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¿El psicoanálisis perderá vigencia cuando el ser humano sea capaz de comprender su vida?

El psicoanálisis ha conocido un desarrollo histórico peculiar, oscilante entre la aceptación y aun la fascinación por un lado y, por el otro, el rechazo y la denotación más furibunda. Con todo, el psicoanálisis persiste.

¿Cuál es la causa de dicha persistencia? Una respuesta seria pasa, necesariamente, por el malestar del ser humano, para el cual, hasta ahora, la cultura no ha encontrado un solo remedio efectivo. O, mejor dicho: sí los ha encontrado, desde el pensamiento de los Vedas y el budismo hasta las “reglas para vivir” del Dr. Jordan Peterson, de Platón y los estoicos a las ideas de Nietzsche o las reflexiones de Byung-Chul Han, el malestar que al parecer acompaña inevitablemente a la existencia humana ha sido objeto de estudio e investigación filosófica, de lo cual, a su vez, se han derivado diversos intentos de respuesta a las preguntas que en algún punto asaltan la vida humana: ¿es posible vivir sin malestar? ¿es posible vivir sin miedo? ¿es posible vivir sin sufrimiento y sin angustia? ¿es posible vivir sin ira?

Estas preguntas fundamentales tienen respuesta, pero a diferencia de otras disciplinas, sistemas de pensamiento o corrientes filosóficas, doctrinas espirituales y religiosas, la postura del psicoanálisis es clara al respecto: es el propio sujeto quien debe elaborar por sí mismo dicha respuesta. 

Sin duda, parece más sencillo adherirse a una solución ya hecha: seguir tal o cual serie de mandamientos, tomar el antidepresivo o el ansiolítico, intentar ser hoy hedonista y mañana probar el minimalismo, etc. Y nos parece más sencillo porque así es como aprendemos a vivir: obedeciendo, adoptando las formas de vida que nos enseñan y que, se nos dice, son necesarias para ser aceptados por otros (en la comunidad de lo humano). Pero frente a esto, el psicoanálisis llama al sujeto a detenerse para preguntarse si eso es lo que realmente quiere, si esa es la vida que desea o es aquella que le enseñaron a desear.

Cabe decir que dicha confrontación no es sencilla y mucho menos en una cultura que nos empuja justamente a lo contrario: a vivir sin reflexionar, sin interrogar ni emprender un esfuerzo propio y auténtico de cambio. 

Compartimos estos párrafos a manera de introducción para una entrevista que le hizo Emilia Granzotto a Jacques Lacan en 1974. De todas las personas que han intentado seguir el método elaborado por Sigmund Freud, quizá Lacan ha sido el único que aportó verdaderamente al desarrollo del psicoanálisis, por el hecho simple pero al parecer muy difícil de realizar de que su único interés a lo largo de su trayectoria fue leer atentamente la obra de Freud. 

Originalmente, la entrevista se publicó en la revista italiana Panorama, en su número del 21 de diciembre del año referido. La transcribimos íntegra, en razón de los varios puntos de interés que Lacan tocó en aquella ocasión y porque creemos que a lo largo de la charla se teje una cohesión que vale la pena conservar así para entender las palabras del psicoanalista. 

***

Panorama: Prof. Lacan, se escucha hablar más y más a menudo de la crisis del psicoanálisis, se dice que Sigmund Freud está superado, que la sociedad moderna ha descubierto que su doctrina no alcanza a comprender al hombre ni a interpretar a fondo su relación con el ambiente, con el mundo…

Lacan: Son historias. En primer lugar, la crisis no existe, no está. El psicoanálisis, al contrario, no ha alcanzado del todo sus límites. Hay aún muchas cosas para descubrir tanto en la práctica como en la doctrina. En el psicoanálisis no hay solución inmediata, sino solamente la larga y paciente investigación acerca de los porqués. En segundo lugar: Freud. ¿Cómo se lo puede juzgar como superado si no lo hemos comprendido enteramente? Lo que sabemos es que ha dado a conocer cosas totalmente novedosas que no se habían imaginado antes de él, problemas… del inconsciente hasta la importancia de la sexualidad, del acceso a lo simbólico al sujetamiento a las leyes del lenguaje.

Su doctrina ha puesto a la verdad en cuestión, un asunto que concierne a cada uno personalmente. Nada que ver con una crisis. Repito: estamos lejos de los objetivos de Freud. Es porque su nombre ha servido para cubrir muchas cosas que ha habido desviaciones, los epígonos no han seguido siempre fielmente el modelo, eso ha creado la confusión.

