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Vivimos en un mundo profundamente enfermo, si consideramos que la salud es más que sólo el bien material

"Estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma no es una buena forma de medir la salud", dijo Jiddu Krishnamurti, según el escritor Mark Vonnegut, quien recupera esta frase en su libro The Eden Express. La frase es una de las más citadas de Krishnamurti y parece resonar con el espíritu de nuestros tiempos, en los que las personas sienten un fuerte deseo de pertenecer y encumbrarse en la sociedad y a la vez una repulsión, ya que para hacerlo suelen tener que hacer a un lado su auténtica individualidad, consideraciones éticas y espirituales, e incluso someterse a presiones laborales y sociales que ponen en riesgo su salud física y mental.

Hay que decir que es natural que una persona busque pertenecer a la sociedad y obtener estatus; esto es algo que en gran medida está codificado biológicamente y es además -al menos, sentirse aceptado- una necesidad psicológica. El conflicto aparece cuando el individuo nota que para ser aceptado por el grueso de la sociedad y para obtener los beneficios de dicha adaptación -bienes materiales, familia, pareja, fama y demás- debe hacer cosas que en ocasiones van en contra de su propia visión del mundo y de ciertos principios que le parecen menos contingentes o efímeros que aquellos en los que se basa la sociedad actual. Evidentemente, para el individuo que no tiene mucha conciencia moral o que no tiene una vida crítica intelectual y espiritual, el conflicto no suele surgir y simplemente abraza la visión materialista de la realidad en la cual está basada la sociedad moderna. Para este individuo, no hay mucho que cuestionar o dudar; si sólo existe este breve intervalo de vida en medio de la nada absoluta, vida que no tiene ningún sentido trascendente puesto que vivimos en un universo ciego y mecánico e inerte, entonces las cosas son bastante claras: hay que subir la pirámide del éxito, hay que buscar el placer y hay que dejarnos llevar por la voluntad de poder que está, a fin de cuentas, justificada por la evolución biológica (la supervivencia del más apto). Esta visión literalmente sugiere que el mejor adaptado es el mejor, el más sano y el que obtendrá todos los beneficios, como el macho más fuerte de las langostas, que tiene acceso a todas las hembras y obliga a los demás machos a sufrir la marginación.

Ahora bien, debemos distinguir entre el individuo que utiliza esta idea como un mecanismo de defensa y aquel que tiene una clara convicción y que se rige realmente por principios que contradicen los postulados por la sociedad moderna. En el primer caso, muy común, vemos un escapismo que es una forma de egoísmo. El individuo desea ser parte de la sociedad -y probar sus mieles- pero por diversos factores no logra encontrarse en un sitio favorable dentro de la misma; entonces, para defenderse, la rechaza. No es capaz de trabajar duro, de sentir sana humillación, o no tiene la inteligencia o el arrojo necesarios para jugar su juego con destreza. Esta frustración puede ser positiva en algunos casos, en el sentido de que puede orillar al individuo a un estado en el que se dé cuenta de que lo que estaba persiguiendo no era una causa genuina de felicidad. Generalmente, sin embargo, sólo lleva al resentimiento y refleja una cierta cobardía disfrazada de un aire de superioridad. Pues, como sugirió Nietzsche, el individuo que no es libre y no tiene poder de actuar y de afectar a los demás, no ejerce realmente una postura moral, aunque argumente que su marginación social o desatino se debe a su gran ética. Para ser individuos auténticamente éticos debemos enfrentarnos con situaciones reales y significativas en las que se nos exija elegir entre el bien y el mal (no discutiremos aquí el tema de la relatividad del bien y el mal: sólo diremos que dicha relatividad pasa a segundo término cuando el acto tiene una eficacia, produce ciertos efectos que pueden ser distinguidos). Lo anterior no significa que la ética sólo pueda ejercerse dentro de los límites bien definidos de la vida socialmente aceptada, ni mucho menos; significa que la ética existe en las acciones, sobre todo en la congruencia de la acción -es siempre pensamiento, acto y palabra-, y en el ejercicio de la libertad, y el caso que hemos presentado antes demuestra una contradicción interna. 

