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¿El psicoanálisis perderá vigencia cuando el ser humano sea capaz de comprender su vida?

El psicoanálisis ha conocido un desarrollo histórico peculiar, oscilante entre la aceptación y aun la fascinación por un lado y, por el otro, el rechazo y la denotación más furibunda. Con todo, el psicoanálisis persiste.

¿Cuál es la causa de dicha persistencia? Una respuesta seria pasa, necesariamente, por el malestar del ser humano, para el cual, hasta ahora, la cultura no ha encontrado un solo remedio efectivo. O, mejor dicho: sí los ha encontrado, desde el pensamiento de los Vedas y el budismo hasta las “reglas para vivir” del Dr. Jordan Peterson, de Platón y los estoicos a las ideas de Nietzsche o las reflexiones de Byung-Chul Han, el malestar que al parecer acompaña inevitablemente a la existencia humana ha sido objeto de estudio e investigación filosófica, de lo cual, a su vez, se han derivado diversos intentos de respuesta a las preguntas que en algún punto asaltan la vida humana: ¿es posible vivir sin malestar? ¿es posible vivir sin miedo? ¿es posible vivir sin sufrimiento y sin angustia? ¿es posible vivir sin ira?

Estas preguntas fundamentales tienen respuesta, pero a diferencia de otras disciplinas, sistemas de pensamiento o corrientes filosóficas, doctrinas espirituales y religiosas, la postura del psicoanálisis es clara al respecto: es el propio sujeto quien debe elaborar por sí mismo dicha respuesta. 

Sin duda, parece más sencillo adherirse a una solución ya hecha: seguir tal o cual serie de mandamientos, tomar el antidepresivo o el ansiolítico, intentar ser hoy hedonista y mañana probar el minimalismo, etc. Y nos parece más sencillo porque así es como aprendemos a vivir: obedeciendo, adoptando las formas de vida que nos enseñan y que, se nos dice, son necesarias para ser aceptados por otros (en la comunidad de lo humano). Pero frente a esto, el psicoanálisis llama al sujeto a detenerse para preguntarse si eso es lo que realmente quiere, si esa es la vida que desea o es aquella que le enseñaron a desear.

Cabe decir que dicha confrontación no es sencilla y mucho menos en una cultura que nos empuja justamente a lo contrario: a vivir sin reflexionar, sin interrogar ni emprender un esfuerzo propio y auténtico de cambio. 

Compartimos estos párrafos a manera de introducción para una entrevista que le hizo Emilia Granzotto a Jacques Lacan en 1974. De todas las personas que han intentado seguir el método elaborado por Sigmund Freud, quizá Lacan ha sido el único que aportó verdaderamente al desarrollo del psicoanálisis, por el hecho simple pero al parecer muy difícil de realizar de que su único interés a lo largo de su trayectoria fue leer atentamente la obra de Freud. 

Originalmente, la entrevista se publicó en la revista italiana Panorama, en su número del 21 de diciembre del año referido. La transcribimos íntegra, en razón de los varios puntos de interés que Lacan tocó en aquella ocasión y porque creemos que a lo largo de la charla se teje una cohesión que vale la pena conservar así para entender las palabras del psicoanalista. 

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Panorama: Prof. Lacan, se escucha hablar más y más a menudo de la crisis del psicoanálisis, se dice que Sigmund Freud está superado, que la sociedad moderna ha descubierto que su doctrina no alcanza a comprender al hombre ni a interpretar a fondo su relación con el ambiente, con el mundo…

Lacan: Son historias. En primer lugar, la crisis no existe, no está. El psicoanálisis, al contrario, no ha alcanzado del todo sus límites. Hay aún muchas cosas para descubrir tanto en la práctica como en la doctrina. En el psicoanálisis no hay solución inmediata, sino solamente la larga y paciente investigación acerca de los porqués. En segundo lugar: Freud. ¿Cómo se lo puede juzgar como superado si no lo hemos comprendido enteramente? Lo que sabemos es que ha dado a conocer cosas totalmente novedosas que no se habían imaginado antes de él, problemas… del inconsciente hasta la importancia de la sexualidad, del acceso a lo simbólico al sujetamiento a las leyes del lenguaje.

