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¿La adversidad es una oportunidad para ser felices? Este fragmento de Marco Aurelio así lo sugiere

Filosofía

Por: pijamasurf - 12/16/2017

En una época dominada por la distracción, el goce y la postergación, el filósofo emperador Marco Aurelio nos recuerda la generosidad implícita en las adversidades

Se dirá, con razón, que la adversidad es propia de la vida. Cada cual, a su propia manera, encuentra dificultades en su camino. Quien para encontrar trabajo, otros más para tener en su vida relaciones sinceras y afectuosas, hay quienes sufren por amor, por la muerte de un ser querido, por estrechez de recursos, por padecer una enfermedad… A veces también se trata de contrariedades heredadas o con las cuales hemos batallado por mucho tiempo sin que aparentemente seamos capaces de resolverlas.

Hay, sin embargo, un aspecto de esa adversidad estrechamente relacionado no con el hecho en sí sino con la manera en que lo percibimos y lo experimentamos. La falta de dinero, por ejemplo, hace a ciertas personas pensar con creatividad y entusiasmo y a otras las deprime o las paraliza y, mientras que unas llegan a montar algún negocio familiar (como es el caso de tantos migrantes alrededor del mundo), los otros, en cambio, poco pueden hacer más allá de lamentarse de su suerte.

En este sentido, la filosofía estoica ofrece un entendimiento de la adversidad que, en términos generales, nos invita a aceptarla y vivirla, no con mayor sufrimiento o dolor del que le es implícito, sino sólo como un aspecto propia de la existencia y del cual nadie está exento, además de que se trata de una circunstancia que cuando se viven así, usualmente nos reportan también aprendizajes invaluables, fortaleza para nuestro ánimo y, aunque esto se dice poco, también compasión.

En efecto, aunque el estoicismo suele asociarse con la serenidad o la ecuanimidad, especialmente ante las dificultades, es posible encontrar en sus ideas un elemento constante de compasión, palabra que quizá nos hace pensar más en las doctrinas orientales pero que, a fin de cuentas, es común a todos los sistemas de pensamiento orientados al buen vivir.

Con motivo de este aspecto no siempre difundido de la escuela estoica, compartimos ahora un fragmento de las "Meditaciones" de Marco Aurelio en donde se aconseja soportar las adversidades como las rocas resisten las olas, que las golpean sin por ello perturbarlas… pero no sólo eso. Leamos a Marco Aurelio antes de continuar:

Sé fuerte como las rocas que las olas del mar no dejan de golpear: se mantienen firmes mientras que a sus pies la espuma se agita y desaparece. «¡Ah! Soy desdichado –dices– porque me ha ocurrido tal percance». Te equivocas. Por el contrario, tendrías que decir: «Estoy feliz porque, a pesar de esto que me ocurrió, estoy al abrigo del dolor y no me siento herido por el presente ni ansioso por el porvenir». Lo mismo podría sucederle a cualquier otra persona pero no cualquiera lo recibirá con la misma impasibilidad que tú. ¿Por qué, entonces, tiene que ser este accidente una desgracia y no un acontecimiento feliz? ¿De verdad puedes llamar desgracia algo que en nada disminuye la naturaleza del ser humano? ¿O crees tú que haya una verdadera degradación de la naturaleza humana ahí donde no hay nada que sea contrario al destino de ésta? ¡Y bien! ¡Tú conoces ese destino! Lo que acaba de suceder, ¿te impide ser justo, magnánimo, sobrio, razonable, sereno en tus juicios, modesto, libre y tener, en fin, todas aquellas virtudes que permiten a la naturaleza del ser humano conseguir sus propósitos? De ahora en adelante, siempre que algún acontecimiento te cause pesadumbre recuerda esta máxima: «Esto que me acaba de ocurrir no es una desgracia, antes bien, es una felicidad auténtica si sé cómo enfrentarla con virtud generosa». 

(IV, 49)

Cuando coloquialmente se dice que una situación se "soporta estoicamente”, usualmente se alude a esa fortaleza de las rocas frente al mar, una mezcla peculiar de resignación y valentía que nos lleva a sacar el pecho y plantar cara ante las vicisitudes que se nos presentan.

Sin embargo, como vemos en las palabras del emperador filósofo, el estoicismo no se trata sólo de “soportar”, sino, mejor aún, de vivir y de hacerlo con virtud, esto es, la adversidad es un momento de nuestra existencia en que necesitamos de nuestras mejores cualidades para salir airosos del desafío. Una circunstancia que antes que llevarnos al dolor, la pena o el lamento, nos permite ejercer nuestro sentido de la justicia, la honestidad, probar y aun conocer el temple de nuestro ánimo e incluso ser generosos. Por eso Marco Aurelio nos hace considerar el percance como una oportunidad de ser felices, porque en cierto modo es una posibilidad de mostrar y descubrir nuestros recursos más invaluables como personas.