¿Por qué vivimos en una sociedad enferma, como sugiere la frase de Krishnamurti? Muchos creerían que vivimos en la sociedad más sana de la historia. Al menos en términos materiales cuantitativos, esto parece ser cierto. Las personas cada vez viven más años y tienen más cosas. Sin embargo, hacia lo que apunta Krishnamurti es a que existe un modo de existir más auténtico que aquel que dedica su energía a adaptarse a la sociedad y el cual, para descubrirse, requiere de la reflexión y la contemplación e incluso, de una especie de desprogramación de aquellos conceptos e ideologías que obstruyen nuestra percepción de la realidad o del ser mismo que conocemos en su manera más pura en la observación silenciosa de nuestra conciencia. El mundo moderno está enfermo porque presenta constantemente un ruido que ahoga el silencio del conocimiento de la esencia y genera una serie de distracciones que dificultan la introspección y el cultivo del propio aparato psíquico para percibir esa realidad subyacente. Está enfermo porque considera que debajo del ruido no hay nada, que no hay fondo trascendente, no hay ser eterno, no hay ni siquiera una verdad por la cual valga la pena vivir. Sólo tenemos, entonces, este parque de atracciones por encima, que no es ningún sacrilegio, porque abajo no hay nada. Y de todas maneras, no hay nada sagrado -como dice la frase- y por lo tanto, todo está permitido.

En contradistinción a esta visión tenemos la visión de numerosos artistas, poetas, profetas e incluso algunos científicos que históricamente han notado que la mente de masas atenta contra la mente del individuo, que el deseo de pertenecer a la sociedad y la búsqueda de seguridad en la normalidad suelen llevar al extravío del espíritu, a la traición de la auténtica chispa vital que en el individuo requiere, para crecer, de seguir y nutrir su propia luz, aunque esa luz puede encontrarse reflejada en una tradición. Generalmente, en una tradición de personas que fueron capaces de escuchar su propia voz interna y seguir su propio camino; si bien, esa voz interna parece haber sido, en ocasiones, la voz de una divinidad (como el daemon de Sócrates) y ese propio camino parece haberlos conducido a un mismo destino, que es también un origen y en el cual hay una comunión impersonal. Encontramos aquí el sentido de la individuación: que el individuo que es más él mismo, que ha asimilado la mayor parte de los aspectos de su propia psique, es el individuo que más se acerca a ser algo así como una persona universal, en la cual el todo se refleja límpidamente. Jung usa el término como sinónimo de la completud o la totalidad.

En su texto de 1928 Two Essays on Analytical Psychology, Jung notó que en las grandes religiones políticas del siglo XX la individualidad se pierde ante la fuerza oceánica de las masas, que el individuo no sólo encuentra en la masa social externa, sino también en su propio inconsciente -que es una masa social interna, una latencia colectiva que aflora en el contacto social-:

La sociedad, al automáticamente enfatizar las cualidades colectivas en sus representantes individuales, favorece la mediocridad, o todo aquello que se contenta con vegetar de forma laxa e irresponsable. La individualidad inevitablemente será llevada contra la pared. El proceso empieza en la escuela, continúa en la universidad y rige todos los aspectos en los que el Estado se involucra. En un cuerpo social pequeño, la individualidad de sus miembros se resguarda más fácil y es mayor su libertad relativa y la posibilidad de responsabilidad consciente. Sin libertad, no puede haber moralidad. Nuestra admiración por las grandes organizaciones se encoge cuando nos damos cuenta de todo lo que es primitivo en el hombre, y de la inevitable destrucción de su individualidad en beneficio de la monstruosidad que es en la práctica toda gran organización. El hombre de hoy, el cual se parece más o menos al ideal colectivo, ha hecho de su corazón una guarida de asesinos, como puede probarse fácilmente por un análisis de su inconsciente, aunque él mismo no está en lo más mínimo perturbado por ello. Y en tanto que está normalmente "adaptado" a su ambiente, es verdad que la mayor infamia a favor de su grupo no le perturbará en lo más mínimo, siempre y cuando la mayoría de sus iguales crea firmemente en la moral exaltada de su organización social.

