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Nuestra sociedad reprime a la vejez porque le recuerda la inevitabilidad de la muerte; así se aferra ilusoriamente a esta vida material, ignorando la gran frontera que la llama y la posibilidad que la misma muerte ofrece para enriquecer la vida

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Ciertamente el culto a la juventud es un signo de nuestra época, especialmente porque vivimos en la época de la imagen pública, y por todos lados se nos bombardea --como estrategia de mercado-- con cuerpos núbiles, lustrosos y aparentemente sanos como los que sólo podemos tener en la cúspide de la juventud. El arquetipo de la belleza, desde los griegos, es el del eterno puer, en perpetua florescencia, con una dicha que el tiempo no puede más que marchitar porque está ligada a la primavera y al verano, a la energía y al vigor que en un mundo impermanente imposiblemente no declinan. Así perseguimos el espejismo de la fuente de la juventud y ocultamos nuestra vejez y marginamos a nuestros viejos --poco vale para nosotros la sabiduría de la edad en comparación con la intensidad del placer sensorial y el rubor fogoso de los años mozos. Como escribe el poeta Ramón López Velarde, queremos siempre "ser de nuevo/la frente limpia y bárbara del niño":

Volver a ser el arrebol, y el húmedo

pétalo, y la llorosa y pulcra infancia

que deja el baño para secarse al sol...

 

Carlos Monsiváis nos recuerda cómo el ardor del Fausto de Goethe por trascender la guadaña del tiempo a través de la filosofía oculta, hoy en día deviene en la compulsión obsesiva del consumismo y en el abaratamiento de los principios, un "canje del espíritu metafísico por los goces físicos", habiéndose perdido "lo que [Alfonso Reyes] comprendía de este modo: 'El éxito o el fracaso cuentan menos que el anhelo de desentrañar los secretos del mundo y darles forma comprensible, a través de la acción del arte, de la poesía, la filosofía, y la ciencia: ¿Qué otra cosa anhelaba Fausto?"'. Explica Monsiváis en un formidable pasaje de su libro póstumo Las esencias viajeras:

...ya en el siglo XX, al convertirse la juventud en la meta suprema, incluso los propios jóvenes, el pacto fáustico deviene el centro de las obsesiones, de las ilusiones recónditas y públicas, hasta llegar a los finales de esta centuria convertido en búsqueda gozosa y patética de la cirugía plástica, los gimnasios, las dietas estrictas, el maquillaje, las ropas rejuvenecedoras, la liposucción, hasta llegar a la ilusión química de la feromona humana... La metáfora prodigiosa de un libro se convierte en el sueño masivo de consumo y ansiedad por resistir al tiempo.

Tenemos un pacto fáustico rebajado, versión lite, ni siquiera comprendido, en el que las masas se van por la carnada del placer y el materialismo y la literalidad sin comprender y menos buscar la dimensión metafórica, estética y metafísica. El problema de esto es que, como muestra en su sublime frivolidad El retrato de Dorian Gray, tarde o temprano lo que le hacemos al cuerpo alcanza al alma y viceversa. La corrupción es también holística (como los spas).  

Monsiváis recupera una cita de Bartolomé Mitre que encierra el espíritu que guía este ensayo: "No hay que morir joven. El que sobrevive a sus coetáneos siempre acaba por tener razón", y aquí el énfasis es en tener razón, no en tener la razón o superar a los demás para vindicar nuestro orgullo... razón que para los griegos era el Logos, lo divino en la mente humana... La vejez como la verdadera oportunidad de encontrar la sabiduría, aquello que se resiste a la veleidad de la moda, los fundamentos sólidos, los frutos precisos y disciplinados de la experiencia y de una vida al servicio de la antigua máxima de conocerse a sí mismo como vía regia para conocer el universo y sus secretos. Revivir quizás el "sueño íntimo de vencer la decrepitud" de Fausto y negarse "a la consigna 'Los dioses mueren jóvenes'". La dignidad de la vejez no es sólo la sombra amable y discreta de la juventud, es por su propia cuenta una potencia, misma que ya acaricia, rediviva, prístinos jardines. Los hombres que se vuelven dioses, nos dirían Sócrates y Platón, son aquellos que no se resisten a la muerte sino que la investigan y, habiendo vivido filosóficamente, logran hacer de la tumba la última cuna, el fin de la sufrida rueda. 

