha generado enorme polémica -y es que atenta contra el modelo materialista de la ciencia dominante- pero 8 años después sigue siendo discutido y no ha podido ser convincentemente invalidado.

De lo que queremos hablar aquí, sin embargo, no es de esto, sino de una posible teleología de la psique, en la cual pareciera que existe una especie de destino u objeto teleológico que atrae al individuo, lo cual podría estar relacionado periféricamente con la retorocausalidad y la precognición, aunque esto es obviamente altamente especulativo, sólo alimento para el pensamiento. Es la psicología de Carl Jung la que introduce esta idea, si bien pueden encontrarse paralelos en algunas ideas religiosas.

A partir de su observación de la psique humana y particularmente de la relación del inconsciente con el ego, Jung entendió que el inconsciente tenía aspectos tanto individuales como colectivos o universales, los cuales manifestaban cierta intencionalidad, un telos. La idea fundamental de su psicología era que existía un principio de individuación -o una tendencia hacia la completud del sí mismo (Self)- y que este principio dinámico era asistido a veces de manera violenta por el inconsciente a través de símbolos, síntomas, sincronicidades y demás manifestaciones que irrumpen en la realidad como guías (guías que son, a su vez, daemones o arquetipos rectores). Para Jung, el aspecto consciente del ser humano es apenas la punta del iceberg y en el fondo yace algo así como una monstruosa divinidad -que incluye a todos los opuestos- que busca conocerse y hacerse consciente en el hombre.

En su libro The Gnostic Jung, el profesor Stephan Hoeller describe este principio teleológico de la psique cotejando las ideas de Jung con las ideas extraídas del pensamiento gnóstico:

Los símbolos que proceden del componente pneumático del alma revelan un sendero de desarrollo espiritual o psicológico, el cual puede ser trazado no sólo hacia una causa en el pasado sino hacia delante a una meta en el futuro. Los gnósticos sostuvieron que la condición existencial del alma humana está determinada por dos factores: el descenso o caída del alma humana de un mundo luminoso en el pasado; y el destino teleológico del alma, el cual es el regreso a ese mundo luminoso en toda su gloria triunfal. No sólo nos mueve nuestro pantanoso pasado, también somos poderosamente impelidos hacia arriba y hacia delante por nuestro futuro espléndido. 

Hoeller identifica a Jung con los gnósticos -la herejía cristiana de los primeros siglos de nuestra era, que goza de una especie de resurrección, al menos en la academia, a partir del descubrimiento de los textos de Nag Hammadi-. Aunque Jung no fue partidario de las etiquetas, la de gnóstico probablemente sería la más cercana, recordando que los gnósticos se diferenciaron de los cristianos ortodoxos particularmente por su afán por el conocimiento empírico de la divinidad, es decir en la gnosis, y no en el dogma. En una famosa entrevista con la BBC, Jung contestó a la pregunta de si creía en Dios diciendo que no creía, que sabía. La importancia estaba en la experiencia interna, no en la creencia en el dogma. Debemos decir, no obstante, que Jung fue suficientemente cuidadoso intelectualmente como para no hacer afirmaciones metafísicas sobre la existencia de Dios. Señaló reiteradas veces que la existencia de Dios no podía comprobarse, pero que la experiencia psicológica de la imagen de Dios era evidente y ocurría frecuentemente en sus pacientes. 

