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Las 22 puertas del castillo-espejo: VII Los Enamorados (la carta 6)

Arte

Por: Psicanzuelo - 07/17/2015

Por medio de un análisis exhaustivo de los 22 arcanos del tarot se intentará darle un sentido al ejercicio cinematográfico como regulador de la percepción de la vida

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 El amor

Antes que nada y primero que todo, este arquetipo simboliza al amor. El cine en este sentido nos ofrece dos polos opuestos, que fluctúan entre la cursilería hollywoodense y el desesperanzador mundo sin amor del denominado por David Bordwell “cine de arte”. En medio de estos dos polos existe un cine con corazón que, de forma realista aunque consciente de ser cine, deambula sonámbulo en lo que representa este gran arcano del tarot. Los Enamorados simbolizan en realidad la lucha entre el amor de lo sagrado y lo profano. Este tipo de cintas brotan sobre todo de filmografías independientes y propuestas audaces como lo son por ejemplo varias películas dirigidas por Hong Sang-soo y Joe Swanberg, que en lugares distintos del mundo (Korea, Estados Unidos) desarrollan una técnica parecida, denominada mumblecore. Este cine no podría existir sin establecer la herencia filmográfica de Éric Rohmer, esencial para discutir el tema en cuestión del tarot. Rohmer, cuya carrera despega al final de la de todos sus compañeros de la nueva ola francesa, inicia filmando seis películas perfectamente planeadas y ejecutadas, parte de un mismo proyecto, Seis cuentos morales, a lo largo de casi una década (1963-1972). Hay que recalcar que primero las escribió narrativamente, tal cual en forma de cuentos.   

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Inspirado en la obra maestra del gran F. W. Murnau, Sunrise (1927), Rohmer transcribe en guiones y visualiza la misma historia, contada de seis maneras diferentes. Un hombre comprometido con una buena mujer es tentado por otra más sensual, para finalmente regresar con su primer compromiso. Puestas en escena de lo más sencillas, donde se privilegian los diálogos ante todo, enfrentando lo que dicen los personajes contra lo que sienten, y a eso nos invita la carta de Los Enamorados, a separar los sentimientos de los pensamientos en cada pequeño instante-detalle que compone la vida. Por eso, la propuesta de Rohmer es básica, construida sobre las aparentemente insignificancias cotidianas que el director nos va demostrando que en realidad componen espiritualmente la existencia, aislando así lo que en realidad acaba importando en mayor medida. Néstor Almendros es el fotógrafo de las cuatro últimas películas y ayuda a llevar la propuesta de Rohmer a dimensiones extraordinarias por medio de la simpleza de la iluminación, guardando un respeto impecable ante las fuentes naturales de luz, y el entendimiento de los conflictos de los personajes por medio de la cámara, sin dejar de ser neutral. Para esta misión Rohmer jamás utilizó música que no proviniera de la escena misma, un tocadiscos en cuadro por ejemplo (la realidad retratada indicaba cómo filmarla). Esa pureza habla de este naipe también, en la manera como se articula el filme. Sallie Nichols comenta sobre las dos mujeres que aparecen en la carta: “Quizás una de ellas atrae más su pasión sexual, mientras que la otra tiene en vilo sus sentimientos secretos y su aspiración espiritual”, esto en relación de las dos mujeres con el hombre.      

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En este sentido no podemos dejar de mencionar a Woody Allen, que a través de su obra no ha dejado de preocuparse por definir a los enamorados. Pero sobre todo hay una película que puede funcionar perfectamente para definir este aspecto de la relación entre el cine y el arcano, desmenuzando lo sagrado de lo profano: Sexo, mentiras y video (Steven Soderbergh, 1989). Graham (un radiante James Spader) es un artista visual que huye de sí mismo, no puede tener relaciones sexuales por algunos intensos problemas de su pasado, es impotente, y se dedica a entrevistar mujeres que le platican sobre su sexualidad, para después poderse masturbar con los videocassettes que graba. Hasta que conoce a Alice (una primorosa Andie MacDowell), quien lo hace verse a sí mismo, como en un espejo pulcro. En la cinta podemos apreciar a Cynthia (Laura San Giacomo) como la mujer que lleva la corona de laureles en la cabeza y que acaricia a Graham en sus partes bajas en la carta del tarot, mientras la otra mujer, su hermana, es Alice, invitándolo a sentir de distintas formas mucho más elevadas, a contactar con su espíritu por medio del amor.          