La vejez como virtud, el derecho a bien envejecer y la buena vejez como superno logro o al menos una senectud lúcida y socialmente aceptada son --a la luz de su ausencia-- un punto débil en nuestra cultura, el talón de Aquiles de nuestra vida futura. Con el culto y la glamourización del cuerpo en su estado idílico perpetuo --siempre conservado, maquillado, acondicionado, la muerte es llevada a la sombra, ascépticamente borrada de la cotidianidad, como si pudiéramos así salvarnos de ella (contradictoriamente, puesto que la muerte es la única posibilidad de salvación que podemos soñar). Las improntas colectivas con las que crecemos en Occidente nos han enseñado a creer que debemos quemar todos nuestros cartuchos la primera mitad de nuestras vidas, ocultar todo signo de vulnerabilidad en nuestro deseo de atraer y ver a la vejez como algo detestable y desechable, cuya única actividad consiste en recordar lo que vivimos en nuestra juventud y en nuestra plenitud y en algunos casos excepcionales servir como consejera de la vida de los jóvenes (que es la que realmente importa). Como si uno no pudiera seguir perfeccionando, mejorando, creciendo y creando nueva belleza hasta el último día. En México por ejemplo, se tiene tan poca consideración por "la tercera edad" que ocupa el último lugar en la OCDE en pensiones y el penúltimo en América Latina, sólo antes de República Dominicana. Esto revela el poco respeto hacia los adultos mayores y la poca conciencia eutanánistica que se tiene, pese a que se celebra el Día de los Muertos --con colorida parafernalia y desvaída devoción-- y pese a que se tiene un vigoroso culto a la Santa Muerte, al parecer se olvida el viejo proverbio: "el día de tu muerte es el más importante de tu vida". Como en la política, en el espíritu, preferimos apostarle al corto plazo, al siguiente goce, a este sexenio y no construir y planear para la carrera larga de los siglos. 

Ciertamente no se trata de preferir un tiempo sobre otro, lo cual seguramente sería el resultado de un estupor perceptual, de un excesivo apego al cuerpo y a sus ilusiones o de una radical negación de la existencia física. En cambio, es posible abrazar la existencia en su totalidad y hacer consciente cómo cada momento y cada edad tienen sus propias particularidades y cualidades y cada una contribuye al entendimiento y a la construcción de la vida y su desenlace en la muerte. Sin una juventud y una madurez sana, disciplinada y creativa, la vejez se vuelve insoportable, tortuosa y prácticamente irredimible; sin una vejez sabia y serena y una buena aproximación a la muerte, la juventud se vuelve absurda, vana nostalgia, efímera irrealidad, un fuego de petate. Ambas se nutren y equilibran, como en una alquimia interna, una conjunción de polos arquetípicos: puer y senex, el encuentro de Cupido y Saturno, las dos puntas de un hilo que tejen un mandala y el posible uróboros de la vida que encuentra su puerto en la muerte. James Hillman escribe sobre el senex:

Saturno retiene los atributos de Kronos; es un dios de la fertilidad. Saturno inventó la agricultura; este dios de la tierra y el campesino, la cosecha y la saturnalia, es regente de la fruta y la semilla. Incluso su castrante guadaña es una herramienta de siembra. Tendría que ser Saturno quien inventara la agricultura: sólo el senex tiene la paciencia que equipara a la de la tierra y puede entender la conservación de la tierra y la conservaduría de aquellos que la trabajan; sólo el senex tiene el tiempo necesario para las estaciones y su repetición crónica; la habilidad de abstraer para amaestrar la geometría del arado, la esencia de las semillas, de hacer las cuentas para rendir ganancias, el abono, la soledad...

No debemos olvidar que hay una cierta potencia y fecundidad en la melancolía y en la memoria saturnal de los viejos industriosos o contemplativos y una amplitud panorámica que sólo el padre (Cronos) atisba en la vicisitudes del tiempo. Una mirada que trasciende las pequeñeces y se concentra sólo en lo que, como su experiencia le ha enseñado, supera la vanidad y la futilidad. Para los chinos respetar a los padres, y a los hombres viejos en general, es respetar y seguir al cielo y a la ley cósmica. Por más que sean irritantes, neuróticos, amargos e intolerantes, se les respeta y escucha porque en ellos se reconoce la insondabilidad de mirar al fondo del abismo del tiempo, la dignidad de haber observado los patrones, conocer las causas ocultas y contemplar las formas que perduran, todo lo cual es insondable para una vida más corta.

