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A partir de un poema de Goethe, una reflexión que busca acercarse a los númenes: ¿de dónde viene la creatividad?, ¿puede el hombre convocar a las fuerzas invisibles del cosmos para que lo asistan? y, ¿cuál es la responsabilidad de quien inicia un proyecto de creación?

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Estos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte. Sonidos negros dijo el hombre popular de España y coincidió con Goethe, que hace la definición del duende al hablar de Paganini, diciendo: "Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica".

Federico García Lorca, "Teoría y juego del duende"

 

Hay algo sagrado en la palabra, en el compromiso que se hace con alguien, especialmente con uno mismo, tomando como testigo a los invisibles, a la ecología de almas que nos rodea. 

Hace una semana me debatía entre iniciar un proyecto o no, con cierta dejadez, acechado por los fantasmas tibios de la procrastinación. Pensando más que actuando, razonando más que imaginando. Cavilando: vacilando. Hasta que salí a caminar y en un claro donde podía recibir un poco de sol invernal, entre las ramas desnudas de un árbol, abrí una antología para leer al azar un texto:

Hasta que uno se compromete

Hasta que uno se compromete hay titubeos, la posibilidad de retraerse, siempre ineficacia… En lo que concierne a los actos de la iniciativa (y creación), hay una verdad elemental, cuya ignorancia mata innumerables ideas y espléndidos planes: que en el momento en el que uno se compromete, entonces la providencia se mueve también. Todo tipo de cosas ocurren para ayudarnos que de otra forma no habrían ocurrido. Toda una corriente de sucesos fluye de esa decisión, poniendo a nuestro favor las más diversas situaciones, encuentros imprevistos y asistencia material, que ningún hombre habría soñado acudirían a su favor.  

Cualquier cosa que puedas hacer,

o soñar que puedes,  iníciala,

el atrevimiento tiene genio,

poder y magia.

 

Este texto, escrito por Goethe, leído en inglés en la antología de poesía de Robert Bly y James Hillman, me embargó con una sensación de lo sagrado; se leía como si  fuera un texto revelado o un ominoso dictamen del I Ching. Goethe, creo, ve aquí con lo que se conoce como el ojo del corazón (el corazón, que es el órgano de la imaginación en las tradiciones místicas; la imaginación como aquello que conecta a nuestro mundo con el mundo del espíritu, la divina interfaz). En el momento en el que uno se compromete, entonces la providencia también se mueve, ese es el antiguo pacto entre el hombre y el cielo; la identidad, la resonancia, la correspondencia entre el microcosmos y el macrocosmos. 

Hay una cierta magia en empezar algo, como si el amanecer fuera el momento consentido de los dioses –esa hora luminosa y virginal donde la imaginación todavía no se ha peleado con la realidad y vuela como las palomas-- y cualquiera que se enfila con sinceridad a comenzar algo, recibe la bendición y la privanza de las fuerzas creativas. 

García Lorca escribiendo sobre el duende, ese genio gitano que posee a los artistas, dice que el duende huele a saliva de niño. Tal vez porque la saliva del niño conserva intacta su potencia seminal. El niño al hablar, si no ha sido desencantado por el spleen del mundo de los adultos, decreta realidades y abre puertas en el aire. El niño cuando habla escupe y crecen flores de su baba en la tierra. El niño que, como decía Wordsworth, llega a este mundo "seguido de una nube de gloria”. El niño, Eros, que seduce a Psique (el alma) con su belleza y su ligereza fecunda.

¿De dónde viene la creatividad?