Después de su muerte en 1939, algunos de sus alumnos pretendieron hacer el psicoanálisis de otra manera, reduciendo su enseñanza a algunas pequeñas fórmulas banales: la técnica como rito, la práctica reducida al tratamiento del comportamiento y, como objetivo, la readaptación del individuo a su entorno social. Es decir, la negación de Freud, un psicoanálisis acomodaticio, de salón.

Él mismo lo había previsto. Decía que hay tres posiciones imposibles de sostener, tres tareas imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar. Hoy día poco importa quien tiene las responsabilidades de gobernar y todo el mundo se pretende educador. En cuanto a los  psicoanalistas, ¡ay!, por desgracia prosperan como los magos y los curanderos. Proponer ayudar a las personas significa el éxito asegurado y la clientela detrás de la puerta. El psicoanálisis es otra cosa.

Panorama: ¿Qué exactamente?

Lacan: Lo defino como un síntoma, revelador del malestar de la civilización en la cual vivimos.  No es ciertamente una filosofía; yo aborrezco la filosofía, hace ya tiempo que ella no dice nada interesante. No es tampoco una fe y tampoco me va llamarla ciencia. Digamos que es una práctica que se ocupa de aquello que no anda, terriblemente difícil, ya que pretende introducir en la vida cotidiana al imposible y al imaginario. Hasta ahora, ha obtenido ciertos resultados, pero no dispone aún de reglas y se presta a toda suerte de equívocos.

No hay que olvidar que se trata de algo totalmente nuevo, ya sea en relación con la medicina, la psicología o las ciencias afines. Es asimismo muy joven. Freud murió apenas hace 35 años. Su primer  libro, La interpretación de los sueños, fue publicado en 1900 y con muy poco éxito. Creo que fueron vendidos unos 300 ejemplares en aquellos años. Tenía pocos alumnos que pasaban por locos y ellos mismos no estaban de acuerdo acerca de la manera de poner en práctica y de interpretar aquello que habían adquirido.

Panorama: ¿Qué es lo que no anda en el hombre hoy en día?

Lacan: Hay una gran fatiga de vivir como resultado de la carrera hacia el progreso. Se espera del psicoanálisis que descubra hasta dónde se puede llegar arrastrando esa fatiga, ese malestar de la vida.

Panorama: ¿Qué es lo que empuja a la gente a analizarse?

Lacan: El miedo. Cuando al hombre le llegan las cosas, incluso las cosas que ha querido, que no comprende, tiene miedo. Sufre de no comprender y poco a poco entra en un estado de pánico. Es la neurosis. En la neurosis histérica el cuerpo deviene enfermo del miedo de estar enfermo sin estarlo realmente. En la neurosis obsesiva el miedo pone cosas bizarras en la cabeza … pensamientos que no se pueden controlar, fobias en las cuales formas y objetos adquieren significaciones diversas y espantosas.

Panorama: ¿Por ejemplo?

Lacan: El neurótico llega a sentirse empujado por una necesidad espantosa de tener que verificar docenas de veces si la canilla está cerrada de verdad o si tal cosa está bien en su lugar, sabiendo con certeza que la canilla está como debe estar y que la cosa está en su lugar. No hay pastilla que cure eso. Tú debes descubrir por qué eso te llega y saber lo que eso significa.

Panorama: ¿Y el tratamiento?

Lacan: El neurótico es un enfermo que se trata con la palabra, sobre todo con la suya. Debe hablar, contar, explicar él mismo. Freud lo define así: asunción de la parte del sujeto de su propia historia, en la medida en que ella está constituida por la palabra dirigida a otro. El psicoanalista no tiene mas remedio que ser el rey de la palabra. Freud explicaba que el inconsciente no es tanto algo profundo sino, más bien, es inaccesible a la profundización consciente. Y decía también que en ese inconsciente ello habla: un sujeto en el sujeto trascendiendo al sujeto. La palabra es la gran fuerza del psicoanálisis.

Panorama: ¿Palabra de quién? ¿Del enfermo o del analista?

Lacan: En el psicoanálisis, los términos enfermo, médico, medicina no son exactos, no son utilizados. Incluso las fórmulas pasivas que son utilizadas habitualmente no son justas. Se dice "hacerse psicoanalizar". Es falso. Aquel que hace el trabajo en análisis es aquel que habla, el sujeto analizante mismo si él lo hace según el modelo sugerido por el analista que le indica cómo proceder y lo ayuda con sus intervenciones. Las interpretaciones que les son proporcionadas parecen dar sentido en un primer abordaje a aquello que el analizante dice.