Regresando a nuestra idea original, vemos aquí un interesante complemento a la idea de la psicología freudiana de que el pasado, particularmente la infancia, determina con cierto aire de fatalidad lo que somos en el presente. Somos lo que hemos vivido y eso nos ha marcado, pero de alguna manera también somos lo que podemos ser, lo que yace en nosotros como una semilla de conciencia o una imagen de la totalidad. Para los alquimistas -los gnósticos vueltos químicos y filósofos de la naturaleza- el espíritu impregna la materia con su vocación divina; i. e., todos los metales tienen una semilla aurífera. Una noción muy parecida ocurre en el gnosticismo con la semilla de la luz de la gnosis, en la cábala con la luz de Ein Sof atrapada en los qlifá y los embriones de naturaleza búdica (tathagatagarbha) que son imaginados como una luz adamantina en el corazón en el budismo mahayana y vajrayana. Quizás la evolución en su sentido más alto no sea un progreso ciego lineal, sino más bien una eliminación de los obstáculos para que el magnetismo entre el alma y la fuente divina original pueda efectuarse sin trabas. El roble llama a la bellota. La potencialidad de convertirse en árbol -o en un buda-  es en la semilla una inercia espiritual. Jung veía esta teleología como el instinto de Dios que quiere hacerse consciente en nosotros. No podemos saber qué significa este hacerse consciente de Dios en el hombre, o hasta dónde puede llegar, si ocurre una vez u ocurre siempre, o si está ocurriendo ya, como el místico alemán Meister Eckhart insinuó al decir que el Logos nacía eternamente en el ser humano que se vaciaba de todo lo creado. Sólo podemos especular e imaginar, y quizás intuir y decir: ¿Somos portadores de un misterioso destino: ser la parte en la que la totalidad se hace consciente? Y, en esa conciencia -que es la realización divina-, entonces, ¿una segunda cosmogonía?

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Establecer una relación con lo infinito es parte de la salud y el sentido más profundo de la vida humana. Jung dedicó mucha reflexión a la muerte y entendió, cómo Platón, que la vida podía leerse con provecho como una preparación para la muerte

La cuestión decisiva para los hombres es: ¿guarda relación con lo infinito o no? Esto es el criterio de la vida. Sólo si yo sé que la falta de límites es lo esencial, no presto interés a cuestiones vanas y a cosas que no tienen significado decisivo... Cuando se comprende esto y se siente que uno está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian los deseos u actitudes. En última instancia, uno se rige sólo por lo esencial, y si no se posee esto se ha malgastado la vida. También la relación con los demás hombres es decisiva, si en ello se expresa lo infinito. 

Carl Jung, Recuerdos, sueños, pensamientos

Los últimos capítulos de la autobiografía de Carl G. Jung, Recuerdos, sueños, pensamientos, son una constante cascada de joyas, frutos refinados de sus más de 80 años pensando y estudiando las profundidades de la psique. Encontramos allí un capítulo en el que Jung reflexiona extensamente sobre la posibilidad de la vida después de la muerte. Cuenta sus experiencias, sueños y visiones relacionados a lo que podría parecer una dimensión fantasmagórica o espiritual, a la manera de "un bello cuento de espectros" en torno a un fuego. Las historias del abuelo Jung, un viejo campesino suizo que conversaba lo mismo con espectros que con las mentes más brillantes y eruditas de la humanidad. 

Jung parece inclinarse a pensar que hay algo en la psique que persiste después de la muerte del cuerpo. Sin embargo, mantiene que no existe evidencia que pueda sustentarse científicamente de que esto es así. Existen hechos psicológicos, es decir, subjetivos, experiencias de este tipo que se repiten entre los hombres. Determinar si éstas son completamente reales en un sentido objetivo traspasa los límites del campo de la ciencia y significa hacer una afirmación metafísica, lo cual Jung cuidadosamente evita:

Los mitos son las formas más primitivas de la ciencia. Cuando hablo de lo que sucede después de la muerte, hablo con agitación interna y no puedo hacer sino contar sueños y mitos.

Si bien no se puede probar la existencia de la vida después de la muerte de una manera satisfactoria objetivamente, Jung pensaba que existían pruebas de que "la psique no se encuentra sometida a las leyes del espacio y del tiempo". No sólo por las abundantes experiencias de visiones y sueños premonitorios que existen en la historia del pensamiento, sino por experimentos rigurosos como los de J. B. Rhine. Si consideramos que la psique "en ocasiones funciona más allá de la ley de la causalidad" del espacio-tiempo, esto sugiere que la psique no depende de estos límites y por lo tanto su existencia podría no estar constreñida al cuerpo y al rango de la vida humana en este mundo como la conocemos. La vida después de la muerte, el cielo o el país de los muertos podrían ser estados o regiones dentro de la psique: "el inconsciente y el 'país de los muertos' son en este sentido sinónimos". Y ese mundo, conjetura Jung, será en gran medida como es nuestra mente y más aún, como es nuestro inconsciente: "El mundo al que vamos después de morir será espléndido y terrible, tal como la divinidad y la naturaleza conocida por nosotros".