Su doctrina ha puesto a la verdad en cuestión, un asunto que concierne a cada uno personalmente. Nada que ver con una crisis. Repito: estamos lejos de los objetivos de Freud. Es porque su nombre ha servido para cubrir muchas cosas que ha habido desviaciones, los epígonos no han seguido siempre fielmente el modelo, eso ha creado la confusión.

Después de su muerte en 1939, algunos de sus alumnos pretendieron hacer el psicoanálisis de otra manera, reduciendo su enseñanza a algunas pequeñas fórmulas banales: la técnica como rito, la práctica reducida al tratamiento del comportamiento y, como objetivo, la readaptación del individuo a su entorno social. Es decir, la negación de Freud, un psicoanálisis acomodaticio, de salón.

Él mismo lo había previsto. Decía que hay tres posiciones imposibles de sostener, tres tareas imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar. Hoy día poco importa quien tiene las responsabilidades de gobernar y todo el mundo se pretende educador. En cuanto a los  psicoanalistas, ¡ay!, por desgracia prosperan como los magos y los curanderos. Proponer ayudar a las personas significa el éxito asegurado y la clientela detrás de la puerta. El psicoanálisis es otra cosa.

Panorama: ¿Qué exactamente?

Lacan: Lo defino como un síntoma, revelador del malestar de la civilización en la cual vivimos.  No es ciertamente una filosofía; yo aborrezco la filosofía, hace ya tiempo que ella no dice nada interesante. No es tampoco una fe y tampoco me va llamarla ciencia. Digamos que es una práctica que se ocupa de aquello que no anda, terriblemente difícil, ya que pretende introducir en la vida cotidiana al imposible y al imaginario. Hasta ahora, ha obtenido ciertos resultados, pero no dispone aún de reglas y se presta a toda suerte de equívocos.

No hay que olvidar que se trata de algo totalmente nuevo, ya sea en relación con la medicina, la psicología o las ciencias afines. Es asimismo muy joven. Freud murió apenas hace 35 años. Su primer  libro, La interpretación de los sueños, fue publicado en 1900 y con muy poco éxito. Creo que fueron vendidos unos 300 ejemplares en aquellos años. Tenía pocos alumnos que pasaban por locos y ellos mismos no estaban de acuerdo acerca de la manera de poner en práctica y de interpretar aquello que habían adquirido.

Panorama: ¿Qué es lo que no anda en el hombre hoy en día?

Lacan: Hay una gran fatiga de vivir como resultado de la carrera hacia el progreso. Se espera del psicoanálisis que descubra hasta dónde se puede llegar arrastrando esa fatiga, ese malestar de la vida.

Panorama: ¿Qué es lo que empuja a la gente a analizarse?

Lacan: El miedo. Cuando al hombre le llegan las cosas, incluso las cosas que ha querido, que no comprende, tiene miedo. Sufre de no comprender y poco a poco entra en un estado de pánico. Es la neurosis. En la neurosis histérica el cuerpo deviene enfermo del miedo de estar enfermo sin estarlo realmente. En la neurosis obsesiva el miedo pone cosas bizarras en la cabeza … pensamientos que no se pueden controlar, fobias en las cuales formas y objetos adquieren significaciones diversas y espantosas.

Panorama: ¿Por ejemplo?

Lacan: El neurótico llega a sentirse empujado por una necesidad espantosa de tener que verificar docenas de veces si la canilla está cerrada de verdad o si tal cosa está bien en su lugar, sabiendo con certeza que la canilla está como debe estar y que la cosa está en su lugar. No hay pastilla que cure eso. Tú debes descubrir por qué eso te llega y saber lo que eso significa.

Panorama: ¿Y el tratamiento?