Fludd_treeHay un antiguo debate sobre si la creatividad o la genialidad son facultades propias de un individuo o en realidad son bendiciones de los dioses o más bien los ligamentos entre el hombre y el cosmos (el anima mundi), que permiten la transmisión de la información y el flujo creativo (más que algo que uno posee, algo que lo posee a uno). En la Antigua Grecia, en Platón pero también en el más terrenal Aristóteles, se aceptaba la noción de que la posesión era algo frecuente y deseable. La manía, la locura que viene de las ninfas o de Pan, era más estimada que la mesura (Sofrosine). El poema de Goethe parece sugerir, en este mismo sentido, que aquello singular y verdaderamente extraordinario del acto creativo no surge sólo del hombre sino de su relación con el cosmos, de su compromiso con el mundo superior. El hombre solamente excita a la naturaleza para que esta pueda desatar su fuerza con él. Se llama al viento y a la lluvia que fertilizan a la tierra. El hombre es el vehículo del que se sirve el ánima para aparecer y manifestarse.

García Lorca escribe que los pueblos tienen distintos agentes numinosos, el temperamento alemán es asistido por las musas; los italianos tienen ángel; los españoles, duende. Algunas formas de creación, podemos conjeturar, son más telúricas (como la de Picasso y Lorca), surgen como temblores y trepan el cuerpo, de la tierra y el ombligo a la garganta; otras son de orden celestial (como probablemente la de Goethe, las musas que son estrellas también) y descienden con su armonía matemática. Es como si el cuerpo y el carácter mismo --ahora más fogoso, más dulce o más altivo, según-- dispusieran la atracción de un cierto espíritu (el cariz de una mecha), que introduce (y traduce) lo eterno al tiempo. En esta visión, el ángel no es sólo el mensajero, sino el mensaje mismo, logos encarnado.

James Hillman escribe en su libro The Soul's Code: "El genio le pertenece a todos. Ninguna persona es un genio o puede ser un genio, porque el genio o daimon o ángel es una escolta invisible  no-humana, no la persona con la que el genio vive". Esta es la idea expresada por el mito de Er, que relata Platón en la República, de que nacemos con un daimon, una especie de espíritu guardián que nos cuida y vigila y que nos incita a cumplir un destino. En la actualidad nos cuesta creer en esta forma de providencia --una compañía del alma--; nos es más fácil creer que nacemos completamente solos y vulnerables, todo lo que hacemos es el resultado de nuestro propio desarrollo, nuestro propio heroísmo o fracaso (o el de nuestros padres y sus taras). Pero curiosamente muchas de las personas que más vinculamos con la noción de genialidad, creían que la fuente de su conocimiento no surgía de ellos, sino que de alguna manera estaba en el mundo.

 Consideremos la siguiente frase de Nikola Tesla:

Mi cerebro es sólo un receptor. En el universo hay un núcleo del que obtenemos conocimiento, fuerza, inspiración. No he penetrado en los secretos de este núcleo, pero sé que existe.

Como Nikola Tesla, Albert Einstein reconocía que el conocimiento tenía una forma superior: "Tengo suficiente parte de artista en mí para servirme de mi imaginación. La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado. La imaginación circunda al mundo", escribió Einstein. Aquí vemos que Einstein le da a la imaginación su significado antiguo y más profundo. En la tradición platónica y en el misticismo islámico y hebreo, la imaginación es una facultad de percepción del alma con la que accedemos a las imágenes, que son las formas superiores con las que se ha concebido el mundo. Hoy pensamos en la imaginación de manera bastante alicaída, como algo que es mera elucubración, engaño y fantasía, pero antes se creía que la imaginación era un conducto que permitía al ser humano reconectar con los mundos sutiles, con el cielo y el inframundo, con los sueños y las visiones místicas.

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Imagen de Robert Fludd: el hombre es una imagen del macrocosmos, un pequeño universo