En realidad, la interpretación es más sutil, tiende a borrar el sentido de las cosas por las cuales el sujeto sufre. El objetivo es el de mostrarle, a través de su propio relato, que su síntoma, digamos la enfermedad, no está en relación con nada, que está desanudado de todo sentido. Incluso si en apariencia es real, no existe.

Las vías por las cuales esta acción de la palabra procede piden mucha práctica y una paciencia infinita. La paciencia y la ponderación son los instrumentos del psicoanálisis. La técnica consiste en saber ponderar la ayuda que se le da al analizante; es por esto que el psicoanálisis es difícil.

Panorama: Cuando se habla de Jacques Lacan, se asocia inevitablemente ese nombre a una fórmula: el retorno a Freud. ¿Qué significa eso?

Lacan: Exactamente eso que es dicho. El psicoanálisis es Freud. Si se quiere hacer psicoanálisis, hay que referirse a Freud, en sus términos, en sus definiciones, leídas e interpretadas en su sentido literal. He fundado en París una escuela freudiana justamente para eso. Hace 20 años, o más, que vengo explicando mi punto de vista: el retorno a Freud simplemente significa  despejar el campo de las desviaciones y de los equívocos, de las fenomenologías existenciales —por ejemplo— tanto como del formulismo institucional de las sociedades analíticas, retomando la lectura de su enseñanza según los principios definidos y catalogados en su trabajo. Releer a Freud quiere decir solamente releer a Freud. Aquel que no hace esto en psicoanálisis, utiliza formas abusivas.

Panorama: Pero Freud es difícil. Y Lacan, dicen, lo torna incomprensible. Se le reprocha a Lacan  hablar y sobre todo escribir de tal manera que solamente aquellos iniciados pueden esperar comprender.

Lacan: Lo sé, tengo la reputación de ser un oscuro que esconde su pensamiento en nubes de humo. Yo me pregunto por qué. A propósito del análisis, respeto conjuntamente con Freud que sea el juego intersubjetivo a través del cual la verdad entre en el real. ¿No está claro? Pero el psicoanálisis no es una cosa simple.

Mis libros tienen reputación de incomprensibles. ¿Pero por quién? No los he escrito para todos, para que sean comprendidos por todos. Al contrario, no me he preocupado ni un instante de complacer a algunos lectores. Tengo cosas para decir y las digo. Me es suficiente tener un público que lee, y si no comprende, paciencia. En cuanto al número de lectores, tengo más oportunidad que Freud. Mis libros son muy leídos; estoy asombrado por eso.
Estoy convencido de que dentro de 10 años como máximo, quien me lea me encontrará transparente como una buena jarra de cerveza. Es posible que entonces se diga: ¡ese Lacan, es banal!

Panorama: ¿Cuáles son las características del lacanismo?

Lacan: Es un poco apresurado decirlo, ya que el lacanismo no existe aún. Se percibe apenas un olor, como un presentimiento.

Sea lo que sea, Lacan es un señor que practica el psicoanálisis hace 40 años y que estudia desde hace más tiempo. Creo en el estructuralismo y en la ciencia del lenguaje. He escrito en uno de mis libros que aquello a lo cual nos devuelve el descubrimiento de Freud es a la importancia del orden en el cual hemos entrado, en el que somos, si se puede decir, nacidos por segunda vez, saliendo del estado llamado justamente infans, sin palabra. El orden simbólico sobre el cual Freud ha fundado su descubrimiento está constituido por el lenguaje, como momento del discurso concreto universal. Es el mundo de las palabras que creó el mundo de las cosas, inicialmente confusas en el devenir del todo. Solamente las palabras dan un sentido cabal a la esencia de las cosas. Sin las palabras, nada existiría. ¿Cuál sería el placer sin el intermediario de la palabra?

Mi idea es que Freud, al enunciar en sus primeras obras (La interpretación de los sueños, Más allá del principio del placer, Tótem y tabú) las leyes del inconsciente, formuló —como precursor de su tiempo— las teorías con las cuales algunos años más tarde Ferdinand de Saussure abrió el camino de la lingüística moderna.

Panorama: ¿Y el pensamiento puro?

Lacan: Sometido, como todo el resto, a las leyes del lenguaje, solamente las palabras pueden introducir y darle consistencia. Sin el lenguaje, la humanidad no daría un paso hacia el frente en las investigaciones acerca del pensamiento. Del mismo modo para el psicoanálisis. Sea cual sea la función que quisiéramos atribuirle –agente de cura, de formación o de sondeo– no hay más que un médium del que se sirve: la palabra del paciente. Y  cada palabra pide respuesta.