Lacan: El neurótico es un enfermo que se trata con la palabra, sobre todo con la suya. Debe hablar, contar, explicar él mismo. Freud lo define así: asunción de la parte del sujeto de su propia historia, en la medida en que ella está constituida por la palabra dirigida a otro. El psicoanalista no tiene mas remedio que ser el rey de la palabra. Freud explicaba que el inconsciente no es tanto algo profundo sino, más bien, es inaccesible a la profundización consciente. Y decía también que en ese inconsciente ello habla: un sujeto en el sujeto trascendiendo al sujeto. La palabra es la gran fuerza del psicoanálisis.

Panorama: ¿Palabra de quién? ¿Del enfermo o del analista?

Lacan: En el psicoanálisis, los términos enfermo, médico, medicina no son exactos, no son utilizados. Incluso las fórmulas pasivas que son utilizadas habitualmente no son justas. Se dice "hacerse psicoanalizar". Es falso. Aquel que hace el trabajo en análisis es aquel que habla, el sujeto analizante mismo si él lo hace según el modelo sugerido por el analista que le indica cómo proceder y lo ayuda con sus intervenciones. Las interpretaciones que les son proporcionadas parecen dar sentido en un primer abordaje a aquello que el analizante dice.

En realidad, la interpretación es más sutil, tiende a borrar el sentido de las cosas por las cuales el sujeto sufre. El objetivo es el de mostrarle, a través de su propio relato, que su síntoma, digamos la enfermedad, no está en relación con nada, que está desanudado de todo sentido. Incluso si en apariencia es real, no existe.

Las vías por las cuales esta acción de la palabra procede piden mucha práctica y una paciencia infinita. La paciencia y la ponderación son los instrumentos del psicoanálisis. La técnica consiste en saber ponderar la ayuda que se le da al analizante; es por esto que el psicoanálisis es difícil.

Panorama: Cuando se habla de Jacques Lacan, se asocia inevitablemente ese nombre a una fórmula: el retorno a Freud. ¿Qué significa eso?

Lacan: Exactamente eso que es dicho. El psicoanálisis es Freud. Si se quiere hacer psicoanálisis, hay que referirse a Freud, en sus términos, en sus definiciones, leídas e interpretadas en su sentido literal. He fundado en París una escuela freudiana justamente para eso. Hace 20 años, o más, que vengo explicando mi punto de vista: el retorno a Freud simplemente significa  despejar el campo de las desviaciones y de los equívocos, de las fenomenologías existenciales —por ejemplo— tanto como del formulismo institucional de las sociedades analíticas, retomando la lectura de su enseñanza según los principios definidos y catalogados en su trabajo. Releer a Freud quiere decir solamente releer a Freud. Aquel que no hace esto en psicoanálisis, utiliza formas abusivas.

Panorama: Pero Freud es difícil. Y Lacan, dicen, lo torna incomprensible. Se le reprocha a Lacan  hablar y sobre todo escribir de tal manera que solamente aquellos iniciados pueden esperar comprender.

Lacan: Lo sé, tengo la reputación de ser un oscuro que esconde su pensamiento en nubes de humo. Yo me pregunto por qué. A propósito del análisis, respeto conjuntamente con Freud que sea el juego intersubjetivo a través del cual la verdad entre en el real. ¿No está claro? Pero el psicoanálisis no es una cosa simple.

Mis libros tienen reputación de incomprensibles. ¿Pero por quién? No los he escrito para todos, para que sean comprendidos por todos. Al contrario, no me he preocupado ni un instante de complacer a algunos lectores. Tengo cosas para decir y las digo. Me es suficiente tener un público que lee, y si no comprende, paciencia. En cuanto al número de lectores, tengo más oportunidad que Freud. Mis libros son muy leídos; estoy asombrado por eso.
Estoy convencido de que dentro de 10 años como máximo, quien me lea me encontrará transparente como una buena jarra de cerveza. Es posible que entonces se diga: ¡ese Lacan, es banal!