Obviamente, aquí vemos los peligros de estar bien adaptados a una sociedad enferma. Anteriormente esto se hizo patente con el nazismo, con el estalinismo y el maoísmo. El hombre moderno cree que está libre de este tipo de totalitarismos solamente porque ha desarrollado una especie de cinismo o distancia irónica ante las creencias religiosas y los sistemas políticos más radicales. Sin embargo, olvida que el materialismo también es una creencia (paradójicamente metafísica) y puede radicalizarse, algo que es ya una amenaza, teóricamente, en algunos de los postulados del transhumanismo. Este rasgo de creer que somos superiores a los hombres del pasado y sobre todo a los hombres primitivos, quizás refleje sólo nuestra ignorancia de las cosas realmente importantes, las cuales no tienen que ver con el progreso. Como escribió Kafka: "Sólo es por su estupidez que pueden estar tan seguros de sí mismos". 

Esta tradición de filósofos, poetas, santos y demás de la que hablamos anteriormente se distingue en gran medida por la capacidad de la autodeliberación y el compromiso con principios superiores. Es verdad que no debemos mirar con nostalgia los tiempos pasados, como si hubieran sido más espirituales o más sensatos que los nuestros, ya que la historia está llena de episodios oscuros y el único mundo en el que podemos despertar es el presente. "En los individuos, la locura es rara; pero en los grupos, partidos, naciones y épocas, es la regla", escribió Nietzsche. No obstante, creo que es importante señalar una diferencia: por por primera vez tenemos una sociedad global, y si seguimos con esta línea argumental, entonces debemos decir que presenciamos una epidemia, una masificación de esta patología propia de las masas y de la mentalidad materialista, que además ha llegado a su cúspide, siendo Nietzsche su mismo profeta al anunciar "la muerte de Dios". Nietzsche predijo que se inventarían, para llenar la ausencia de Dios, nuevos "juegos sagrados". Lamentablemente, esos juegos sagrados -el entretenimiento, la política de la identidad, los sueños de fama y éxito, etc.- no son más que nuevos mecanismos para mantener al individuo en un estado colectivo de pasividad y alineación (y alienación), un nuevo "opio del pueblo". El "superhombre" parece estar igualmente lejos, a menos de que las grandes compañías de tecnología logren fabricar su propia versión a través de la incorporación de las máquinas a la biología humana, y lo hagan accesible a aquellos que tienen el suficiente capital para adquirirlo. Esto, sin embargo, no es más que el gran sueño religioso del materialismo científico.

A fin de cuentas, lo que hemos tratado aquí es una cuestión de libertad. Pero no de ser libres en el sentido que ha propagado la sociedad de consumo o la sociedad secular moderna, de poder elegir entre 400 cereales en el supermercado, ver el contenido que queramos en línea o elegir el político con el que más nos identificamos. Libertad en el sentido de poder ser nosotros mismos; no de poder adaptarnos a la sociedad, sino de ser capaces de aceptar lo que realmente somos y no sucumbir o supeditarnos a presiones externas. La libertad es un viaje de descubrimiento de la realidad, de autoconocimiento y de aceptación. No tenemos demasiado tiempo en esta vida para lograr llegar al destino -aunque ese destino más bien sea un estado de ser, un modo de caminar y no un lugar específico-, y perder el tiempo queriendo conformarnos con dictámenes ajenos y paradigmas ilusorios puede ser fatal. Como dijo Albert Camus: "Nadie se da cuenta la tremenda cantidad de energía que las personas gastan meramente en ser normales". No es nada fácil dejar de intentar adaptarse a lo que creemos que la sociedad quiere de nosotros y a través de lo cual nos otorgará sus bondades -como dijimos antes, hay un factor biológico de por medio; por ejemplo, el deseo de reproducirse-. Pero es sumamente liberador dejar de dedicarle energía a esto, como implica la frase de Camus. Al mismo tiempo, si dejamos de hacer esto, que es a la vez una afirmación de la propia naturaleza, seguramente cosecharemos frutos, si no en la sociedad en general, seguramente sí en sus pequeñas bolsas de gente afín, en pequeños núcleos de mentes hermanas, que es lo que realmente importa: no la sociedad en general, sino las personas de las que está compuesta. Dicho eso, la auténtica motivación, como deja muy claro la Bhagavad Gita, es aquella que no tiene un motivo ulterior, la que renuncia al fruto, es espontánea y actúa por amor, el arte por el arte. "Lo que estoy criticando es la asunción subyacente de que la motivación para actuar sea la victoria y no el amor", escribe Raimon Panikkar en The Rhythm of Being; y también: "Lo que debemos redescubrir es que el significado de la vida nunca se encontrará en ninguna de estas conquistas, solamente estará alcanzando esa plenitud de vida para la cual, en el sentido descrito anteriormente, la contemplación es la vía". Contemplación en el sentido de Plotino, para quien la contemplación participa en la creación misma del cosmos.