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Como contraparte al senex, en la coniunctio interna de la psique, tenemos al puer. Así describe Hillman el arquetipo del puer, el eterno niño: 

Como el hijo de una cabra, el niño baila con un excedente de exuberancia; como un gatito explora todo y de súbito coge miedo; como un puerquito, ¡que rico sabe todo! El mundo es un buen lugar --cuando y sólo cuando, la imaginación con la que el niño desciende está todavía lo suficientemente viva para imbuir las cosas con su visión de belleza.

Hillman agregar también que, como un ángel, el niño llega al mundo seguido por "una nube de gloria"; llamada “por su verdadero nombre la niñez es el reino de la reminiscencia arquetípica”. Pareciera que el niño en su frescura y en su impresionabilidad trae consigo todavía la memoria de otro mundo: todo brilla con un resplandor prístino. Eros es representado como un niño mágico con alas como símbolo de su vínculo activo con el cielo y con la creatividad de las potencias celestes (ángeles, tronos, dominios...).  

La potencia del niño es la de trastocar todo con la luz de su mirada: su imaginación activa que se posa sobre las cosas y las transfigura; la potencia del viejo es la muerte, su capacidad de ver la vida bajo la luz de la muerte y la impermanencia y a todo dotarlo de su justa dimensión temporal. Ambos mantienen en su conciencia vislumbres de una misma frontera al límite de la conciencia: la muerte es un nacimiento y el nacimiento es una muerte. Al nacer, creían los griegos, bebemos del Río del Olvido, pero algunos llegan a beber del Río de la Memoria y conectan, por así decirlo, los hilos de las Moiras. Ambos extremos de la vida son reprimidos. Aunque adoramos al niño, lo tratamos como un dios idiota, una criatura preciosa extremadamente frágil que debemos proteger. Al protegerlo --creyendo que en su tierna tabla rasa toda patología se puede imprimir indeleblemente-- lo desposeemos de su fértil originalidad, lo normalizamos, le proyectamos todos nuestros vicios y virtudes. Al criarlo para que encaje dentro de nuestra visión de mundo y de la "realidad" convencional y no sufra por ser él mismo --eso tan especial, raro y poco común que es y por lo que el mundo "real" podría rechazarlo-- no reconocemos su propia inteligencia y lo despojamos de su genio particular, de la posibilidad de conservar consigo la memoria de su alma. Como dice el poeta William Wordsworth:

Our birth is but a sleep and a forgetting:

The Soul that rises with us, our life's Star, 

Hath had elsewhere its setting,

And cometh from afar:

Not in entire forgetfulness,

And not in utter nakedness,

But trailing clouds of glory do we come 

From God, who is our home:

Heaven lies about us in our infancy!

Hillman considera que lo que más reprimimos en nuestra sociedad no es el sexo sino el deseo de belleza sin riendas, como ocurre en el deseo de los niños de vivir enamorados de las cosas, de unirse con ellas sin pena (como Pan), enfrentados siempre con la posibilidad gemela del “terror y la alegría”, con “los extremos en las fronteras de la curva de la normalidad”. Habría que añadir a este esquema de lo más represo también a la muerte y a la senectud como imagen progresiva, lenta e intolerable de la muerte. Reprimimos y expulsamos a la vejez para que no nos recuerde la muerte que seremos. Senex y puer, las dos terminaciones nerviosas de la existencia humana, extremos que nos enfrentan con lo desconocido, que se tocan remotamente en el azul de otro mundo... la posibilidad no reconocida de hacer de la vida una alquimia interna.

 

Twitter del autor: @alepholo 

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La escuela de Pitágoras constituye el gran modelo de una enseñanza filosófica holística, que lo mismo instruye a la mente que al alma o al cuerpo y que responde a preocupaciones que van más allá de las banalidades mundanas; un lugar único en la historia donde alumnos podían iniciarse en los misterios de la armonía universal, pero solamente una vez que demostraban su convicción y compromiso total