Panorama: ¿Cuáles son las características del lacanismo?

Lacan: Es un poco apresurado decirlo, ya que el lacanismo no existe aún. Se percibe apenas un olor, como un presentimiento.

Sea lo que sea, Lacan es un señor que practica el psicoanálisis hace 40 años y que estudia desde hace más tiempo. Creo en el estructuralismo y en la ciencia del lenguaje. He escrito en uno de mis libros que aquello a lo cual nos devuelve el descubrimiento de Freud es a la importancia del orden en el cual hemos entrado, en el que somos, si se puede decir, nacidos por segunda vez, saliendo del estado llamado justamente infans, sin palabra. El orden simbólico sobre el cual Freud ha fundado su descubrimiento está constituido por el lenguaje, como momento del discurso concreto universal. Es el mundo de las palabras que creó el mundo de las cosas, inicialmente confusas en el devenir del todo. Solamente las palabras dan un sentido cabal a la esencia de las cosas. Sin las palabras, nada existiría. ¿Cuál sería el placer sin el intermediario de la palabra?

Mi idea es que Freud, al enunciar en sus primeras obras (La interpretación de los sueños, Más allá del principio del placer, Tótem y tabú) las leyes del inconsciente, formuló —como precursor de su tiempo— las teorías con las cuales algunos años más tarde Ferdinand de Saussure abrió el camino de la lingüística moderna.

Panorama: ¿Y el pensamiento puro?

Lacan: Sometido, como todo el resto, a las leyes del lenguaje, solamente las palabras pueden introducir y darle consistencia. Sin el lenguaje, la humanidad no daría un paso hacia el frente en las investigaciones acerca del pensamiento. Del mismo modo para el psicoanálisis. Sea cual sea la función que quisiéramos atribuirle –agente de cura, de formación o de sondeo– no hay más que un médium del que se sirve: la palabra del paciente. Y  cada palabra pide respuesta.

Panorama: ¿El análisis como diálogo? Hay gente que lo interpreta, sobre todo, como un sucedáneo laico de la confesión…

Lacan: ¿Pero qué confesión? Al psicoanalista no se le confiesa nada. Se va a decirle simplemente todo lo que se le pasa por la cabeza. Palabras precisamente. El descubrimiento del psicoanálisis es el del hombre como animal parlante. Es asunto del analista poner en serie las palabras que escucha y darles un sentido, una significación. Para realizar un buen análisis, hace falta un acuerdo, una afinidad entre el analizante y el analista. A través de las palabras de uno, el otro busca hacerse una idea de lo que se trata y encontrar más allá del síntoma aparente, el difícil nudo de la verdad. Otra función del analista es la de explicar el sentido de las palabras para hacer comprender al paciente qué puede esperar del análisis.

Panorama: Entonces es una relación de una extrema confianza.

Lacan: Sobre todo un intercambio, en el cual lo importante es que uno habla y el otro escucha. Aun en silencio. El analista no plantea preguntas y no tiene ideas. Da solamente las respuestas que hace falta dar a las preguntas que suscitan sus buenas ganas. Pero –a fin de cuentas– el analizante va siempre adonde el analista lo lleva.

Panorama: Eso es la cura. ¿Y acerca de las posibilidades de curación? ¿Se sale de la neurosis?

Lacan: El psicoanálisis tiene éxito cuando vacía el campo tanto del síntoma como del real, y así llega a la verdad.

Panorama: ¿Podría explicarme ese concepto de una manera menos lacaniana?