Dijimos que se trata finalmente de la libertad, pero calificamos esa libertad como una búsqueda, una elección y una aceptación de la verdad. Y la verdad requiere valentía, especialmente en un mundo enfermo. En el famoso cuento, nadie se atreve a decirle al rey que va desnudo, sólo un niño que está libre del condicionamiento social. "Un hombre que es auténtico parece y se comporta como un demente para aquellos que viven en el mundo de las ilusiones, así que cuando llaman a un hombre un idiota solamente se refieren a alguien que no vive en el mundo de sus ilusiones", dijo Gurdjieff. Un gran ejemplo de esto es el protagonista de El idiota, de Dostoyevski. El príncipe Mishkin es un hombre ingenuo e inocente, que padece ataques epilépticos, en un mundo violento e inmoral en el que parece que todo está permitido (si Dios no existe, todo está permitido, es la frase que viene a la mente) y que arrasa a aquellas almas delicadas que viven conforme a los ideales de belleza, verdad y bondad. No obstante, el príncipe, justo por su inocencia y su pureza de corazón, es capaz de percibir una armonía y una belleza luminosa que le dan sentido a la vida, incluso en la enfermedad y la más aciaga contrariedad. Apreciar la belleza del mundo en todo su misterio es algo que produce una devoción natural, un estado de gracia. "La belleza salvará al mundo", es una frase que se atribuye al príncipe en la novela. La belleza, ciertamente, no en su sentido cosmético y decorativo, sino en su sentido cósmico y existencial: "el esplendor de la verdad", como dijo Platón. El príncipe está enfermo, pero en realidad su enfermedad es una salud más alta, la forma en la que el alma usa el cuerpo para lograr un entendimiento. Como dijo Jung: "no estamos aquí para sanar nuestras enfermedades, sino para que nuestras enfermedades nos sanen a nosotros". Si estamos atentos veremos que nuestras enfermedades, nuestras depresiones, nos hacen alejarnos de la superficie del mundo e ir hacia lo profundo; contienen un mensaje; la naturaleza no es muda, como creía Sartre, sino que tiene significado y sentido: es lenguaje vivo, como notó Terence McKenna.

Uno de los muchos ilustres personajes que se sometieron a la psicología analítica junguiana, Hermann Hesse, dijo, como si estuviéra continuando la frase de Krishnamurti: "Un hombre que está mal adaptado al mundo siempre está al borde de encontrarse a sí mismo. Alguien que está bien adaptado al mundo nunca se encuentra a sí mismo, pero logra convertirse en ministro de gabinete". Si la anormalidad, la desadaptación o el desajuste son vistos como enfermedades y son sufridos con desventajas y discriminación, que al menos nos consuele que estamos más ceca de lo único realmente importante; nuestra vulnerabilidad puede ser una apertura a lo transformador, a lo numinoso, siempre y cuando no dejemos de ser honestos. La frase de Hesse apunta hacia la que parece ser la gran disyuntiva de la vida, la cual requiere de una especie de decisión heroica y hasta de una conciencia trágica -sin que esto signifique una radicalización dicotómica; el camino medio, libre de extremos, goza del más alto linaje-. Se trata, de cualquier manera, de tomar un camino menos transitado y por ello probablemente más difícil. Pero no es un camino solitario, aunque por momentos así lo parezca; por el contrario, es el camino que nos lleva finalmente a acabar con la alienación y a ser recibidos en la sociedad de seres realmente libres.

 

Twitter del autor: @alepholo

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Una reflexión en torno a un ensayo de Aleister Crowley sobre el hachís

Mucho se ha escrito sobre las bondades de la Cannabis sativa, que van desde sus beneficios terapéuticos probados en el tratamiento de enfermedades neurodegenerativas y ciertos tipos de cáncer, hasta la controversia en cuanto a su uso lúdico y recreativo. Sin embargo, este texto se centra únicamente en el uso de la cannabis como agente y recurso de exploración psiconáutica. Brevemente, se puede definir la psiconáutica como el ejercicio de inmersión en un estado no ordinario de conciencia, para explorar las estructuras y contenidos mentales por medio de ciertas técnicas y sustancias que alteran la percepción de los sentidos para experimentar diferentes realidades. (Para más información, también en Pijama Surf: El fundamento de la psiconáutica y Psiconáutica, psicotecnologías y el renacer psicodélico; y este video donde en tan sólo 02:26 minutos se explica de manera sencilla y concreta los efectos que produce la cannabis en el sistema nervioso).