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Como ocurre con todo gran personaje, la vida de Pitágoras está envuelta en una neblina mística que viene de la veneración de sus discípulos y posiblemente de la confusión que resulta de tomar literalmante algunos aspectos metafóricos y simbólicos de sus enseñanzas. Se dice que Pitágoras era hijo de Apolo --o que era algún tipo de manifestación avatárica del dios solar de la medicina y la música--, también se menciona que tenía un muslo de oro y que podía escuchar la música de las esferas --algo que quizás debamos de entender como una forma de referirse a su aguda percepción espiritual, capaz de penetrar el velo de la materia y acceder a los mundos sutiles. Además se le atribuyen diferentes poderes extrasensoriales como predecir terremotos, subyugar a los animales con la mirada, recordar sus vidas pasadas o poder contar cualquier serie de objetos de manera exacta con sólo verlos (por ejemplo, todos los peces que había en una red). De cualquier forma, más allá de que cierta corriente histórica lo ha endiosado, no podemos dudar de su grandeza intelectual. Como señala Bertrand Russell, a él le debemos nada menos que "las matemáticas puras... todo el concepto de que existe un mundo eterno que no es revelado a los sentido sino al intelecto". También fue Pitágoras quien acuñó el término filosofía y fue el primero en fundar una escuela para el aprendizaje de la filosofía. Esto último es lo que nos interesa aquí, puesto que el valor, la visión y la misión de esta escuela es un hito fundamental en la historia del pensamiento occidental. Un momento que habría que intentar trasladar a nuestra época en la que se ha perdido la enseñanza (el espíritu) fundamental de la filosofía. Esto es, la filosofía como una forma de vida, que más allá de producir un discurso lógico convincente (retórica, sofística), buscaba encarnar la verdad en todos sus aspectos, sin separación alguna entre la teoría y la práctica, ni entre la religión y la ciencia, ni entre lo divino y lo humano, puesto que la separación es ilusoria y la verdad es siempre unitaria.

 

[caption id="attachment_99536" align="aligncenter" width="186"]Screen shot 2015-08-28 at 11.35.24 PM Estampa conmemorativa de la celebración de los 2500 años de las Escuela de Pitágoras en Samos.[/caption]

El 20 de agosto de 1955 se celebaron en Samos, Grecia, 2 mil 500 años de la escuela de filosofía que fundara este filósofo. Ese día se llevó a cabo un congreso pitagórico multinacional en la tierra que vio nacer a Pitágoras. Este año hace unos días se habrían celebrado 2 mil 550 años de este acontecimiento seminal en la historia de la filosofía, que lamentablemente ha sido olvidado y que no parece sobrevivir en la forma en la que nuestras universidades enseñan. Ya desde la Grecia antigua, los pitagóricos eran vistos por el grueso de la población y por el poder político como una secta extraña, cuyas prácticas ascéticas --especialmente su renuncia a la riqueza individual-- eran consideradas subversivas. Ante el triunfo del capitalismo y el materialismo, era de esperarse que la visión pitagórica de una fraternidad universal no haya predominado salvo entre pequeños grupos de iniciados y entusiastas  que han entendido, siguiendo a Platón (el pitagórico más ilustre), que la filosofía debe de transformar al individuo que se entrega a ella y que han abrazado a las matemáticas, la música y la astronomía como senderos de iniciación en los misterios y de contemplación del orden universal. Hacemos aquí un intento de rescatar, en términos generales, el método pitagórico e introducir al lector a la filosofía del sabio de Samos. Consideramos que la obra sobre Pitágoras de Thomas Stanley es la mejor fuente para este acercamiento, puesto que es una summa de todos los cronistas de la antigüedad, reunida bajo el criterio erudito de Stanley, el filósofo británico que siendo sólo un adolescente ya se había graduado de Oxford y Cambridge y cuya Historia de la Filosofía es una excelente introducción a la filosofía antigua, sin el filtro revisionista-positivista que caracteriza a muchos académicos posteriores. 

Vida de Pitágoras

Cuenta Jámblico que el oráculo informó al padre de Pitágoras, Mnesarco, que su esposa Patenis estaba embarazada de un niño que sobrepasaría en gloria y belleza a todos los demás. Impresionado por esta profecía, hizo que su esposa cambiara de nombre a Pitasis, en honor de la pitia, la sacerdotisa del oráculo. De ahí el nombre Pitágoras, que encierra ya su divinidad. (En esto Godfrey Higgins, en su Anaclypsis, ve una serie de coincidencias con la vida de Jésus, el hijo de Dios cuyo nacimiento también fue revelado proféticamente, asociado con la divinidad solar igual que Pitágoras).