Panorama: ¿El análisis como diálogo? Hay gente que lo interpreta, sobre todo, como un sucedáneo laico de la confesión…

Lacan: ¿Pero qué confesión? Al psicoanalista no se le confiesa nada. Se va a decirle simplemente todo lo que se le pasa por la cabeza. Palabras precisamente. El descubrimiento del psicoanálisis es el del hombre como animal parlante. Es asunto del analista poner en serie las palabras que escucha y darles un sentido, una significación. Para realizar un buen análisis, hace falta un acuerdo, una afinidad entre el analizante y el analista. A través de las palabras de uno, el otro busca hacerse una idea de lo que se trata y encontrar más allá del síntoma aparente, el difícil nudo de la verdad. Otra función del analista es la de explicar el sentido de las palabras para hacer comprender al paciente qué puede esperar del análisis.

Panorama: Entonces es una relación de una extrema confianza.

Lacan: Sobre todo un intercambio, en el cual lo importante es que uno habla y el otro escucha. Aun en silencio. El analista no plantea preguntas y no tiene ideas. Da solamente las respuestas que hace falta dar a las preguntas que suscitan sus buenas ganas. Pero –a fin de cuentas– el analizante va siempre adonde el analista lo lleva.

Panorama: Eso es la cura. ¿Y acerca de las posibilidades de curación? ¿Se sale de la neurosis?

Lacan: El psicoanálisis tiene éxito cuando vacía el campo tanto del síntoma como del real, y así llega a la verdad.

Panorama: ¿Podría explicarme ese concepto de una manera menos lacaniana?

Lacan: Yo llamo síntoma a todo aquello que viene del real. Y el real es todo aquello que no anda, que no funciona, eso que hace obstáculo a la vida del hombre y a la afirmación de su personalidad. El real vuelve siempre al mismo lugar, se lo encuentra siempre allí con las mismas manifestaciones. Los científicos disponen de una bella fórmula: que no hay nada de imposible en el real. Hace falta ser un caradura para hacer afirmaciones de ese género, o bien, como yo lo sospecho, una ignorancia total acerca de lo que se hace y de lo que se dice. El real y el imposible son antitéticos; no pueden estar juntos. El análisis empuja al sujeto hacia el imposible, le sugiere considerar el mundo como es verdaderamente, esto es, imaginario y sin ningún sentido. Mientras que el real, como un pájaro voraz, no hace otra cosa que nutrirse de cosas sensatas, de acciones que tienen un sentido.

Se escucha  siempre repetir que hay que darle un sentido a esto o a aquello, a sus propios pensamientos, a sus propias aspiraciones, a los deseos, al sexo, a la vida. Pero de la vida no sabemos nada de nada, como se sofocan los científicos por explicar. Mi miedo es que, por culpa de ellos, el real, cosa monstruosa que no existe, termine tomando la delantera. La ciencia está en camino de sustituir a la religión, con otro tanto de despotismo, de oscuridad y de oscurantismo. Hay un dios átomo, un dios espacio, etc. Si la ciencia o la religión lo logran, el psicoanálisis está acabado.

Panorama: ¿Qué relación guardan entre sí hoy día la ciencia y el psicoanálisis?

Lacan: Para mí la única ciencia verdadera, seria para seguir, es la ciencia ficción. La otra, aquella que es oficial, que tiene sus altares en los laboratorios, avanza a tientas y a locas y comienza a tener miedo de su sombra. Pareciera que a los científicos también les llegó el momento de angustia. En sus laboratorios asépticos revestidos de sus guardapolvos almidonados, esos viejos niños que juegan con cosas desconocidas, manipulando aparatos siempre más complicados e inventando fórmulas siempre más oscuras, comienzan a preguntarse qué es lo que podrá sobrevenir mañana y qué terminarán aportando sus investigaciones siempre novedosas. En fin, digo: ¿Y si es demasiado tarde? Se llamen biólogos, físicos, químicos, para mí están locos.

Solamente por el momento, mientras están en vías de destruir el universo, se les ocurre preguntarse si por azar eso que hacen no sería peligroso. ¿Y si todo saltara? ¿Y si las bacterias tan amorosamente cuidadas en los blancos laboratorios se trasmutasen en enemigos mortales? ¿Y si el mundo fuera barrido por una horda de esas bacterias con toda la mierda que lo habita, comenzando por los científicos de los laboratorios? Hay tres posiciones imposibles dichas por Freud: gobernar, educar y psicoanalizar. Agregaría una cuarta: la ciencia. Tan cerca como las demás, los científicos no saben que están en una posición insostenible.