Lacan: Yo llamo síntoma a todo aquello que viene del real. Y el real es todo aquello que no anda, que no funciona, eso que hace obstáculo a la vida del hombre y a la afirmación de su personalidad. El real vuelve siempre al mismo lugar, se lo encuentra siempre allí con las mismas manifestaciones. Los científicos disponen de una bella fórmula: que no hay nada de imposible en el real. Hace falta ser un caradura para hacer afirmaciones de ese género, o bien, como yo lo sospecho, una ignorancia total acerca de lo que se hace y de lo que se dice. El real y el imposible son antitéticos; no pueden estar juntos. El análisis empuja al sujeto hacia el imposible, le sugiere considerar el mundo como es verdaderamente, esto es, imaginario y sin ningún sentido. Mientras que el real, como un pájaro voraz, no hace otra cosa que nutrirse de cosas sensatas, de acciones que tienen un sentido.

Se escucha  siempre repetir que hay que darle un sentido a esto o a aquello, a sus propios pensamientos, a sus propias aspiraciones, a los deseos, al sexo, a la vida. Pero de la vida no sabemos nada de nada, como se sofocan los científicos por explicar. Mi miedo es que, por culpa de ellos, el real, cosa monstruosa que no existe, termine tomando la delantera. La ciencia está en camino de sustituir a la religión, con otro tanto de despotismo, de oscuridad y de oscurantismo. Hay un dios átomo, un dios espacio, etc. Si la ciencia o la religión lo logran, el psicoanálisis está acabado.

Panorama: ¿Qué relación guardan entre sí hoy día la ciencia y el psicoanálisis?

Lacan: Para mí la única ciencia verdadera, seria para seguir, es la ciencia ficción. La otra, aquella que es oficial, que tiene sus altares en los laboratorios, avanza a tientas y a locas y comienza a tener miedo de su sombra. Pareciera que a los científicos también les llegó el momento de angustia. En sus laboratorios asépticos revestidos de sus guardapolvos almidonados, esos viejos niños que juegan con cosas desconocidas, manipulando aparatos siempre más complicados e inventando fórmulas siempre más oscuras, comienzan a preguntarse qué es lo que podrá sobrevenir mañana y qué terminarán aportando sus investigaciones siempre novedosas. En fin, digo: ¿Y si es demasiado tarde? Se llamen biólogos, físicos, químicos, para mí están locos.

Solamente por el momento, mientras están en vías de destruir el universo, se les ocurre preguntarse si por azar eso que hacen no sería peligroso. ¿Y si todo saltara? ¿Y si las bacterias tan amorosamente cuidadas en los blancos laboratorios se trasmutasen en enemigos mortales? ¿Y si el mundo fuera barrido por una horda de esas bacterias con toda la mierda que lo habita, comenzando por los científicos de los laboratorios? Hay tres posiciones imposibles dichas por Freud: gobernar, educar y psicoanalizar. Agregaría una cuarta: la ciencia. Tan cerca como las demás, los científicos no saben que están en una posición insostenible.

Panorama: Es una definición bastante pesimista de aquello que comúnmente se llama progreso.

Lacan: Para nada, no soy para nada pesimista. El hombre no llegará a nada, por la simple razón de que es un bueno para nada, incapaz de destruirse a sí mismo. Una calamidad total promovida por el hombre, eso lo encontraría personalmente maravilloso. Sería la prueba de que finalmente ha logrado fabricar alguna cosa con sus manos, con su cabeza, sin intervención divina, natural o de otra especie.

Todas  esas bellas bacterias bien nutridas que se pasean por el mundo, como las langostas bíblicas, significarían el triunfo del hombre. Pero eso no llegará jamás. La ciencia tiene  su buena crisis de responsabilidad. Todo regresará al orden de las cosas, como se dice. Lo he dicho, el real tendrá la superioridad como siempre y nosotros estaremos jodidos como siempre.

Panorama: Otra de las paradojas de Jacques Lacan. Nos lanza no solamente la dificultad del lenguaje y la oscuridad de los conceptos, los juegos de palabras, los divertimentos lingüísticos, los acertijos a la francesa y precisamente las paradojas. Aquel que lo escucha o lo lee debe de sentirse desorientado…

Lacan: No bromeo del todo, digo las cosas muy seriamente. Salvo que utilice las palabras como los científicos, de los que hablamos antes, utilizan sus alambiques y sus aparatos electrónicos. Busco siempre referirme a la experiencia del psicoanálisis.