En consonancia con estos heraldos y la nobleza de su origen, Pitágoras recibió una educación especial y rápidamente agotó lo que podía aprender en Samos, por lo que visitó a Anaximandro y a Tales de Mileto, quien, después de una breve instrucción, le recomendó que visitars Egipto, habiendo visto en él materia para hacerse iniciar en los misterios; y no había otro lugar en ese entonces más indicado que Egipto, la "tierra negra", el lugar de Osiris y de Tot. Por esto quizás no se equivocan quienes ven en Egipto el verdadero origen de la filosofía occidental, o al menos la fuente esotérica que originó a la filosofía. Pitágoras estuvo más de 20 años en Egipto, aprendiendo bajo distintos hierofantes, en Tebas y en Menfis y en otras ilustres ciudades. Antes de ser admitido al addytum, tuvo que someterse a un duro régimen para probar su dignidad; algo que parece haber replicado luego en su escuela en Crotona, donde los candidatos debían probar su valía, su amor a la sabiduría con su disciplina. 

En Egipto se cree que Pitágoras aprendió los misterios de la geometría, entre otras cosas; con los magi de Babilonia, la astrología; se dice también que visitó a los brahmanes, los gimnosofistas, y de ellos aprendió la anatomía del alma y los principios del karma. Esta sed insaciable por la sabiduría hizo que Empédocles reconociera que Pitágoras "llenó su mente de la sabiduría de las edades, como si tuviera 10 o 20 vidas a su disposición". Y quizás no se equivocaba en esto, ya que Pitágoras enseñaba que la sabiduría era reminiscencia --algo que podemos trazar en la frase platónica "aprender es sólo recordar"-- y se creía que recordaba otras vidas, incluyendo haber luchado en Troya bajo la encarnación del héroe Euforbo.  

[caption id="attachment_99584" align="aligncenter" width="614"]zpage174 Pitágoras y su esposa y sucesora Theano.[/caption]

Escuela de Crotona

Después de estos viajes, Pitágoras regreso a Samos, donde vivió algún tiempo en una cueva y donde tomó a sus primeros alumnos. Pero fue en Crotona donde fundó su gran escuela, la cual serviría como modelo lo mismo para las universidades que para las sociedades secretas, haciendo ahí una intersección del ascetismo que podemos observar en los monasterios orientales, la secrecía de los misterios iniciáticos y la instrucción científica o académica que podemos observar en Occidente. 

Pitágoras enseñaba la importancia de la purificación para poder acceder al conocimiento. Consideraba que la sabiduría no podía enraizarse en una mente inquieta o en un cuerpo allegado al vicio, por lo cual era indispensable antes someterse a un proceso ascético para poder después acceder a la doctrina. Se trabajaba evidentemente no sólo los aspectos intelectuales --lógico-racionales-- sino también los aspectos morales, emocionales y se desarrollaba la percepción, el ojo del alma. Esto es algo que en el mundo contemporáneo secular está casi extinto --podemos rastrear sólo algunos esfuerzos, como los de Rudolf Steiner, de impartir lo que podemos llamar una educación integral, o una educación basada en el alma. 

La vida pitagórica requería numerosos sacrificios, siempre moderación y frugalidad. Pitágoras pedía a sus discípulos que no bebieran vino, comieran y durmieran poco, se abstuvieran de la carne y en general de cualquier alimento de difícil digestión. La idea general que se esboza aquí es que sus hábitos estuvieran orientados siempre a no gastar energía en otra cosa que no fuera el estudio de la filosofía y el cultivo de sus facultades. Thomas Stanley dice que Pitágoras "procuraba a sus discípulos una conversación con los dioses en visiones y sueños --lo que no podía ocurrir a un alma perturbada por el placer o la ira, o cualquier otro transporte inadecuado, o con la impureza o la ignorancia". De aquí la importancia del régimen de purificación y por lo que podemos decir que Pitágoras consideraba, como algunos monjes orientales, que el cuerpo es un templo, pero que el valor de ese templo no es el cuerpo mismo sino su función de proveer un vehículo para la liberación y el crecimiento del alma.