Panorama: Es una definición bastante pesimista de aquello que comúnmente se llama progreso.

Lacan: Para nada, no soy para nada pesimista. El hombre no llegará a nada, por la simple razón de que es un bueno para nada, incapaz de destruirse a sí mismo. Una calamidad total promovida por el hombre, eso lo encontraría personalmente maravilloso. Sería la prueba de que finalmente ha logrado fabricar alguna cosa con sus manos, con su cabeza, sin intervención divina, natural o de otra especie.

Todas  esas bellas bacterias bien nutridas que se pasean por el mundo, como las langostas bíblicas, significarían el triunfo del hombre. Pero eso no llegará jamás. La ciencia tiene  su buena crisis de responsabilidad. Todo regresará al orden de las cosas, como se dice. Lo he dicho, el real tendrá la superioridad como siempre y nosotros estaremos jodidos como siempre.

Panorama: Otra de las paradojas de Jacques Lacan. Nos lanza no solamente la dificultad del lenguaje y la oscuridad de los conceptos, los juegos de palabras, los divertimentos lingüísticos, los acertijos a la francesa y precisamente las paradojas. Aquel que lo escucha o lo lee debe de sentirse desorientado…

Lacan: No bromeo del todo, digo las cosas muy seriamente. Salvo que utilice las palabras como los científicos, de los que hablamos antes, utilizan sus alambiques y sus aparatos electrónicos. Busco siempre referirme a la experiencia del psicoanálisis.

Panorama: Usted dijo: el real no existe. Pero el hombre medio sabe que el real es el mundo, todo aquello que lo rodea, lo que se ve ante el ojo desnudo, se toca, es…

Lacan: De entrada rechacemos a este hombre medio que, él, para comenzar no existe, es solamente una ficción estadística. Existen los individuos y eso es todo. Cuando escucho hablar del "hombre de la calle", de los sondeos, de los fenómenos de masa o de cosas parecidas, pienso en todos los pacientes que he visto pasar sobre el diván de mi consultorio en 40 años de escucha. No hay uno solo que sea parecido a otro, ninguno con la misma fobia, la misma angustia, la misma manera de relatar, el mismo miedo de no entender. El hombre medio, ¿quién es? ¿Yo, usted, nosotros, mi conserje, el presidente de la república?

Panorama: Hablamos del real, del mundo que todos vemos …

Lacan: Precisamente. La diferencia entre el real (a saber: eso que no va) y el simbólico y el imaginario (a saber: la verdad), es que el real es el mundo. Para constatar que el mundo no existe, que no es, hace falta pensar en todas las cosas banales que una infinidad de gente estúpida creen que es el mundo. E invito a los amigos de Panorama, antes de acusarme de paradoja, a reflexionar acerca de lo que acaban de leer.

Panorama: Aún más pesimista, se diría…

Lacan: No es cierto. No me coloco entre los alarmistas ni entre los angustiados. Estupendo si un psicoanalista no ha dejado atrás su estado de la angustia. Es cierto, hay alrededor de nosotros cosas horripilantes y devorantes, como la televisión, por la cual la mayoría de nosotros se encuentra regularmente fagocitado. Pero es únicamente porque las personas se dejan fagocitar que llega a inventarse un interés para aquellos que lo ven. Luego hay otros aparatos monstruosos, tan hambrientos: los cohetes en la luna, las investigaciones en el fondo del mar, etc. Cosas que devoran. Pero no hay por qué hacer un drama. Estoy seguro de que cuando hayamos tenido los cohetes, la televisión y todas las otras malditas investigaciones para la vida, encontraremos otras cosas para ocuparnos. Hay una reviviscencia de la religión ¿no? ¿Y qué mejor monstruo hambriento que la religión, una feria continua con la cual es posible entretenerse durante siglos, como ya se ha mostrado?

Mi respuesta a todo ello es que el hombre siempre supo adaptarse al mal. El solo real concebible al que tenemos acceso es precisamente este y hay que darse una razón. Dar un sentido a las cosas, como se dice. De otro modo, el hombre no tendría angustia, Freud no se habría vuelto célebre y yo no sería profesor universitario.

Panorama: Las angustias, ¿son todas ellas siempre de ese tipo, o bien hay angustias ligadas a ciertas condiciones sociales, a ciertas etapas históricas, a ciertas latitudes?

