*

X
El esquema para lograr la iluminación de Gautama Buda, expuesto en toda su majestuosa sencillez

El principio de todo camino espiritual y de toda búsqueda de la verdad es el correcto entendimiento del sufrimiento. Esta es en gran medida la suprema enseñanza de Gautama Buda. Es a partir de esta conciencia del sufrimiento que se despierta un proceso que desencadena en la iluminación. Esto en el caso del Buda, pero también en el caso de todos los seres humanos, si seguimos su doctrina, puesto que, como se explica en el llamado "tercer giro de la rueda del Dharma", todos los seres humanos tienen una semilla de iluminación o tathagatagarbha. Es el sufrimiento lo que se transforma en sabiduría; para utilizar una metáfora de la alquimia, el sufrimiento es la materia prima que el alquimista transformará en oro.

Las Cuatro Nobles Verdades son el fundamento de la filosofía budista y marcan de hecho la iluminación del Buda. La tradición explica que el Buda histórico, Siddartha Gautama (o también Shakyamuni), decidió peregrinar por la India en búsqueda de conocimiento luego de que al salir del palacio de su padre, donde estaba resguardado de la realidad decadente del mundo, observó a una persona enferma, a una persona muy vieja y a un muerto: siendo estas experiencias las semillas de una búsqueda que acabaría en la comprensión de que el mundo es esencialmente sufrimiento. Después de aprender todas las técnicas ascéticas de concentración y control mental que podían aprenderse entre las diferentes sectas del subcontinente Indio, y sin estar satisfecho, el Buda decidió sentarse bajo la higuera sagrada (el árbol Bodhi) y no levantarse hasta entender la causa del sufrimiento. Las Cuatro Nobles Verdades son la sustancia de la iluminación del Buda, haciendo lo que hoy podríamos describir como una ciencia interna, basada en una impecable autoobservación. En un acto de profunda introspección el Buda atestiguó el Dharma en su propio cuerpo: la experiencia interna de la ley del universo --de la impermanencia, de la vacuidad y la inexistencia de un ser individual fijo-- produjo un estado de sabiduría, que es la integración misma a esa ley. Uno se convierte en aquello que conoce. 

Después de la experiencia de despertar bajo el árbol de la iluminación, Buda inició sus enseñanzas, haciendo el primer giro de la rueda del Dharma en el Parque de Venado en Varanasi (Benarés). Se dice que este giro de la rueda de la ley no puede ser detenido, ni por dioses, demonios, reyes o cualquier ser vivo puesto que la ley es superior a todos, es la realidad misma del universo.

Ante los monjes congregados, el Buda comunicó las Cuatro Nobles Verdades:

1. La verdad del sufrimiento [dukkha]

La primera verdad es que "el nacimiento, la vejez, la enfermedad, la muerte, son sufrimiento; la unión con lo que es desagradable es sufrimiento; la separación de lo que es agradable es sufrimiento; no obtener lo que uno quiere es sufrimiento; en breve los cinco agregados (skandhas) sujetos al apego son sufrimiento".

 

2. La verdad del origen sufrimiento

La segunda verdad es que el origen del sufrimiento es el deseo [a veces traducido como avidez, tanha, en pali], "es el deseo lo que recicla la existencia, acompañado de placeres y deseos... desear el placer,  desear la existencia, desear la exterminación conducen al sufrimiento".

 

3. La verdad de la cesación del deseo

La tercera verdad es que la cesación del sufrimiento es el desapego, la renuncia a este deseo.

 

4. La verdad del sendero

La cuarta verdad es el óctuple sendero: la perspectiva correcta, la intención correcta, la palabra correcta, la acción correcta, el correcto modo de subsistencia, el esfuerzo correcto, la atención correcta [mindfulness], la concentración correcta.

Al descubrir esto con "sabiduría, penetración y luminosidad", Buda proclamó que se había liberado y que quien consiguiera este entendimiento en toda su extensión podía también proclamar su iluminación. 

La tradición señala:  la primera noble verdad, la verdad del sufrimiento, debe ser entendida; la segunda verdad, la verdad del origen del sufrimiento (o el deseo o la avidez), debe ser abandonada; la tercera verdad, la verdad de la cesación del sufrimiento, debe ser realizada; y la cuarta verdad, la verdad del sendero, debe ser desarrollada.

