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Establecer una relación con lo infinito es parte de la salud y el sentido más profundo de la vida humana. Jung dedicó mucha reflexión a la muerte y entendió, cómo Platón, que la vida podía leerse con provecho como una preparación para la muerte

La cuestión decisiva para los hombres es: ¿guarda relación con lo infinito o no? Esto es el criterio de la vida. Sólo si yo sé que la falta de límites es lo esencial, no presto interés a cuestiones vanas y a cosas que no tienen significado decisivo... Cuando se comprende esto y se siente que uno está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian los deseos u actitudes. En última instancia, uno se rige sólo por lo esencial, y si no se posee esto se ha malgastado la vida. También la relación con los demás hombres es decisiva, si en ello se expresa lo infinito. 

Carl Jung, Recuerdos, sueños, pensamientos

Los últimos capítulos de la autobiografía de Carl G. Jung, Recuerdos, sueños, pensamientos, son una constante cascada de joyas, frutos refinados de sus más de 80 años pensando y estudiando las profundidades de la psique. Encontramos allí un capítulo en el que Jung reflexiona extensamente sobre la posibilidad de la vida después de la muerte. Cuenta sus experiencias, sueños y visiones relacionados a lo que podría parecer una dimensión fantasmagórica o espiritual, a la manera de "un bello cuento de espectros" en torno a un fuego. Las historias del abuelo Jung, un viejo campesino suizo que conversaba lo mismo con espectros que con las mentes más brillantes y eruditas de la humanidad. 

Jung parece inclinarse a pensar que hay algo en la psique que persiste después de la muerte del cuerpo. Sin embargo, mantiene que no existe evidencia que pueda sustentarse científicamente de que esto es así. Existen hechos psicológicos, es decir, subjetivos, experiencias de este tipo que se repiten entre los hombres. Determinar si éstas son completamente reales en un sentido objetivo traspasa los límites del campo de la ciencia y significa hacer una afirmación metafísica, lo cual Jung cuidadosamente evita:

Los mitos son las formas más primitivas de la ciencia. Cuando hablo de lo que sucede después de la muerte, hablo con agitación interna y no puedo hacer sino contar sueños y mitos.

Si bien no se puede probar la existencia de la vida después de la muerte de una manera satisfactoria objetivamente, Jung pensaba que existían pruebas de que "la psique no se encuentra sometida a las leyes del espacio y del tiempo". No sólo por las abundantes experiencias de visiones y sueños premonitorios que existen en la historia del pensamiento, sino por experimentos rigurosos como los de J. B. Rhine. Si consideramos que la psique "en ocasiones funciona más allá de la ley de la causalidad" del espacio-tiempo, esto sugiere que la psique no depende de estos límites y por lo tanto su existencia podría no estar constreñida al cuerpo y al rango de la vida humana en este mundo como la conocemos. La vida después de la muerte, el cielo o el país de los muertos podrían ser estados o regiones dentro de la psique: "el inconsciente y el 'país de los muertos' son en este sentido sinónimos". Y ese mundo, conjetura Jung, será en gran medida como es nuestra mente y más aún, como es nuestro inconsciente: "El mundo al que vamos después de morir será espléndido y terrible, tal como la divinidad y la naturaleza conocida por nosotros".

De la misma manera que estas nociones no pueden probarse, tampoco pueden refutarse. No obstante, si le damos valor a las experiencias de las personas que se han reiterado desde tiempos inmemoriales debemos considerar la idea y dialogar con el mito que representa, aunque esto haga mella en la aparente solidez de la realidad convencional establecida: "Los racionalistas insisten todavía hoy en día en que no existen experiencias parapsicológicas, pues con ello se derrumba su ideología". Jung nota que el racionalismo que caracteriza a cierta veta materialista de la ciencia tiende, como la misma religión ortodoxa, a un doctrinarismo que pone en entredicho el espíritu de la genuina búsqueda empírica de la realidad.

Por otro lado, Jung nota que la creencia en la vida después de la muerte es útil para la salud de los individuos. Es benéfico tener "un mito de la muerte". Si el hombre cree en estos mitos:

o les concede siquiera algo de crédito, tiene tanta razón como le falta, igual que aquel que no cree en ellos. Mientras que el que los niega se enfrenta con la nada, el que se obliga al arquetipo sigue huellas de la vida hasta la muerte. Ambos están en la incertidumbre, uno en contra de sus instintos, el otro de acuerdo a ellos, lo cual significa una considerable diferencia y ventaja a favor de este último.

Existe, aparentemente, un instinto se supervivencia inconsciente que hace que el hombre crea que su existencia prosigue más allá de la muerte. Esto no prueba que exista la vida después de la muerte, pero sí revela que la creencia tiene una funcionalidad que parece estar en equilibrio con la naturaleza.