Lacan: La angustia del científico que tiene miedo de sus propios descubrimientos puede parecer reciente, pero, ¿qué sabemos nosotros de aquello que les llegó en otras épocas, de los dramas de otros investigadores? La angustia del obrero remachado a la cadena de montaje como al remo de una galera, esa es la angustia de hoy día. O más simplemente, está ligada a las definiciones y a las palabras de hoy.

Panorama: Pero, ¿qué es la angustia para el psicoanálisis?

Lacan: Algo que se sitúa en el exterior de nuestro cuerpo, un miedo, un miedo de nada más que del cuerpo –comprometido el espíritu– pueda motivar. En suma, el miedo del miedo. Muchos de esos miedos, muchas de esas angustias, al nivel donde lo percibimos, tienen alguna cosa que ver con el sexo. Freud decía que la sexualidad para el animal parlante que se llama el hombre, no tiene ni remedio ni esperanza. Uno de los deberes del analista es el de encontrar en las palabras del paciente el nudo entre la angustia y el sexo, ese gran desconocido.

Panorama: Ahora que se coloca al sexo en todas las salsas –sexo en el cine, en el teatro, en la televisión, en los diarios, en las canciones, en la playa– se dice que la gente está menos angustiada respecto de los problemas ligados a la esfera sexual. Los tabúes han caído, se dice, el sexo ya no da miedo…

Lacan: La sexomanía galopante es solamente un fenómeno publicitario. El psicoanálisis es una cosa seria que comporta, y lo repito, una relación estrictamente personal entre dos individuos: el sujeto y el analista. No existe psicoanálisis colectivo, como no existen angustias o neurosis de masas.

Que el sexo sea puesto a la orden del día y expuesto en todos los rincones de las calles, tratado de la misma manera que no importa cuál detergente en los carruseles televisivos, no constituye absolutamente promesa alguna de beneficio. No digo que esté mal. Ciertamente, eso no sirve para aliviar las angustias y los problemas singulares. Eso forma parte del mundo, de esa falsa liberación que nos es proporcionada como un bien acordado desde lo alto por la susodicha sociedad permisiva. Pero eso no sirve al nivel del psicoanálisis.

 

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¿Qué es la transferencia, uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis?

I

¿Qué es es el psicoanálisis?

De las varias respuestas que podrían darse a esta pregunta, esta: el psicoanálisis es una preparación para el encuentro con el otro.

¿Y por qué necesitaríamos prepararnos para eso? En breve, porque nadie nos prepara para uno de los hechos más elementales de la vida: el encuentro con el otro ocurre siempre bajo la forma del desencuentro.

Podría decirse que la única formación que recibimos al respecto se presenta justamente en sentido opuesto: del otro aprendemos a esperar comprensión, entendimiento, correspondencia. En suma, todo aquello que no puede darnos.

 

II

El ser humano nace frágil y nace débil. Para que sobreviva, es necesario protegerlo y cuidarlo. Es único entre los animales también por eso. No hay ningún otro animal sobre la faz de la Tierra en el que dicha etapa de vulnerabilidad dure tanto. Desde sus primeros minutos de vida y pasados varios años, el ser humano necesita verdaderamente de otros para sobrevivir. Después también, pero en menor medida o de formas menos cruciales. Muchos incluso, por elección o por obligación, llegan a prescindir de los otros (o así lo creen). No así al inicio, cuando es imposible para el individuo vivir sin la asistencia que brindan los demás.

El ser humano nace frágil y débil por causa de su “inteligencia superior”. Una denominación pomposa que alguien de nuestra propia especie ideó para hablar sobre el tamaño de nuestro cerebro y las razones por las cuales nuestro desarrollo anatómico y fisiológico culmina fuera del vientre materno. Entretanto…

 

III

Quién sabe: quizá un día un primate tiró un fruto desde lo alto de un árbol y otro primate que lo veía probó el líquido o la pulpa que sólo así, rota la cáscara, descubrió al interior.

Quizá un día en la cabeza de otro primate surgió de pronto la percepción del día y de la noche y de los cambios que la sucesión de uno y otro traía consigo.

Quizá un día… después de muchos días y de muchos hallazgos de ese tipo, el primate se convirtió en homínido y comenzó a vivir en comunidades cada vez más numerosas, a comer mejor y a enfermarse menos.

 

IV

Un día, muy lejano ya de aquellos primeros, el primate tuvo conciencia real de la vida y, por ende, de la muerte. No pudo entender una sin la otra.