 

El triángulo de la unanimidad

En su forma gráfica del triángulo amoroso, que gráficamente observamos en el Tarot de Marsella con las dos mujeres y el hombre, en la baraja Rider (Rider-Waite) se aprecia más como triángulo conformado por la pareja debajo del Sol, de la divinidad (Eros), conformando un triángulo ascendente con él. La dualidad de las dos mujeres rodeando al consultante representado en el hombre pasa a ser el hombre enfrentado a la mujer, con el comentario de los arboles detrás de ellos, nuevamente las dos columnas de Salomón. Curiosamente hay una montaña al fondo, entre ellos, como si representara su unión encausada a las alturas.

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Podemos experimentar el triángulo en películas ponderosas desde los inicios poéticos del cinematógrafo como lo es L’Atalante (Jean Vigo, 1934), donde una pareja de recién casados viaja en un barco lleno de gatitos, por un angosto río, en compañía del capitán de la embarcación (Michel Simon), una representación de la divinidad. El triángulo se dibuja, y la trama se adhiere al simbolismo: cuando el novio desconfía de su novia que quiere ir a conocer la ciudad, él sigue navegando. El desencuentro simplemente sirve para que el amor real pueda surgir entre la pareja: la mujer no puede vivir sin su otra parte y regresa, y él la espera más allá de cualquier mímica social.

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Sobre las propiedades del triángulo, Sally Nichols nos recuerda que “para Pitágoras, el triángulo era la primera forma geométrica que simboliza una realidad fundamentalmente humana y conectada con el alma”.

El triángulo amoroso se vive en películas donde las dos mujeres del Tarot de Marsella se intercambian por dos hombres y al centro queda ahora la mujer, es lo mismo pero son los años 60 y esta operación liberadora para los sexos estaba de moda. Banda aparte (Jean-Luc Godard, 1964) como cinta que mezcla géneros cinematográficos experimentalmente para que Anna Karina ayude a dos ladrones a robar su casa, qué más simbolismo puede uno pedir (robar su corazón). En la siguiente escena podemos observar el triángulo de los amantes de forma dinámica, en una escena que ocurre en el museo. Y esto es lo que aporta el cine a los arcanos del tarot, los vuelve movimiento que nos afecta inconscientemente

Por otro lado pero también una película parte de la nueva ola francesa, en Jules y Jim (François Truffaut, 1962), sobre dos amigos enamorados de la misma mujer, en la siguiente escena, de forma muy dinámica, volvemos a ver al arcano viajar intrépidamente en la pantalla, en este caso la de tu ordenador:

Brindando fuerza a la carta del tarot por medio de cuadros inmóviles, cámara petrificada y componiendo áuricamente se encuentra la propuesta del director galés Peter Greenaway, que nos enfrenta con naturalezas muertas en encuadres completamente frontales; casi sucesión de varios tableau vivant. La excepcional fotografía de Sacha Vierny, en Una z y dos ceros (1985), hace que el triángulo tome dimensiones simbólicas con pocos precedentes en el cinematógrafo. El triángulo en este caso esta formado por dos hermanos gemelos que se dedican a la zoología y una mujer que sufre un accidente,  perdiendo su pierna. Al inicio acusan a la mujer del accidente pero poco a poco ambos inician relaciones sexuales con ella, quien, dicho sea de paso, en su accidente también mató a un ganso del zoológico donde ellos trabajan, al igual que a  la esposa de los dos. Hay otra mujer que sostiene relaciones sexuales con ambos: una prostituta que ronda el zoológico, donde los hermanos se dedican casi todo el tiempo a fotografiar time-lapses de animales en descomposición. Así que el triángulo se comienza a distorsionar, formando otras figuras: dos mujeres y dos hombres sería un cuadrado, o dos triángulos pegados en sus bases, el trío y la mujer muerta, que se transforma en la coja, con la prostituta, dando espacio a Eros sin restricciones sociales. Hay que tomar en cuenta que la carta también representa la belleza de las formas; en este sentido, esta película se dedica todo el tiempo que dura a construirlo en la realidad cinematográfica de 24 cuadros por segundo y en time-lapses que contrastan, apoyados de los enervantes violines minimalistas de Michael Nyman.      