Aquí se comparte un fragmento de un ensayo y al final se hará una breve reflexión sobre el contenido del mismo. Entre otros sobre el tema, el ensayo sobresale por su brillantez en dilucidar los efectos que provoca la cannabis, al alterar la forma en que interactúan nuestros pensamientos. El ensayo se titula “La hierba peligrosa: Psicología del hachís” y fue escrito por Aleister Crowley, quien fue un ocultista, místico, novelista, ensayista, poeta, pintor, montañista y mago ceremonial inglés, así como un incansable viajero y un excelente ajedrecista.

En primer lugar, haré una distinción absoluta entre tres efectos del hachís, que pienso pueden ser debidos a tres sustancias diferentes:

1. El efecto aromático y volátil (A)

Éste, primer síntoma que se disipa, produce el «estremecimiento» descrito por Ludlow como una nueva vibración de fuerza que penetra. Psicológicamente, el efecto en que uno se adentra es un estado absolutamente perfecto de introspección. Percibe sus propios pensamientos y nada más que sus propios pensamientos, y los percibe como pensamientos. Los objetos materiales se perciben únicamente como pensamientos; dicho de otro modo, se posee la conciencia directa propia del idealismo berkeliano. El yo y la voluntad no intervienen: se trata de introspección casi -si no totalmente- impersonal, y nada más. No debe entenderse que defender los resultados de esta introspección los haga psicológicamente válidos.

2. El efecto tóxico alucinatorio (B)

Con una dosis suficientemente grande -puesto que es posible obtener el efecto (a) sólo como fenómeno pasajero- las imágenes mentales pasan más velozmente por el cerebro, vertiginosamente rápidas. Ya no se reconocen como pensamientos, sino que parecen visibles. La voluntad y el yo se alarman, y pueden sentirse atacados y confundidos. Este es el principal horror de la droga: debe combatirse mediante una altamente adiestrada voluntad. El horror de ser arrastrado por la corriente de imágenes inexorables es una experiencia terrible.

3. El efecto narcótico (C)

Llega, sencillamente, el sueño. Éste no necesariamente se debe a la fatiga mental a que inducen (A) y (B), pues descubrí que ocurría independientemente de la muestra de cannabis.

El más importante de los efectos psicológicos de mis experimentos reside en A. Dediqué muchos sacrificios para obtener este efecto aislado, cosa que llevaba a cabo tomando las más mínimas dosis, preparándome física y mentalmente para el experimento e investigando en cualquier sentido posible cómo intensificar y prolongar el efecto.

Las impresiones simples de la conciencia en estado normal se descomponen con el hachís en una concatenación de jeroglíficos de tipo puramente simbólico.

Del mismo modo que representamos un caballo mediante seis letras (c-a-b-a-ll-o), ninguna de las cuales guarda en sí misma la más mínima relación con un caballo, un concepto tan elemental como la letra A se descompone en una serie de imágenes, en un gran número, probablemente en un número fijo, de ellas. Estos signos se perciben juntos, de modo que un lector instruido lee c-a-b-a-ll-o como una sola palabra, no letra por letra. Estos signos gráficos, letras, pues disponemos de palabras con que dar nombre a los pensamientos, parecen guardar una distancia definida en el espacio respecto del pensamiento, y éste respecto del alma que lo percibe. Al mirar cada uno de los signos, uno percibe también que están hechos a partir de otros mucho más próximos al Ser; estos signos, no obstante, carecen de forma o de nombre; no se perciben realmente, pero uno los conoce de algún modo.

Desafortunadamente, la tendencia a sumirse en el efecto (B) hace muy difícil concentrarse en el análisis de estas ideas, ya que uno se apresura en el análisis del siguiente pensamiento.

Esto lleva a preguntarnos -en dicho momento, en el transcurso del análisis-, confundidos: Si la simple impresión externa está constituida por muchos signos, y cada uno de éstos a su vez por muchos más, ¿cómo puede uno volver al «alma pura»? Porque en todo instante, uno es totalmente consciente de que quien lo percibe todo es el yo o «alma pura».