Esto pueden sonar paradójico o irrealizable en una época en la que estamos habituados a huir de la adversidad, a procrastinar para intentar alejarla o pretender que no existe, pero quizá si escucháramos al emperador filósofo nos daríamos cuenta, con él, que el ser humano es capaz de hacer más de lo que hace con el tiempo que le fue concedido.

Con cierta licencia, podríamos decir que en este caso la virtud estoica y la compasión oriental son términos equivalentes, pues en ambos casos se trata de la cualidad del espíritu que nos permite afrontar las contrariedades con fortaleza pero no con rigidez, sabiendo que la existencia es algo mucho más grande que nosotros pero que, aun así, es posible encontrar, en esa inmensidad, nuestro propio camino y las soluciones a nuestras dificultades –guiados por la virtud, la compasión y la serenidad. 

 

Imagen principal: Fishermen at Sea, Joseph Mallord William Turner (1796; detalle)

 

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La filosofía, es literalmente el amor a la sabiduría. ¿Pero qué es realmente la sabiduría? ¿Y por qué es importante dedicarse a ella, buscarla, amarla?

Tanto Aristóteles como Platón escribieron que la filosofía se origina en el asombro (thaumazein), en la sensación de lo misterioso y en el deseo de iniciarse en ese misterio. La filosofía es, como sugiere este artículo en el sitio Phalanx, fundamentalmente una iniciación. Una iniciación a los misterios del alma. Al menos esto era lo que ocurría en Grecia, con los misterios de Eleusis -parte de la cosmovisión órfica- que fueron centrales en la filosofía griega y que tuvieron a su gran "iniciado" en Pitágoras. Históricamente, la filosofía es tanto esta admiración ante la vida como este enigma, este deseo de iniciarse en los misterios para "conocerse a sí mismo", como decía el oráculo de Delfos. En los misterios de Eleusis, podemos hoy en día conjeturar con cierta confianza, lo que se mostraba a los iniciados era una dramatización extática de un mito que representaba la muerte -específicamente, la muerte del cuerpo y la separación del alma del cuerpo. O, en otras palabras, la inmortalidad del alma. Así entonces, la filosofía sería también la forma de separar o liberar el alma del cuerpo, algo que se acerca a la famosa definición de la filosofía de Sócrates: un entrenamiento para la muerte.

Fue Pitágoras, el músico, místico y matemático de Samos, quien acuñó el término "filosofía". En su biografía de Pitágoras, el filósofo neoplatónico Jámblico escribe: "el más puro e impoluto carácter es el de un hombre que se dedica completamente a la contemplación de las cosas bellas, y a quien es apropiado llamar un filósofo". Las cosas bellas para la tradición pitagórica-platónica no son meramente cosas que generan impresiones placenteras en los sentidos, sino imágenes o reflejos de la eternidad, de las esencias divinas, de la inteligencia que ordena el universo. Jámblico explica:

...el sondeo del cielo y las estrellas que en él revuelven, es en verdad bello, cuando se considera su orden. Puesto que derivan esta belleza y orden de su participación en la esencia inteligible. Y esta primera esencia es de la naturaleza del número y la razón, que se difunde en todas las cosas, y de acuerdo a la cual todos estos [cuerpos celestiales] están ordenados elegantemente y aptamente ornamentados. Y lo que verdaderamente se llama sabiduría, es una cierta ciencia que conversa con estos primeros objetos bellos, que poseen una unidad sustancial divina e inmutable; y es por participar en ella que las otras cosas pueden llamarse bellas.

Queda claro que la belleza refleja la inteligencia primordial del cosmos, que es divino en su origen. Así, conversar con la belleza es conversar y hacerse partícipe de este orden divino, cuya contemplación a la vez purifica la mente y -en términos platónicos- permite que crezcan las alas del alma para que ésta se alce por encima del mundo corruptible material, hacia lo eterno, lo bello, lo verdadero. El filósofo es, entonces, quien realiza esta contemplación, esta meditación de las esencias y los principios, desatendiendo lo mundano y corruptible. Fijando su atención en la divina armonía cósmica. Por ello Pitágoras consideraba que la música, las matemáticas y la astronomía eran las ciencias divinas, porque revelaban un mismo orden.

Lo anterior debe ser contrastado con la versión moderna de un filósofo (del filósofo académico), la cual se parece más en realidad a la de un sofista, de una persona que crea argumentos convincentes pero que poco se ocupa de la verdad y, menos, de la experiencia de la verdad y la transformación que produce en la conciencia dicha verdad.