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En regiones más oscuras el triángulo distorsionado lo podemos apreciar en películas lésbicas de vampiros; Las hijas de la oscuridad (Harry Kümel, 1971) sería un candidato para la mejor de ellas, aunque varios filmes del siniestro iconoclasta Jean Rollin podrían competir. La condesa húngara milenaria acosa a la pareja de recién casados para que el verdadero amor surja, instigando a la esposa hasta hipnotizarla. Por su parte Rollin, oscuro poeta surrealista de la imagen en movimiento, traza oníricas narrativas por medio de dúos de vampiras (en ocasiones más de uno por película) que andan mordiendo hombres taciturnos.         

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Más tarde el fenómeno lo experimentamos a fondo con Inseparables/Dead Ringers (David Cronenberg, 1988), con los dos gemelos ginecólogos interpretados por Jeremy Irons, y su relación con una paciente, madre, amante y esposa, Claire Niveau (Geneviève Bujold), de trágicas consecuencias antisépticamente góticas.  

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Estas formas son tiradas no afortunadas de la carta, cuando aparece al inverso representa una ruptura, el desorden, la infidelidad, la inmediatez de una elección a realizar. En Relaciones peligrosas (Stephen Frears, 1988) una adaptación de una novela epistolar del siglo XVIII sirve para que John Malkovich y Glenn Close den la mejor de sus actuaciones, en una tirada invertida de esta carta del tarot, que pide la rectitud del significado real del arcano y sobre todo, uno de sus más poderosos significados: la unanimidad. 

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La marquesa y el vizconde juegan un juego de seducción perverso con terceros, cuando en realidad es la expresión del amor entre ambos que, por excesos de sus tiempos que dieron como resultado una sangrienta revolución, más adelante no es permitido. El tiempo oscuro ensucia la manera de relacionarse y a través de la tirada invertida, por medio del dolor, el amor surge aunque sea demasiado tarde, puesto que la tirada es invertida desde un inicio, pero la unanimidad impera y coloca todo en su lugar; esa es la fuerza de este naipe.     

 

Cupido y Eros: la belleza

Cupido, el ángel de la mitología romana, hijo de Venus y quizás de Marte o tal vez de Mercurio, dios del amor en pareja, que se debe encontrar diferenciándose del deseo. En la carta de Marsella sobre el hombre decidiéndose entre las dos mujeres vuela el ángel Cupido, apuntándole con su flecha de amor puesto que su decisión, como dijera Sally Nichols, ya está tomada y es de los dioses, él solo debe conectarse en su voluntad divina.  

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Tobi, el niño con alas (Antonio Mercero, 1978) es una representación de Cupido en lo obvio; esta cinta fantástica del niño al que le empiezan a crecer alas y causa furor en su sociedad donde el amor es un problema y él un semidios, agente de cambio, es una maldición inaceptable. Al igual que Ricky (François Ozon, 2009), un Cupido material que nace del amor verdadero entre dos seres humanos, un ángel, una bendición difícil de llevar en este mundo cruel.

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Mientras que en lo obtuso, la presencia de Cupido tendría que ver con algún alcahuete cinematográfico o completamente con el azar, simplemente como la situación azarosa que junta a dos amantes. 

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El apartamento (Billy Wilder, 1960) es una genial comedia de las ilógicas reglas sociales que se tienen que romper de una u otra forma para que exista el erotismo del que nace el amor verdadero. C. C. Baxter (Jack Lemmon) se ve forzado a rentar su departamento de soltero a sus jefes laborales para que tengan sus encuentros amatorios, hasta que se enamora de una de esas amantes, Fran Kubelik (Shirley MacLaine). Es el juego de Cupido, insípido de entrada por lo complicado de la situación pero dulce al final, porque la pareja perfecta se ha encontrado y eso es lo importante, lo siguiente son las acciones que tienen que emprender para estar juntos y consumar el amor bajo la presencia de la divinidad, que es en efecto el amor mismo. Y es una operación básicamente idéntica lo que sucede en Breve encuentro (David Lean, 1945), puesto que en su guión, escrito por Noel Coward, existe un personaje que les presta a los personajes la llave de su departamento para que puedan tener sus encuentros amorosos. Justo en ese personaje se inspiró Wilder para escribir El apartamento.