El óctuple sendero se divide en tres pilares: moral (shila), concentración o purificación de la mente (samadhi) y sabiduría (prajna). El fundamento de este sendero es que, como un experimento científico, es replicable, constituye un método probado para liberarse de la rueda del samsara, y dejar de producir karma. La ley de la originación dependiente, pratityasamutpada, y su aplicación en los 12 nidanas o factores condicionantes, mantiene que es a final de cuentas la ignorancia la que genera el karma (o las voliciones mentales), lo cual a su vez genera toda una serie de condiciones concatenadas --incluyendo el cuerpo mismo-- y las cuales derivan finalmente en el renacimiento y en el sufrimiento. Sin embargo, una vez que se obtiene la sabiduría de las cuatro nobles verdades y no se reacciona con avidez ni apego ante las cosas que surgen, se detiene el proceso reificante que forma los compuestos que hacen que el ser humano se mantenga en este mundo cuya condición básica es el sufrimiento.  

3258973193_7cc5e3009a_o

*             *             *

Una vez expuesto este sencillo y sublime esquema que constituye la piedra angular de una filosofía que en sus más de 2 mil 500 años ha promovido, quizás como ninguna otra, paz mental, autoconocimiento y compasión, podemos ampliar lo dicho por el Buda con algunos comentarios de otros maestros budistas. Y es que el budismo puede medirse, en su integridad y en su valor, por lo que ha cosechado, desde aquella semilla en la conciencia de Siddartha Gautama, hasta todo un linaje de maestros y meditadores (la gema de la sangha) que han actualizado las enseñanzas y han mantenido viva la llama del Dharma. 

El maestro zen vietnamita Thich Nhat Hanh, en su libro No mud, no lotus, señala:

Cuando primero escuchas que el sufrimiento es una Noble Verdad, podrías preguntarte, ¿qué tiene de noble el sufrimiento? El Buda se refería a que si podemos reconocer el sufrimiento y asimilarlo y ver profundamente sus raíces, entonces podremos abandonar los hábitos que lo alimentan, y al mismo tiempo, encontrar un camino a la felicidad. El sufrimiento tiene sus aspectos positivos, puede ser un excelente maestro... Aunque no podemos evitar el sufrimiento en la vida, podemos sufrir mucho menos si no regamos las semillas del sufrimiento dentro de nosotros. ¿Estas en conflicto con tu cuerpo? Rechazas o castigas tu cuerpo. ¿Realmente has logrado conocer tu cuerpo? ¿Te sientes en casa en tu cuerpo? El sufrimiento puede ser tanto físico como mental o ambos, pero todos los tipos de sufrimiento se manifiestan en alguna parte del cuerpo y crean tensión y estrés. 

Aquí Hanh se refiere a la idea de los nidanas, y a la enseñanza del Buda de que los procesos mentales que están en acción y a los cuales estamos sujetos sólo existen porque son alimentados por nuestra fijación, por un reiterado atenderlos. 

El Buda dijo que nada podía sobrevivir sin alimento. Esto es cierto, no sólo para la existencia física de los seres vivos, también para los estados mentales. El amor necesita ser nutrido y alimentado para sobrevivir; y nuestro sufrimiento también sobrevive porque lo alimentamos y le permitimos que siga existiendo. Rumiamos sobre el sufrimiento, almacenamos rencor, nos quejamos. Lo masticamos, lo tragamos, lo devolvemos y nos los comemos de nuevo una y otra vez... al alimentarlo nos convertimos en fantasmas del pasado.

Algo parecido es lo que enfatiza el maestro de meditación vipassana Goenka cuando habla sobre los sankharas como las concrescencias o coagulaciones de voliciones mentales que se van registrando en el cuerpo, algunas a niveles muy profundos de sensación inconscientes y que pueden ser los mismos karmas de enfermedades o atavismos. Según Goenka, una vez que vuelven a surgir a la superficie estas huellas psicofísicas --que han sido almacenadas por procesos reactivos, de avidez o aversión-- si nos mantenemos ecuánimes y no reaccionamos ante ellas, sino que, con el prajna de la impermanencia (anicca) simplemente notamos su existencia y seguimos con nuestra vida de manera atenta, entonces estos compuestos empiezan a desvanecerse, precisamente porque no reciben el nutrimento, esa agua de la mente (una tensión fijadora) que los va plantando duramente en nuestros organismos. Al eliminar estos compuestos mentales, estos sankharas que nos condicionan, entones nos abrimos a la posibilidad del nirvana, que de hecho es justamente aquello que no tiene condición, el estado puro, absoluto, no compuesto.