La disciplina del silencio

De entre todas las exigencias que se hacían a los candidatos a la escuela de Pitágoras, la más famosa es el precepto que requería que se pasaran 5 años en silencio antes de ser admitidos. Dice Thomas Stanley que los 5 años de silencio eran una prueba de conducta por la cual "el alma podía convertirse en ella misma lejos de las cosas externas, de las pasiones irracionales del cuerpo para asumir su propia vida que es la vida eterna". Sobre esta disciplina del silencio, Clemente de Alejandría explica que "al abstraerse del mundo sensible, el discípulo podía buscar a Dios con una mente pura". Luciano agrega sobre este método que tenía la virtud de producir la reminiscencia. Lo que parece razonable, ya que el silencio parece hacernos olvidar nuestros pensamientos superficiales, para abandonarnos en la profundidad de la mente, accediendo tal vez a capas transpersonales; siguiendo la máxima platónica del conocimiento como recuerdo, podemos decir que el silencio es una ciencia de la reminiscencia, una remini-ciencia.

Stanley precisa que no todos los alumnos eran sometidos a 5 años de silencio, al parecer Pitágoras personalizaba su instrucción y algunos de espíritu naturalmente más tranquilo no tenían que pasar el lustro (a veces 2 años eran suficientes). Una vez que los pupilos cruzaban este umbral de silencio, se les llamaba Mathematici, antes eran Acoustici. "Si no has sido cambiado, estás muerto para mí", era el lema que se aplicaba a aquellos que no lograban superar el período de prueba.

Una vez aceptados, los alumnos podían ver ya al maestro (que antes hablaba a través de una pantalla, como si los alumnos estuvieran todavía dentro de la cueva a la que hace referencia Platón) e iniciaban su instrucción filosófica, cuyo fundamento era la geometría y la aritmética (no es baladí que luego Platón escribiera en la puerta de su Academia que nadie que no supiera geometría podía entrar). Uno de los versos atribuidos a Pitágoras dice: "Habiendo partido de casa, no vuelvas atrás, porque las furias serán tu compañía", una referencia a que una vez iniciado el camino esotérico no hay retorno; el poder de la conciencia y la sabiduría es una responsabilidad, un servicio, una entrega total, una obediencia a las leyes universales cuya desobediencia es duramente penalizada. Por esto el riguroso "casting" que hacía Pitágoras y que las religiones mistéricas tradicionalmente han aplicado. Los alumnos, bajo esta misma lógica, debían guardar un voto de secrecía, como ocurría también en Eleusis,

Los pitagóricos no se alzaban de la cama hasta que habían llamado a su mente las acciones del día anterior. Igualmente antes de dormir meditaban sobre sus acciones del día y se prohibía dormirse sin haber recapitulado. Esto era parte de un constante ejercicio de la memoria, una rendición de cuentas del pasado y un cuidado providencial del futuro. El alumno debía repasar lo que había aprendido en el día, meditar sobre en qué había fallado y suscitar piedad y compasión con todos los seres. Esta misma meditación existe en el taoísmo o en el rosacrucianismo, en donde se considera una preparación --una especie de expiación-- para la muerte. Una vez realizada su meditación matutina, llevaban a cabo una caminata solitaria en la naturaleza, también con el fin de purificarse y sólo después de esto podían integrarse a la comunidad.

[caption id="attachment_99585" align="alignleft" width="227"]download (1) Un punto en un círculo era un símbolo de dios o de la mónada para los pitágoricos[/caption]

Matemáticas y la filosofía del número

La importancia toral de las matemáticas tenía que ver no sólo con que acercaban al alumno a una verdad abstracta sino que, como dice Stanley, transformaban la mente, que se beneficiaba "de contemplar incorpóreas cosas eternas". Aquí vemos otra herencia órfica-pitagórica en el pensamiento platónico que llamaba también a concentrarse en aquello inmutable, en dirigir la mente a la contemplación de las Formas y Arquetipos. La idea gnóstica también de que aquel que conoce se convierte en aquello que conoce. Así el alma se separa del cuerpo perecedero y viaja hacia su inmortalidad en la dimensión de lo inteligible.

Pitágoras llamó a su disciplina de abstracción de lo inteligible matemáticas, nos dice Stanley, considerando que toda disciplina mental era reminiscencia y que esta ciencia era provocada directamente por los fenómenos, y no por una opinión, es decir, las matemáticas existían en el mundo y eran intrínsecamente aprehendidas en su perfección.

Enseñan los pitagóricos que el número es la raíz de las cosas divinas, aquello que existe antes que cualquier otra cosa en la mente divina, y de lo cual proceden todas las cosas que son digeridas en el orden (cosmos) y permanecen numeradas por una serie indisoluble. "El universo puede verse como la progresión de la multitud empezando en la Mónada y como una regresión terminando en la Mónada", dice Stanley. La Mónada (la unidad) es "estación y mansión... siempre en la misma condición... la mente, dios, lo hermafrodita, el bien".