De la misma manera que estas nociones no pueden probarse, tampoco pueden refutarse. No obstante, si le damos valor a las experiencias de las personas que se han reiterado desde tiempos inmemoriales debemos considerar la idea y dialogar con el mito que representa, aunque esto haga mella en la aparente solidez de la realidad convencional establecida: "Los racionalistas insisten todavía hoy en día en que no existen experiencias parapsicológicas, pues con ello se derrumba su ideología". Jung nota que el racionalismo que caracteriza a cierta veta materialista de la ciencia tiende, como la misma religión ortodoxa, a un doctrinarismo que pone en entredicho el espíritu de la genuina búsqueda empírica de la realidad.

Por otro lado, Jung nota que la creencia en la vida después de la muerte es útil para la salud de los individuos. Es benéfico tener "un mito de la muerte". Si el hombre cree en estos mitos:

o les concede siquiera algo de crédito, tiene tanta razón como le falta, igual que aquel que no cree en ellos. Mientras que el que los niega se enfrenta con la nada, el que se obliga al arquetipo sigue huellas de la vida hasta la muerte. Ambos están en la incertidumbre, uno en contra de sus instintos, el otro de acuerdo a ellos, lo cual significa una considerable diferencia y ventaja a favor de este último.

Existe, aparentemente, un instinto se supervivencia inconsciente que hace que el hombre crea que su existencia prosigue más allá de la muerte. Esto no prueba que exista la vida después de la muerte, pero sí revela que la creencia tiene una funcionalidad que parece estar en equilibrio con la naturaleza.

De sus visiones y de los sueños y experiencias de sus pacientes, Jung desarrolló la impresión de que la vida terrenal tiene el especial significado de ser una oportunidad única de aumentar la conciencia, no sólo del individuo sino de la colectividad que comparte en el inconsciente:

Sólo aquí, en la vida terrena, donde los extremos se tocan, puede elevarse la conciencia en general. Esto parece ser la misión metafísica del hombre, que sin embargo sólo puede cumplir parcialmente sin mythologien. El mito es el grado de transición inevitable e imprescindible entre el inconsciente y el conocimiento consciente. Se afirma que el inconsciente sabe más que la conciencia, pero es un saber de tipo esencial, un saber en la eternidad, casi siempre sin relación al aquí y al ahora, al margen de nuestro lenguaje racional. Sólo cuando le damos oportunidad de expresarse, amplificarse... penetra en el reino de nuestro entendimiento y se nos hace perceptible un nuevo aspecto.

Este es el alto destino de la vida consciente humana, abrir la puerta a que la eternidad se manifieste, arrojar luz a esa profundidad intemporal que yace dentro de nosotros e integrarla con nuestras experiencias, en una retroalimentación constante entre la conciencia y el inconsciente, entre el ser humano y la divinidad -o aquel fondo insondable e inefable de la existencia que los hombres han llamado Dios, pero que por ser trascendente no puede describirse, y así entonces toda descripción o concepto de Dios no es Dios realmente-. El sentido último de la existencia humana es "encender una luz en las tinieblas del mero ser". Algo así como una segunda cosmogonía. 

Por último, felizmente, queda relatar la idea que desarrolló Jung a partir de sueños y visiones, particularmente cuando murió su madre. Después de tener un sueño premonitorio en el que se le apareció una figura similar a Wotan, y luego al recibir la noticia de la muerte de su madre, viajando en tren, empezó a escuchar "música de baile, risas y charlas alegres, como si se celebraran unas bodas". ¿Y si la muerte, que nos parece tan triste, una separación con lo que conocemos, fuera realmente una alegre boda con lo que realmente somos? "Bajo otro punto de vista, la muerte aparece como un suceso alegre. Sub specie aeternitatis es una boda, un Mysterium Coniunctionis. El alma alcanza, por así decirlo, la mitad que le falta, alcanza su plenitud".

 

Twitter del autor: @alepholo