Es posible quizá que el verdadero descubrimiento haya sido darse cuenta de que moriría. De que todo muere. Las plantas, los animales, el día, la noche. Él mismo, su progenie y sus antecesores. Todo muere.

Pero él estaba vivo. Y estaría vivo también al instante siguiente y al siguiente y al siguiente, hasta que la muerte sobreviniera, un día impensado.

¿Se daría cuenta aquel primate ya desde ese momento de que la muerte es impredecible? Tal vez.

Como sea, el primate tuvo conciencia de la muerte y, acto seguido, de la vida.

 

V

–Todos vamos a morir, de cualquier manera; todo va a terminar.

–Sí, pero no ahora.

–¿Entonces?

– …

–¿Qué hacemos?

 

VI

Los primates que se dieron cuenta de ello y sus sucesores construyeron todo esto que vemos. Todo eso que llamamos Historia y que nos trajo a este instante presente. Todo se deriva de ese primer momento, imposible, en que unos animales astutos probaron el fruto del Árbol del Conocimiento y se volvieron como dioses, no porque a partir de ello supieran distinguir el bien y el mal, sino sólo porque aprendieron a distinguir la muerte en medio de la vida, su presencia constante, disimulada quizá, pero permanente, imbatible.

 

VII

El ser humano inventó el amor para no morir y también para evitar el fin de la especie. La vida, después de todo, busca preservarse. También para animar la búsqueda de sentido sobre su tiempo en este mundo. En pocas palabras, para justificar la existencia.

El amor nos hace cuidarnos unos a otros. El amor hace a la madre, al padre y a la familia y la comunidad cuidar de un hijo. Podemos también preocuparnos de un mero semejante, de alguien con quien no tenemos relación alguna pero que es un ser humano, una persona, alguien como nosotros.

¿Y del resto del mundo? ¿De todo lo demás que también existe en el mundo? El momento de inteligencia de aquel primate fue decisivo también para eso. Somos los únicos animales que necesitan transformar su entorno para sobrevivir y aunque al principio el entorno fue peligroso y temible, con el tiempo aprendimos a aproximarnos y a domesticarlo –es decir: a volverlo nuestro hogar, nuestra casa–. Y eso, en cierta forma, necesitó del invento del amor. La curiosidad, el deseo de investigar, el interés que demostramos por un fenómeno del mundo… todas estas son expresiones de amor. O impulsos de conocimiento y exploración sobre el mundo que aprendimos a entender bajo la forma del amor para oponer así un contrapeso suficiente al miedo que la realidad nos inspiraba.

 

VIII

Ahí donde el mundo existe –límpido, elemental, sencillo acaso–, se erige poco a poco, día a día, un mundo paralelo, simultáneo, que toma las formas de aquel pero otros nombres.

Semejante, idéntico a primera vista, pero ligeramente desfasado, como si entre la calca de uno hacia el otro el papel o la copia se hubieran movido apenas, lo suficiente para provocar una distorsión, una variante, general pero también reproducida en cada uno de sus elementos y los detalles de ese otro mundo.

 

IX

¿Qué es el mundo del niño si no el mundo del Otro?

 

X

El ser humano crece en un mundo que no es exactamente el mundo, sino una versión de éste que otro ha elaborado durante su tiempo de vida y que ahora se la transmite mientras lo forma. El niño no lo sabe y aunque se le explicara, ¿lo entendería? ¿Entendería que no existe la verdad sino interpretaciones de los hechos que percibimos como verdad? ¿Entendería que todo esto que vemos es el resultado de millones de circunstancias combinadas entre sí, accidentalmente, que resultaron en fenómenos que llamamos vida, cultura, sociedad, países, creencias, opiniones, fe, filosofía, religiones, espíritu, mente, inteligencia y otros afines? ¿Lo entendemos nosotros mismos? ¿Lo entienden otros en nuestra especie?

 

XI

Es nuestra propia vulnerabilidad la que nos lleva a crecer en el mundo de otro. No es un otro cualquiera, sin embargo, sino un otro de quien aprendemos a ser amados, a recibir amor prácticamente sin dar nada a cambio, por la sola razón de nuestra existencia. En pocas palabras, aprendemos a percibirnos como objetos de amor y al otro como una fuente inagotable de amor.

En el mundo del Otro, la alteridad se experimenta bajo las impresiones engañosas de la completud, la comprensión, el entendimiento y a veces incluso bajo la promesa del amor infinito e incondicional. El señuelo del Amor es poderoso en el mundo del Otro porque, a cambio, antes de que el sujeto descubra su capacidad de desear, su propio impulso de vida, antes de que se reconozca como sujeto deseante, el Otro impone su propio deseo, limita esa condición de sujeto que desea a desear sólo dentro de los límites de ese mundo.