Panorama: Usted dijo: el real no existe. Pero el hombre medio sabe que el real es el mundo, todo aquello que lo rodea, lo que se ve ante el ojo desnudo, se toca, es…

Lacan: De entrada rechacemos a este hombre medio que, él, para comenzar no existe, es solamente una ficción estadística. Existen los individuos y eso es todo. Cuando escucho hablar del "hombre de la calle", de los sondeos, de los fenómenos de masa o de cosas parecidas, pienso en todos los pacientes que he visto pasar sobre el diván de mi consultorio en 40 años de escucha. No hay uno solo que sea parecido a otro, ninguno con la misma fobia, la misma angustia, la misma manera de relatar, el mismo miedo de no entender. El hombre medio, ¿quién es? ¿Yo, usted, nosotros, mi conserje, el presidente de la república?

Panorama: Hablamos del real, del mundo que todos vemos …

Lacan: Precisamente. La diferencia entre el real (a saber: eso que no va) y el simbólico y el imaginario (a saber: la verdad), es que el real es el mundo. Para constatar que el mundo no existe, que no es, hace falta pensar en todas las cosas banales que una infinidad de gente estúpida creen que es el mundo. E invito a los amigos de Panorama, antes de acusarme de paradoja, a reflexionar acerca de lo que acaban de leer.

Panorama: Aún más pesimista, se diría…

Lacan: No es cierto. No me coloco entre los alarmistas ni entre los angustiados. Estupendo si un psicoanalista no ha dejado atrás su estado de la angustia. Es cierto, hay alrededor de nosotros cosas horripilantes y devorantes, como la televisión, por la cual la mayoría de nosotros se encuentra regularmente fagocitado. Pero es únicamente porque las personas se dejan fagocitar que llega a inventarse un interés para aquellos que lo ven. Luego hay otros aparatos monstruosos, tan hambrientos: los cohetes en la luna, las investigaciones en el fondo del mar, etc. Cosas que devoran. Pero no hay por qué hacer un drama. Estoy seguro de que cuando hayamos tenido los cohetes, la televisión y todas las otras malditas investigaciones para la vida, encontraremos otras cosas para ocuparnos. Hay una reviviscencia de la religión ¿no? ¿Y qué mejor monstruo hambriento que la religión, una feria continua con la cual es posible entretenerse durante siglos, como ya se ha mostrado?

Mi respuesta a todo ello es que el hombre siempre supo adaptarse al mal. El solo real concebible al que tenemos acceso es precisamente este y hay que darse una razón. Dar un sentido a las cosas, como se dice. De otro modo, el hombre no tendría angustia, Freud no se habría vuelto célebre y yo no sería profesor universitario.

Panorama: Las angustias, ¿son todas ellas siempre de ese tipo, o bien hay angustias ligadas a ciertas condiciones sociales, a ciertas etapas históricas, a ciertas latitudes?

Lacan: La angustia del científico que tiene miedo de sus propios descubrimientos puede parecer reciente, pero, ¿qué sabemos nosotros de aquello que les llegó en otras épocas, de los dramas de otros investigadores? La angustia del obrero remachado a la cadena de montaje como al remo de una galera, esa es la angustia de hoy día. O más simplemente, está ligada a las definiciones y a las palabras de hoy.

Panorama: Pero, ¿qué es la angustia para el psicoanálisis?

Lacan: Algo que se sitúa en el exterior de nuestro cuerpo, un miedo, un miedo de nada más que del cuerpo –comprometido el espíritu– pueda motivar. En suma, el miedo del miedo. Muchos de esos miedos, muchas de esas angustias, al nivel donde lo percibimos, tienen alguna cosa que ver con el sexo. Freud decía que la sexualidad para el animal parlante que se llama el hombre, no tiene ni remedio ni esperanza. Uno de los deberes del analista es el de encontrar en las palabras del paciente el nudo entre la angustia y el sexo, ese gran desconocido.