El maestro Chogyam Trungpa, uno de los primeros en abrir brecha para el budismo tibetano en Estados Unidos, dice sobre las cuatro nobles verdades en su libro Spiritual Materialism: "Entender la verdad de dukkha es en realidad entender la neurosis de la mente". (La mente que nos tiene como un mono en esteroides persiguiendo este estímulo o este otro). "Si disfrutamos un placer, tenemos miedo de perderlo; nos esforzamos por más y más placer o tratamos de retenerlo. Si sufrimos un dolor, tratamos de escapar de él. Experimentamos insatisfacción todo el tiempo. Una continua laboriosidad, una búsqueda incesante, una cualidad continua de aferrarse a la vida: eso es dukkha. Entender y enfrentase al sufrimiento es la primera noble verdad".

Para Trungpa, establecido en un linaje más tántrico del budismo, es necesario dejar de intentar sufrir: de hecho nuestro sufrimiento es esencialmente el esfuerzo por dejar de sufrir, por cambiar las cosas, por rechazar o desear, siempre un movimiento de inconformidad con aquello que es, tal como es. Y es que para el budismo en sus niveles más altos, como el dzogchen, el espacio mismo, en toda su vacuidad e inmensidad es la mente iluminada, todo es Buda ya realizado, sólo hay que relajarse y darse cuenta. 

Al analizar nuestros pensamientos y acciones descubrimos que continuamente estamos luchando para mantenernos o aumentarnos. Nos damos cuenta que esta lucha es la raíz del sufrimiento... esta lucha de eliminar el peso que tenemos encima, no es más que otra expresión del ego. Vamos por el mundo tratando de mejorar a través de la lucha, hasta que nos damos cuenta que la ambición de mejorar es en sí mismo el problema... [y entonces] nos damos cuenta que existe una cualidad despierta y sana en nosotros, y que esta cualidad emerge justamente en la ausencia de este esforzarse... sin embargo, nos damos cuenta que dejarnos ir sólo funciona cortos períodos. Necesitamos cierta disciplina para llevarnos a ese "dejarse ir". Debemos caminar un sendero espiritual, esa es la cuarta noble verdad. 

Recordemos entonces que el sufrimiento es siempre la posibilidad de encauzarnos hacia un camino de conocimiento. Buda utilizó el sufrimiento como medio o vehículo para la liberación. Nos dice Thich Nhat Hanh que al reconocer el sufrimiento "puedes descubrir que puedes transformar esta basura orgánica en composta". Pero recordemos con Trungpa que no es necesario hacer un gran esfuerzo para crear esa "composta", si bien hay que emprender un camino, lo principal es dejar de identificarse con los fenómenos que surgen para así dejar de desear y simplemente presenciar serenamente el perpetuo devenir de la luz, puesto que el mundo es, como dijo Buda, como un espejismo, como un arcoíris, como un eco, como un sueño y no hay por qué resistirnos a su efímera insustancialidad.

 

Twitter del autor: @alepholo

Citas de las Cuatro Nobles Verdades tomadas de In The Buddhas Words, An Anthology of Discourses from the Pali Cannon.

¿Por qué leer a Nietzsche como un filósofo pesimista cuando enseña sobre todo a amar la vida?

Filosofía

Por: pijamasurf - 05/19/2016

En medio de las lecturas e interpretaciones que ha tenido a lo largo de la historia, la obra de Nietzsche guarda un intenso llamado para amar la propia existencia en todas sus aristas posibles
[caption id="attachment_104603" align="aligncenter" width="500"]1 Adams Carvalho[/caption]

 

Usualmente, en la historia de las ideas es común que autor y obra se confundan, que la biografía se inmiscuya en la impresión que podemos tener del trabajo realizado y entonces tengamos también una idea equivocada de ambos, vida y corpus.

Entre los varios ejemplos que podrían citarse al respecto, quizá uno de los más conocidos y asequibles para varios sea el de Friedrich Nietzsche, filósofo a quien encontramos bajo diversos avatares a lo largo de la historia según la lectura que se dio a su legado. Así, por ejemplo, lo mismo lo hallamos como un melómano entusiasta que como un implacable detractor de la música, como una suerte de ideólogo avant la lettre del régimen nazi, como heredero del pesimismo de Schopenhauer y también como el nihilista absoluto que, por eso mismo, inspiró en parte la idea del absurdo de la existencia de Camus, etcétera.