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El doctor Harvey (Trevor Howard) y Laura Jesson (Celia Johnson) deben traicionar el cariño y estabilidad de sus respetables casas para encontrar el amor verdadero, y es que no lo encuentran en su unión en dicho departamento sino en la separación y en la dignificación del hogar más allá de las ataduras que representa en un inicio, no así sino como extensión de la divinidad, de la hegemonía, del balance y del principio de todo lo que tienen, de lo que son en esencia espiritual.      

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La opera prima del infante terrible Leos Carax, Chico conoce chica (1984), sirve para trazar lo que sería el amor expresándose en estos tiempos en apariencia limitados en cuanto a lo sentimental y lo emocional, tiempos absurdos de miseria infinita. El ángel Cupido muestra su herencia compartida: hijo de Mercurio y de Marte a la vez, por ese tono que se halla completamente en lo cinematográfico. Carax, guiándose por los preceptos marcados por la nueva ola francesa, conjugando un ecléctico estilo mercuriano pero haciéndolo agresivamente con ese ferviente deseo que se gesta inmediatamente en Alex (Denis Lavant) hacia Mireille (Mireille Perrier), un deseo que va más allá de lo real y se expresa violentamente, compulsivamente y que en Los amantes de Puente Nuevo (Leos Carax, 1991) tendrá su resolución. Un amor hostil, marciano, por parte de Alex casi de aproximación militar (marcial), como con el uso de un arco. Cupido tiene alas pero ataca con su arco a los enamorados, cambiando su mundo para siempre.

Me llama la atención que la nueva ola del cine francés tenga una relación tan sselación tan siaosden a un hombre. io de duos ólida con esta carta, pero es lógico proviniendo de sus autores; es su gran amor al cine, que no tiene rival. Aprendieron cine mirándolo hasta el cansancio, escribiendo de él en Cahiers du Cinéma (criticándolo), sintiendo reverencia, respeto y admiración primero ante su maestro André Bazin, y luego por los grandes maestros del cine que admiraban conjuntamente. El cine para ellos era un templo de una religión que pudiera ser la del amor, por lo menos en su obra temprana.    

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Fuentes

Mayer, H. Cómo predecir el futuro con el Tarot.

Nichols, S. Jung y el Tarot.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

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El odio a la música o la obediencia involuntaria al imperio de los sonidos

Arte

Por: Rober Díaz - 07/17/2015

“Desde los campos de exterminio del Tercer Reich, ingresamos en un tiempo donde las secuencias melódicas exasperan…el uso de la música se ha vuelto coercitivo y repugnante. Amplificada hasta el infinito por la invención de la electricidad y la multiplicación de su tecnología…” (Pascal Quignard)
[caption id="attachment_97947" align="aligncenter" width="602"]Imagen: Wikimedia Commons Imagen: Wikimedia Commons[/caption]

Fue Friedrich Nietzsche quien afirmó que la vida sin música sería un error. No es de extrañarnos, el camino que Nietzsche eligió para explorar los primeros problemas filosóficos a los que se enfrentó se dieron gracias a la búsqueda que inició en el campo de la música griega de la mano del compositor Richard Wagner. La frase ahora inmortal es poco atacada pues, ¿quién en su sano juicio puede acusar a la melodía de ser la causante de algún tipo de mal en este mundo? ¿Quién ha puesto en entredicho el imperio de los sonidos? 

Súbitamente podríamos decir que existen pocas discrepancias sobre el tema, la música es un bien a la humanidad y punto. Coppola puso en su Apocalipsis Now una escena en la que la destrucción y la masacre en la guerra de Vietnam era acompañada de La batalla de las Valkirias de Wagner que sonaba en los altoparlantes que los helicópteros americanos llevaban al momento de atacar las comunidades vietnamitas haciendo una clara alusión a los campos de extermino nazi, en los que se eliminó a millones de judíos con obras de Wagner, Strauss, Schumann, Mozart, Chopin, entre otros, como soundtrack de fondo. 

Pascal Quignard (quien es considerado por el crítico literario Rafael Conte como el mejor escritor francés vivo) pone el dedo en la yaga nuevamente en un libro, El odio a la música. Podemos decir también que el odio de Quignard tampoco es gratuito pues nació en el seno de una familia de músicos y literatos, fue anoréxico y autista, además estudió violonchelo, piano, órgano y violín alto; también organizó uno de los festivales culturales más importantes en Francia (el Festival de Ópera y Teatro de Versalles, del cual fue director) de la mano del en ese entonces presidente de Francia, François Miterrand, para luego pasar a ser escritor en el comité de lectura de la prestigiosa editorial Gallimard. 