De sus visiones y de los sueños y experiencias de sus pacientes, Jung desarrolló la impresión de que la vida terrenal tiene el especial significado de ser una oportunidad única de aumentar la conciencia, no sólo del individuo sino de la colectividad que comparte en el inconsciente:

Sólo aquí, en la vida terrena, donde los extremos se tocan, puede elevarse la conciencia en general. Esto parece ser la misión metafísica del hombre, que sin embargo sólo puede cumplir parcialmente sin mythologien. El mito es el grado de transición inevitable e imprescindible entre el inconsciente y el conocimiento consciente. Se afirma que el inconsciente sabe más que la conciencia, pero es un saber de tipo esencial, un saber en la eternidad, casi siempre sin relación al aquí y al ahora, al margen de nuestro lenguaje racional. Sólo cuando le damos oportunidad de expresarse, amplificarse... penetra en el reino de nuestro entendimiento y se nos hace perceptible un nuevo aspecto.

Este es el alto destino de la vida consciente humana, abrir la puerta a que la eternidad se manifieste, arrojar luz a esa profundidad intemporal que yace dentro de nosotros e integrarla con nuestras experiencias, en una retroalimentación constante entre la conciencia y el inconsciente, entre el ser humano y la divinidad -o aquel fondo insondable e inefable de la existencia que los hombres han llamado Dios, pero que por ser trascendente no puede describirse, y así entonces toda descripción o concepto de Dios no es Dios realmente-. El sentido último de la existencia humana es "encender una luz en las tinieblas del mero ser". Algo así como una segunda cosmogonía. 

Por último, felizmente, queda relatar la idea que desarrolló Jung a partir de sueños y visiones, particularmente cuando murió su madre. Después de tener un sueño premonitorio en el que se le apareció una figura similar a Wotan, y luego al recibir la noticia de la muerte de su madre, viajando en tren, empezó a escuchar "música de baile, risas y charlas alegres, como si se celebraran unas bodas". ¿Y si la muerte, que nos parece tan triste, una separación con lo que conocemos, fuera realmente una alegre boda con lo que realmente somos? "Bajo otro punto de vista, la muerte aparece como un suceso alegre. Sub specie aeternitatis es una boda, un Mysterium Coniunctionis. El alma alcanza, por así decirlo, la mitad que le falta, alcanza su plenitud".

 

Twitter del autor: @alepholo

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Esta pareja coincidió en la misma fotografía 10 años antes de conocerse

AlterCultura

Por: pijamasurf - 04/25/2018

¿Las casualidades no existen? Este hecho podría ser una gran prueba de ello…

A veces la realidad nos sorprende con fenómenos que, paradójicamente, nos hacen dudar de su condición, es decir, nos hacen preguntarnos si la realidad es real o si todo no es más que una ilusión.

Uno de esos fenómenos es la coincidencia, llamada a veces también sincronicidad, por la cual dos hechos con poca o nula probabilidad de ocurrir en el mismo tiempo y espacio encuentran, sin embargo, un punto de conexión y encuentro: una casualidad que se convierte en causalidad. Un ejemplo muy sencillo, que ocurre de tanto en tanto, es pensar en una persona y al poco tiempo recibir una llamada suya, un mensaje, o encontrarla en la calle. 

A veces, también, eso que parece sencillo adquiere otras proporciones… digamos, increíbles. Así ocurre en el caso que ahora reseñamos, en el que un hombre se descubrió en una fotografía de su actual pareja, pero tomada muchos años antes, cuando ni uno ni otro soñaban siquiera en conocerse.

Los protagonistas de esta historia son el Sr. Ye y la Sra. Xue, mismos que se conocieron en el año 2011 en la ciudad china de Chengtu, provincia de Sichuán, en el sudoeste del país. Su historia sería más o menos la de muchos: se encontraron, quizá un amigo o amiga en común los presentó, se gustaron, continuaron viéndose, se enamoraron uno del otro, el algún momento decidieron casarse y tener hijos (gemelas, en su caso). Nada particularmente extraordinario…

Hasta hace unos días, cuando en una reunión en casa de la madre de ella, la conversación derivó hacia el parecido de las hijas de ambos con Xue. Para aportar datos a la cuestión, Ye rebuscó entre las fotografías de juventud de su esposa y, de pronto, se descubrió a sí mismo en una de éstas, tomada en julio del año 2000 en la Plaza del Cuatro de Mayo, ubicada en la ciudad portuaria de Qingdao, provincia de Shandong, también al este del país, en cuyo centro se encuentra la escultura Viento de mayo.

Al mirar la fotografía de su esposa, Ye se reconoció de inmediato en una de las personas tomadas circunstancialmente en el fondo. Recordó que su esposa había hablado alguna vez de esa visita a Qingdao, pero jamás creyó que ambos la hubieran hecho en el mismo preciso momento.

Ye se reconoció además por otro detalle: su postura era la misma que en ese entonces hacía en todas las fotografías que le tomaban. Es decir: no es sólo que estuviera en la fotografía de su esposa sino que, además, la foto fue tomada en el momento en que él era también fotografiado por alguien más. ¿La prueba? Su propia fotografía:

¿Casualidad? ¿Destino? ¿Evidencia de que quizá la realidad es menos real de lo que suponemos? Quizá. Quizá, también, una simple coincidencia, como a veces sucede…

 

En Pijama Surf: Sincronicidad: el significado de las coincidencias en un universo espejo