El Otro, quizá, no miente: su Amor es infinito y es incondicional, pero sólo en las coordenadas de ese mundo, sólo bajo esas condiciones.

Fuera de ahí, la realidad es otra.

 

XII

La experiencia psicoanalítica puede mirarse como una preparación para el des-encuentro con el otro, esto es, para salir de una forma de relacionarse con la alteridad basada en la expectativa de acuerdo, comprensión y acaso incluso de cierto grado de devoción.

La experiencia psicoanalítica hace ver al sujeto que con el otro se encuentra siempre en diferencia, en desequilibrio y, eventualmente, también en desacuerdo y en conflicto.

 

XIII

Los padres creen conocer a sus hijos y de tanto en tanto les transmiten esa suposición: “¿Quién puede conocerte mejor que yo?”, “Te conozco como la palma de mi mano”, “Te conozco mejor que tú mismo”, etcétera.

El sujeto supone que el Otro lo conoce, que sabe algo de sí que él mismo ignora. Ese es el fundamento de la transferencia en psicoanálisis. El sujeto llega al consultorio como llega a todos los lugares: llevando a su Otro a cuestas, al “sujeto del supuesto saber” según la fórmula lacaniana, a quien por un tiempo sienta en el sillón del Analista –sin darse cuenta–.

Habla con el Otro, discute, rebate, cuestiona sus mandatos, se pliega a sus órdenes, se rebela, le teme, se alza de nuevo contra él, lo interroga, lo mira, lo escucha, aprende a conocerlo, lo mira más de cerca, lo escucha mejor…

Hasta que un día la máscara del Otro se quiebra, sus pies de barro se desmoronan y la estatua tremebunda cae.

El sujeto ve entonces, ahí donde estaba habituado a encontrar al Otro, a nadie más que a su analista: un otro, un semejante, alguien que nunca le prometió nada, ni amor incondicional ni comprensión ni consejo ni ayuda. Alguien que únicamente lo escuchó y lo acompañó y que aun con esto que al principio parecía poco, fue más que suficiente para entablar una relación.

Una relación con otro fuera de los lineamientos que alguna vez pareció fijar el Otro. Una relación distinta, diferente. Una relación con otro establecida también de otra manera.

 

XIV

La experiencia psicoanalítica es una preparación para ir al encuentro del otro a sabiendas de que ese encuentro es en realidad, siempre, un desencuentro: no es en el otro donde el sujeto encontrará comprensión, entendimiento, etc.; posiblemente sí escucha, compañía, pero nada más, no puede esperar nada más que eso –que es más que suficiente–. En una palabra: del otro, el sujeto no puede esperar Amor.

Pero, a cambio, en el proceso de análisis ha descubierto algo más. El sujeto se da cuenta de que ha dejado de ver al Otro como objeto de amor y que él mismo ha salido de ese lugar de veneración inmóvil en donde se encontraba con respecto al amor.

Como ha señalado Slavoj Zizek siguiendo a Lacan, cuando el sujeto se da cuenta de que el otro no puede darle lo que pide, porque no lo tiene, no hay otro movimiento posible más que pasar de ser objeto de amor a convertirse en sujeto de amor, esto es, a devolver amor.

El sujeto que ha visto al Otro derruirse, que mira en el Analista no al sujeto del supuesto saber sino a un ser humano, en el objeto de amor a otro con su propio deseo, su falta y su historia, no tiene otra alternativa más que devolver amor; es decir, amar.

 

XV

No es posible amar al Analista del mismo modo que no era posible amar al Otro. Pero entonces el sujeto no lo sabía. Ahora sabe.

Por eso el fin de la transferencia implica también dejar atrás el complejo de Edipo. Pasar, finalmente, a otra cosa.

 

XVI

El fin de la transferencia es el fin de la obligación de Amor con el Otro y el comienzo de la posibilidad de amar a alguien más, de otras maneras.

 

XVII

¿Estamos aquí para ser objetos de amor o devoción? Quizá el propósito de la existencia sea convertirnos en sujetos de amor, es decir, en sujetos no en espera de ser amados, sino capaces de amar, de hacer del amor una acción, una disposición, un salir al encuentro.

 

Coda

“Al principio de la experiencia analítica, recordémoslo, fue el amor”.

Jacques Lacan, Seminario VIII

 

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Twitter del autor: @juanpablocahz