La historia de Pascal Quignard en ese sentido lo emparenta con la búsqueda que inició Nietzsche, pues este último también participó en un proyecto cultural; el proyecto wagneriano de renovación de la ópera que tendría su culminación en Bayreuth, en donde la ópera integraría al teatro, la pintura y la poesía buscando una obra de arte total dedicada a evocar los principios de la antigüedad. Comenzaba la guerra francoprusiana y al igual que Wagner, el filósofo veía en Francia al principal opositor al sentido del ser nacional alemán. Ese ser nacional alemán era buscado por Nietzsche y Wagner en la antigüedad griega pues ahí, música y letra formaban una unidad: “la música de los griegos está mucho más próxima a nuestros sentimientos que a la Edad Media”, con la diferencia de que “el griego genuino sentía en ella algo ajeno a su patria, algo importado o del extranjero asiático”.   

Nietzsche amaba la música, sabía tocar el piano y de hecho tiene varias piezas compuestas para este instrumento. Quignard por su parte también fue músico y lo que logra en este libro además de expresar esta inconformidad con su propio origen musical en el mundo es desplegar (lo que pueden parecer aforismos, que pueden parecer microcuentos, que se pueden parecer a pequeños relatos híbridos históricos, que se pueden parecer inclusive a una novela ­–género que, por cierto, odia–) una novedosa aritmética literaria que persigue ya en sus anteriores escritos: el fragmento como unidad, el ensayo que es absuelto de la lógica que supondría un argumento pues halla su comprobación, más que en el razonamiento, en exaltaciones cuasi poéticas que a modo y debido a que eruditamente parecen ser lanzadas a cualquier sitio, caen en lugares precisos donde sirven para comprobar simplemente las premisas que el autor desea.  

Nietzsche, junto a Wagner, concluyó que la música de su época estaba condenada al aislamiento devenido de la tradición de la Edad Media, en donde se disfrutaba separadamente de música y voz. En Grecia, en cambio, la música era esencialmente vocal. Friedrich participaría en el movimiento de Wagner con los escritos: El drama musical griego, Sócrates y la tragedia y La Visión dionisíaca del mundo, todos ellos previos a El nacimiento de la tragedia, primer libro del filósofo. A partir de la publicación de los escritos antes mencionados, Nietzsche se convertiría en un autor polémico en los medios académicos gracias a la visión que manifiesta del mundo griego, y por su simpatía con Wagner.  

Pascal Quignard ha publicado más de 50 libros en solitario y es considerado algo cercano a un misántropo, sus libros rondan el tono altermodernista y fragmentario propuesto por su contemporáneo Sebald y evocan la erudición cosmopolita de Calasso; también, de muchas formas, la tradición ensayística que persigue lo acerca a su coetáneo Pierre Michon. Quignard afirmaría en este libro de fragmentos/ensayos: 

La frase “el odio a la música” quiere expresar hasta qué punto la música puede volverse odiosa para alguien que la amó por sobre todas las cosas.

Nietzsche descubriría en el coro helénico una piedra angular de su filosofía: el coro representaba un lugar unido a la danza, el concepto cambió en el momento en el que éste se unió al canto que se dirigía a la divinidad. Danza y canto, lo pagano y lo divino evocando un sentimiento musical que habita luego una idea poética sin una aparente dirección: a esta sensación responde lo dionisíaco que conduce hacia el olvido de sí mismo: el viejo Zaratustra bailando frente el abismo colmado de éxtasis, no por el vértigo que puede causar la altura y cercanía del precipicio sino por el arrobamiento que lo hace olvidarse de todo, al no poder lanzarse. 

Friedrich Nietzsche comenzaría una larga carrera de escritos cuyos temas serían, entre otros, la decadencia de la cultura occidental; para poder vislumbrar cuál era el origen de esta decadencia, formularía un aforismo que aparentemente encripta buena parte de su filosofía: “Dionisio contra el Crucificado”. 

