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Todos quieren ser creativos, ¿pero qué detona realmente la creatividad?

La creatividad se ha convertido en algo así como el santo grial de nuestra época. En este concepto que viene sobre todo de la filosofía alemana —del espíritu creativo de Hegel y de la creatividad artística de Nietzsche— nuestra época ha incluido también al empresario (o emprendedor) y no sólo al artista (algo que es sumamente revelador). Ser creativo es algo que está al alcance de todos, se nos dice, y a la vez es el diferenciador principal, ese intangible que, aunque es accesible a todo espíritu humano, es justamente lo que no se puede obtener a través de la fuerza o la disciplina, es el componente etéreo, rarificado, experimental, que sustituye a la inspiración en un entorno de eficiencia. Este es el mito de la creatividad.

Así pues, proliferan innumerables recetas para obtener esta sustancia cuasimágica de la creatividad, recetas para que se produzca lo impredecible, para invitar a lo que no responde a un nombre. La gran mayoría de estas instrucciones son sólo fórmulas para ser más eficientes o para ser más espontáneos, pese a la contradicción que esto último implica. Buscar la creatividad es en muchos sentidos como buscar la felicidad, una de las principales causas para no encontrarla, pues la creatividad parece estar ligada al juego y al caos. La vida creativa se erige fuera de las convenciones. Es por esto que, cuando la mera rutina de la vida predomina en la forma de la convención y la tradición, "[eventualmente] tiende a producirse un brote destructivo de energía creativa", dice Jung.

En un artículo anterior en este sitio exploramos profundamente ciertos elementos que parecen estar asociados con la creatividad, todos los cuales no obedecen reglas rígidas: el juego, el erotismo, la fantasía. En esta ocasión vale la pena citar a uno de los padres de la creatividad moderna, el filósofo que buscó destruir todo el edificio moral de una época para liberar las posibilidades creativas y quien entendió la vida como una obra de arte: Friedrich Nietzsche. El filósofo que Freud llamó el hombre psicológicamente más penetrante muestra su agudeza perceptiva en Ecce Homo, donde escribe:

Tercero, existe una sensibilidad absurda de la piel a los pequeños piquetes, una especie de indefensión ante todo lo pequeño. Esto me parece a mí que se debe a que todas las energías defensivas efectúan un tremendo desperdicio de energía, [energía] que presupone todo acto creativo, todo acto que emerge de la necesidad propia más auténtica, interna y profunda. Nuestras pequeñas capacidades defensivas, entonces, como si fuere, se ven suspendidas; no queda energía para ellas.

Nietzsche en cierta forma está diciendo que la creatividad es un superávit de energía y que la creatividad se genera cuando se conserva la energía. Esto parece algo bastante sencillo y quizá no demasiado perceptivo. Lo más sutil y significativo aquí es que nos dice que es el actuar en o desde la defensa lo que nos drena y bloquea la creatividad. Es la mezquindad y la pequeñez de preocuparse por lo que nos puede ofender y agredir lo que nos distrae y poco a poco, constantemente, desperdicia nuestra energía creativa. El hombre creativo no dedica su pensamiento a las pequeñas incomodidades de la realidad; en este sentido es libre de las contingencias convencionales, y tiene un vasto terreno de posibilidades enfrente. El mundo se le presenta como una invitación, como un amplio vientre... Por usar un símil un tanto pedestre y obvio, el hombre creativo no es un defensa, es un hombre de ataque, que simplemente quiere tener la pelota —o el instrumento— y jugar —o tocar— e inventar. Preocuparse por defender, como le ocurre a los genios, simplemente es algo demasiado mundano y aburrido y le quita su chispa.

Ser creativo, entonces, tiene que ver con no preocuparse, con no malgastar la atención; la creación es el fuego de la libertad, lo que surge de poder dedicarse enteramente a la ideación, a la fantasía o a la danza que es el fertilizante de la obra. 

 

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