Panorama: Ahora que se coloca al sexo en todas las salsas –sexo en el cine, en el teatro, en la televisión, en los diarios, en las canciones, en la playa– se dice que la gente está menos angustiada respecto de los problemas ligados a la esfera sexual. Los tabúes han caído, se dice, el sexo ya no da miedo…

Lacan: La sexomanía galopante es solamente un fenómeno publicitario. El psicoanálisis es una cosa seria que comporta, y lo repito, una relación estrictamente personal entre dos individuos: el sujeto y el analista. No existe psicoanálisis colectivo, como no existen angustias o neurosis de masas.

Que el sexo sea puesto a la orden del día y expuesto en todos los rincones de las calles, tratado de la misma manera que no importa cuál detergente en los carruseles televisivos, no constituye absolutamente promesa alguna de beneficio. No digo que esté mal. Ciertamente, eso no sirve para aliviar las angustias y los problemas singulares. Eso forma parte del mundo, de esa falsa liberación que nos es proporcionada como un bien acordado desde lo alto por la susodicha sociedad permisiva. Pero eso no sirve al nivel del psicoanálisis.

 

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¿Eres lo que alucinas? Neurocientífico afirma que la realidad es una alucinación

AlterCultura

Por: pijamasurf - 03/08/2018

"Si la alucinación es un tipo de percepción descontrolada, entonces la percepción del aquí y el ahora es también una forma de alucinación, pero una alucinación controlada en donde las predicciones cerebrales se rigen por la información sensorial del mundo"

Imagina que eres un cerebro, invita el neurocientífico cognitivo Anil Seth, y que estás encerrado dentro de un cráneo tratando de comprender qué está pasando en el mundo. Sabes que estás en un sitio sin luz ni sonido, y lo único que tienes disponible son cientos y miles de impulsos eléctricos que a su vez se encuentran relacionados con el mundo exterior. Para Seth se trata de una forma de explicar la percepción, un proceso en que el cerebro debe no sólo combinar los signos sensoriales, las expectativas o las creencias de lo que está sucediendo en el medio ambiente, sino también reaccionar en función de ello. En otras palabras, lo que percibimos, según Seth, es la interpretación de nuestro cerebro en relación con el mundo. Sin embargo, ¿en qué momento de este proceso surge la conciencia, aquello que permite comprender que uno es uno y que lo que se percibe –siente y piensa– importa?

En una conferencia de TedTalks, Seth se cuestiona qué es y de dónde surge la conciencia, e incluso llega a sugerir que se trata en el fondo de una alucinación del que resulta uno de los misterios más incógnitos de la ciencia y la filosofía. Pues conciencia no es sinónimo de percepción ni de inteligencia, sino de la experiencia tanto de la alegría como del sufrimiento mientras se combina la actividad de algunos miles de millones de neuronas. En sus palabras:

Actualmente me gustaría pensar en la conciencia de dos maneras. Hay experiencias del mundo que se encuentra a nuestro alrededor, lleno de vistas, sonidos y aromas, es multisensorial, panorámico, 3D, una película completamente inmersiva e interna. Surge entonces el self consciente. La experiencia específica de ser tú o de ser yo. El protagonista de esta película interna, y probablemente el aspecto de la conciencia al que más nos adherimos.