Pascal Quignard formularía el propio: “La música hace mal”. Porque la relaciona con la oscuridad, argumentando que el crepúsculo es un momento de quietud en que el silencio hace que nos estremezcamos, en que pájaros y sabandijas se quedan callados antes de que llegue la noche. La noche que trae consigo nuevas y formidables trampas, destinadas a hacernos caer en el alboroto que provocará, luego de esta pausa, el sonido. El momento de la trampa, la trampa que teje el bullicio; la muerte. El momento en que Ulises se deja amarrar para escuchar el canto de las sirenas, también es el momento de la resistencia más atroz: ante su enigmático canto y también frente a la muerte que muestra su canto, que lo invita a fracasar en su aventura, cuando el sonido es total e inevitable pues “no hay parpados que te impidan dejar de oír”. Es también el momento en el que la abdicación de Pedro se ve completa: “antes de que cante el gallo tres veces habrás negado mi nombre”, le dijo Cristo a la piedra de su iglesia y así fue, fue el sonido y su rítmica enceguecedora lo que lo hizo trastabillar y encorvarse, tener miedo y comprender su felonía antes de que llegara el alba. 

“La música es un hechizo, (Carmen), ella embruja, pero también pervierte y absorbe completamente a sus auditores, <¡Cave musicam!> –¡Cuidado con la música!”–, escribió Nietzsche en El nacimiento de la tragedia

Sin embargo la relación de estos grandes personajes estaba destinada al fracaso, Wagner encontró el destino de sus ideales en la comedia ática, Nietzsche en cambio los encontraría en la tragedia, entendiendo la tragedia como una manera de aceptar el destino trágico del mundo sin inmovilizarlo, sino como parte de una experiencia vital del ser humano que lo llevaría a conocerse a sí mismo, aceptando su propia vitalidad y no evitando el sufrimiento. La pregunta que se hizo el filósofo a la postre no fue por qué se unió al músico sino por qué paso tanto tiempo al lado de él, si su música significaba ese vacío y decadencia de la cultura alemana emparentada con el idealismo pregonado por Fichte, Schopenhauer, Kant, Hegel, y él a su vez había encontrado una nueva interpretación del sentido dionisíaco, del éxtasis y la locura azarosa que lo llevarían a desarrollar su teoría sobre la voluntad de poder como forma de libertad, de dejar al individuo fuera de la culpa, una culpa que por el peso del judeocristianismo, Europa cargaba como un viejo fardo pesado. 

Quignard sentencia que: “La corte del tribunal de Núremberg debió haber exigido que se golpeara en efigie la figura de Richard Wagner una vez al año  en todas la calles de las ciudades alemanas”. Muchos de los músicos a los que se les obligó a tocar en esos campos de concentración decidieron de manera categórica no volver a tocar. Y puede ser que no haya sido culpa de la música en sí y eso, ni qué dudarlo, fue por otro lado el uso propagandístico que se le dio y, sin embargo, ¿acaso no en la actualidad los modelos de las grandes campañas publicitarias usan cualquier melodía para transformarla en una imagen que se relaciona con su producto? 

“La música es un poder y por eso se asocia con cualquier poder”, diría Quignard, y agregaría: “La música es irresistible para el alma, por eso el alma sufre irresistiblemente”. 

Nietzsche terminó cerca de la Piazza Carlo Alberto en Turín y los Alpes italianos abrazando a un caballo que iba a ser golpeado por un chofer, conmovido; el baile que comenzó Zaratustra había terminado para hundirse en el silencio de la demencia. Sus palabras tergiversadas, desviadas de su rítmica original, sirvieron como un holograma que capturó a una nación y la llevó a una guerra total contra el mundo y contra sí misma. Tal vez a eso se refiera Quignard, nuestro silencio ha sido definitivamente removido. No tenemos la libertad de ya no querer escuchar. Los medios, las formas de reproducir las melodías y los cauces por donde desfilan los mensajes sublimados de empresas, tiranos y sistemas de opresión deambulan en un campo sonoro al que no nos negamos, pues la música se convierte en nuestra fuga y a la vez en nuestra desviación; el odio a la música posiblemente se manifieste en cuanto hemos dejado de escuchar con quietud nuestro propio silencio:

Isthar tomó una arpa y se acodó de una roca frente al mar. Del mar vino una gran ola que se detuvo y le dijo:

–¿Para quién cantas? El hombre es sordo.

 

Twitter del autor: @betistofeles