La única respuesta parece residir en la identificación metafísica de monoteísmo y panteísmo.

Uno es consciente de la doble dirección del fenómeno. No sólo es cierto afirmar que los pensamientos pueden analizarse mediante símbolos y así sucesivamente, como retorno al alma pura, sino también que es el alma pura la que transmite los signos con que se formula el pensamiento. Aquí debemos identificar el sistema atman del hinduismo, basado en el yo, con el sistema anatta del budismo, en el que todo son impresiones.

Es casi imposible describir con palabras un estado meramente metafísico que encierra muy claramente una contradicción. La conciencia es tan vívida, tan intensa, tan manifiesta, que la lógica está condenada firmemente a mostrarse pueril. La mejor escapatoria para un lógico es argüir que las tres afirmaciones son totalmente consecutivas, tanto que el pensamiento cree que son una; de igual modo que las dos agujas de un par de compases clavadas en ciertas partes del cuerpo se sienten como una sola aguja.

Pienso que se podría añadir que estos resultados de mi introspección casi con toda seguridad se deben a mi educación filosófica y mágica y no a la intensificación de la facultad introspectiva que se debe al hachís. Probablemente, también, este efecto (A) podría ser suprimido o pasar inadvertido para quien nunca haya desarrollado su introspección.

Me inclino a creer que este efecto (A) es el efecto verdadero; y que lo que Ludlow llama «acceso a la autoconciencia» no es más que la misma operación sobre los esquemas de un hombre evidentemente tímido y nervioso.

La citada aniquilación de tiempo y espacio, que tan frecuentemente aparece en los artículos sobre el hachís, me parece que puede aclararse de modo sencillo con un análisis más preciso del fenómeno. La explicación habitual incluye la asunción de que el hombre posee, de modo natural, un «sentido del tiempo» perfecto e infalible, tan regular corno un reloj. Lo cual es absurdo; si así fuese, no necesitaríamos relojes. Estamos habituados a operar (si la idea es filosóficamente defendible o no, nada tiene que ver con el tema) sobre un mínimum cogitable espacial y temporal. De igual modo que un número determinado de oscilaciones del péndulo equivale a 1 hora, mentalmente un número menos definido (pero no indefinido) de pensamientos equivale a 1 hora de conciencia.

Puede que los pensamientos intensos y vívidos equivalgan a un lapso mayor de tiempo que los febles. Un sueño profundo se desliza como una invisible descarga eléctrica.

El hecho aparentemente contrario de que el tiempo nos parezca breve cuando hemos estado leyendo un libro interesante o realizando una labor gustosa y absorbente se explica así: la multitud de impresiones se armoniza en una impresión. Leed un inarmónico y estúpido libro, o un ensayo como este, y el tiempo parece inefablemente largo.

Esto es, pues, lo que le ocurre al comedor de hachís. Para cada impresión dispone de miles de signos -efecto A- o en el más corriente efecto (B) las imágenes se multiplican y superponen tanto que se pierde toda armonía; el cerebro no puede funcionar al mismo ritmo que sus impresiones, y menos aún codificarlas y controlarlas. Ocurre entonces que desde la idea gato hasta la idea ratón se da un largo viaje a través del millón de ecos mortecinos de gato hasta el millón de destellos de ratón, y este viaje ocupa un tiempo 1 millón de veces superior al que sería usual.

Este análisis de un pensamiento en su amanecer, anochecer y crepúsculo se describe muy bien en la psicología budista.

Con frecuencia, con mucha frecuencia, uno de los «ecos de gato» puede ser tan fuerte que la cadena entera se quiebra; el «eco de gato» se convierte en dominante, y sus armónicos (o inarmónicos) usurpan el trono -una y otra vez- durante períodos sin cuenta de insana alucinación.

El mismo juicio vale para el espacio, pues en la práctica medimos el espacio a partir del tiempo que necesitamos para recorrerlo, también pequeños movimientos angulares o de focalización del ojo o según nuestra experiencia en general. Así pues, si atravieso una habitación y pienso en el trayecto 1 millón de veces, la habitación me parece inmensa. Es debido al tedio del tránsito, y no por alucinación alguna del ojo, por lo que se produce la ilusión.