Como se ve, la obra de Nietzsche ha admitido varias lecturas, muchas de ellas cercanas al denominador común de la exaltación del sufrimiento y el dolor como constantes de esta vida y, por otro lado, la voluntad de poder como antídoto contra dicha regla, conceptos que de suyo poseen una carga negativa contra la cual es difícil ir durante un primer acercamiento. ¿Quién quiere aceptar que la existencia es esencialmente dolorosa? ¿Quién podría tomar de buen modo a un sujeto que sólo en el ejercicio del poder ha encontrado la forma de sobreponerse a ese destino? ¿No suenan ambas cosas un tanto radicales, en el extremo del pesar o en el extremo de la voluntad egoísta?

Aun con estar más o menos extendida, esa puede considerarse una lectura sumamente sesgada. Nietzsche habló de poder, es cierto, pero no en la manera en que podríamos identificarlo desde un punto de vista totalitario e instrumental. La idea de poder del filósofo era a un tiempo más elevada y más profunda: en uno de los videos de difusión de sus ideas que reseñamos este año se explica cómo la voluntad de poder es la forma en que podemos salir del laberinto del eterno retorno y así devenir Superhombres:

 

Desde otra perspectiva, esa tesis podría compararse con el esfuerzo por salir de la repetición que se busca en el psicoanálisis o, con más ambición aún, con la epifanía de romper con la dialéctica del amo y el esclavo. En todos los casos, incluido el cese del eterno retorno pregonado por Nietzsche, la recompensa última de poner nuestra voluntad en ello es el encuentro con la libertad auténtica, liberados de la fatalidad, de la repetición, del mundo del Amo, volcados de lleno sobre nuestro propio destino.

Esa es quizá una de las lecturas más ricas que podemos hacer de Nietzsche. Mirando desde otra perspectiva su pesimismo y su nihilismo, menos como una declaración de derrota que (mejor) como el antecedente necesario para celebrar la riqueza de la vida. En el sitio Brain Pickings, Maria Popova recupera un par de fragmentos de la obra nietzscheana que nos alientan a aceptar y entender el fracaso antes que querer huir de él; el primero de estos, el número 905 de La voluntad de poder, dice:

Aquellos hombres que en definitiva me interesan son a los que les deseo sufrimientos, abandono, enfermedad, malos tratos, desprecio: yo deseo, además, que no desconozcan el profundo desprecio de sí mismos, el martirio de la desconfianza de sí mismos, la miseria del vencido; y no tengo compasión de ellos, porque les deseo lo que revela el valor de un hombre: ¡que uno mismo perdura!

[caption id="attachment_104604" align="alignright" width="240"]2 Adams Carvalho[/caption]

Aquí podemos emparentar a Nietzsche con la filosofía estoica y su mirada cruda sobre las cosas del mundo, en especial el dolor y el sufrimiento. Como el alemán, los estoicos también creían que éstos eran parte natural de la existencia y que por ello mismo había que experimentarlos del mismo modo como aceptamos la felicidad o la alegría; por definición el dolor y el sufrimiento son más pesarosos, pero al final son también los que fortalecen nuestro espíritu y, al menos en teoría, nos hacen más sabios y más justos, templan nuestro carácter como la espada en la forja, situándonos en el camino de la “plenitud del ser” (eudaimonia) y de aquello que de verdad queremos para nuestra vida. En una de sus Epístolas morales a Lucilio, la número XVIII, Séneca aconsejó dedicar algunos días a vivir con lo mínimo posible, comer apenas lo necesario y tomar “un vestido áspero y rugoso”, y pasado un tiempo decir: “¿Es esto lo que temía?” (hoc est quod timebatur?), esto es, reconocer no sólo que para vivir basta lo esencial, sino también que a pesar de la adversidad la existencia continúa y que, quizá, así es mejor; por eso Nietzsche, al final del fragmento citado, celebra esa perseverancia de la voluntad en medio de la adversidad propia de la existencia: conocerla, padecerla y abrazarla como parte de nuestra vida para entender todos los aspectos de ésta, para entender a cabalidad lo mismo el disfrute que el dolor, el placer y el sufrimiento, y los matices entre ambos. Escribe el filósofo, en el parágrafo 12 de La gaya ciencia:

¿Tenemos que aceptar que la finalidad de la ciencia sea procurar al hombre el mayor número de placeres posible y el menor desencanto posible? Pero, ¿cómo hacerlo, si el placer y el desencanto se encuentran tan unidos que quien quisiera tener el mayor número de placeres posible debe sufrir, al menos, la misma cantidad de desencanto; que quien quisiera aprender a "dar saltos de alegría" debe prepararse para "estar triste hasta la muerte"? Tal vez así suceda. Al menos eso creían los estoicos, consecuentes en la medida en que deseaban el menor placer posible para conseguir de la vida el menor desencanto que se pueda (la sentencia que tenían constantemente en la boca, "el virtuoso es el más feliz", podía servir tanto de enseñanza de escuela dirigida a la gran masa, como de casuística sutil para los refinados).

Antes que a una especie de balance teleológico, una idea de “karma” o de desendeudamiento de la culpa por las obras malas a través de las obras buenas (según lo explica Byung-Chul Han en La agonía del Eros), Nietzsche refuerza aquí la idea del temple de la voluntad en el sufrimiento para la mejor apreciación del disfrute.

El filósofo, en ese sentido, no es ajeno a la idea de fatalidad, pero quizá no en el sentido en que usualmente la entendemos, como algo inevitable y casi siempre pesaroso, sino más bien como aquello que por formar parte del mundo (el odio, el amor, el dolor, la felicidad), vamos a experimentar siquiera una vez en la vida, necesariamente. En otro texto exploramos la noción de amor fati (“amor al destino”), que Nietzsche expuso en un par de fragmentos de La gaya ciencia y de Ecce homo; en la sección 10 de esta última obra encontramos:

Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati [amor al destino]: el no querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y aún menos disimularlo ―todo idealismo es mendacidad frente a lo necesario― sino amarlo.

[caption id="attachment_104605" align="alignright" width="240"]3 Adams Carvalho[/caption]

Y ese es el puente que nos permite unir la fatalidad de la vida en el mundo con el amor que podemos dedicarle no a la fatalidad, sino a nuestra propia vida. Mejor que aborrecer nuestra suerte, maldecir nuestro destino, rehuir al dolor y querer alejarnos del sufrimiento, Nietzsche nos enseña a amar la vida, nuestra vida, que en sí misma no podemos cambiar, porque ya es nuestra y es a la que damos cuerpo e historia con nuestros actos cotidianos pero que, en otro sentido, sí podemos transformar en función del lugar desde donde nos coloquemos con respecto a ella. Si somos capaces de amar aun (en) el infortunio, ¿qué no será cuando la felicidad se instale con plenitud en nuestra vida?

Para terminar, cerramos con este fragmento inquietantemente reflexivo de La gaya ciencia, subtitulado “La carga más pesada” (341):

¿Qué dirías si un día o una noche se introdujera furtivamente un demonio en tu más honda soledad y te dijera: "Esta vida, tal como la vives ahora y como la has vivido, deberás vivirla una e innumerables veces más; y no habrá nada nuevo en ella, sino que habrán de volver a ti cada dolor y cada placer, cada pensamiento y cada gemido, todo lo que hay en la vida de inefablemente pequeño y de grande, todo en el mismo orden e idéntica sucesión, aun esa araña, y ese claro de luna entre los árboles, y ese instante y yo mismo. Al eterno reloj de arena de la existencia se lo da vuelta una y otra vez y a ti con él, ¡grano de polvo del polvo!"? ¿No te tirarías al suelo rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que así te hablara? ¿O vivirías un formidable instante en el que serías capaz de responder: "Tú eres un dios; nunca había oído cosas más divinas"? Si te dominara este pensamiento, te transformaría, convirtiéndote en otro diferente al que eres, hasta quizás torturándote. ¡La pregunta hecha en relación con todo y con cada cosa: "¿quieres que se repita esto una e innumerables veces más?" pesaría sobre tu obrar como la carga más pesada! ¿De cuánta benevolencia hacia ti y hacia la vida habrías de dar muestra para no desear nada más que confirmar y sancionar esto de una forma definitiva y eterna?

Y tú, ¿cómo responderías? ¿Quisieras vivir una y otra vez este instante? ¿O esa pregunta te empujará a darle otro sentido a tu existencia de manera tal que, si la idea del eterno retorno es cierta, querrás vivir una y otra vez todos los instantes de aquélla?