En la imaginación comienza la responsabilidad 

El otro asunto a considerar en esto es que con el poder que se despierta como compañía de la intención creativa, proporcionalmente, se genera una responsabilidad. El compromiso es siempre mutuo. El cosmos –o la psique externa— responde al llamado profundo y abre su cofre de oro para entregarte sus herramientas, enviando el viento favorable (el aire que es el espíritu) y sincronizando el tiempo para que fructifique el esfuerzo. No alinearse con este flujo, no sólo sería defraudar a la matriz mágica de la naturaleza, sería traicionarte a ti mismo. Herir gravemente tu voluntad –esa voluntad que Aleister Crowley llamaba “la estrella”, la estrella oculta, la estrella interna--, el alma como posibilidad de articulación consciente, unida en transparencia al deseo. Iniciar vagamente proyectos, decir que vamos a hacer algo y no hacerlo es la forma en la que nuestra palabra pierde poder. La palabra que, en su contexto religioso original, si decía, hacía. La palabra que es la característica esencial que hace al hombre participar en lo divino, el Logos, el poder que le dio Dios a Adán sobre la creación: nombrar. La palabra con la que puedes ver en la oscuridad o hacer que las cosas cambien, reaccionen, se muevan. La poiesis misma.

Al decir algo y no hacerlo, al repetirnos que vamos a hacer algo o queremos hacer algo y no cumplirlo, creamos un diálogo esteril entre las diferentes personas de nuestro ser, en el que la voz vacilante del yo no es escuchada por el alma, ya que sabe que sus palabras, sin compromiso, no tienen ningún peso y no ejercen ninguna seducción habiendo demostrado su impotencia (nuestro Eros se vuelve un viejo saturnino que no excita a Psique). Esta es la fragmentación básica de la psique –la psique que según Heráclito es inabarcable y según Hillman es del tamaño del planeta entero. Cuando nuestra psique no nos escucha porque le hablamos sin realmente creer en ella, perdemos todo su poder, el poder de hacer que el mundo se ponga en marcha a nuestro favor, como la providencia de la que habla Goethe que se destapa y se derrama por todas partes cuando manifestamos una intención de inicio y compromiso.

Visto de otra forma, al comprometerse no hay marcha atrás: las fuerzas creativas han sido liberadas y pueden acompañarnos y favorecernos, pero también pueden meternos en aprietos. No hay forma de deshacer lo que decidimos (ya hemos invitado a cenar a los genios y demonios): si les damos la espalda haciendo como si no existiera nuestro compromiso y no existiera aquello que se decidió, la destrucción se esparce a nuestro alrededor, ya sea en una franca tormenta, o en una sinuosa y enredada infertilidad, yermo, desaguisado aparentemente inexplicable. Rápidamente Venus se convierte en Kali o Hécate.

Esta reflexión inspirada por un poema de Goethe es a fin de cuentas una ars poetica, una carta credencial. Los dioses no nos han abandonado, solamente nuestras teorías de percepción han cambiado y ya no admiten su aparición... Ver el mundo y creer que está vivo, que todo respira y responde a nuestras intenciones profundas, que todo tiene alma y que el cielo y la tierra también transpiran y perciben a través de ti. Crear tal vez sólo sea, como creía Jung, dejar que la creación, que los mitos primigenios, se repitan a través de nosotros.

Twitter del autor: @alepholo

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Kierkegaard explica la psicología de los "haters" y de los "trolls" en 1847

AlterCultura

Por: pijamasurf - 01/20/2015

"Haters gonna hate"... La retorica kierkegaardiana es un laberinto complejo pero lleno de interesantes posturas psicológicas que retan al ser humano, en indefinidas ocasiones, a saltar hacia una fase de supremacía de la individualidad

Cloud Berndnaut Smilde 

La retorica kierkegaardiana es un laberinto complejo pero lleno de interesantes posturas psicológicas que retan al ser humano, en indefinidas ocasiones, a saltar hacia una fase de supremacía de la individualidad. El esclarecimiento de esta individualidad --según Kierkegaard-- da lugar a la existencia, y la condición en que toda existencia se realiza (angustia) da lugar a la libertad. El hombre es libre en la medida en que las circunstancias sociales no alteren su individualidad (verdad subjetiva) y cuando lo hacen, cae en la esclavitud de la vida poética, de los deseos y placeres, siempre haciendo lo que se quiere hacer sin importar ninguna clase de consecuencia o mal causado a los demás.  