La monadología pitagórica considera que la unidad se mantenía en todas las cosas, era principio y causa de todas las cosas; a la unidad regresan todas las cosas. Esta reintegración en el uno o en dios, ocurre a través del 10, la década o el tetraktys. El 10 es "el número del cielo, Atlas, el absoluto, el destino... la naturaleza del número al cual todas las cosas tienden y arriban"... y al arribar regresan a la mónada. Cada número tiene su propia identidad y entre todos ellos son parte de la constelación de los diferentes principios del cosmos, la procesión o del desfile de la unidad en la multiplicidad. El 2, la diada, es el número que comete "la audacia" de separarse, es la raíz de toda ilusión, y se decía que cada vez que se mencionaba el 2, los pitágoricos escupían al suelo, reprobando la ilusión de la fragmentación. El 4 es el fundamento de la estrutura; el 5 el equilibrio; el 7 el número de la vida y la ley; el 8 el amor y el alma, etcétera.

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Música y medicina

Dice Stanley que:

La música para los pitagóricos era la composición de los contrarios, la armonía, la unidad de la multiplicidad y el consentimiento entre la diferencia... como dios es el reconciliador de las cosas discordantes. En la música yace el acuerdo entre todas las cosas, la aristocracia del universo. Porque lo que es armonía en el mundo, en una ciudad es un buen gobierno, en una familia templanza.

Y podríamos agregar que, en la mente de un hombre, es paz y claridad.

Pitágoras, el gran heredero de la tradición órfica, utilizó la música para curar y templar el espíritu del hombre. Dice Stanley:

Hizo mixturas de estos tonos llamados diatónico, cromático, enarmónico... y con ellos cambió las pasiones de la mente que habían crecido sin razón y que producían dolor, enojo, sufrimiento, mal de amores, miedo, y todo tipo de deseo, malestares, apetitos, debilidades, e ímpetus --corrigiendo y dirigiendo cada uno de estos hacia la virtud a través de armonías convenientes como si fueran efectivas medicinas.

Este es el verdadero origen de lo que llamamos un "tónico". 

Se dice que cuando sus discípulos dormían, Pitágoras les tocaba una música para endulzar sus sueños y purificar sus mentes y cuando despertaban los liberaba del sopor de la noche y "los espabilaba con las canciones adecuadas, ya sea adaptadas con el laúd o con la voz". Aunque se dice que no tocaba propiamente ningún instrumento sino que llevaba la música por dentro. Es decir imitaba solamente la música más perfecta que escuchaba de la armonía universal, del espacio matemático entre las esferas, del movimiento de los cuerpos celestes, la música inmortal.

Por todo esto Platón dice en La República que la música puede usarse para regular la conducta de los ciudadanos y en general tenemos aquí una fuente de la noción de que el arte y la estética son fundamentalmente herramientas éticas y teúrgicas. Se cuenta que Pitágoras en ocasiones logró evitar crímenes tocando cierta música y que podía curar enfermedades y provocar experiencias místicas con la música, bajo cuyo ligero encantamiento el alma lograba separarse del cuerpo y alzarse al éter eterno.

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En un mundo donde la información crece de manera exponencial y nuestra mente está saturada de estímulos desordenados, expuesta a un ruido incesante en el ambiente y en el interior, sin armonía y sin asomo de contacto con lo sagrado ni un método que nos acerque a lo divino, la escuela de Pitágoras parece una utopía, un idilio lejano que evoca un mundo perdido. Un mundo que para algunos será simplemente anecdótico, una excentricidad que no quisiéramos admitir al curso de nuestra tradición; para otros será, sin embargo, un tesoro invaluable que ya no se encuentra en ninguna parte, un momento único en la historia que ofrecía una perspectiva integral del conocimiento. Una cima brillante y secreta que se ha esfumado. ¿A dónde debe voltear hoy en día una persona que busca no sólo estudiar filosofía sino llevar a cabo una vida filosófica? ¿A las universidades que poco a poco están desapareciendo las humanidades y que se manejan como corporaciones? ¿En dónde puede encontrar el reforzamiento de la comunidad, el servicio y la experiencia de los maestros y no sólo el camino individual y la renuncia sin orientación?

 

Twitter del autor: @alepholo

Recuperando la tradición pitágorica-platónica: Cadena Áurea de Filosofía