Al escribir mis palabras, en una ocasión, descubrí que mi brazo derecho (que, por supuesto, no está en la línea de la visión en absoluto, por regla general) tenía varios miles de millas de longitud. Resultaba extraño y difícil controlar que tan colosales movimientos en el espacio dieran en la sutil labor de la pluma. Mi escritura no resultó peor de lo que es usual -¡admito que esto no dice mucho!-. Fue el tiempo que aparentemente me llevaba cada palabra escrita lo que provocó la ilusión de su tamaño descomunal, una ilusión racional pues, llevada a absurda fantasía por la imaginación estimulada, que la hacía visible.

Otro resultado, altamente importante, del análisis del pensamiento procede del estudio acerca de cómo surge el pensamiento.

Puesto que las impresiones se representan mediante signos gráficos, cada uno de los reflejos de una impresión se acompaña por uno o dos (sólo se dan más cuando el control es imperfecto) signos críticos, como si en un cuerpo menor se hace una nota de aprobación. De modo que una cadena de pensamiento A-B-C tendrá tres signos de aprobación en clave progresiva, pues el alma justifica la secuencia. Si se continúa como A-B-C-D-E, un signo opuesto advertirá de la falsedad, o al menos se vierte una duda. En condiciones inestables del pensamiento, dicho signo crítico puede ejercer la fuerza suficiente como para convertirse en el dominante; entonces, la progresión entera del pensamiento se rompe. Pongamos un ejemplo:

Pensamiento Comentario de sus signos

1. Hombre

Un hombre recoge sus frutos.

Significado: «Bien, sigamos».

2. Bípedo implume

Tres caballos en un prado:

«¿No existen otros bípedos implumes?».

Un arroyo: «Detente, detente, detente».

3. ¿Era Mili?

Una lápida en una colina: «¿Era Locke?».

4. ¿Locke? ¿Locke?

Una batalla.

Miles más de signos violentos.

La mente por completo es ahora un mar enfurecido de pensamiento confuso: duda, trata de recordar con precisión quién fue el primer individuo que dijo «bípedo implume», se repone con dificultad del pensamiento 1 y comienza una vez más. La desafortunada fragilidad de 2 lleva a la corriente del pensamiento de la consideración de «hombre» hasta un asunto de carácter académico; puesto que el hachís contribuye, uno no puede volver atrás. Al contrario, uno de los signos críticos que asedia al pensamiento («¿Locke? ¿Locke?») será lo suficientemente poderoso como para conducirlo hasta una nueva vía, y su sentido es desviado. Esto en el mejor de los casos, puesto que entonces se está a punto de caer en el remolino del efecto (B).

Sólo existe una solución ante tales hechos: la disciplina del pensamiento que denominamos, en sus más altas formas, meditación y magia. Se advertirá la existencia de la enfermedad, lo que explica perfectamente el extravío del pensamiento, como he constatado mediante simple meditación sin drogas. Debe entenderse, creo, como la actuación normal de una mente no instruida. Mientras que los pensamientos se profieren con fuerza racional, los signos críticos lo consienten, y el curso del pensamiento se dirige armoniosamente hacia su fin. Tales son los cursos del pensamiento en los hombres instruidos. El parloteo irresponsable y sin objeto es el resultado de los pensamientos débiles, anegados constantemente por sus signos críticos asociados. Los signos meramente simpáticos pueden provocarse en las inteligencias débiles. Los equívocos y otras asociaciones falsas del pensamiento son sintomáticas de tal imbecilidad. Un caso extremo es la clásica y lunática cadena «gato-ratonera-gatitos» cuando alguien ha dicho «pato». Como he señalado, sólo existe una solución. Estamos más o menos supeditados a dicho extravío del pensamiento, pero juiciosamente podemos superarlo; la solución es instruir la mente de modo constante y por medio de rigurosos métodos: la lógica de las matemáticas, la atenta observación que se precisa en todas las ramas de la ciencia y la aún más elaborada y austera instrucción en la magia y la meditación.

Muchas personas confunden el ensueño con la meditación: el químico que halló que los saltos de Epsom se debían al ácido oxálico es la menos peligrosa de las personas. El ensueño hace del pensamiento su pasto; la meditación lo coloca en su camino.

El poeta renombrado, con sus sueños e ideales vagos, no es mucho mejor que un inocente lunático; el verdadero poeta es el creador que se agarra al cuello de la vida y le arranca su secreto, que elige austeramente y compone conscientemente, y cuya obra es tan certera y limpia como la navaja de afeitar, ¡aunque su recorrido es mayor y más ligero que el del Sol!