Partimos de aquí para citar una breve reflexión de The Diary of Søren Kierkeegard en donde el filósofo danés analiza (probablemente de manera espontánea) algunas conductas inherentes al ser humano que para su tiempo no tenían una denominación exacta como la tienen hoy en día: la intimidación o bullying y en general las críticas espesas, rebeldes y fuertemente mesiánicas que esparcen los coloquialmente llamados haters o trollers de nuestros tiempos:

Hay una forma de envidia de la que frecuentemente veo ejemplos, en la que un individuo intenta conseguir algo gracias a la intimidación. Si, por ejemplo, entro a un lugar en el que hay mucha gente reunida, siempre ocurre que uno u otro se levanta en armas contra mí y empieza a reír, posiblemente sienta que es una herramienta para la exposición de la opinión pública.

Esencialmente muestra que me ve como algo grande, quizás incluso mejor de lo que soy: pero si no puede admitir esa grandeza, al menos puede reírse de mí.

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Quizás esta experiencia pueda evidenciar actitudes de los haters cuando reaccionan bajo el sentimiento de “desesperación”, del temor a la nada, al aburrimiento, generando la necesidad del placer por atacar consecuentemente todo lo que incomoda, siendo dominados por su libertad de elección. Una aporía social y especulación vaga, claro está.

El autor define el libre albedrío como “la cosa enorme concedida" al hombre que a su vez lo mantiene en las cadenas de la “elección”, siendo en sí la única libertad verdadera, la teológica, el acto de fe que “absurdamente” se transforma en necesidad:

¡Oh!, cuánta verdad y experiencia hay en eso que Agustín dice de la verdadera libertad (diversa de la libertad de elección): el sentimiento más fuerte lo tiene el hombre cuando, con una plena decisión, imprime a su acción aquella interior necesidad que excluya el pensamiento de otra posibilidad. Entonces el ‘tormento’ de la libertad de elección ha terminado.

Hemos de suponer que el filósofo danés consideró sus tres máximos estadios de la existencia, en lo que es posible quizás, sí, situar a los haters en un grado “estetopoético”. Su concepto de Estética puede ser comprendido desde su obra Diario de un seductor:

¿De dónde proviene, entonces, que este diario tenga un carácter de creación poética? (…) El que lo escribió tenía una naturaleza de poeta, una de esas naturalezas que no son ni bastante ricas ni suficientemente pobres, para saber separar la poesía (*o fantasía*) de la realidad. (…) y volviendo a invocar esta situación en forma de imaginación poética, gozaba de ella una segunda vez; de modo que así, en toda su existencia, él sabía sacar partido del placer.

Con estas palabras, podemos afirmar que quien lo escribió (el seductor y, para este caso, el hater o troller) no se basta por el placer consumado, sino por la realización que conlleva a este (la posibilidad de pecar y no el pecado mismo).

Un último aspecto de esta condición existencial es la “ironía”, utilizada de manera crítica para burlarse de los demás, para dejarse llevar por el placer momentáneo con una actitud hedónica. Frente a ello, Kierkegaard nos regala una última reflexión, que nos enseña pues, una buena manera de burlar los comentarios y actitudes de los trollers de la web, pagando con la misma moneda de la ironía pura, esa postura radical y absoluta del distanciamiento crítico de la sociedad humana:

Mostrando que no se preocupan por mí o procurando que deba saber que no se preocupan por mí, aún denotan dependencia... Muestran que me respetan precisamente por mostrarme que no me respetan.

Habremos de diferenciar, bajo los razonamientos kierkegaardianos, que las  personas existen bajo los supuestos de estéticas, éticas y religiosas, y cada una posee su verdad subjetiva propia. En la web, todos podemos ser haters. Nos sentimos con la confianza de opinar y atacar desde un punto de vista amargo o sátiro cuando algo no nos parece. Si los puntos de vista discrepan de los nuestros resultan ser una perfecta oportunidad para juzgar sin piedad, y esto muy probablemente nos sitúa en la calidad “estética”, la más baja de los estadios de la existencia. Quizás sea bueno considerar el salto a la ética existencialista en nuestros comentarios, ser un poco más críticos de manera constructiva y no optando por una verdad absoluta.