De modo que existe una importante diferencia entre la percepción y la conciencia: mientras que la primera recibe la información del exterior sin alterarla en ningún momento, la segunda implica un intercambio de experiencias externas e internas. Es decir, la segunda se encarga de generar activamente emociones, pensamientos y creencias como respuesta a los estímulos adquiridos del medio ambiente. Ahora bien, ¿qué pasa cuando uno recibe información del exterior y la altera internamente en función de la interpretación personal –como aquella que se ve afectada durante “el teléfono descompuesto”–? Para Seth, se trata de una fuerte predicción perceptual, la cual puede en algunos casos poseer rasgos de alucinaciones causadas por un estado alterado de conciencia –como la psicosis–. En otras palabras:

Si la alucinación es un tipo de percepción descontrolada, entonces la percepción del aquí y el ahora es también una forma de alucinación, pero una alucinación controlada en donde las predicciones cerebrales se reinan por la información sensorial del mundo. De hecho, estamos alucinando todo el tiempo, incluyendo ahora mismo. Y hasta el momento en que estamos de acuerdo sobre nuestras alucinaciones, lo llamamos realidad.

De alguna manera, la realidad que uno vive se vuelve una alucinación constante que no sólo nos ilustra las cosas sino, también, la razón de su existencia. Por lo tanto, también logra explicar la presencia de un self en cada individuo:

Para la mayoría de nosotros, la experiencia de ser una persona es familiar, algo tan unificador y tan continuo que es difícil no darlo por hecho. Pero no deberíamos darlo por sentado. Hay, de hecho, muchas maneras diferentes de experimentar a un self. Hay una experiencia de tener un cuerpo y de ser un cuerpo. Estas experiencias de percibir forman el mundo y la perspectiva de una persona. Hay experiencias que pretenden hacer las cosas y otras que pretenden explicar la causa de las cosas que suceden en el mundo. Y hay experiencias de ser una persona continua y característica con el paso del tiempo, construida por una gama rica de memorias e interacciones sociales.

Hay algo más. No sólo experimentamos nuestros cuerpos como objetos en el mundo desde el exterior, también los experimentamos desde el interior. Todos experimentamos el sentido de ser un cuerpo desde adentro. Una serie de señales sensoriales vienen desde el interior del cuerpo que continuamente se encuentran diciéndole al cerebro sobre el estado de los órganos internos, cómo le está yendo al corazón, cómo va la presión sanguínea, muchas cosas. Este tipo de percepción, al cual se le llama interocepción, se ha investigado en exceso. Pero es sumamente importante, porque la percepción y la regulación interna del estado del cuerpo es lo que nos hace estar vivos.

[…] La percepción del estado interno del cuerpo no se trata de adivinar lo que hay por ahí, sino de contener el control y la regulación –mantener las variables fisiológicas con unos vínculos tan finos que son compatibles con la supervivencia–. Cuando el cerebro usa predicciones para adivinar qué hay allá afuera, percibimos objetos como la causa de las sensaciones. Cuando el cerebro utiliza predicciones para controlar y regular cosas, entonces experimentamos cómo ese control está yendo para bien o para mal.

Por lo tanto, la mayoría de nuestras experiencias básicas de ser, de encontrarnos en un organismo personificado, se encuentran profundamente arraigados a los mecanismos biológicos que nos mantienen vivos. Y cuando seguimos esta idea, empezamos a ver nuestras experiencias conscientes, principalmente desde que dependen de los mismos mecanismos de la percepción predictiva, ambas guiadas por nuestra motivación intrínseca de supervivencia. Experimentamos el mundo y a nosotros mismos a través y gracias a nuestros cuerpos vivientes.

Con esto se quiere decir que la conciencia es el resultado de la experimentación de las sensaciones de nuestro cuerpo llevadas a su interpretación positiva, negativa o neutral por nuestra mente como mecanismo de supervivencia. Debido a ello, cuando la interpretación –e incluso la percepción– no congenia con lo que está sucediendo a nuestro alrededor, es cuando puede llegar a surgir la noción de la alucinación –un rasgo que, en caso de no estar bajo efectos de alguna sustancia psicotrópica, puede asociarse con depresión mayor, psicosis o esquizofrenia–. Quizá esta sea la razón principal por la que la meditación es una herramienta para procurar un bienestar mayor de cualquier individuo: es en ese momento en que tanto la mente como el cuerpo encuentran una sincronía en el aquí y el ahora, resultando en la armonía del universo interno.