Pero si hay que ir más allá en la naturaleza de las cosas, sumergirnos a mayor profundidad que el químico, elevarse a más altura que el poeta, tener una visión más dilatada que el astrónomo, debemos procurarnos de mucho mejor temple.

 

Crowley empieza por demarcar una distinción entre los tres efectos principales de la cannabis, los cuales creía que se debían a que probablemente la planta tenía tres activos diferentes; hoy sabemos que cuenta con al menos 114 cannabinoides como el THC, el CBD, el CBN y el THCV, que tienen efectos distintos en el sistema nervioso, y que varios de ellos han sido clasificados como neuroprotectores.

Los efectos A y C son fácilmente reconocibles por cualquier usuario de cannabis, mientras que el efecto B sólo se manifiesta en dosis muy grandes y probablemente sólo en determinados tipos de sujetos. Es más probable que el efecto B ocurra si se consume cannabis en forma de alimentos preparados, puesto que el efecto de la cannabis cuando es ingerida es más prolongado e intenso que cuando se fuma; y debido a que cuando es ingerida sus efectos suelen ser bastante más retardados, se puede cometer la imprudencia de comer más de la cuenta, aumentando así las posibilidades de tener un malviaje. Y aunque estos “malviajes“ varían de una persona a otra, puede suceder que se llegue a experimentar el terrible efecto B en un par de ocasiones. Yo quedé gratamente sorprendido cuando leí que alguien más había puesto en palabras, fiel y textualmente, lo que había experimentado en aquellos malviajes, y lo escribía de una forma mucho más clara de lo que yo mismo había podido expresar. Sin embargo, al continuar con la lectura del ensayo se nota que el efecto B también se refiere al peculiar efecto de la cannabis, que hace que la memoria a corto plazo se disperse y, de esta manera, se obtiene una serie de pensamientos inconexos donde el hilo de las ideas pierde continuidad y se dificulta rescatar alguna idea o cognición fructífera que se haya obtenido por medio de la intervención del efecto A. Un ejemplo magistral para ilustrar el punto que Crowley intenta demostrar, y de una manera mucho más visual y clara, lo podemos encontrar en este fragmento de la serie Malcolm el de en medio:

Crowley nos propone adiestrar nuestra mente y fortalecer nuestra voluntad por medio de la practica meditativa, pues sólo una mente disciplinada puede obtener los mejores beneficios de la introspección cannábica al librarse de la embriaguez hedónica que caracteriza al consumidor de cannabis, que se pierde en los placeres sensitivos y se entrega a la autocomplacencia, perdiéndose en divagaciones pseudofilosóficas y pensamientos intrascendentes, mientras se deleita por la excitación de “entender“ el Logos (pero la excitación por entenderlo no es sabiduría, es emoción). Para navegar en las regiones profundas de la mente, la conciencia y el alma se requiere una mente entrenada y disciplinada, pues la concentración es un requisito indispensable para todo psiconauta serio; quizá esta sea su firma distintiva, junto con el entusiasmo de conocer y jugar con la plastilina mental mientras explora y descubre su creatividad.

Para finalizar me gustaría compartir un pequeño texto de Crowley que trata sobre un dialogo entre un científico y un místico, y un breve e interesantísimo video de Terence McKenna donde habla sobre el uso adecuado de la cannabis:

«Pero si alteras la facultad de observación con drogas y un especial adiestramiento mental, tus resultados no serán válidos».

Y respondo: «Pero si alteras la facultad de observación con lentes y un especial adiestramiento mental, tus resultados no serán válidos».

Y él sonríe dulcemente: «El experimento perseverante te demostrará que el microscopio es veraz».

Y yo sonrío dulcemente: «El experimento perseverante te demostrará que la meditación es veraz».

 

Para profundizar más sobre la vida y obra de Aleister Crowley, también en Pijama Surf:

11 principios de Aleister Crowley libres de jerga técnica

137 años de Aleister Crowley, el gran provocador de la magia occidental moderna

Feliz cumpleaños, Aleister Crowley (celebrando a una de las mentes más brillantes de la modernidad)

"Invócame bajo las estrellas", el amor bajo voluntad de Aleister Crowley

"Haz lo que tú quieras será toda la ley", la ética trascendental de Aleister Crowley